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Full text of "El picaflor : cuadros montivideanos"

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TORRENDELL 
EL PICAFLOR 




THE LIBRARY OF THE 

UNIVERSITY OF 

NORTH CAROLINA 




ENDOWED BY THE 

DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 

SOCIETIES 




UNIVERSITY OF N.C. AT CHAPEL HILL 




434 



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JUAN' TQRRENDELL 



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(CUADROS MONTEVIDEANOS) 



NOVELA ORIGINAL 



«Joya Literaria» de Cuspinera, Teix y C. 
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EL PICAFLOR 



JUAN TORRENDELL 



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PICAFLOR 



(CUADROS MONTEVIDEANOS) 



NOVELA ORIGINAL 




MONTEVIDEO ' 
«Joya Literaria» de Cuspinera, Teist y C.' 

dalk 18 de Julio, 109 (esquina Ampey) 

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Derechos reservado*. 



Establecimiento tipográfico de «La Tribuna Popular». 



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AL SEÑOR DOK 
PRENDA DE GRATITUD Y CARIÑO 



JUAN TORREKDELL 






SEMBLANZA LITERARIA 



i 



Confieso ingenuamente que al principio me fué suma- 
viente antipático, á pesar de no conocerlo ni de vista ni 
da nombre siquiera. La primera noticia que tuve de él, 
fué un artículo su} r o, que cayó en mis manos el mismo 
día de publicado y que me fastidió lindamente. Recuerd^ 
que trataba de crítica teatral, por la que siempre he teni- 
do debilidad, y que lo devoré con avidez, sin masticarlo 
«asi, pues se refería á una obra estrenada la noche ante- 
rior en Solís, sobre la cual había yo también escrito mi» 
cuartillas, pobres como mías, pero que salieron á luz come 
•i tal cosa, orondas é impávidas como las mejores. Coinci- 
dimos en la manera de apreciar la comedia y hasta con- 
denamos las mismas escenas, el poco tacto artístico demos- 
trado por el autor, y creo, si no me engaña la memoria, 



— viii — 

que tuvimos ambos una censura para el lenguaje empleado 
en el diálogo, poco digno de quien meses antes se había 
hecho aplaudir en una producción cuyo principal é indiscu- 
tible mérito correspondía á la parte literaria. Esta igualdad 
de pareceres no disminuyó la antipatía que despertó en mí 
el tal artículo. Provenía mi aversión del estilo presun- 
tuoso y autoritario que se usaba en él, de la frase seca y 
descarnada que saltaba en cada párrafo, como si así se qui- 
siera impresionar al lector, y, finalmente, de las opiniones 
absolutas que, sin paráfrasis ni circunloquios, se exponían 
allí, sostenidas con una lógica poderosa y casi, casi, irrefu- 
table, pero también manifestadas con un derroche de fran- 
queza y una claridad en el decir que, sin herir personal- 
mente, causaban pésimo efecto y sacudían involuntariamen- 
te la epidermis menos delicada. 

Sentí deseos de conocer al crítico que á tanto se atrevía, 
y dos días después satisfice mi curiosidad. Estaba yo en 
Solís, fijos los ojos en la localidad que aquél debía ocupar, 
según me habían informado, cuando entró en la sala un 
joven delgaducho, de rostro pálido y cuerpo enjuto, que 
avanzaba lentamente, mirando á todas direcciones con in- 
diferencia y desprecio, mientras que con la mano derecha, 
una mano muy fina y muy nerviosa, se-retorcía los bigotes, 
y con la izquierda se quitaba el sombrero y lo sostenía á la 
altura del pecho. Era el que esperaba: era el feroz crítico. 
Ocupó su asiento, sin echar más que una rápida mirada á 
•us vecinos, y concentró todo su interés en la escena. Pude 
observarlo entonces con atención. Su físico armonizaba per- 
fectamente con su estilo. Sólo un joven como aquél, nervio- 
no, de figura puntiaguda y de rostro afilado como hoja de 



— IX — 

espada, era capaz de escribir tan audazmente como lo hacía, 
descargando anatemas literarios contra quien tenía adquirida 
reputación envidiable en nuestro reducido mundo de letras y 
gozaba, por lo tanto, de esas inmunidades á que da derecho 
el talento, aunque las otorga mucho más, quizás dema- 
siado, el exagerado elogio de los amigos. Durante todo el 
espectáculo continué el examen. Pregunté su nombre j 
meló dijeron: se llamaba Juan Torrendell á secas, era cata- 
lán y hacía algún tiempo que residía en Montevideo. Dos ó 
tres veces dirigió hacia mí sus ojos negros, miopes, mirándo- 
me al desgaire al través de sus lentes, uno* lentes pequeños, 
rodeados de finísima cinta de oro, que hacen aún más duras 
sus miradas de acero y dan el toque definitivo á su perfil 
irónico. 

Desde aquella noche leí con interés todo lo que Torrendell 
escribía, é insensiblemente se disipó la prevención que me 
había inspirado, si bien nunca llegué á transigir con su es- 
tilo impetuoso, casi brutal, que aun hoy me produce el efecto 
de un látigo que chasquea furiosamente y azota sin pie- 
dad. El frecuente contacto que por medio de la lectura se 
estableció entre ambos, yo advirtiéndolo y él quizás igno- 
rándolo, estrechó las distancias que nos separaban, á lo que 
eontribuyó poderosamente una secreta atracción que se ini- 
ció de pronto y que vino á ser como el prólogo de la sincera 
amistad que había de existir más tarde entré nosotros. En 
muchas cosas nos parecíamos y esta semejanza nos aproxi- 
maba cada vez más. Pronto fuimos amigos, y amigos de 
Terdad. ¿ Quién nos presentó? Esta pregunta nos la hemos 
hecho muchas veces sin acertar con la respuesta. Recuerdo 
que una noche, estando ambos en los pasillos del Politeam», 



— X — 

antes de darse comienzo al espectáculo, nos encontramos 
frente á frente, departiendo como dos antiguos compañeros, 
¡sin caer en la cuenta de que habíamos saltado por cima de las 
fórmulas sociales y cometido el crimen de iniciar relaciones 
sin necesidad del eterno amigo encargado de la presenta- 
ción. 

Fué larga, muy larga, la entrevista aquella. En tanto que 
de adentro, del fondo de la escena, partían gruesas voces que 
se desgranaban por la amplia sala y llegaban á nuestros oídos 
débilmente, confundidas con los aplausos del público de pla- 
tea y los taconazos y gritos que allá en lo alto, junto al des- 
colorido cielo-raso, lanzaban los entusiastas amantes del can- 
to robusto, nosotros recordábamos nuestra amistad antigua, 
haciéndonos confidencias que tenían el doble mérito de la 
sinceridad; unas confidencias interminables, que duraron todo 
un acto de ópera y que no fueron interrumpidas ni por el 
alud de concurrentes que después de caída la cortina se des- 
bordó por los corredores, arrastrándonos de un lado á otro en 
su incesante movimiento de mar agitado, ni por las espesas 
nubes de humo de tabaco que flotaban pesadamente en la 
atmósfera, en ondulaciones azuladas, y hacían poco agra- 
dable la estancia en aquel paraje. Y cuando, agotado el tema, 
terminado el capítulo de las expansiones, nos separamos hasta 
el siguiente día, llevamos en nuestros oídos el rumor vibrante 
de aquella inmensa sala que palpitaba al compás de la música 
Italiana, y en nuestros espíritus la grata impresión que pro- 
duce una amistad nueva y deseada, que nace al calor 
de esa confianza íntima que aleja todo temor de un desengaño 
doloroso. 



XI — 



[I 



En literatura, Torrendell es un realista convencido. X)e 
prisa, casi corriendo, se ha iniciado en el movimiento ope- 
rado en estos últimos años, y él, que allá en sus principios, 
cuando aun hacía palotes literarios y enviaba tímidamente, 
por correo, sus primeras producciones á La Ilustración Ib¿- 
rica, en cuyos abultados volúmenes se encuentra su nombre 
perdido entre infinidad de grabados y oscurecido por firma» 
que se cotizan á tipos subidos en el mercado de las letras, 
fe abandonaba á vuelos románticos y á sinfonías puramente 
imaginativas, convirtióse de pronto á la moderna escuela, á 
la que escudriña y copia la vida con exactitud y arte, no 
como pueda hacerlo una máquina fotográfica de sistema 
perfeccionado, según algunos creen, sino como un pintor de 
pincel vigoroso y temperamento profundamente artístico y 
observador, que á la vez que arranca á la paleta sus má a 
ocultos y delicados colores, refleja en la tela los detalles más 
menudos, los hilos más tenues que tejen la realidad. 

Frecuentando el Seminario de Palma de Mallorca, en cuya, 
ciudad nació el 31 de Agosto de 1866, aprendió allí Torren- 
dell los primeros rudimentos de literatura, sin llegar á co- 
nocer, aun en sus últimos años, otro autor de la época actual 
que Pedro Antonio de Alarcón, el ameno escritor guadijeño, 
que le encantaba con su estilo suelto, sencillo y animado, 
genuinamente castizo, y las hermosas descripciones, poeti- 
zadas siempre, que se encuentran en sus novelas y en sus 
libros de viajes, muchas de aquéllas saturadas de perfume 
romántico, y otras impregnadas de lejítima y pura esencia 



— XII — 

realista. A punto de terminar la carrera eclesiástica, á que s« 
había dedicado más por obligación que por devoción, casi en 
víspera de tonsurarse, abandonó á Palma, embarcándose 
para Montevideo, donde puede decirse que ha cultivado su 
espíritu y su inteligencia, iniciándose en la nueva manera 
literaria y estudiando con especial interés el teatro, que ha 
llegado á subyugarle por completo. 

Hay un hecho en la vida de Torrendell que, aunque in- 
significante en apariencia, merece citarse aquí, pues se- 
ñala el fin de sus ideas románticas y el principio de las 
realistas. Apenas se vio libre de los estudios de teología, 
quiso satisfacer un anhelo disimulado durante mucho tiempo : 
conocer á los novelistas franceses, de quienes tanto malo oía 
decir, y convencerse por sí mismo de la sinceridad y ló- 
gica de los ataques que se les dirijían. La casualidad, más 
que otra cosa, le trajo á las manos Le petit Chose, esa 
hermosa obra tejida con sucesos de la agitada infancia y 
adolescencia de Daudet, el delicado novelista francés á 
quien, según Zola, <i la benévola naturaleza ha colocado en 
ese punto exquisito en que acaba la poesía y empieza la 
realidad. » La lectura de aquel libro le impresionó viva- 
mente y dio un golpe de gracia á sus romanticismos y 
lirismos, firmemente arraigados. El golpe fué brusco, pero 
provechoso, hasta el extremo de que hoy puede exclamar, 
como Flaubert después de escribir su Madame Bovary, que 
aquel día le estirparon de raíz el cáncer lírico. 

De ahí en adelante, toda su afán, toda su ambición, ha 
sido el estudio de la realidad, de esa realidad tan senci- 
lla en apariencia, que está presente á todo el mundo y 
que, sin embargOj muy raros son los que saben verla y 



— XIII — 

explicarla. Si ha realizado una parte, ya que no el todo, 
de sus aspiraciones, lo demuestran bien á las claras su» 
muchos trabajos de crítica y una de sus obras dramáticas 
estrenada meses atrás, que han motivado unos y otra, en- 
contrados juicios de los pocos literatos que aquí, en Mon- 
tevideo, se dedican á discutir y no prefieren despellejar al 
enemigo de viva voz y por la espalda. En los artículos de 
crítica se advierte el poco amor que tiene al estilo pulido, 
y el deseo, que no oculta, de ser claro y conciso siempre, 
aun cuando á veces, se exponga á parecer brutal y presun- 
tuoso. De ahí que se diga por muchos que Torrendell no 
«abe escribir y que quiere echárselas de magister en todas 
las cuestiones que discute ó juzga ; lo que no deja de ser 
un pobre pretexto, porque aquél es, ante todo, un enemigo 
declarado de todas las fórmulas retóricas, que cuando cri- 
tica ó discute presenta sus ideas tal como le afluyen al ce- 
rebro, en sucesión lógica, eso sí, pero desnudas de todo 
ropaje ó engarce vistoso. Es fuera de duda que no atrae ni 
seduce por su estilo, pero también lo es que se impone por 
la franqueza y btiena fe con que combate. En La ley y el 
amor, drama en cinco actos, estrenado en Abril del corriente 
año en el teatro Solís, probó, sin embargo, que cuando quiere, 
sabe rimar en prosa y que la misma pluma que escribe con 
arrebato y energía, borda páginas brillantes, en que forman 
espléndido conjunto las líneas vigorosas con los tonos suaves. 
Y ya que he citado ese drama, primer trabajo de aliento 
de Torrendell que se conoce, bueno es que diga dos palabras 
á su respecto, que encajan sin dificultad en esta semblanza. 
Su estreno fué un éxito, por más que algunos dijeron lo con- 
trario. Torrendell concibió el argumento de la obra y titu- 



— XIV — 

beó en aprovecharlo. Sus ideas católicas entraron en lucha 
con sus ideas literarias y, después de rudo combate, que 
duró algún tiempo, la victoria correspondió á las últimas. 
El drama fué escrito con A^alentía y representado ante un 
público escaso, que, si bien prodigó expontáneamente su 
aplauso al autor, no dejó de sorprenderse de la audacia de 
aquel joven que no sólo se atrevía á llevar á la escena un 
hecho real, verdadero, sino que, sublevándose contra las 
añejas reglas escénicas, rompía con todos los convenciona- 
lismos para ceñirse puramente á la verdad y á la lógica, 
expuestas artísticamente. Al siguiente día las críticas llo- 
vieron, sinceras algunas, y apasionadas, destilando hiél, otras. 
Literato hubo que sin haber concurrido al teatro desmenuzó 
el drama sin piedad, descargando toda una tempestad des- 
enfrenada contra aquel autor á quien no conocía más que 
de nombre, pero que desde aquel instante era su enemigo, 
puesto que osaba presentarse ante el público en busca de 
un aplauso que él no había tenido aún el valor de solicitar. 
Hubo más : hubo articulista que juzgó el drama por el nú- 
mero de espectadores que asistió á la representación, sin ol- 
vidarse, en su profundo criterio artístico, de mencionar á 
los profesores de orquesta, y otro que escribió agriamente 
porque sí, para confesar, poco tiempo después del estreno, 
que la obra no era mala y que su descontento, así como 
el de los demás censores, se debía á que el autor era ante 
todo un crítico severo y que como á tal se le había juz- 
gado! Sin desanimarse por esta mala voluntad, pero tam- 
poco interesado en desvanecerla, continuó Torrendell sue 
tareas literarias, trabajando siempre con fe, con esa fe ro- 
busta que constituye la principal base de su carácter y le 



— XV — 

fortalece para seguir adelante, sin temores ni vacilaciones. 
Dos obras más ha escrito para el teatro: Pasión, drama en 
cuatro actos, con argumento de un libro de Belot, y Cu~ 
rrita, una preciosa comedia que ha de proporcionarle nombre 
y provecho y cuyo asunto y personajes pertenecen á la no- 
vela del P. Coloma, Pequeneces. . . En ellas tiene Torrendell 
el mayor elogio que pudiera hacerse hoy á sus méritos y la 
mejor recompensa á sus esfuerzos. 

III 

Conversando en cierta ocasión con Domingo Arena, el 
feliz cuentista, éste me decía con esa ingenuidad que refleja 
todo su carácter bondadoso y abierto: 

— ¿Has observado en los pocos amigos literatos que tiene 
Torrendell? Mira... — y empezó acontar con los dedos — 
uno, dos, tres, cuatro....; todos escogidos, aunque escasos, 
¿no es verdad? 

En efecto, muy pocos amigos son por la cantidad, pero 
muchos y buenos por su excelente calidad. Estos le aceptan 
sin reservas ni dobleces y para ellos es para quienes guarda 
aquél todas las delicadezas que forman su verdadero carác- 
ter, delicadezas que sorprenderían á los mismos que le juz- 
gan equivocadamente y que sólo se pueden apreciar en esos 
coloquios íntimos, sostenidos durante largas horas, en que, 
uegún Galdós, el espíritu parece más expresivo que la palabra. 
En uno de esos coloquios me convencí de que Torrendell 
engaña por su aspecto exterior y por la nerviosidad de sus 
escritos, y que detrás de su rostro descarnado y cortante 
hay un alma sencilla y bondadosa, un alma de nifíó, inclinada 



— XVI — 

iiempre al bien é incapaz de abrigar ni un mal. deseo ni una 
ambición innoble. 

Chasco grande se llevan, por lo tanto, los que creen que á 
ese buen mallorquín le hacen perder su serenidad los ataques 
que se le dirijen en el ardor de una polémica ó en el arre- 
bato que produce el despecho: él los recibe con estoica indi- 
ferencia, no llegando nunca ni á alterarle el color del sem- 
blante ni á entibiar el entusiasmo que siente por la literatura. 
Así discute y escribe un día, y otro, y otro, con perfecta 
calma, sin enorgullecerse si triunfa, sin abatirse si le derro- 
tan en la contienda. El contraste es raro y resulta más 
raro aun por tratarse de quien batalla siempre con encarni- 
zamiento y parece demostrar en sus producciones una dure- 
za extremada, un temperamento excesivamente vivo y pre- 
dispuesto más á la intolerancia que á la bondad, más á la 
ironía amarga é incisiva de Tourgueneff, el novelista eslavo, 
que á la ironía tierna y melancólica de Henry Heine, el me- 
lodioso poeta del Rhin. Y cosa más extraña aún: ese em- 
pedernido realista, que no transige con los enemigos de la 
escuela á que pertenece, que parece estar eternamente apre- 
tando los puños en ademán de enojo, es un romántico deses- 
perado á veces, que se pasa horas enteras con los ojos velados, 
dejando que su espíritu flote en ese espacio imaginario don- 
de no llegan los ruidos de este mundo ni se sienten los 
punzantes anhelos de la materia. Estas crisis, felizmente 
para él, son poco frecuentes, y cuando sale de ellas en- 
cuentra aún más hermosa, más llena de encantos la triste 
realidad de la vida. 

Torrendell es un activo trabajador, que no descansa. Ac- 
tualmente da lecciones de latín y se ocupa en reunir mate- 



— XVII — 

ríales para varias obras en proyecto. Una idea dulce acaricia 
incesantemente: la de regresar á su patria y dedicarse á la 
escabrosa carrera de las letras, que aquí, entre nosotros, no 
ofrece en recompensa más que amargas decepciones. Su 
propósito es estudiar el teatro, sorprender sus secretos y 
llegar, á fuerza de constancia y desvelos, á ser uno de sus 
cultivadores. A veces, en los momentos de expansión, cuan- 
do rodeado de algunos amigos habla de sus esperanzas y de 
sus intenciones futuras, deja entrever su afición á la novela 
de costumbres, y un deseo íntimo de afrontarla algún día, 
por más que le seduzca por entero la escena y sus triunfos 
inmediatos, y abrigue cierto temor de poner la planta en do- 
minios que sólo conoce ligeramente. Sin embargo, dotes no 
le faltan para ello, y esto es mucho para quien además tiene 
una fe ciega en sus propias fuerzas y cree en literatura como 
los católicos fervientes creen en Dios. 

Eduardo Ferrejra. 
Montevideo, 26 de Agosto de 1893. 



LIBRO PRIMERO 



Enfin. .... seuls ! 

Era la media noche, cuando el celador de la 
parada hizo sonar el pito, que fué contestado 
por otros y otros y otros que se perdieron co- 
mo lejanos ecos, y ya en esa hora eran conta- 
dos los curiosos que aun quedaban observan- 
do desde la calle la gran fiesta que se celebra- 
ba con pompa inusitada en los fastuosos salo- 
nes del doctor Velázquez, el elocuente orador 
parlamentario, el Castelar uruguayo. 

Aquéllos y los cocheros que se habían di- 
vidido en dos grupos: los de los lujosos 
carruajes particulares cerca del zaguán de 
la casa, objeto de las miradas de todos los 
transeúntes, y los de los coches de alquiler agru- 
pados mucho más lejos, atentos casi siempre á 
las posturas y modales de los primeros, á 
quienes procuraban imitar, eran las únicas 
personas de aquellos contornos, que habían 
oído las doce campanadas que el mecánico 



JUAN TORRENDELL 



martillo del reloj de la Matriz arrancara al 
bronce, cuyo sonido se extendió por todos 
los ámbitos de la ciudad, como se acerca á 
las orillas de espacioso lago la onda circular 
que produce la caída de pesado cuerpo so- 
bre la tersa superficie de las tranquilas aguas. 

Si no imposible, por lo menos, muy difícil 
era que oyeran la metálica voz de la cam- 
pana, con ser ésta de grandes dimensiones, 
los numerosos invitados que se habían he- 
cho un honor en asistir á las comentadas 
bodas de Maruja, la hija mayor del doctor 
Velázquez, con Benjamín Migliore, el pri- 
mer crítico concienzudo, elegante escritor, 
erudito notable, literato de campanillas, ex- 
celente periodista, abogado que acababa de 
recibirse, lo cual era lo de menos, y futura 
lumbrera nacional^ que esto era lo más im- 
portante. 

Allí no podía enterarse uno de lo que pa- 
saba fuera: tampoco nadie se lo proponía, 
porque la concurrencia selecta y distinguida, 
como había dicho Guido Riviére, el cronista 
social de La Patria, estaba suficientemente 
arrullada por las caricias de la tibia atmós- 
fera, en la que había ráfagas de embriaga- 
dores perfumes de jardín y brillanteces de 
refulgentes rayos de sol meridiano, y se sen- 
tía, además, como transportada á mansión 
de bienestar nunca soñado, á causa de las 



EL PICAFLOR 



melodiosas armonías que se escapaban ora 
de la pequeña pero afinadísima orquesta, co- 
locada debidamente en un rincón del patio, 
adornado con plantas de invernadero y es- 
culturas de obscuro bronce y de mármol 
blanco, ora de las tirantes cuerdas del pia- 
no de cola que en el salón principal hacía 
las delicias de las considerables parejas que 
no se cansaban de dar vueltas, ya rápidas y 
vertiginosas, como las del wals, ya sosega- 
das y voluptuosas, como las de la mazurka. 
Bien pocos eran los que no habían bailado 
aquella noche, como que hasta dieron sus vuel- 
tecitas el serióte de Velázquez y la vieja se- 
ñora de Migliore. Es cierto que la cosa era 
como oficial y por cumplimiento, y con la in- 
tención de no reincidir* como había hecho 
Benjamín, quien había bailado con las mucha- 
chas que lucían trajes más artísticos y teatra- 
les, según su autorizada opinión. Una de las 
elegidas fué Anita Pionini, la notabilísima di- 
letante, poseedora de preciosa voz de soprano, 
que cantaba con la excelente escuela del 
maestro Sanguetti, el de los bigotes retorci- 
dos, á pesar de sus sesenta y pico, y el mejor 
de los teuores que, en tiempos remotos, can- 
tara en el teatro Solís la ópera Ruy Blas. Na- 
turalmente, Anita estaba encantadora, era una 
nota muy original en aquella reunión de la ele- 
gancia y la distinción. 



JUAN TORRENDELL 



Como no había aún transcurrido el tiempo del 
luto que por muerte de una madre señalan las 
conveniencias sociales, presentóse en traje 
completamente negro con encajes, adornos 
de terciopelo, sumamente escotado, y salpicado 
todo el corpino de brillantes lentejuelas. Pare- 
cíase, según ramplona frase del poco feliz cro- 
nista de La Patria, á un cielo obscurísimo ta- 
chonado de titilantes estrellas. Pero á Benja- 
mín le había recordado á una de las bailarinas 
que salen en el grandioso ballet de Gioconda, 
representando la Noche- Esta semejanza era su- 
ficiente para que fuese por completo de su agra- 
do: era artístico, muy teatral. Le gustó tanto que 
había bailado ya dos veces con ella, no obstan- 
te cierta seriedad sorprendida en el agraciado 
rostro de Anita, cos# no acostumbrada 

Estos desahogos de Benjamín, necesarios 
para la extremada nerviosidad de que estaba 
atacado desde algunos días, no impedían que 
á cada momento corriera al saloncito de des- 
canso en que se encontraba la recién casada* 
acompañada de unas pocas de sus íntimas 
que, aun contra su voluntad, la entretenían 
con su charla, pesada aquella noche, y la 
distraían de ciertos pensamientos que, desde 
una semana antes, se habían apoderado de 
su cerebro con la horrible insistencia de 
molesta pesadilla. Reclinada en un sofacito 
de color obscuro, sobre el cual se destacaban 



EL PICAFLOR 



con mayor intensidad su traje de blanquísi- 
ma seda y su velo sutilísimo, que estaba 
colocado en el otro extremo del sofá por el 
mismísimo novio, quien encargó en voz baja 
á Maruja que de allí no lo tocasen, miraba 
ésta con ojos de pupila vaga ya á sus compa- 
ñeras que se sucedían en los otros asientos de 
tarde en tarde, ya á las flores de azahar que la 
adornaban en caprichosa curva desde el pal- 
pitante seno hasta el borde de la falda que 
descansaba sobre un pie encerrado en redu- 
cido botín de raso. 

De la corona de azahares que adornara su 
artística cabeza, su cabeza griega,, de Cleopa- 
tra, según observación de Benjamín, había 
arrancado ya varios pimpollos: dos que guar- 
dó en una cajita, regalo de su pobre mamá, en 
la cual estaban depositados otros dos de ésta, 
y los restantes que fueron repartidos entre 
sus mejores amigas. 

—¿Cómo te encuentras?— era la pregunta de 
su esposo cada vez que entraba en aquella 
salita, á donde llegaba apagada la ensordece- 
dora algazara de la reunión. Y, casi sin espe- 
rar respuesta,, se fijaba instintivamente en 
un hermoso grabado del célebre cuadro de 
Tofano que tiene por titulo: Enfin.... seuls! 
Tanta insistencia hizo sonreír á varias mu- 
chachas que, en el afán de no perder ningún 
pormenor, ponían atención en todo, y, al re- 



8 JUAN TORRENDELL 

parar que Benjamín levantaba los ojos, ha- 
bían seguido la dirección de éstos hasta dar 
con el grabado, en el cual se veía á dos re- 
cién desposados, estrechamente abrazados y 
dándose apasionado beso, el primero quizás. 
Este descubrimiento arrancó imperceptibles 
sonrisas y miradas inteligentes que entraña- 
ban picarezca ironía. 

Y, después de haberse bromeado un instante 
con alguna conocida, desaparecía, porque no 
era cuestión de dejar olvidados á los tertulia- 
nos, ya que Maruja, pretextando cansancio y 
ligero roce de jaqueca, no quiso irá los salo- 
nes á demostrar su savoir /aire de dueña de 
casa, dejando encargada de tan difícil tarea á su 
buena hermanita Delia, el encanto de toda 
la buena sociedad, fuego para muchos corazo- 
nes tiernos y frescura para muchos pechos 
agostados, y áél, Benjamín de nombre, y Ben- 
jamín de apodo, por ser el niño mimado de 
aquella sociedad voluble que levanta hasta las 
nubes al que tiene la suerte de agradarla, y 
que es capaz de abismar á todo el que no le cae 
en gracia Aquella noche quedó bien com- 
probada esta estimación exagerada é injusti- 
ficada hasta cierto punto, que algunos envi- 
diosos negaban. Todo Montevideo, — así con 
letra bastardilla y todo, como lo escribía Ri- 
viére, — correspondió á la artística invitación 
ideada por Benjamín. Todos le sonreían, todos 



EL PICAFLOR 



le estrechaban la mano que ocultaba fino guan- 
te blanco, todos se mostraban contentos y 
satisfechos. Parecía que se trataba de un 
acontecimiento que á todos interesaba, que 
tuviera relación con la historia patria. Y la 
tenía sin duda. Se había casado un escritor 
nacional. No se disponía de tantos literatos, 
de tantas glorias producidas por las letras, 
aunque fueran futuras, para que no se cele- 
brara dignamente y con extraordinario pla- 
cer. 

Así lo hizo observar, si bien con un tono 
bastante protector y como de quien quiere ser 
condescendiente, el conocido Fénix (seudóni- 
mo de Riviére ) que no era el de los Ingenios, 
pero sí el de los escritores decadentes, cu- 
ya pluma describía arabescos y burilaba fra- 
ses, cuando no sacaba á relucir metáforas 
inconcebibles, ó cuando no avergonzaba el 
castellano con galicismos de remarcable evi- 
dencia, que de todo esto era capaz. 

— Benjamín es ya uno de los mejores es- 
critores entre la generación que sube, qué 
avanza, para llegar á ser quizás el más nota- 
ble literato de nuestra futura historia, si el 
tálamo conyugal no lo encadena con sus blan- 
das y blancas cadenas (en voz baja á los 

del grupo que lo rodea), ó si el aroma déla 
amistad y el incienso de la crítica no lo em- 
briagan y aturden envolviéndole en sus aéreas 



10 JUAN TORRENDELL 

y vaporosas nubes; — había dicho Ri viere 
apuntando en su carterita los nombres délos 
invitados, y alzando la voz al final, dirigien- 
do imponente mirada á todos. Sus palabras 
fueron recibidas entre frases de aprobación 
y aplausos débiles y apagados. Después cada 
uno de los oyentes glosó, como mejor le dio 
á entender Dios, la elocuente tirada de Guy 
Riviére, como le llamaban algunos para de- 
mostrar que sabían francés. 

El aludido había oído algo, y, cual si fueran 
estas palabras plumas de ligeras alas, le obli- 
garon á moverse con más velocidad de la que 
le era característica. Entraba en todos los gru- 
pos, dirigía una. flora cada una de las señoritas, 
se acercaba á sonreír ásu papá-suegro, el gran 
político Velázquez, con cuya hija se había casa- 
do,— no había que olvidarlo — y pasaba medio 
serio al lado de su padre, il signor Migliore, el 
antiguo platero de la calle Sarandí, el cual le de- 
cía moviendo la cabeza: 

— i Ah fanciullo, /andullo ! —Añadiendo des- 
pués á los que con él formaban un grupo: gente 
toda del alto comercio, al cual pertenecían ó ha- 
bían pertenecido, ya que su hijo apenas si le oía 
— A questo muchacho me lo va á perderé il Dot- 
tore Velázquez y sus amicos....Ma.... 

Y esto lo decía con cara como de quien co- 
munica algo muy grave y sensible, pero real- 
mente sintiéndose satisfechosísimo más por 



EL PICAFLOR 11 



verse admirado de sus compadres como ami- 
go del diputato Velázquez, que por el bien- 
estar alcanzado por su hijo. Esto no lo veía 
él muy claro; pero era así, en efecto, como lo 
sentía en el más recóndito repliegue de su co- 
razón, que él no había desdoblado nunca. No 
le gustaba tampoco pensar mucho. 

— Hace una hora que te estoy buscando; — 
dijo á Benjamín un mocito correctamente ves- 
tido, que se hacía notar desde luego por un 
defecto muy feo que tenía: cerrar y abrir los 
ojos, unos ojos pequeños, de una manera con- 
tinua, fastidiosa, que le atacaba á uno los ner- 
vios. Lo dicho por Mario Gutiérrez (que así 
se llamaba el de los ojos en movimiento con- 
tinuo), no era cierto como se supondrá, porque 
en una hora Benjamín era capaz de dar trein- 
ta ó cuarenta vueltas por toda la casa, con la 
sonrisa en la boca y apretando las manos á 
todos. 

—Che, vertí;— añadió Mario pasando el brazo 
por la cintura de Benjamín y hablándole en voz 
baja. — La gente quiere retirarse ya, porque es 
muy tarde y... antes de irse desea oir cantar á 
Anita. 

Bueno; que cante, que cante. ¿Por qué no 
canta? No me había apercibido. 

— Es que se lo hemos rogado una. porción, y 
no hemos conseguido nada. Es muy terca. Si tú 
quisieras... 



12 JUAN TORRENDELL 

—¿Cómo nó? A ver. ¿Dónde está Anita? 

— Allá, en el salón. 

Y en dos saltos Benjamín se había colocado 
delante de Anita, á la cual rodeaban infinidad 
de jóvenes de ambos sexos que rogaban, pe- 
dían, exigían sin conseguir nada. 

— j Hágalo por mí, Anita! 

— No nos desaire, señorita Pionini. 

— No seas mala, querida. 

— ¡A ver! — Era la voz chillona de Benjamín. 
Pronto se abrió un camino que lo puso en- 
frente de la diletante Esta quedóse un poco 
sorprendida. — Hoy no me puede negar nada, 
Anita. Yo le suplico con todo mi corazón que 
me deje algún recuerdo de usted; le pido el 
eco de su preciosa voz. ¿Quiere? 

Anita se levantó en seguida y pronto, como 
quien ha formado una resolución. Sonó nu- 
trida salva de aplausos y dejáronse oír frases 
de satisfacción. La aficionada tomó el brazo 
que le ofrecía el novio, quien la condujo al 
piano. 

¿Y Sanguetti? ¿Dónde está Sanguetti? 

— Acá, acá. Yo lo traigo. — El incansable Gu- 
tiérrez lo había previsto todo, y ya traía de la 
mano al maestro, moviendo más y más los 
párpados, señal evidente de suma satisfacción. 

Benjamín, apenas sentado el ex-tenor delan- 
te del piano, desapareció como por encanto, 
mientras que toda la concurrencia se apiñaba 



EL PICAFLOR 13 



para entraren el salón. Aquel se había retirado al 
ambigú, no sólo para descansar un momento, 
sino también para tomar alguna cosa. La verdad 
es que estaba muy cansado. Aquello era cues- 
tión de nunca acabar. ¿Por qué no se iría la 
gente? ¡ Cómo se conocía que ellos no habían 
pasado unos días aguadísimos, y principal- 
mente uno como el de las bodas, que lo dejó 
nerviosísimo ! Como que hasta las piernas casi 
se le doblaron, cuando tuvo que pronunciar el 
sí delante del cura. ¡ Qué vergüenza, si se hu- 
biese caído ! Un rápido estremecimiento sacu- 
dió todo su cuerpo al pensaren esto. ¡ Malditas 
piernas que siempre le temblaban en momen- 
tos críticos ! 

De pronto sus ojos quedaron bien fijos en las 
luces de un enorme candelabro de plata, sus 
dientes clavados en un dulce que apenas se lle- 
vara á la boca, y quietas su mano derecha en 
que sostenía el dulce, y su pierna izquierda que 
en rápido movimiento hacía crujir el botín de 
charol cuya punta estaba apoyada en el suelo. 
La potente voz de Anita hacía llegar hasta sus 
oídos el agradable ritornello de la melodía de 
Tosti : Non m'ama piá. ¡ Qué bien decía el que- 
jumbroso Lieto ricordo d'un amor che fu / 

i Y con qué angustioso grito hacía resonar la 
palabra amor! El la había querido á aquella 
muchacha, alegre, retozona, artista por los cua- 
tro costados. Así le gustaban á él. Sí, bueno; 



14 JUAN TORRENDELL 

pero también eran de su agrado las que no 
eran tan... vamos, tan teatrales. Allí estaba 
Maruja con quien se había casado, y ésta era 
todo lo contrario: seria, romántica, muy for- 
mal, aunque de cabeza artística, eso sí, y que 
siempre lucía trajes también muy artísticos. 
Sí, la amaba mucho á Maruja, á la hija mayor 
de Velázquez, como él pensaba al acordarse 
de su esposa, i Su esposa! Aun no lo era muy 
bien. No lo sería hasta que realizase su sueño 
dorado; hasta que él y ella diesen vida á aquel 

gran cuadro de Tofano: Enjln seuls! con el 

cual tanto soñó. Todo lo tenía preparado. El 
velo estaba allá, la palmera había sido colo- 
cada detrás del sofacito, y el grabado suspen- 
dido de la pared. Dentro de un momento 

ipaf! tablean. 

Lieto ricordo d'un amor che fu: el ritornello 
volvía á oirse, y esta vez la palabra amor ha- 
bía sido dicha con una especie de despecho, 
i Caramba! ¿A qué estaba enojada la grHnguita 
porque él no la amaba como hace tres años, 
es decir, cuando eran niños? 

— I Pucha con la terca ! Aquello era un ca- 
rácter. 

El edificio casi tembló. ; Qué modo de aplau- 
dir! 

— i Bravo, bravo ! 

— j Es toda una artista ! 

— ¡Es una voz de ruiseñor! 



EL PICAFLOR 15 



— i Nunca había cantado con tanto fuoco! 

— ¡Molto bene signorina! — Esto lo dijo San- 
guetti apretando entre las suyas velludas una 
mano blanquísima y temblorosa, en aquel mo- 
mento, de la cantatriz. 

— Ha tenido usted arranques que sólo había 
conocido en la Patti, decía Benjamín, quien 
acudió á los primeros aplausos. Y la miraba 
con los ojos extremadamente abiertos, y que 
pretendían decir algo que arrancó una sonrisa 
á los labios de Anita, hasta entonces bien tran- 
quilos. 

—¿Nos vamos, Anita? — preguntaba la madre 
de Benjamín. 

— Sí;— fué la contestación déla aludida, sin 
fijarse «bien en lo que decía y devolviendo á 
Benjamín una mirada arrebatadora, que éste 
sólo había visto en los ojos grandes y rasgados 
de aquella mujer-artista. 

Y, mientras la concurrencia iba disminu- 
yendo, y arreglándose para salir los que aun 
quedaban, él pensaba en que le hubiera gus- 
tado pasar un momento con su amiga de la 
infancia, pasearla por el patio, dar vueltas 
por los caminitos que señalan las plantas y 
las esculturas, i Qué zonzo! Ahora se aperci- 
bidas su descuido. ¿Cómo no lo había pen- 
sado antes ? 

— / Benjamino! ¡ F andullo ¡ lo me voy. Me 
has tenuto cui mocho tiempo. ¡ Picaro ! — gri- 



16 JUAN TORRENDELL 

taba el viejo Migliore dando golpecitos sobre 
la espalda de su hijo, á quien iba á perder 
Velázquez con sus elogios. 

— ¡Juicio, papá!;— le había contestado Ben- 
jamín en voz baja. Ya entonces no era ne- 
cesaria semejante recomendación, porque no 
era posible que á tan altas horas de la no- 
che se le ocurriese á su viejo hacer lo que 
antes había pensado: llevar á su casa, ya que 
no podía ser á la del dottore Velázquez, á 
sus antiguos amigos y compatriotas, beber 
un buen barbera y comer una fuente de ra- 
bioli. Pero ¡per Bacco! á su Benjamín no 
le había gustado la cosa, y, temiendo que lle- 
vase á cabo su pensamiento, le exigió que 
estuviese allá hasta muy tarde, si bien le ha- 
bía permitido que invitase á los pocos de sus 
compañeros más decentes y que tuviesen frac 
como se pedía en la invitación. 

La despedida fué rápida. No le gustaban á 
Benjamín las situaciones trágicas más que en 
el teatro, y esto porque entonces sólo sufría 
superficialmente, como quien dice. 

— Vamos; — dijo muy serio el novio al be- 
sarse Anita y la recién casada, si placentera 
ésta, medio disgustada aquélla. 

— Sí, andiamo; — anadió, como un eco, la 
grave voz del señor Migliore que daba el 
brazo á su esposa. Benjamín acompañó % á 
Anita, y tuvo tiempo de agradecerle, sin que 



EL PICAFLOR 17 



nadie lo oyera, la delicadeza de haber asisti- 
do á la fiesta, pues se había casi obstinado 
en no ir, según le comunicó su madre, á 
quien debía realmente que tuviera el placer 
de haberla visto cerca. 

— Sí, es verdad, contestó Anita, ya us- 
ted ve: el luto, después completamente sola... 

— Sube, niña; — decíala señora de Migliore. 

Y un instante después rodaba por la ca- 
lle 25 de Mayo, en extremo silenciosa y obs- 
cura, el último de los carruajes que habían 
formado dos cadenas de puntos refulgentes 
en una extensión de varias manzanas. 

Al entrar de nuevo en el patio, lo encon- 
tró ya á obscuras, recibiendo solóla claridad 
que despedían las luces de ciertas habitacio- 
nes laterales abiertas. La servidumbre daba 
á entender que deseaba descansar de las fa- 
tigas de todo el día. Hasta Velázquez, des- 
pués de haber besado á sus hijas y haber 
acompañado hasta su nueva habitación á su 
pequeñita Delia, retiróse también á su dormi- 
torio. 

El, entonces, como el muchacho que se 
dirige á una cita ardientemente deseada de 
mucho tiempo atrás, escurrióse por el sa- 
loncito de descanso en donde había pasado 
la noche su mujercita. Esta ya no estaba allí. 
¿Y en dónde? El no había previsto aquello. 
En el salón tampoco estaba; las luces del 



18 JUAN TORRENDELL 

gas acababan de ser engullidas por los pi- 
cos. ¡Ah, ya, en el dormitorio! Una sonrisa 
rizó los labios de Benjamín. 

Fué allí, i Cómo! ¿Tampoco? La sorpresa 
se retrataba ya en su rostro encendido. 

— ¿Maruja? — balbuceó bajito y después escu- 
chó con refinada atención. 

— Ven ;— suspiró una voz delicada y velada 
por fuerte emoción de sentimientos encon- 
trados. Había sido mejor un suspiro que un 
vocablo. 

— ¿Qué haces acá? — preguntó Benjamín á 
su esposa, después de haber acudido al si- 
tio de donde partiera aquella voz deseada. 

Se había ido á esconder en el tocadorci- 
to contiguo al dormitorio. 

Ella se abalanzó á su cuello, depositó su 
cabeza sobre la reluciente pechera de su es- 
poso y dijo con voz melosa y llena de terne- 
zas inexplicables: 

—¿Me quieres, Benjamín mío? 

—Sí, china mía; — contestó él estrechándo- 
la suavemente y con desgano. Es claro; aun 
no había llegado el momento suspirado. 
Ella había desbaratado sus planes. Era pre- 
ciso llevarla. 

— Vamos, mi hijita. 

— ¡Nó, aun nó! — repuso ella bajando la ca- 
beza y respirando con frecuencia. 

El comprendió en seguida y sonrió. Nó, él 



EL PICAFLOR 19 



no había querido decir que fuesen al dormi- 
torio. Antes era preciso realizar una ilusión 
de mucho tiempo. No era más que una sim- 
pleza; pero quería hacerlo. De todos modos 
nadie lo sabría. Por ventura ni siquiera Ma- 
ruja lo comprendería. Entonces le puso una 
mano en la frente y le dijo: 

—Che, muchacha, tú tienes la cabeza como 
una fragua. Vamos á tomar el fresco un mo- 
mento. ¿ Querést 

A ella no le importaba tener fiebre., porque era 
fiebre de amor. \ Lo amaba con tanta pasión ! 
Lo que quería eran besos, abrazos, caricias, 
sentirse amada, muy amada, verse adorada por 
el hombre á quien se entregaría con alma y 
cuerpo. Y Benjamín, aquella noche, debía de 
sentirse muy aturdido, pues no estaba tan cari- 
ñoso y expresivo como era su costumbre. 

— ¿Me quieres? — insistió Maruja con ansie- 
dad. 

— ¿Que si te quiero? Mucho, mucho;— y en- 
tre tanto la tomaba del brazo y la arrastraba ha- 
cia el dormitorio, que atravesó con sorpresa de 
la joven, hasta conducirla á la salita de des- 
canso, que estaba absolutamente á obscuras. 

— ¿Quieres reposar un momento? — preguntó 
Benjamín, dirigiéndose á buscar la lámpara que 
había en la alcoba, y que trajo emocionado de 
placer. 

— Benone; —exclamó, mientras la depositaba 



20 JUAN TORRENDELL 

sobre lujoso velador. — ¡Ah! está aquí, — aña- 
dió involuntariamente, fijándose en el blanco 
velo, olvidado en el sofá. 

Lo tomó con suma delicadeza, lo extendió 
medio abandonado sobre la rozagante cola del 
vestido nupcial, como quien ha efectuado repe- 
tidas veces igual operación, y, una vez visto el 
efecto que producía, hizo levantar á su esposa 
que miraba callada todos los movimientos de su 
Benjamín, el cual la abrazó tan rápida y estre- 
chamente que ella no tuvo tiempo de pasarle los 
brazos por el cuello. Simultáneamente depositó 
en los rizos que se entrelazaban sobre la frente 
de la joven, un beso largo, ruidoso y ardiente, 
como nunca se lo había dado ni él, ni nadie. Es 
verdad que tampoco había habido ocasión más 
que para rápidos roces. 

— Enjln. . . seuls! — exclamó, por último, Ben- 
jamín, que se sentía verdaderamente emociona- 
do, con un nudo en la garganta, el corazón pal- 
pitante, las manos temblorosas, las piernas, las 
malditas piernas que ya aflojaban y los ojos lle- 
nos de lágrimas. Sí, por fin se realizaba su sue- 
ño color de rosa, se veía dando vida él, él mis- 
mo, á aquel cuadro de Tofano que "tantas veces 
contemplara en su cuarto de soltero. Y la se- 
mejanza era exactísima: la habitación era muy 
elegante, confortable, arreglada con chic, con 
sus cuadros al óleo, su palmera diminuta, sus 
lujosos confidentes; la novia con el preciosísi- 



EL PICAFLOR 21 



mo traje igualito, — verdad que todos son pare- 
cidos,— el velo caído sobre la larga cola, como 
desprendido de la cabeza que hasta entonces ve- 
lara sutilmente; la novia, de estatura más pe- 
queña que alta, de rostro si no bello, por lo me- 
nos agraciado, como el del cuadro; y última- 
mente, el novio correctamente vestido, alto, con 
un ricito perdido por la frente, lindo de cara, 
con su barba cortada en punta, y los brazos 
apretando á la dulce palomita. Tableau, decidi- 
damente tableau. 

El se había propuesto llegar, y estaba ya junto 
ala meta. Su buena estrella resplandecía con 
mayores destellos. Era feliz. 

— Enftn. . . seulsf — repetía el hijo del antiguo 
platero Migliore, y el sentido de estas dos pala- 
bras no era el mismo que le daba Maruja, la ro- 
mántica hija del gran Velázquez. Ella se halla- 
ba en la mayor explosión de su felicidad, por- 
que veía á Benjamín, á su lindo Benjamín, con- 
tentísimo, radiante de placer, y después se sen- 
tía amada como nunca por el dueño de su cora-, 
zón, del cual se había apoderado fácilmente y 
con placer inmenso. 

El, en cambio, se veía amo absojuto de una 
joven que no era otra que la hija mayor del elo- 
cuente orador Velázquez; niña envidiada de 
muchas amigas, deseada de infinidad de jóvenes 
ricos, gallardos, distinguidos, pero no tan sa- 
bios como él; ya estaba en el palacete lujosísi- 



22 JUAN TORRENDELL 

mo, uno de los pocos de la capital, con sus ar- 
tísticos cortinajes, su preciosa sillería, sus pa- 
redes cargadas de cuadros pintados por notabi- 
lidades europeas, su suelo cubierto de alfom- 
bras del mismísimo Oriente, ó de rarísima ma- 
dera ele dibujos soberbios; en fin, había sido 
capaz de vivificar — como él decia — la bien pin- 
tada tela de Tofano, que él no había visto, pero 
cuyo grabado se lo indicaba palpablemente. La 
prueba no podía ser más evidente. Ahí estaba él 

mirando el Enjln seuls! del gran artista; y 

ahí estaba la copia exacta, que resultaba mejor 
que el original, porque aquélla tenía vida, mu- 
cha vida, y sus personajes hablaban de amor. 

— ¿Me quieres, bien mío? — decía'Maruja, que 
no se cansaba de estar en los brazos de su es- 
poso. 

—-Con toda el alma;— contestaba frenético 
Benjamín. 

Entonces ella se apartó de él, le echó los 
brazos á los hombros, y, mirándole fijamente, 
le preguntó con una ingenuidad arrebatadora. 

— ¿Siempre, siempre? 

— Siempre, sí, siempre. 

Y ambos, puestas las manos de uno en las 
mejillas del otro, se dieron en la boca un beso 
intensísimo, uno de aquéllos en que se comu- 
nican el alma toda, uno de aquéllos en que 
toma parte el cuerpo todo. 

Sí; Benjamín la amaba mucho, se sentía es- 



EL PICAFLOR 23 



clavo de aquella mujer, se hubiese echado de 
rodillas, las piernas iban á hacerlo; pero nó, 
aquello era demasiado romántico. Era preciso 
acabar, 

— Vamos; — dijo él, y esta vez ella se dejó 
llevar al gabinete donde iban á entonar el idi- 
lio del amor. 

Entraron, y el dormitorio estaba vagamente 
alumbrado por una vela que daba ya sus úl- 
timas bocanadas de vida. 

A Maruja la impresionó fuertemente aquella 
luz siniestra, y, abrazando á Benjamín, ex- 
clamó con voz plañidera: 

¡Ojalá que nuestro amor nunca acabe! 

Benjamín le cerró la boca con ardientísimos 
besos. 



II 

Historia de Benjamín 

Al día siguiente de las bodas, en casa del 
doctor Velázquez almorzóse muy tarde, aun- 
que no se tratase de un banquete. Todo al 
contrario; el almuerzo de aquel día fué más 
frugal que lo acostumbrado, si bien no lo 
parecía por el aspecto de la mesa, según 
pensó Benjamín. 

Todos se habían levantado muy tarde, como 
que en todos los relojes de la casa las ma- 
nitas metálicas se acercaban á porfía al nú- 
mero romano XII, cosa no común á los ha- 
bitantes de aquel palacete, los cuales, por el 
contrario, solían madrugar. 

Resolvieron, pues, no comer hasta la una 
y media ó las dos, ya que los desposados 
no probarían ningún comestible hasta el día 
siguiente, porque no solían tomar nada en 
los viajes por mar. Mientras llegaba la hora 
indicada,, el Dr. Velázquez salió á dar cua- 



EL PICAFLOR 25 



tro pasos y á ojear los diarios de la maña- 
na, que encontraría en la Redacción de La 
Idea; los esposos noveles se ocuparían "en 
acomodar dentro de varias maletas la ropa 
más necesaria para pasar unos quince días 
en un pueblecito de los alrededores de Bue- 
nos Aires; y Delia se entretendría en tecle- 
tear el piano y en dar varias órdenes, ya que 
ella iba á quedar ama de casa y era preci- 
so enterarse de todo mientras Maruja estaba 
aún allí 

El almuerzo fué rápido y ligero. Nadie 
tenía apetito. Maruja, más cariñosa que nun- 
ca con su buen papá, le invitaba á que co- 
miera más, de lo contrario creería que 
estaba enojado porque ella se marchaba; y 
no era así; él había propuesto este viajecito, 
y estaba muy contento de sorprender la ale- 
gría en el rostro de su viejita Maruja. Ben- 
jamín bromeaba con Delia, la que interior- 
mente estaba bastante triste por ser la primera 
vez que se iba á separar de su querida Ujita, 
cómo le llamaba cuando tenía la lengua de 
trapo, y como seguía llamándole en los mo- 
mentos de tristeza y de intimidad de las dos 
hermanas. Sin ella quererlo, sin casi notar- 
lo, las bromitas de su cuñado le disgusta- 
ban, y hasta le contrariaba ver á aquel ex- 
traño,, dueño de algo muy suyo y que, á su 
parecer, le arrancaba á viva fuerza. 



26 'JUAN TORRENDELL 

Hacía un rato que en la mesa reinaba pro- 
fundo silencio: el padre saboreaba con frui- 
ción largo y aromático habano, echando po- 
co á poco hacia arriba el humo azulado que 
subía formando espiral; Maruja estaba cor- 
tando con un cuchillo de postres, de mango 
de plata, una cascara de banana que había 
dentro de su blanco plato con cenefa dora- 
da de color muy claro; Benjamín, con las 
manos en los bolsillos del pantalón, y colum- 
piándose en la silla, tenía los ojos fijos 
cíi un bonito cuadro al óleo en que se veían 
unas perdices muertas y colgadas de un cla- 
vo por las patitas; y Delia rompía, sin ad- 
vertirlo, el encaje de su delantillo, que bien 
pronto tendría que acudir á enjugar los ojos, 
que amenazaban convertirse en fuentes de 
lágrimas. 

Pedro, que siempre servía en el comedor, 
llegó á tiempo; desde la puerta dijo: 

— Señorita, acá están los changadores. 

Todos se levantaron como movidos por un 
mismo resorte; y ninguno de los cuatro re- 
paró que el sirviente se había olvidado del 
nuevo estado de la ya señora de Migliore. 

Las hermanas se dirigieron, cogidas de las 
manos y después de darse un beso, á la ha- 
bitación en donde estaban las maletas debi- 
damente cerradas; Velázquez salió del come- 
dor, se puso el sombrero y se fué al estu" 



EL PICAFLOR 27 



dio que tenía en la calle Rincón, no sin 
antes haber dicho á sus hijas que estuviesen 
arregladas á las cuatro, hora en que él 
volvería para ir á embarcarse., y Benjamín 
quedóse paseando por el comedor, puestas 
las manos detrás, los ojos sin fijarse en 
ningún punto y el pensamiento vagando por 
la dilatadísima llanura de su pasado, para él 
ni despreciable ni digno de envidia. 

Sin embargo, ¡cuántos jóvenes de su edad, 
de igual talento, aunque no de igual bienes- 
tar materia], hubieran deseado encontrarse en 
parecidas condiciones, y entonces no sufrie- 
ran como él, ni, como él, se quejaran de su 
suerte! Hijo único de unos padres italianos 
que poseían halagadora fortuna de treinta 
ó cuarenta mil pesos, aunque sin perte- 
necer por esto á la sociedad distinguida, á 
aquella sociedad que se veía en todas las 
grandes fiestas en que se gasta rmicho por 
la entrada y mucho más por los trajes que 
allí se exhiben, á aquella sociedad, cuya vein- 
tena de nombres se encontraba en orden dis- 
tinto, pero los mismos siempre, en las em- 
palagosas crónicas del francesito Riviére; 
Benjamín había gozado de la vida en el sen- 
tido de que no tuviera ninguna necesidad 
material, ya que sus padres lo habían criado 
y educado para dottore, para que vistiese le- 
vita, usase calera y calzase guantes, — según 



28 JUAN TORRENDELL 

frase del signor Migliore, — pero no se había 
visto, como él deseó, en medio de la opu- 
lencia, acariciado por las auras perfumadas 
de los salones y deslumhrado por los colo- 
res variadísimos y los destellos vivísimos de 
luces y cuadros, flores y espejos, tal como 
en sueños veía él algunos palacios encan- 
tados. 

Es verdad que no siempre se había dedi- 
cado á semejantes pensamientos, ni cuando 
jovencito había sentido ambición de comodi- 
dades y lujo, ni había en otros tiempos ya 
lejanos tenido deseos de vanidad, ni hambre 
de elogios. ¡Cuan lejos veía ahora aquella 
edad en que nada de notable se encontraba, 
aquella edad que bien podría ser comparada 
á una lámina fonográfica que está llena de 
cosas y en la cual, sin embargo, nada, absolu- 
tamente nada se descubre. 

Estudió con mucho provecho todo el ba- 
chillerato, sacando al final de cada curso la 
nota de sobresaliente, y hasta con felicita- 
ción de la Mesa Examinadora en la asigna- 
tura de Gramática Castellana y Filosofía del 
Lenguaje. A los quince años era bachiller. 
En seguida empezó la carrera de abogado, no 
porque la vocación lo condujera por ese ca- 
mino, sino porque era necesario, según des- 
de pequeño le había imbuido su padre, que 
delante de su nombre hubiera la mágica pa- 



EL PICAFLOR 29 



labra Doctor que halaga mucho el oído del 
que lleva este título, hace levantar la mano 
del pobre hasta el sombrero y abre pronto 
camino entre la gente entonada. Luego que, 
según el signor Migliore, el dueño de la me- 
jor Platería de la calle Sarandí, con un so- 
lo escrito de Doctor se ganaba más dinero 
que el que él, á fuerza de economías y de 
actividad, había podido juntar en más de quince 
años. Era preciso que su hico no fuera tan 
disgraciatto, como él, siempre junto al mos- 
trador, regateando* con los marchantes, ó sen- 
tado delante de la mesita de trabajo ha- 
1 ciendo algunas composturas. Esto no quería 
decir que Benjamín se echara en los brazos 
de la holganza, no; pero su idea consistía en 
que siguiera una carrera con la cual se 
ganara la plata más fácilmente, estuviera me- 
jor mirado en la sociedad y pudiera llegar á 
ser diputato en la patria americana, sin 
que tuviese que disminuir su capitalito para 
darle una parte. El no sabía por qué lo guar- 
daba, ma voleva guardarlo. 

A Benjamín nunca le habían parecido del 
todo mal tales razonamientos hasta la noche 
aquélla en que tan aplaudido fué en el no- 
table concierto celebrado en el Colegio de Mon- 
tevideo > en donde se había educado él, al 
lado de los niños de las familias más dis- 
tinguidas y acomodadas. Ya entonces algo del 



30 JUAN TORRENDELL 

buen gusto y la delicadeza, peculiares á los 
ricos, se le había pegado, pero sin que él 
lo advirtiera, instintivamente. Había recitado 
una poesía, unos alejandrinos, muy sonoros, 
con bastante ritmo musical, muchos ripios, 
algunos meta/orones y un asunto halagador 
á todos: La Patria. No es que él fuera muy 
patriota; no había sentido á su alrededor 
el fuego del patriotismo; no había pensado 
aún bien en qué consistía la patria. Todo se 
reducía á juntar muchas palabras cadencio- 
sas, muchas frases que había leído, muchos 
nombres propios: Las Piedras, Sarandí, Itu- 
zaingó, los Treinta y Tres, Artigas, Lavalleja. 
Retiróse muy tarde, y tampoco tenía ganas 
de dormir. Las sienes le latían fuertemente, y, 
una vez metido en la cama, su imaginación 
empezó á vagar por el florido campo de la 
fantasía. Pensó mucho, mucho; y soñó mu- 
cho más. Al otro día su trabajo poético fué 
publicado en el popular diario La Ldea. Gra- 
cias á la deferencia de aquella Redacción, Ben- 
jamín pudo ser felicitado tiempo después por 
el Doctor Velázquez, que no celebraba más 
que los escritos literarios admitidos por es- 
te periódico. Sus versos eran lindos, no ca- 
bía duda; una vez impresos, se lo parecieron 
más. A su padre lo que más le gustó fué la 
última linea: Bachiller Benjamín Migliore. La 
primera palabra lo tenía entusiasmado; ¿qué 



EL PICAFLOR 31 



sería cuando ésta fuera cambiada por la tan 
ansiada, por la que tantos pesos le costaría, 
por la de Doctora El platero Migliore tenía 
la neurosis de los títulos. 

Aquella poesía le abrió las puertas de la 
Redacción de La Idea. Fué á dar las gracias al 
director de este diario, y desde enton'ces fué 
muy bien recibido en aquellas oficinas. Allí 
conoció personalmente al renombrado Doctor 
Velázquez, allí se hizo amigo de muchos jó- 
venes de la high-life.—La Idea era el diario 
de los salones, de los hombres ilustrados y 
de los amantes déla civilización, todo de un 
golpe,— allí empezó á ser hombre, á tomar gusto 
á la literatura, á ser escritor, á hablar de 
arte, y, por tanto, á ser artista. ¡ Felices re- 
cuerdos! Después de todo, se estaba muy 
bien en aquella Redacción. El edificio había 
sido construido á propósito; era necesario 
que las ideas liberales tuvieran un órgano 
bien afinado, yaque los católicos no se dor- 
mían sobre las pajas. Los hombres ilustra- 
dos hicieron un esfuerzo y se publicó La 
Idea que en nada se parecía á los otros 
diarios liberales, hijos de la rutina y del cli- 
ché periodístico. En éste todo era original y 
hecho con chic En la planta baja del edifi- 
cio estaban la Administración y los talleres 
tipográficos; en el piso único se había colo- 
cado las mesas de redacción: aquí la mesa 



32 JUAN TORRENDELL 

larga y con varios tinteros para las reporters; 
allí en una salita decentemente arreglada 
había varias mesas para los redactores y cro- 
nistas; en frente de esta habitación, un salón- 
cito amueblado con bastante lujo era des- 
tinado á las viskas de cumplimiento y á las 
soirées que á veces se celebraban por la lle- 
gada de un artista ó para la lectura de al- 
guna obra literaria; por último, más arrin- 
conado que los otros, estaba el cuarto del 
Director, chiquito, pero convertido en una 
monada, en un despachito de señora, elegan- 
te, tranquilo y abrigado. Las otras piezas 
eran de poca importancia. En la antesala 
había siempre un negro, que, al salir á la 
calle, usaba una gorra con visera,, en la cual 
había un letrero en que se leía La Idea. Era 
la mejor Redacción de los diarios de la capital. 
A Benjamín le gustaba mucho. 

Por aquel tiempo empezó á escribir algunos 
artículos que fueron muy alabados, principal- 
mente por la forma, que revelaba á un buen 
estilista, conocedor profundo de la lengua 
castellana en todas sus múltiples géneros y 
variados matices. En cierta ocasión se había 
recibido un tomo de poesías de un joven des- 
conocido. No había quien quisiera leerlas. Se 
le invitó y él aceptó. Dos días después, La 
Idea publicaba una crítica de Benjamín con el 
seudónimo de Gladiator. El artículo estaba 



EL PICAFLOR 33 



muy bien escrito, y era un tremendo mazazo 
sobre la cabeza del novel y desconocido poe- 
ta. Por tanto — decía Velázquez — había resul- 
tado un buen crítico, porque, dígase lo que se 
quiera, aquí, en el páis, no había poetas, no 
podía haberlos, porque la prosa lo arrasaba 
todo. Prosistas sí; allí estaba él, que en sus 
mocedades había publicado la notable novela 
El grito de la Patria. Sí, señor; de la Patria; 
en los pueblos jóvenes todo ha de converger 
á ensalzar á la Patria — así, con mayúscula: — 
todo, la poesía, la novela, la pintura, la es- 
cultura, no se hable del diario y de la ora- 
toria, y hasta la música y la ciencia. 

¡Ah! Pero Benjamín no sabía que el Doc- 
tor Velázquez fuese autor nada menos que 
de una novela nacional. Había que leerla. 

— ¿En qué librería se halla en venta? — pre- 
guntó el nuevo crítico al viejo literato. 

— En todas — había contestado el aludido. — 
¿V. quiere leerla? 

— Con mucho gusto. 

— Le voy á regalar un ejemplar. 

¡Oh! Esto era demasiado honor para el hi- 
jo del platero de la calle Sarandí; pero, en 
fin, si el Doctor era tan amable 

De palabra, sí, lo fué; mas de hecho, nó. Ben- 
jamín esperó varios días, y la novela no llegó. 
Estaba demasiado impaciente para aguardar. 
El padre le dio dos pesos y fué á comprarla. 

3 



34 JUAN TORRENDELL 

— ¿El grito de la Patria, del Doctor Veláz- 
quez?— preguntó al librero. 

— ¿De qué edición lo quiere: de la primera 
ó de la segunda? 

La pregunta lo había dejado algún tanto 
perplejo, porque no comprendía que se pu- 
blicase la segunda edición sin haberse ago- 
tado la primera. 

—¿Cómo? 

— La segunda es con grabados. 

—Bueno, sí, de esa. 

La leyó de un tirón, de una sentada; le 
gustó bastante, aunque... pero, en fin, la obra 
del Doctor Velázquez no podía contener las 
faltas que él encontró. Sería él que estaba 
equivocado. La cuestión es que, sin venir al 
pelo y porque estaba entusiasmado con la 
novela, quiso publicar una crítica encomiás- 
tica, después de muchos años de la publica 
ción de El grito de la Patria. Nadie protes- 
tó; al contrario, Benjamín fué muy felicitado; 
y desde ese día Gladiator fué proclamado el 
primer crítico nacional. Ya era hora de que 
saliese alguno. 

Por aquella época tuvo un alegroncito. El 
piso que había sobre la Platería de su pa- 
dres-conste que era de su padre; ya empe- 
zaba á disgustarle la tal tiendecita;— quedó 
desalquilado, y una mañana su mamá le dio 
la noticia de que irían á vivir allá la viuda 



EL PICAFLOR 35 



de Pionini y su hija Anita, sus antiguas 
vecinas. Volvían otra vez á los primitivos pa- 
gos. Benjamín hacía tiempo que no había vis- 
to á su amiguita de la infancia; pero su ma- 
dre le aseguraba que se había puesto muy mona. 
Se alegró, sin saber por qué. 

Efectivamente, Anita era preciosa. Uno la 
miraba y no se cansaba nunca de ver aquel 
rostro de cutis delicado, aquellos ojos negros 
y soñadores, aquella cabeza cuya cabellera, 
de color medio castaño, estaba siempre artís- 
ticamente peinada, aquella boca de labios bien 
rojos y aquella barbita redonda, á cuyo 
lado izquierdo había nacido un lunarcito que 
añadía un encanto más á aquel conjunto de 
gracias. Como su boca estaba de continuo 
sonriendo, mostraba blancos dientes de una 
uniformidad sorprendente, pequeños y colo- 
cados en dos ramitas de coral. Era una cara 
hermosa, que en seguida atraía y que por su 
perfil picaresco arrancaba risa de placer. Si 
á esto se añade que aquella beldad sabía sa- 
car de su garganta, que por lo común mos- 
traba en toda su blancura y extensión, no- 
tas potentes, bien timbradas y que revelaban 
á una futura soprano, se comprenderá que 
aquella niña cautivase á todo individuo de 
buen gusto, de aficiones al arte y de imagi- 
nación de poeta. A Benjamín le habían sor- 
prendido tantas perfecciones acumuladas en 



36 JUAN TORRENDELL 

una sola criatura. Anita era un imán muy 
poderoso de corazones, no ya tiernos y sen- 
cillos, sino también endurecidos y de muchos 
pliegues. No es extraño, pues, que el crítico 
de La Idea, — Benjamín era ya considerado 
como de la casa y tenía permiso para escri- 
bir cualquier cosa, --se entretuviera gustoso y 
se sintiera como en la gloria sentado en la 
pieza en donde Anita tenía el piano y, porl o 
tanto, en donde daba la lección de canto con 
el maestro Sanguetti. Desde aquellos días se 
despertó en él la vocación á la música. Pa- 
ra aprenderla era ya tarde, pero, siempre que 
podía, canturreaba á placeré. Y esto sucedía 
muchas veces: todo el día, menos las horas 
dedicadas al estudio. Por la calle caminaba 
de prisa, tarareando; llevaba el compás con 
el brazo derecho; cuando encontraba un pia- 
no callejero, dejaba á un lado su empezada 
cantinela, se ponía al paso del compás mar- 
cial del piano y á veces se detenía enfrente de 
algún escaparate hasta que los gringos se iban 
con la música á otra parte. Era seguro que, 
si llevaba un vintén en el bolsillo, había de 
ser para los dueños del piano. ¡No haber ad- 
vertido á tiempo que tenía vena de músico-' 
¡Quién sabe si ahora sería ya un consumado 
artista! 

Con tales ideas y sintiéndose llamado á ser 
algo en arte ¿por qué no había de ser también 



EL PICAFLOR 



crítico musical? No dejaba pasar ningún día 
sin que subiera á presenciar la clase de San- 
guetti, en la cual se discutía aveces el modo 
de decir una frase, se disertaba acerca de las 
escuelas italiana y clásica, ó se repasaba mul- 
titud de óperas, y de éstas principalmente los 
dúos de soprano y tenor; pues aun conser- 
vaba el maestro su miajita de aquella voz 
que enterneció y conquistó ala sociedad mon- 
tevideana de quince años atrás, de la cual 
conservaba infinitos y muy ricos recuerdos. 
A Benjamín le gustaba mucho hablar con San- 
guetti, que usaba una gerga especial, muy en- 
fática, hiperbólica y sumamente melosa. A tal 
lenguaje cuadraba bien su físico, no tan artís- 
tico como antes: estaba ya bastante canoso, 
gordinflón, pero conservaba aún la tiesura de 
su cuerpo, que fué muy elegante, y lucía tam- 
bién sus rubios bigotes, cuyos extremos ter- 
minaban en dos aritos que hacían pensar en 
el fuego y las tenacillas. Muchos de sus mo- 
vimientos delataban al antiguo artista; sin em- 
bargo, en uno estaba pintado : en los pasa- 
jes de una romanza, aria ó cavatina, impreg- 
nados de ternura y delicadeza, después 
de golpear una octava grave, levantaba 
suavemente la mano izquierda, agarraba la 
muñeca de Anita que cantaba con toda el alma, 
la apretaba fuertemente mientras balanceaba 
todo el cuerpo y estiraba el cuello, como el 



38 JUA.N TORRENDELL 

náufrago en sus últimos momentos, y la mi- 
raba amoroso, poniendo los ojos en blanco. 
Ya se sabe que estos ademanes eran pura- 
mente externos y sin resultado por parte del 
corazón, — Sanguetti era ya de cierta edad y tan- 
tas batallas artísticas le habían obligado á re- 
tirarse al cuartel de inválidos, — pero á Ben- 
jamín le hacían maldita la gracia, y si bien 
tampoco él amaba á Anita, era muy capaz, no 
obstante, de quererla más y mejor que aquel 
viejo, y hasta con más verdad, y en fin, le 
parecía que él tenía más derecho sobre la ami- 
ga de la infancia. No estaba celoso, pero 

En el invierno siguiente, Ferrari hizo abrir 
Ips puertas de Solís, el primer coliseo, el tea- 
tro escogido de la buena sociedad: presentó 
una compañía de ópera por todos conceptos 
notable y la high-life corrió á abonarse á pal- 
cos y sillones. Benjamín no se podía abonar 
por toda la temporada, porque su padre no es- 
taba para tales desembolsos; pero pensaba no 
perder las partituras que más elogiadas fue- 
ran por el maestro Sanguetti y que más gus- 
tasen á Anita. Fuese un dia á la Librería Es- 
pañola, con la idea de comprar todos los li- 
britos que allí encontrara. ¿Y si el director 
de La Ldea le diera una entrada? ¿Cómo nó? 
El illustrato giornale, según decía el secreta- 
rio de la empresa, tenía un palco de primer 
piso y cuatro entradas. Una de ellas había de 



EL PICAFLOR 39 



ser para el cronista. Benjamín se comprome- 
tió á escribir las críticas, con la condición de 
que había de manifestar su parecer con toda 
independencia. Estas llamaron la atención de 
todos los aficionados, por lo bien escritas, por 
ei acertado criterio y. por la desenvoltura y 
franqueza con que decía las verdades del bar- 
quero á los artistas. Está bien: continuaba 
siendo el crítico independiente. Ya se cuida- 
ban en la Redacción de poner en el diario al- 
gún sueltito encomiástico para que la empre- 
sa no se enojara, y no les quitase el palco y 
las entradas. 

Una noche fuese á Solís, y sucedió que an- 
tes de subir al palco de La Idea dio desde la 
puerta de la platea una ojeada al teatro, que 
presentaba hermoso aspecto. ¿Qué? ¿Su palco 
estaba ocupado? Y nada menos que por el 
Doctor Velázquez y sus hijas: Maruja y Delia. 
Su primer pensamiento fué de contrariedad. 
¿A dónde se iría á sentar ahora? ¡Ah! Allí, en 
un palco de enfrente, estaba Guido Riviére. 
Aquél sería el palco de La Patria. Menos 
mal. Fuese allá siendo muy bien recibido por 
los amigos. Hasta se le cedió la silla de ho- 
nor. Aceptó. 

En el primer entreacto tuvo ocasión de sa- 
ludar al Doctor Velázquez; después se pasó 
el cuarto de hora mirando á Anita que esta- 
ba con su mamá en la cazuela. ¡Qué mona 



40 JUAN TORRENDELL 

era! ¿La amaba? El no io sabía, porque aun no 
había pensado en aquello del amor. No había 
tenido tiempo. ¡Había estado tan ocupado con 
sus estudios, con sus críticas y luego con su 
afición- á la música* afición que acabó por ser- 
ai teatro, al arte en general ! 

Durante el segundo acto advirtió que la hi- 
ja maysr del Doctor Velázquez le apuntó va- 
riasveces los gemelos. Él no podía atenderla. 
Un crítico serio no puede distraerse para 
dragonear, aunque sea en broma. ¡ Era, sin. 
embargo, extraña aquella insistencia! ¡Caray! 
¡ El no se había apercibido ! 

Una vez bajado el telón, levantóse Benjamín 
y fué á saludar á su catedrático de Derecho, y 
amigo, el Doctor Velázquez. Este se cuidó de 
presentarlo á sus hijas, y luego dijo que iba 
á fumar un cigarro, quedándose Benjamín en 
ceremoniosa conversación con las señoritas 
Velázquez, principalmente con la mayor, Ma- 
rujita, que, quizás por ser ía más seria y 
juiciosa, lo atendía muchísimoxnás que la chi- 
quilina Delia, que gustaba de pasar revista á 
los trajes de sus amigas, y de paso miraba á 
los mozos que estaban lo más contentos con 
sus fraques, como niños con zapatos nuevos, 
según frase de la aturdida Delia; frase que 
puso colorado á Benjamín, porque en aquella 
temporada había estrenado él el suyo, que, 
por cierto, le sentaba espléndidamente. 



EL PICAFLOR 41 



El Doctor Velázquez volvió al palco al tercer 
aviso del timbre: Benjamín se dispuso á 
salir, despidióse y se fué, á pesar de haberle 
indicado Velázquez que se quedara. No podía 
bajo ningún concepto. ¡Qué diría en la cróni- 
ca, si no escuchaba atentamente y no se fi- 
jaba en todo? Eso de la crítica era un affare 
molto serio, según decía muy bien su padre, 
dándose ínfulas de inteligente. Era una de las 
pocas veces en que su viejo acertaba. Sin em- 
bargo, aquella niña del palco lo distraía bas- 
tante y le hacía perder muchos pormenores, 
porque él correspondía á sus miradas, aun- 
que contra toda su voluntad. Por fin acabó- 
se el acto, y pudo distraerse á sus anchas. 
Pasó el entreacto dirigiendo sus gemelos á 
Anita y á Maruja. En la comparación que men- 
talmente hacía Benjamín, de las dos mucha- 
chas, salía victoriosa la primera. ¡ Ah! en cuan- 
to á linda lo era sin disputa mucho mássuami- 
guita. Maruja tenía una cara desmasiado seria, 
los ojos, estaban muy hundidos, los labios sin 
sangre, pálidas las mejillas y un cuello su- 
mamente delgado. Había de estar mejor sin el 
escote. Dos cosas en Maruja le agradaban: 
el pelonegrísimo, bajouna capa de polvos, y 
muy desflocado alrededor de la frente y sie- 
nes, y su traje elegante, original, raro, artístico. 
A Benjamín le satisfacía la unión de colores 
casi opuestos y que aveces rabiaban de verse 



42 JUAN TORRENDELL 

juntos. Le parecía que esta amalgama era muy 
teatral. ¿Tendrían gustos iguales? i Qué casua- 
lidad ! 

A la salida del teatro, dudó si esperar que 
pasara el Doctor Velázquez con sus hijas para 
saludarlas, ó ir a la escalera de la cazuela 
para acompañar á Anita. Hizo lo segundo- 
Aquella noche se sentía con ganas de estar cer- 
ca de alguna mujer; estaba muy satisfecho: si 
tuviera allí algún amigo, se iría ^or dhi. 

Por fin bajaron Anita y su madre. 

—Por acá, por acá, — les gritó Benjamín; y las 
dos mujeres rompieron el cordón formado por 
los guardias civiles y los espectadores que esta- 
ban detrás. Dio el brazo á la joven, que sacaba 
su carita de cera por entre una nube blanca y 
vaporosa representada por un tul de punto de 
Inglaterra. ¡Brrr! Un estremecimiento de aque- 
lla niña le indicaba que hacía frío. El no se ha- 
bía apercibido. Empezaron á hablar del desem- 
peño déla ópera cantada, de la Aída de Verdi, 
de aquella música extraña y voluptuosa, de los 
amores desgraciados de Aída y Radamés. 

-- ¡Ah! ¿Quién era aquella señorita del pal- 
co? — había preguntado Anita, parada en el um- 
bral del zaguán de su casa, mientras su ma- 
má subía la escalera. 

—¿Cuál? -preguntó á su vez Benjamín, me- 
dio sorprendido, como el que ha sido descu- 
bierto en una mala acción. 



EL PICAFLOR 43 



—Aquella á quien fué á saludar y que lle- 
vaba un vestido tan extraño. 

— La hija de mi catedrático. — Y mientras 
decía esto, habíase acercado bastante á Anita, 
en cuya cara estampó un beso silencioso que 
hizo retroceder á la joven y le arrancó una 
exclamación que fué pronunciada con cariño, 
más que con disgusto: 

— Atrevido, — y le alargó la mano derecha 
para contenerlo, mientras que con la izquierda 
buscaba la media puerta para cerrar. 

Benjamín titubeó un instante entre entrar 
en su casa, que tenía á un paso, ir á ver á al- 
guna de sus amigas. No tenía sueño. Así es 
que ée fué; pero volvió en seguida, regre- 
sando á paso lento, pensando mucho y sin- 
tiendo ya bastante el frío el e una noche sere- 
na de invierno. 

Acostóse y no se durmió en seguida, como 
tenía por costumbre. Estaba muy pensativo. 
La cosa merecía la pena. Dentro de año y me- 
dio acababa la carrera, tenía más de veinte 
años, y aun no había pensado en tener novia. 
¡Ah! ¿pero no creían sus padres que ésta era 
Anita, no lo parecía, no lo había sentido así 
él algunas veces allí, en lo más íntimo de su 
corazón? ¡Era tan mona aquella criatura! ¿Por 
qué no? Para empezar tenían bastante: ella 
había de traer de dote algunos miles: á él no 
le faltarían otros tantos; y luego ganaría 



44 JUAN TORRENDELL 

pronto, muj pronto una buena cantidad para 
vivir bien, cómodamente, y hasta con lujo. 
¡Quién lo dijera, Benjamín, amigo de lo ele- 
gante, de lo fastuoso, de lo aristocrático; él 
que toda la vida se la había pasado en un 
cuartucho de la trastienda, dedicado al estu- 
dio y sin pretensiones vanidosas! No; es que 
á él no se le había presentado ocasión de mos- 
trar sus gustos. El los tenía y muy Refinados 
como cualquier dandy, el más empingorotado. 
¿Por qué se sentía tan bien en la Redacción 
de La Idea, si no era por el confort que allá 
había? ¿Cómo tan fácilmente se había puesto 
el frac y lo llevaba con tanta desenvoltura, si 
no es por que su cuerpo tenía todas las líneas 
de la distinción y la elegancia? El ya esta- 
ba convencido; era preciso vivir en una casa 
bien amueblada, espaciosa y artística. El mo- 
do de conseguirlo, no lo veía muy claro, pe- 
ro ya lo arreglaría. ¡Si su padre quisiese! No; 
esto no podía ser. Ni quería pedir, ni tam- 
poco lo había de alcanzar. Además, sus pa- 
dres en aquel palacio soñado desentonarían. El 
había de vivir solo, es decir, solo no; con la diosa 

de su cielo artístico, vestida como Maruja 

|Ah! Gran idea. Pero ¿y por qué no? 

Al día siguiente, delante del escaparate del 
Bazar Maveroff, había mucha gente, contem- 
plando un grabado, al parecer. Benjamín se 
paró también. Miró y quedó embobado. La lá- 



EL PICAFLOR 45 



mina de cartón representaba el primer abra- 
zo de dos recién casados. Debajo del grabado 

se leía estas palabras: Enfln seuls! Tanto 

le gustó que fué á buscar dinero y lo com- 
pró. Fué colocado en bonito marco y suspen- 
dido sobre su mesa de estudio. 

Desde aquel día su pensamiento daba vuel- 
tas alrededor del cuadro de Tofano; él quería 
ser el protagonista; sólo casándose con la hi- 
ja mayor del reputado abogado, Doctor Veláz- 
quez, podría llevar á cabo su propósito. 

Manos á la obra. Presentóse en todos los 
sitios frecuentados por Maruja, la estudió, la 
encontró algo romántica, procuró agradarla, 
le prestó novelas, escribió poesías, dedicadas 
á ella, publicó artículos y críticas para hacerse 
célebre, ya que á ella la complacía el renom- 
bre, y á él también; influyó para entrar á practi- 
car la abogacía en el estudio del Doctor Ve- 
lázquez, aduló al que él llamaba su querido 
maestro y alcanzó lo que deseaba. 

En dos cosas principalmente puso mucho 
empeño: en entregarse por completo á 
Maruja, á la niña suspirada por muchos y 
envidiada por muchas,, y en hacer cerrar la 
Platería á su padre. Para lo primero, no per- 
día de vista á su novia cuando estaba cerca 
de ella, la complacía en todos sus capri- 
chos, la amaba mucho, porque eso sí, termi- 
nó por amar extraordinariamente á su Ma- 



45 JUAN TORRENDELL 



ruja, que estaba tan embobada con él que 
ni siquiera se había fijado en que Benjamín • 
era hijo de un platero. Nó, eso no podía ser. 
Ya que él había subido tanto, era preciso que 
su padre no lo avergonzara con su comercio 
á cuestas. ¡Qué diantre! El, casi el Doctor 
Migliore, el futuro yerno del afamado político 
Velázquez, no podía vivir en una tienda, no 
podía despedirse de un amigo, de un perio- 
dista, de un diputado, junto á los escapara- 
tes; vamos, esto para él era una especie de 
deshonra. Su padre lo comprendería desde lue- 
go, aunque se le había de hacer cuesta arriba. 

A la tal noticia el signor Migliore puso mal 
gesto, hasta se enojó un poco; después se 
lamentó y, por fin, se sometió á lo que su 
hijo, su dottore, le imponía. Y se lo venía 
á decir precisamente cuando él iba á realizar 
una idea que de cierto tiempo á esa pártele 
hacía cosquillas en la cabeza: pensaba en ha- 
cer pintar de nuevo toda la tienda, en cam- 
biar el letrero Platería, por el de Joyería, co- 
mo se leía en las tiendas nuevas del ra- 
mo, y en hacer un pedido de joyas acá nunca 
vistas. Pero, en fin, su Meo tenía razón: un 
consuegro del diputato Velázquez no podía 
ser tendero. ¡Cuate desgracia! 

Algún tiempo después se liquidó la Píate- 
ría del antiguo comerciante Migliore por re- 
tirarse ala vidapi % iüada,nos\n antes quedarse 



EL PICAFLOR 47 



con ciertas alhajas muy buenas y principalmente 
un collar de diamantes que guardaría para su 
nuera. Durante aquellos dos ó tres días, Ben- 
jamín no apareció por su casa hasta muy 
avanzada la noche, respirando á sus anchas 
cuando le dijo su padre que había buscado 
una casa excelente en la calle Uruguay. 

Ya empezaba á ser persona decente; ya po- 
día recibir cuando quisiera, á sus amigos, en 
una casa medio regular y que en algo se pa- 
recía á la habitada por su querida Maruja; 
ya estaba más cerca de ella, hasta le parecía 
que la amaba más, por pertenecer á su clase. 

Pronto llegó el tiempo de recibirse de Doc- 
tor, aunque no tan pronto como Maruja de- 
seaba, por que hasta que esto sucediese su 
papaíto no consentía que en se casase. Y 
efectivamente se casó con la hija de su 
maestro, el Doctor Velázquez, y hasta reali- 
zó su idea del Enjin. . . seuls ! y fué dueño de 
aquel palacete por él tan ansiado. ¡Sí; lo eral 
Allí estaba él, paseándose por el hermoso co- 
medor del Doctor Velázquez. 



III 

La primera flor. 

Dos meses hacía que los jóvenes esposos 
Migliore regresaran de un viajecito á Buenos 
Aires. No habían podido permanecer en el 
pueblo de Belgrano más de quince días, por 
que la chiquüina Delia, en sus largas corres- 
pondencias, mandaba decir que su papaíto es- 
taba triste, cuando lo que realmente pasaba, 
era que ella había caído en una dolorosa nos- 
talgia que borró de sus labios coralinos la son- 
risa que siempre los rizaba. Los viajeros no 
deseaban menos volver al sitio de sus en- 
sueños. Maruja sentía el deseo vivísimo, si no 
de estar al lado de los queridos seres de to- 
da su vida, ya que se encontraba junto al due- 
ño idolatrado de su corazón, al menos de res- 
pirar la atmósfera perfumada de su tocador- 
cito, sentarse siquiera un instante en el ga- 
binete que guardaba la primera esencia de 
sus amores de esposa, y visitar las cuidadas 



EL PICAFLOR 49 



macetas de flores exquisitas que ella misma 
sembró en días para ella de grata recorda- 
ción; y Benjamín anhelaba verse de nuevo en 
el palacio con el cual soñara un año entero,, 
arreglar lujosamente su cuartito de trabajo, 
señalar los días de recibo para encontrarse 
rodeado de la buena sociedad en el salón que 
dos semanas antes habíase convertido en el 
teatro de su mejor y más grande triunfo, y 
recibir á sus numerosos admiradores para 
leerles sus notables producciones, convidar- 
les con té, tomado en tacitas de cincelada pla- 
ta, y deslumhrarles ya con su privilegiado 
talento, ya con su envidiable bienestar. 

Esto último no pudo realizarlo inmediata- 
mente después de su regreso, como hubiera 
deseado, porque su mujercita lo tuvo secues- 
trado por completo, encadenar ' lo con ex- 
traordinaria suavidad mediante u^os lazos for- 
mados de hechizadoras caricias y atrayentes 
monerías, capaces de esclavizar y enloquecer 
al más amigo de rociar por calles y plazas y 
matar el tiempo en clubs y teatros. Durante 
esa época de infinitas dulzuras y arrobadores 
enternecimientos, ambos esposos se entretuvie- 
ron en arreglar el gabinete en que el literato 
Benjamín, la gloria futura de las letras uru- 
guayas, había de producir los frutos de su in- 
genio para que sirvieran de solaz á sus com- 
patriotas y de provecho á todos los estudio- 



50 JUAN TORRENDELL 

sos. Maruja quiso que estuviera dentro de su 
tocador, en el sitio más íntimo de su casa; 
pero unas pocas reflexiones de Benjamín le 
hicieron comprender que tal pensamiento no 
era factible. Decidieron, pues, colocarlo en la 
habitación inmediata al boudoü\ para que á 
Maruja le fuera posible llegar hasta allá, cuan- 
do su esposo trabajara de noche, y se olvi- 
dase éste de irse á acostar. Ella entonces se 
levantaría y, arrebujada en blanco peinador, 
iría á buscar á su Benjamín á quien bajaría 
del cielo de sus inspiraciones, rodeado por 
sus bien modelados brazos y atraído por el 
imán potente de sus besos. 

Durante aquellos dos meses no se había 
presentado ninguna ocasión de realizar tan 
artística idea, que encantara desde luego á 
Benjamín, porque ella no le permitía tomarla 
pluma, ni leer libro alguno, ni le quitaba los 
brazos del cuello á la vuelta del teatro, á don- 
de iban solitos unas veces, y otras con Delia 
y su papá. En esas noches, no se fijaban casi 
nunca en la concurrencia que llenaba el tea- 
tro, y les parecían bonitas todas las obras re- 
presentadas y hasta excelentes los actores ó 
cantantes que salían en escena. Benjamín no 
se enteraba entonces de los nombres de los 
artistas, ni se fijaba en las producciones de 
los autores. Se encontraba en una etapa como 
de amodorramiento producido por el opio dul- 



EL PICAFLOR „ 51 



císimo del amor en toda su madurez. 

Un día leyeron en La Idea, y vieron con- 
firmado en los Ecos de Sociedad que escribía 
Fénix, que, de paso para la República de Chi- 
le, daría seis únicas funciones en el teatro 
de Cibils una compañía lírico -italiana, cuyo 
conjunto era de segundo y hasta tercer orden, 
pero que tenía una tiple ligera, muy jovenci- 
ta, que iba en camino de rivalizar con la Pa- 
tti. Desde la lectura de tan halagüeña noticia 
toda la familia Velázquez se dispuso á asistir 
á las mencionadas funciones. Pero, ¡qué ca- 
sualidad! Maruja se indispuso un poco pre- 
cisamente la noche misma del estreno, por 
lo cual fué imposible ir. Esto contrarió bas- 
tante á Benjamín, quien ya se había acostum- 
brado á pasar las noches en el palco ó en la 
platea de algún teatro. Esperóse otra función, 
con la idea de que Maruja se sentiría bien, 
pero, ¡caramba! no sucedió así. La recién ca- 
sada estaba bastante decaída, no tenía ganas 
de comer, y cualquier trabajo la fatigaba. Una 
laxitud abrumadora habíase apoderado de su 
cuerpo y un extraño cambio se había operado 
en todo su ser. Era necesario llamar al mé- 
dico; mas la enferma dejaba pasar los días. 
Parecía que iba á componerse. La noche del 
beneficio de la Mecher, la aplaudida tiple que 
había entusiasmado con su delicada y bien 
timbrada voz al inteligente Riviére, Benjamín 



52 JUAN TORRENDELL 

pasó por la Redacción de La Idea, cuyos mu- 
chachos le comprometieron á dar su opinión 
acerca de la renombrada artista, y, como aque- 
lla noche era la última en que la Mecher can- 
taba, era preciso que el crítico Gladiator fue- 
ra á Cibils. Por esto le daban la entrada. Por 
otra parte, parecía increíble que todo un ama- 
teur, como Benjamín, dejara de ver aquella 
petit etoüe. 

Por todas estas razones, Benjamín, después 
de la comida y de haber preguntado por octa- 
va vez durante el día cómo se encontraba su 
Maruja querida, manifestó á ésta entre besos 
y caricias que se iba al teatro. 

— ¿Sin mí? — exclamó la joven entre sorpren- 
dida y enojada. 

— Como tú no te animas á salir, á pesar de 
ser la noche tan buena. 

— Por la misma razón no debieras irte. 

Pero ella había de comprender su difícil si- 
tuación. Ella misma, si se fijaba bien, 1q acon- 
sejaría que fuera, porque así lo exigían su re- 
putación, la fama de la cantatriz, la necesidad 
de que él aprendiera, la promesa dada á los 
de La Idea. ¡Cómo le iba á gustar el artículo 
que al día siguiente escribiría! Era la verdad; 
no había vueltas que darle; por eso Maruja 
se sometió y, antes de irse, se dieron apa- 
sionadísimos besos, i Cuánto se adoraban! 

Aquella velada, la primera desde su casa- 



EL PICAFLOR 53 



miento, que pasaba lejos de su amado Benja- 
mín, le pareció muy triste,, muy larga y muy 
obscura, con ser una preciosa noche de No- 
viembre, serena corno todas las estivales y con- 
vidando á saborear las dulzuras de la vida- 
Mientras su hermanita Delia estudiaba la lec- 
ción de piano, Maruja se fué á su dormito- 
rio, con el intento de registrar los cajoncitos 
de su secreteare, un mueblecito fino y elegante 
con incrustaciones de nácar y adornos de pla- 
ta en las cerraduras Allí guardaba, como oro 
en paño, los recuerdos de su vida junto con 
los que le dejó en herencia su madrecita que 
de seguro estaba entre los santos del cielo. 
Antes de ir á donde su deseo le señalaba, 
levantóse del sillón en que estaba sentada, 
cerca del piano,, de cuyas cuerdas arrancaba 
Delia dulces melodías, abrió el balcón, por el 
cual entró una ráfaga de aire caliente que hizo 
chocar entre sí los caireles de una de la ara- 
ñas que había en el salón, y, una vez apo- 
yada en la balaustrada de mármol, quedóse 
pensativa mirando por el lado del mar. No po- 
día consolarse de su abandono,, á pesar de 
haberse convencido de que era la cosa más na- 
tural. Entonces vislumbró un porvenir con- 
fuso y lejano, como lejano y confuso era el 
horizonte que tenía ante su vista. En ,el fondo 
de aquel abismo negro le pareció ver brillan- 
tes colores y luces resplandecientes y en me- 



54 JUAN TORRENDELL 

dio de aquel deslumbramiento á Benjamín cuya 
cabeza ya encanecida estaba coronada de lau- 
rel. Luego se estremeció porque le pareciera 
que se caía de cabeza en el abismo negro con 
fondo deslumbrador. Retiróse del balcón y se 
fué á su dormitorio en donde registró, có- 
modamente sentada, los cajoncitos de su se- 
cretaire. 

Allí estaban juntos cuatro pimpollos de aza- 
har: los dos suyos sumamente blancos,, seme- 
jantes á dos botoncitos de nieve; los otros 
dos amarillos, secos y exprimidos como dos 
pasas. ¡Cuan cruel era el tiempo! ¿Acaso ella, 
como su buena madre^, sufriría dolores y des- 
engaños, así como se fueran marchitando 
aquellos dos emblemas de la noche más feliz 
de su vida? Porque, sí, Maruja recordaba, 
aunque bastante esfumado, que su mamá llo- 
raba mucho, cuando ella aun era muy niña, 
y que la apretaba contra su pecho una vez sen- 
tada en su regazo. Le parecía adivinar que las 
dos iban muchas veces á la iglesia para reci- 
bir una especie de consuelo, de alivio. Por lo 
menos ella reparó que su madre salia un poco 
más sosegada, después de haber llorado, es- 
condiéndose de todos, hasta de su hijita. Y 
á ella le gustaba mucho permanecer un rato 
en San Francisco, allí, en medio de aquel si~ 
lencio sólo interrumpido por el chisporroteo 
de alguna lámpara cuyo aceite se acabara, ó 



EL PICAFLOR 55 



el siseo de alguna beata que rezaba maqui- 
nalmente Padrees Nuestros y Ave Marías. Por 
esto sería que hubo una época en que iba 
continuamente á la iglesia, se confesaba ca- 
da mes y le gustaba ir á todas las fiestas re- 
ligiosas, no teniendo ojos más que para leer 
su Devocionario, viejo ya de tanto usarlo — 
¿á ver? debía de tenerlo en aquel cajoncito; sí, 
aquí está; —y para no perder ningún detalle 
de lo que se hacía en el presbiterio. Después, 
como su mamá se enfermó y estuvo en ca- 
ma cerca de dos meses, empeorando cada día 
más, no pudo seguir aquel método de vida, 
que abandonó poco á poco, porque su madre 
se había muerto,— ¡oh Dios mío! ¡cuántas lá- 
grimas derramó! — Tampoco el luto le permi- 
tía salir, y después su papá — ¿era él que ha- 
cía sufrir tanto á su pobre madre? ¿quién 
había de ser? - se encargó de su educación 
y,.... la cosa tomó rumbos nuevos. 

Estuvo mucho, mucho tiempo sin salir de 
casa. Por esto no volvió más al colegio de 
aquellas Hermanas que eran tan buenas, tan 
cariñosas y que le enseñaron á hacer tan- 
tas labores y á tocar el piano. Durante la 
época del luto, su papá le hizo estudiar idio- 
mas con una institutriz y con otra siguió 
aprendiendo la música. ¡Qué carácter triste te- 
nía ésta última! ¡Qué amante de las piezas 
melancólicas ! Desde aquella época siente algo 



56 JUAN TORRENDELL 

en su interior que aveces la oprime, la opri- 
me, y acaba por arrancarle un suspirito que 
la deja un poco sosegada. 

Tiempo después, se acabó el luto, y su pa- 
pá quiso presentarla por primera vez en la 
sociedad. Dióse en casa de su tía Carmen una 
espléndida fiesta, á la cual concurrió lo más 
granado de Montevideo. Tenía entonces dieci- 
seis años y ya hubo unjovencito que se mos- 
tró muy atento con ella. Después supo que 
era hijo de un Ministro extranjero. Pero ella 
no sabía nada relativo al amor. ¡ Vivió tan re- 
tirada del mundo y de la sociedad en la que 
entraba tan tarde! ¡No tuvo amigas con quie- 
nes hablar de aquello que ella presentía, del 
amor, de que le hablaron primero los libros 
devotos y después las novelas que su papá 
tenía en la biblioteca ! 

¡Las novelas! ¡Cuántas leyó! ¡Ah! Pero hu- 
bo una que las superó á todas; le gustaba 
muchísimo, le entusismaba, la tomaba en sus 
manos, la abría por cualquier lado y leía has- 
ta terminar, allí, en su cama, en medio del 
silencio de la noche. Se titulaba Osear y Aman- 
da. ¡Qué bonitos nombres! También deseaba 
ella amar como se amaban aquellos jóvenes, 
y sufrir como ellos, y pasearse por un jardín 
cuyas plantas eran plateadas por la melancó- 
lica luna, y escaparse con algún mozo como 
el de la novela. Nó; eso de huir quizás no 



EL PICAFLOR 57 



lo hubiera hecho nunca, porque fuera puni- 
ble crueldad, abandonar a su papaíto que tan- 
to la quería. Desde la muerte de su madre, 
la mimaba mucho, quizás más que á Delia 
que era muy chiquita, aunque más traviesa y 
machona. Ella era de cuerpo más débil, más 
enfermizo. Cualquier capricho suyo era inme- 
diatamente realizado. Quiso ir al teatro en 
cierta época, y su papá se abonó .por toda la 
temporada. Allá, en el teatro, á donde acu- 
dían todas las clases sociales, comprendió to" 
do lo que representaba su padre en su tierra. 
Era saludado de todos, pocos eran los que no 
le sonreían, los de su edad le tendían la ma- 
no,, los más jóvenes lo miraban con cierto res- 
peto. Algunas veces había oído decir: — Allá 
está la hija mayor del Doctor Velázquez; — 
de modo que no sabían su nombre, si no 
él de su padre. ¡Qué satisfecha le ponía ésto! 
i Con qué placer salía del teatro dando el bra- 
zo á su papá, al diputado Velázquez, al gran 
político, como le llamaba La Idea! Desde en- 
tonces se hizo asidua lectora de ese diario que 
por cierto la entretenía sobremanera. 

De las funciones de teatro las que más le 
gustaban eran las de ópera, tanto porque era 
muy aficionada á la música, principalmente á 
la melodiosa, á la italiana, cuanto porque de- 
seaba ver los trajes de distintos colores, exa- 
gerados y raros de las artistas. Parecidos á 



58 JfJAN TORRENDELL 

aquéllos se los mandaba hacer; sus figurines 
eran las cantantes del teatro. Las óperas que 
más le gustaban, eran las primeras de Verdi, 
las de Bellini y las de Donizzetti. Es decir : 
todas las que tenían argumento triste y músi- 
ca melodramática. Las compañías de comedia 
no la hacían feliz; y sólo le procuraban no- 
ches agradables las que representaban dramas 
en que la dama joven sufre muchas contra- 
riedades y triunfa en el último acto. Durante 
la representación lloraba muy fácilmente, y se 
ponía bastante nerviosa. Pero le gustaba. Lo 
que no la hacía sentir, para ella era muy ma- 
lo. Por esta razón estaba convencida de que 
la novela de su papaíto: El Grito de la Pa- 
tria, era de las mejores, si no la mejor. Aque- 
llo era escribir, aquello ponía los pelos de 
punta, carne de gallina y el corazón en un 
puño. ¿Por qué no escribiría más novelas? No 
era ella sola que lo pensaba. También lo pre- 
guntaba en La Idea aquel Gladiator que es- 
cribía tan buenas cosas de su papaíto y de 
su libro, i Cómo lo comprendía aquel crítico! 
i De qué modo gozó Maruja leyendo y releyen- 
do el artículo que tanto alababa y ensalzaba 
al Dr. Velázquez, al eminente novelista uru- 
guayo ! 

Que estaba muy bien hecho aquel juicio 
crítico, lo decía también su papá. El mucha- 
cho prometía bastante, sería capaz de subir 



EL PICAFLOR 59 



pito, muy alto, hasta ser una celebridad na- 
cional. No cabía duda de que el que tenía su- 
ficiente ingenio para desentrañar las bellezas 
contenidas en El Grito de la patria, su pre- 
ciosa novela, valía tanto como el autor, con 
tener éste subidos quilates, i Oh ! Benjamín Mi- 
gliore era un excelente escritor oriental. ¿Pe- 
ro qué? Maruja conocía este nombre, había 
leído algo escrito por ese Benjamín. A ver, 
á ver. Sí: es verdad; una poesía muy bonita, 
muy patriótica, muy sonora, que se podía leer 
cantando: La Patria. Ella la guardaba entre sus 
recortes de diario; la había entusiasmado. 
¿ Y cóftio era ese joven ? Era oriental 
¿verdad? A su papaíto le era muy simpá- 
tico; sin conocerlo, habíalo recomendado á 
Brioz, el Director de La Ldea. Y una tarde, 
estando en el balcón con su papá, había vis- 
to á un joven elegantemente vestido, de na- 
ciente bigotito, de rostro aniñado, pero lindo, 
sí, bastante lindo, alto y de caminar acompa- 
sado. Era Benjamín Migliore; era un mozo 
muy interesante. ¡Qué diferencia de su com- 
pañero, aquel Mario Gutiérrez que, con el par- 
padeo de sus inquietos ojos, era capaz de 
fastidiar á cualquiera y poner nerviosa á la 
más flemática? Y este zonzo se había atrevi- 
do á dragonearla t i Hay algunos mozos muy 
idiotas! 

Pasó mucho tiempo, Maruja no perdía ar- 



60 JUAN TORRENDELL 

tículo alguno de Gladiator] el muchacho era 
muy serio, se le veía poco y casi siempre 
iba con los ojos clavados en el suelo. ¿Por 
qué no se haría presentar? ¿Por qué no se 
fijaba en ella ante todo? Al fin y al cabo, 
aquella ceguera resultada un poco fastidiosa. 
Y, á pesar de todo, le agradaba saber que 
Benjamín no tenía novia, que le gustaban las 
flores siempre llevaba alguna en el ojal del 
jaquet;—y se disgustaba si algún gomoso la 
miraba con insistencia que sólo hubiera per- 
mitido al joven crítico, que tan bien habla- 
ba de los escritos de su papá, y se entrete- 
nía gustosa en cuidar las macetas que tenía 
junto al surtidor de su casa. ¡Qué bien sen- 
taría este jazmín del cabo en el ojal del saco 
de Benjamín ! 

— i Qué conversación agradable tiene ese jo- 
ven, papá! — había dicho expontáneamente Ma- 
ruja, apenas hubo salido Benjamín del palco 
de La Idea, la noche que en Solís cantaron 
Aída. 

—Es muy inteligente,— contestó el interpe- 
lado.— Es el mejor estudiante de mi clase. 

Y entonces más simpático se le hacía aquel 
joven de quien no oía más que alabanzas. 
Parecíale que su padre hubo de haber in- 
sistido para que se quedara en el palco; co- 
mo también creyó que Benjamín esperaría en 
el vestíbulo del teatro para saludar, después 



EL PICAFLOR 61 



de la función. Los amigos, aquel empalagoso 
de Riviére principalmente, lo habrían compro- 
metido. Por eso no fue así. 

Dos días después pasó Benjamín por la ca- 
lle 25 de Mayo, y por enfrente del palacete 
del Dr. Velázquez. ¡Qué alegrón para Maru- 
ja! ¡ Y con qué distinción había saludado! De- 
cididamente aquel joven le gustaba mucho. Y, 
como insistiera en pasar todas las tardes, ella 
advirtió que su corazón se iba detrás de 
aquel buen mozo, sus ojos seguían los pasos 
de Benjamín, se alegraba cuando éste se 
volvía á mirar á cada esquina, y se retira- 
ba del balcón, como si # hubiese anochecido, 
cuando se perdía de vista hasta confundir- 
se con los transeúntes aquel joven con quien 
había soñado ya muchas veces y cuya pre- 
sencia hacía acelerar los latidos de su co- 
razón. 

Desde aquellos días, todo le pareció más 
lindo, el cielo más azul, las flores de colo- 
res más vivos, el aire más perfumado, el 
piano de sonidos más alegres, hasta su her- 
mana Delia tocaba mejor, ella se animaba 
á repasar muchas de las piezas ya casi ol- 
vidadas, el espejo era más claro, se había 
puesto linda y aquel mechoncito de pelo que 
formaba una anilla sobre la frente, le aña- 
día gracia y le sentaba mucho mejor. Tam- 
poco nunca había gozado, como aquel año, 



62 JUAN TORRENDELL 

de las delicias del verano, de los paseos por 
la calle 18 de Julio, ni de los baños en Los 
Potitos. ¡Oh! éstos eran encantadores. A las 
cuatro de la tarde, las dos hermanas se iban 
á pie á tomar el tranvía de la calle Colonia, 
que se llenaba de gente, teniéndose que pa- 
rar á cada momento para que subiera algu- 
na señora. Estas paradas la fastidiaban mu- 
cho por que allá, en el balneario estaría Ben- 
jamín aguardando; de seguro que estaba im- 
paciente por verla. A ella le sucedía otro tan- 
to. Hubiese deseado que el tranvía volara 
como su pensamiento. Una vez fuera de la 
ciudad, venían las quintas de alegres facha- 
das y con jardincitos llenos de verdor y em- 
balsamados por los aromas que despedían 
las flores; después aparecían las chacras con 
sus huertos repletos de hortalizas de toda 
clase, que arrancaban los dueños para lle- 
varlas aquella misma noche al mercado cen- 
tral; más tarde se veía ya el mar con su 
horizonte dilatado en donde se besaban cielo 
y agua, y sus arenales bañados por las olas co- 
ronadas de espuma, produciendo aquel continuo 
vaivén rumoroso cantar de ninfas, que tierra 
adentro llevaban las brisas del crepúsculo ves- 
pertino. La vela blanca que á lo lejos cruzaba 
ligera lamiendo la superficie líquida, hacía re- 
cordar á Maruja algunas de las novelas román- 
ticas de elegante encuademación, que su padre 



EL PICAFLOR 63 



guardaba en la biblioteca, cuando dos enamo- 
rados, sin rumbo se lanzaban á la buena de 
Dios, escapando de los rigores de crueles pa- 
dres ó de sociedad maldiciente 

¿Raaac! El ruido producido por el freno 
que se arrollaba la cadena de hierro, la sa- 
caba de su profundo éxtasis, indicándole que 
muy pronto vería á ;Benjamín. ¡Ah! sí; allá 
estaba recostado á la barandilla que daba al 
mar, ves'tjdo con su elegante traje claro, y 
su rostro rebosante de contento. Se saludaban, 
y las dos hermanitas atravesaban todo el 
frente del restaurant y corrían por el puen- 
tecito á tomar su casilla. 

¡ Paf ! al agua. Aquella frescura era impa- 
gable, aquella sensación de bienestar era inu- 
sitada. Nunca, nunca le había parecido tan 
excelente el agua de Los Pocitos, Y, dejando 
á su hermana con sus amigas, empezaba á 
irse lejos, lejos, y, cuando estaba fuera del 
barullo ensordecedor de las bañistas, se acos- 
taba sobre el mar, las más délas veces tranqui- 
lo, doblaba los brazos hasta entrelazarlas ma- 
nos debajo de la cabeza, y fijaba la mirada 
en la plazoleta de madera que había enfren- 
te del balneario, alejada, como una isla en me- 
dio del mar, y en donde estaba Benjamín, 
mirándola apoyado en su bastón y con la 
mano derecha prolongando el ala del som- 
brero para resguardar los ojos de los rayos 



64 JUAN TORRENDELL 

del sol poniente, i Qué bien se estaba allá! 
Pero el tiempo pasaba. Volvía á buscar á su 
hermana, y entonces, movida de un impulso 
extraño al par que delicioso, sacudía el agua, 
asustaba á alguna amiga, gritaba como una 
loca, reía á carcajadas y corría presurosa á 
vestirse de nuevo, lo cual hacía con toda pron- 
titud para volver al tranvía en donde le es- 
peraba Benjamín. 

Este tuvo que irse por un mes *á Bue- 
nos Aires, con algunos amigos, y entonces vio 
con toda claridad cuánto amaba á aquel jo- 
ven, de quien no conocía más que el gran 
talento, los distinguidos modales y la figura 
esbelta. ¡Oh! pero bueno, bueno, como ella, 
tenía que serlo sin disputa. Ella lo presentía, 
su corazón se lo manifestaba y su corazoncito 
no la engañaba nunca. Lo demás no lo que- 
ría saber. Durante aquellos treinta días, que 
le parecieron interminables, sintió una nos- 
talgia semejante al vacío que sufriera después 
de la muerte de su madrecita, pareciéndole 
que se iba á morir, olvidada y abandonada de 
todos. Algunas noches, las más tristes, le da- 
ba tal frío de tercianas, que se veía obligada 
á pedir á su hermanita que se quedara con 
ella. Entonces la abrazaba y la besaba, llo- 
rando á veces inconsolable. 

Pero Benjamín regresó, y regresó más lin- 
do de lo que era antes. Se había dejado la bar- 



EL PICAFLOR 65 



ba, que llevaba cortada en punta, haciéndole 
más hombre. Naturalmente; todo joven ele- 
gante se deja crecer la barba, se la hace arre- 
glar ala moda y se la cuida mucho; tal como 
hacía Benjamín. 

Algún tiempo después, convinieron en que 
pediría á su papaíto que le permitiera visi- 
tar la casa como novio. El Doctor Velázquez, 
preparado por su hija, accedió á la petición 
de Benjamín, y hasta se alegró porque casán- 
dose Maruja con este joven que no había de 
ser muy rico, le t exigiría que se quedase en 
su casa y así no se separaría de su vieja 
Maruja. Los casaría luego que Migliore se hu- 
biese colado, ya que tanto lo deseaba aqué- 
lla. Lo tendría de ayudante en su estudio. 
Un abogado de tanto talento le haría excelen- 
te servicio. 

Maruja pensó volverse loca. Las noches si- 
guientes á la primera visita, no pudo dormir, 
y cuando al fin, rendido el cuerpo, se dormía 
á la madrugada, soñaba mil monstruosidades 
en las que unas veces era víctima Benja- 
mín, y otras triunfador. Antes de entre- 
garse al sueño, sentía ansias infinitas en 
su corazón y parecíale que por su frente, me- 
jillas y boca, corría un hálito de primavera se- 
mejante al roce suave de unos labios acari- 
ciadores. Entonces empezó la época radiante 
de unos amores rosados. Se hablaban quedito, 



66 JUAN TORRENDELL 

en el tono de las confidencias, se enlazaban 
los dedos hasta hacerse daño, se apretaban 
las manos como si estuvieran frenéticos, se 
miraban fijamente con una de aquellas mira- 
das largas, largas, y penetrantes, penetrantes, 
en que las almas se acercan, se unen, se com- 
penetran y forman un solo ser. Más tarde, si 
bien deseaban con ansia el día de la mutua 
felicidad, sin embargo estaban tranquilos y se 
sentían felices contentándose con los rápidos 
besos y los abrazos insignificantes que podían 
darse de tarde en tarde. iQué placer causaban ( 
á la enamorada Maruja! 

En las conversaciones íntimas ésta no go- 
zaba menos. Muchas eran las veces que ha- 
blaban de su porvenir, cuando él, unido ya á 
ella por los lazos eternos del matrimonio, se 
pasaría las noches de invierno escribiendo en 
su despacho, mirándola algunas veces á ella á 
quien iría dando las cuartillas, como el nove- 
lista francés Daudet, lo hacía con su esposa, 
mientras que afuera el feroz pampero barre- 
ría las calles, la incesante lluvia azotaría los 
cristales y helaría á los transeúntes la neva- 
da y fría temperatura. ¡Y qué bien se estaría 
en aquella confortable habitación ! Porque eso 
sí; el cuarto de trabajo de su esposo había de 
estar convertido en un chiche, en una verda- 
dera monada. Para esto, ya tenía ella mirado 
unos grabados de la Ilustración Ibérica, que 



EL PICAFLOR 67 



representaban los estudios de algunos nove- 
listas franceses. Principalmente el de Zola y 
el de Maupassant la tenían entusiasmada; el 
primero por su riqueza y lujo, el segundo por 
el arte y la pulcritud casi femenina que en él 
descubriera. Como éste arregló el de Benja- 
mín: una marquesita, varias plantas, una me- 
sa finísima, acuarelas de colores claros y diá- 
fanos, una librería muy elegante, candelabros 
preciosos, en fin, una hermosura. 

¿Por qué Benjamín se habría ido, cuando tan 
bien se estaba allá? Pero, ¡calle! Alguien en- 
traba por la puerta del zaguán. ¿Sería su es- 
poso? Sí; él había de ser porque era muy 
tarde y todos los de casa debían de estar ya 
acostados. Maruja levantóse de su asiento, 
puso la cajita que en sus manos había conser- 
vado, como si fuera un objeto encantado que 
le sugiriese todos los recuerdos de su vida, 
cerró el secreteare y abalanzóse á la puerta que 
daba al patio, cuando Benjamín iba á poner la 
mano en el pestillo. Los abrazos se estrecha- 
ron mutuamente, permaneciendo así un buen 
rato, bañados sus cuerpos por la blanca y me- 
lancólica luz de la luna que aparecía allá, en 
el azulado firmamento por entre. los cristales 
de la claraboya. 

Estrechamente abrazados quedaron un mo- 
mento, mientras los corazones precipitábanlos 
latidos y los dedos se clavaban en la ropa co- 



68 JUAN TORRENDELL. 

mo fuertes garras de bestia celosa. De pronto 
se apartaron un poco, se cogieron de las me- 
jillas, se miraron intensamente, como si hicie- 
ra largo tiempo que no se hubieran visto. 

—¿Me quieres?— preguntó bajito la esposa. 

—Sí, china mía;— contestó Benjamín, con los 
ojos radiantes y los labios temblorosos.— ¡Qué 
linda eres!— añadió después contemplando 
aquel rostro pálido y amarillo por la claridad 
de la luna, pero con la blancura del alabastro 
y la brillantez del marfil. 

Y un beso tan fuerte y apasionado, como el 
de la noche de bodas, sonó en medio del si- 
lencio absoluto que en el patio reinaba; beso 
que penetró hasta el alma de Maruja, recorrió 
todas sus venas é hizo dar un salto á su cora- 
zón que rebosaba amor hacia aquel hombre 
que amaba más por sensualismo que por afec- 
ción moral. 

Maruja se sintió arrastrada hacia el interior 
de su gabinete, mientras que por delante del 
astro de la noche pasaba obscura nube y lo de- 
jaba todo en tinieblas. 

— ¿Me amarás siempre? — preguntó con voz 
apasionada y temblorosa. 

— Sí, chinita, sí;— contestó sin entusiasmo 
Benjamín, mientras cerraba la puerta del dor- 
mitorio y miraba á Maruja con ojos refulgen- 
tes que en la serniobscuridad brillaron feroz- 
mente hasta causar ligero estremecimiento en 



EL PICAFLOR 69 



aquel cuerpo tan sensible de nerviosa. 

Un beso sensual volvió la calma á la esposa 
enamorada, la cual no sabía distinguir entre 
las caricias del alma y los suaves golpes déla 
voluptuosidad. 



IV 

Un crítico independiente. 

Causaba gratísima sensación de placer con- 
templar el hermoso aspecto presentado por 
la elegante sala del teatro Solís. La flor y na- 
a de la sociedad montevideana había acudido 
presurosa al estreno del primer drama de 
Guido Riviére, el cronista de La Patria. Des- 
de dos meses antes, los diarios de la capital 
se habían copiado mutuamente todas las noti- 
cias que acerca del drama pudieron recoger 
los amigos del autor, habían echado las cam- 
panas al aire haciendo resaltar la convenien- 
cia de fundar el teatro nacional, y habían can- 
tado las glorias del novel dramaturgo, cuya 
nacionalidad había salido á discutir á última 
hora uno de tantos envidiosos que están en la 
prensa para ser la remora del progreso inte- 
lectual y enfriar casi siempre los entusiasmos 
patrioteros. Riviére, empero, no quiso perma- 
necer mudo ante semejante insulto que alta- 



EL PICAFLOR 71 



mente lo deshonraba. En La Patria manifes- 
tó con jeremiadas insulsas y romanticismos 
empalagosos que á él, Guido 'Riviére, le cabía 
el altísimo honor de pertenecer á la familia 
numerosa de los inmortales Treinta y tres, 
que tenía la envidiable dicha de poder llamar 
suya á la inmaculada bandera blanca y celeste, 
y que el radiante sol que en ésta brillaba, era 
el sol que había dorado los bucles de su ca- 
beza. En fin, escribió una carta de la cual se 
deducía que él había nacido en K República 
O. del Uruguay y que era tan ciudadano como 
el que más. El acusador que al parecer era de 
aquéllos que saben donde les aprieta el. zapa- 
to, rectificó si no con términos tan poéticos, 
por lo menos con más verdad. Dijo que el se- 
ñor Riviére era francés y bien francés porque 
en Francia había nacido, si bien viniera de allí 
cuando tenía muy pocos años, y la mejor prue- 
ba estaba en que en tal año— lo citaba— había 
tomado carta de ciudadanía. El argumento 
era concluyen te y, sin embargo, sus compañe- 
ros en la prensa casi lo ametrallaron á suel- 
tos por haber recordado un hecho que les qui- 
taba una gloria futura nacional. Ellos lo que- 
rían tal corno era, y Riviére era suyo. 

La prueba era bien patente; Solís estaba com- 
pletamente lleno, aunque bien subía el em- 
presario que no todos los espectadores habían 
pagado sus localidades,, ni el autor tampoco. 



72 JUAN TORRENDELL 



Pero, en fin, esas eran menudencias que na- 
da importaban, desde que al empresario le 
servía aquel lleno para hacer ver su compañía 
á las familias que aun no habían ido á su tea- 
tro. De modo que aquella entrada sólo re- 
velaba que el autor tenía muchas relaciones 
entre la sociedad encopetada. ¡Y cómo aplau- 
dían á rabiar ! ¡Y con qué insistencia llama- 
ban al autor! 

— ¡El autor, el autor '.—gritaban desde la pla- 
tea, los palcos y las tertulias, agregándose á 
las llamadas de abajo las voces de arriba, del 
paraíso,, del público grueso que se satisface 
vociferando 

Y entonces salió el autor, el elegante Rivié- 
re, dando las manos á la primera dama y al 
primer actor, los cuales mostraban una son- 
risita entre compasiva ó irónica. Los aplausos 
eran ruidosos, los pañuelos blancos de las se- 
ñoras movíanse como palomas atadas á los 
palcos, algunas cazueleras arrojaban flores que 
caían cerca de las candilejas y el telón subía 
y bajaba sin parar. Decididamente Guido Ri- 
viére era un gran dramaturgo. Otros, sin em- 
bargo, á pesar del entusiasmo del público, no 
las tenían todas consigo; podía ser, al día si- 
guiente se vería en la prensa. ¡En la pren- 
sa! Esta debía alabar á su compañero. ¡Quién 
sabe si el tal Gladiatorcito le caería] En fin, 
veremos el último acto. 



. EL PICAFLOR 73 



Y, mientras esto decían ciertos caballeros, se 
dirigían al vestíbulo del teatro á fumar un ci- 
garro. Allí estaba el conclave: por un lado un 
grupo de amigos del autor que lo colocaban 
más alto que á Sardou y á Dumas; en un rin- 
cón se veía á dos individuos que no levanta- 
ban la voz, pero que por su cara deducíase 
que ponían como chupa de dómine al pobre 
Riviére; recostados á una de las columnas 
había unos pocos que por no criticar la 
obra, arrastraban por los suelos á los actores; 
y sobre el último escalón de la escalinata se 
encontraba el gran crítico Benjamín Migliore, 
rodeado de varios periodistas que hablaban mi- 
rando á los que estaban un poco distantes de 
los del corrillo, temiendo que éstos se acer- 
casen y pudieran oir lo que decían. 

Migliore se había acercado al grupo y había 
preguntado: 

— ¿Qué tal? ¿Qué dice la crítica?— y se había 
quedado más alto que todos ellos escuchándo- 
les, y mirando la concurrencia. 

—Riviére es un Icaro;— exclamó uno, el más 
atrevido. 

— Es verdad, sí, es un Icaro, se ha elevado 
muy alto;— dijo Benjamín con voz grave, arru- 
gando el entrecejo y no sabiendo distinguir 
el sentido que su interlocutor había dado á su 
frase, que, al fin y al cabo, le gustó mucho. 

—Mayor es la caída;— insistió serio el de la 



74 JU&N TORRENDELL 

frase, que en seguida descubrió la hipócrita 
reticencia de Benjamín, quien ignoraba qué 
gente era aquella, si amigos ó enemigos del 
autor y, por tanto, si lo alababan ó lo cen- 
suraban. 

— Es verdad^ — añadió sonriendo el gran crí- 
tico, una vez deslindado el campo y eliminada 
la incógnita. 

Eso es lo que él quería: rebentar la obra^, 
aquella porquería, pegarle al autor, á aquel 
gringo de mala muerte que no hacía más que 
macanas^ había que cantarle la verdad, ¡ qué 
pucha! el teatro no era para ignorantes y re- 
visteros de salón; era necesario desterrar á 
los eunucos de la literatura. Y Benjamín te- 
nía razón sobrada. En otro país que no fuera 
Montevideo sería silbado el drama de Riviere, 
quien por otra parte, escribía bastante bien, 
observaba el atrevido periodista, más sensato 
é imparcial que Benjamín Migliore. 

Y habiendo dicho bastante, éste se iba á otro 
grupo en donde se deshacía en elogios de la 
obra y en recomendaciones para el autor, para 
dirigirse áotro's varios en los cuales se acomo- 
daba álos gustoso impresiones de cada cual. 

Antes de que dieran las tres campanadas con- 
sabidas, pasó por la puerta del escenario en 
donde vio al autor rodeado de amigos, yaque 
no se permitía la entrada entre bastidores; co- 
rrió hacia él, lo abrazó efusivamente y lo feli- 



EL PICAFLOR 75 



citó con entusiasmo. Luego se fué al palco, 
en donde estaba Brioz, el director, que contra 
su costumbre había ido á ver aquello. Su opi- 
nión era sencilla: el drama no valía, pero era 
cuestión de patriotismo; había que fundar el 
teatro nacional. 

Así es que contra todo lo que esperaban al- 
gunos buenos muchachos de la prensa y en 
contradicción con lo que algunos de ellos se 
atrevieron á escribir en sus periódicos, Gla- 
diator publicó un artículo que por su forma 
era una riquísima joya de la lengua castella- 
na y por el fondo un incensario bastante car- 
gado, arrojado á la cara de Guido Riviére, uno 
de los dramaturgos nacionales que había de- 
mostrado tener más talento que Dumas y más 
conocimiento de la escena que Sardou. La crí- 
tica empezaba encareciendo la necesidad de 
fundar el teatro nacional; seguía presentando 
e\ físico del autor, hablando desús bucles de 
oro, su bigote retorcido, su frente espaciosa, 
sus ojos inteligentes, su cabeza egipcia; conta- 
ba detalladamente el argumento de La Batalla, 
drama histórico en cinco actos; hablaba de los 
caracteres, de las pasiones, délas escenas, pa- 
reciéndole que éstas estaban mejor combina- 
das que las de Patria/ del dramaturgo francés, 
que aquéllas habían sido tan bien pintadas, 
como pudiera hacerlo Ibsen, que los de más 
allá podían figurar entre los creados por Sha- 



76 JUAN TORRENDELL 

kespeare. ¡ Bien por Fénix ! Había que repe- 
tir la representación. ¡Forever! 

El infeliz que comparó á Riviére con Icaro, 
juraba una y mil veces á todo el que que- 
ría oírlo, que Benjamín en el mismo teatro 
había asegurado que la obra era mala de re- 
mate; pero los que leyeron el precioso artí- 
culo de Gladiator, lleno de frases encomiás- 
ticas, de argumentos concluyentes y párrafos 
que sonaban como melodiosa música, se reían 
de aquel loco y creían á pie juntillas que 
La Batalla era la primera piedra del monu- 
mento que las generaciones futuras levanta- 
tarían al escritor nacional. Decididamente Ri- 
viére era un buen dramaturgo y Migliore un 
excelente crítico. 

Los ejemplares de La Lclea eran buscados 
á porfía por los que no estaban subscritos al 
diario de Brioz; en los clubs y cafés se arran- 
caban de las manos la crítica de Gladiator 
que según algunos valía tanto como la obra 
ensalzada, con ser ésta muy buena; en las 
Redacciones, que era donde se discutía más 
el artículo hasta el punto de no conceder 
á Benjamín ni un ápice de sentido común, 
cuya opinión era sofocada á gritos y carca- 
jadas de desprecio, se recortaban todas Las 
Ideas que sobre las mesas ó en los ganchos 
se encontraban, para guardar el correctísi- 
mo trabajo del gran crítico independiente. 



EL PICAFLOR 77 



En el salón grande de la Redacción de La 
Idea, en donde se recibía á los amigos de la 
casa, salón llamado por tradicional costum- 
bre la cabrioneray los visitantes cabriones, hu- 
bo aquel día asamblea magna. Allí estaban 
todos los redactores del diario capitaneados 
por el patrón, como denominaban amigable- 
mente al Director, Brioz, que estaba sentado 
con aire de suma confianza al lado mismo 
del diputado \ elázquez, de cuya boca no se 
le caía el cigarro puro, los cuales hablaban 
en voz baja y sonriendo de ciertos asuntos 
que pasaban en la Casa de gobierno; allí ha- 
bían ido á parar los amigos de Benjamín que 
no sabían pronunciar otras palabras que no 
fueran las que el Diccionario tiene dedicadas 
á la servil adulación motivada no tanto por 
el v&lor intrínseco del gran crítico, sino por 
ser el yerno predilecto del Doctor Velázquez; 
aunque miembro de La Patria, diario guber- 
nista y, por tanto, adversario de La Idea, 
enemigo de todos los Presidentes, menos en 
cierta ocasión en que Velázquez fué ministro, 
Guido Riviére se coló también allí para dar 
las gracias personalmente, no obstante car- 
tita aparte, á su queridísimo colega Benjamín 
Migliore que, como era de esperarse, obscu- 
reció por completo la aureola de que el mis- 
mo había rodeado la cabeza de Riviére, el 
cual, advertido á tiempo, tomó pronto la es- 



78 JUAN TORRENDELL 

calera de la calle, pues no era hombre á quien 
le gustase ser plato de segunda mesa, i Pues 
no faltaba más! También tenía él una buena 
corte celestial que sabía cantarle admirable- 
mente el ¡Hossanna Hossanna, Fili Israelis! 

A las cinco de la tarde apareció por La 
Idea el Dios del dandysmo uruguayo, Mario 
Gutiérrez, quien iba á buscar al gigante Gla- 
diator, el joven más popular de Montevideo 
aunque sólo fuera aquel día. Gutiérrez se ha- 
bía puesto de mil y pico de alfileres. Pare- 
cía una figura de terracota de las que ven- 
den en la calle Cámaras, esquina Sarandí. Na- 
da había olvidado. Desde la reluciente gale- 
ra y la abultadísima corbata, hasta las po- 
lainas, color crema subido, y los botines de 
brillante charol, todas las demás prendas en 
conveniente relación cubrían su perfumada y 
tiesa personita. Es que estaba muy conten- 
to, como lo indicaban palpablemente sus in- 
quietos ojos que no hacían más que abrir- 
se y cerrarse. Gutiérrez pertenecía al núme- 
ro de los admiradores que tornan como pro- 
pios los triunfos de sus amigos, ya que no tie- 
nen otros suyos de que vanagloriarse. Así 
que, como era el cabrión primero de La Idea 
á la cual había representado varias veces en 
banquetes y saraos, cuando en ese diario se 
publicaba algo bueno, decía á sus amigos:— 
¡Qué bien está nuestro diario! jQué artículo 



EL PICAFLOR 79 



notable el que liemos publicado hoy!— La no- 
che que no se le veía en el palco de La Idea, 
era cuestión de preguntar por la salud deli- 
cada de Mario Gutiérrez, porque sólo por 
alguna enfermedad dejaba de ir á ocupar la 
silla más cómoda de nuestro palco de La Idea, 
como decía él. 

—Vamos, Benjamín, vamos;— gritaba Gu- 
tiérrez, tirando al crítico de la mano. 

— Tú, vete al diablo;— exclamó uno de los 
cronistas. 

Entonces miraba serio á Benjamín, y, co- 
mo si estuviesen de acuerdo, le decía: 

—Che, vos ya sabes que es preciso ir. He- 
mos dado nuestra palabra de honor. 

Y Benjamín, con la sonrisa en la boca y 
mirando aquellos ojos que más parpadeaban 
cuanto más mentían, fuese con el. . . . mari- 
quita de Gutiérrez, como dijo uno de los 
reporters, envidioso de su barba larga y sus 
retorcidos bigotes, que se obstinaban en no 
salirle á la cara, á pesar de untársela con el 
maravilloso aceite del Restaurador del Ca- 
bello. 

Una vez en la calle, Benjamín dijo con son- 
risa de protección á Gutiérrez: 

— Pero, che, ¿á donde vamos, que te has 
puesto tan paquelún f 
, —A dar una vuelta por la calle 18. 

, — Me vana tomar por tu sirviente; — insistió 



80 JUAN TORRENDELL 

Benjamín en tono irónico, mientras se miraba 
el plebeyo saco y los botines de cuero lus- 
trados. 

— No embromes, querido; — respondió el go- 
moso, satisfechosísimo de haber llamado la 
atención de su amigo, el gran Migliore. 

Y entonces tomándole del brazo, le hizo 
notar que en aquella hora el Montevideo chic 
salía á dar su vueltecita por las principales 
calles de la ciudad. Era precioso, pues, que 
el hombre del día hiciese su salida triunfal; y 
era con ese objeto que él lo había ido á bus- 
car. 

Y Mario tenía razón. Durante aquel día de 
Noviembre cayó sobre la ciudad pesada capa 
de calor sofocante, y la gente se echó á la 
calle así que el sol se desplomó por detrás de 
la fortaleza del Cerro, á fin de tomar un poco 
el fresco, y, sobre todo, para exhibir los nue- 
vos trajes de verano que se acercaba á pasos 
redoblados. En la Plaza Independencia encon- 
traron todos los bancos de hierro que acaba- 
ban de ser pintados de verde, ocupados por 
multitud de amigos que á su paso se des- 
hacían en llamativos saludos. Por la vereda 
de la calle 18 de Julio iban y venían en con- 
tinuo tropel muchas de las señoritas de la 
buena sociedad con sus trajes claros, sus 
mejillas rosadas, sus sombreros de fina paja 
y cogidas del brazo. No había una que no 



EL PICAFLOR 81 



recibiese un saludo de los mejorcitos ya de 
Migliore ya de Gutiérrez. De tarde en tarde 
venían varios caballeros respetables y seño- 
ras de cierta edad que sonreían á los dos 
jóvenes y les saludaban con la mano. Alguno 
de aquéllos se permitía parar un momento á 
Benjamín para felicitarlo por su notabilísimo 
artículo, recomendándole que continuara por 
ese camino. 

— ¿No te lo decía yo? — le advertía Mario 
después de cada felicitación. - Es necesario 
no perder las ocasiones que á uno se le pre- 
sentan para vamos, para sentir las sen- 
saciones gratas que producen los elogios de 
la multitud. 

—Y tú no pierdes ninguna ¿verdad? 

—Se hace lo que se puede, hijo.— Y mien- 
tras hacía esta reflexión, Gutiérrez se llevaba 
el sombrero de copa hasta la cintura por 
saludar á unas elegantes que pasaban en un 
carruaje descubierto. 

Con esto habían llegado ya á la calle Que- 
guay, de donde no pasaban los concurrrentes 
al paseo. Dieron la vuelta, y, como la gente 
había disminuido, pudieron entretenerse en 
echar una mirada por toda la calle. Entonces 
empezó á quejarse Gutiérrez de que la Muni- 
cipalidad no se preocupase de arreglar un 
buen paseo, paseo que sólo estuviese desti- 
nado á la high-life, la cual ahora se veía 



82 JUAN TORRENDELL 

obligada á sufrir á su lado la gente del pue- 
blo que volvía del trabajo y se dirigía por 
donde iban las personas decentes, á sus casas 
del Cordón y de la Blanqueada. Más tarde se 
incomodó contra la Policía que toleraba el 
insufrible atrevimiento de los dueños de cafés 
y confiterías, los cuales convertían la acera 
en salas de sus establecimientos. Y, por fin, 
la emprendió contra los carros de la Salu- 
bridad Pública que salían tan tarde á regar- 
las calles convirtiéndolas en barrizales cuando 
no mojaban á los transeúntes que, como él, 
vestían regularmente. No había que darle 
vueltas; en Montevideo estaban muy atrasa- 
dos. Según él, hacían bien en Europa con 
creerlos vestidos de plumas y tapa- rabos, 
i Si él gobernase!.... 

— Mira qué trinidad; — exclamó Gutiérfez 
dando un corte á su discurso que amenazaba 
ser más largo que una Encíclica. —Ahí está 
tu papá, tu suegro, y tu Director. 

Efectivamente; á la entrada de la calle Sa- 
randí formaban un grupo el signar Migliore, 
el Doctor Velázquez y Brioz, de La Idea Como 
era de suponerse, estaban hablando del tra- 
bajo excelente de aquel muchacho que tanto 
prometía. Benjamín, que no gustaba de unirse 
con su viejo, cuando había gente ilustrada, 
porque el maldito aun estaba con la jerga 
de los gringos, se preparaba á pasar de lar- 



EL PICAFLOR 83 



go; pero su padre lo llamó todo satisfecho, 
gritándole: 

-~ Ohe, f andullo ¿come vaif 

No hubo más remedio que dar media vuelta 
y unirse al grupo. Su padre continuó., mirando 
al Doctor Velázquez: 

— ¡Ah, Dottorel Osté me lo va á perderé á 
questo bambino. 

Velázquez, haciéndose el protector, dijo á 
Benjamín: 

— ¿Te vas á casa? Bueno; voy allá. 

Se despidieron, y los dos jóvenes siguieron 
su paseo por la calle Sarandí, Plaza Matriz, 
Ituzaingó y 25 de Mayo, en cuya esquina se 
toparon con varios jóvenes que estaban allí 
parados, haciendo revolotear los bastones y 
saludando á diestro y siniestro. 

De todas las personas que se entusiasma- 
ban con los artículos de Benjamín, una 
sola, quizás la más interesada en el renom- 
bre de éste, no hizo todo el caso de que era 
digno el último trabajo del gran crítico, co- 
mo se había demostrado aquella tarde. ¡Cosa 
extraña! Maruja, la esposa de Benjamín, la 
que se había enamorado de éste, acaso por 
presentársele como una lumbrera, leyó el tan 
esperado artículo en las columnas de La 
Idea, le gustó extraordinariamente, llamó á su 
hermana Delia, se lo hizo escuchar, prepa- 
róse para cortarlo, lo cortó, y en toda la tar- 



84 JUAN TORRENDELL 

de no volvió á abrir la boca para insistir so- 
bre el hermoso y bien escrito artículo de su 
marido, como hacía siempre que éste publi- 
caba algo. Hasta Delia lo había notado, y va- 
rias veces se fué al cuarto de su hermana 
para ver si seguía bien, temerosa de que 
aquel silencio tuviese por causa algún ma- 
lestar. Efectivamente; Maruja continuaba bas- 
tante delicada, se sentía presa de una laxitud 
abrumadora y de tarde en tarde tenía vómi- 
tos. Era preciso llamar al médico. Por eso 
es que la chiquitína Delia estaba medio asus- 
tada, viendo que Maruja permanecía encerra- 
da en su dormitorio. 

Allí se fué Maruja, una vez cortado el es- 
crito de Benjamín para guardarlo con los otros 
en un cajón de su secretaire Como acostum- 
braba siempre, al añadir uno nuevo, miró los 
anteriores y al principio le pareció que falta- 
ba alguno correspondiente á cierta fecha que 
ella tenía grabada en la cabeza. Ella pensaba 
que á un artículo se refería aquella fecha, 
ya que tanto la recordaba, pero de pronto de- 
jó los recortes, se quedó sentada sobre la ca- 
ma, comenzó á pensar, á inquietarse prime- 
ro, á sonreír después, para insistir de nue- 
vo mentalmente en las cuentas que sacaba,, 
fijos los ojos en un calendario de pared que 
había sobre el secretaire. Aquella fecha no 
se refería á los artículos, sino á una cosa 



EL PICAFLOR 85 



muy íntima y personal, peculiar y propia de 
ella misma. Con este recuerdo quedó expli- 
cado perfectamente el estado de su salud que 
tanto le atemorizaba. Ahora sí que era pre- 
ciso acudir de veras al médico de la familia. 
Este suceso la tuvo pensativa toda la tar- 
de, hasta el punto de no volver á acordarse 
de los artículos. Su imaginación ardiente le 
hacía recorrer con rapidez meses y más me- 
ses, y oía una voz chillona que la encanta- 
ba y la enternecía, arrancándole una sonrisa 
que iba abriendo los labios hasta dejar salir 
una carcajada, acompañada de un estremeci- 
miento de íntimo y verdadero placer. Y diri- 
gía los ojos al patio deseando ver á su espo- 
so, echarse á su cuello, besarle y hablarle 
quedo al oído. Otras veces atendía bien, 
se escuchaba interiormente, reparaba si en al- 
guna parte de su cuerpo se percibía cierto 
movimiento, y se tocaba las manos y las me- 
jillas y la cintura para comprobar que no se 
había puesto más gruesa. Cuando tuvo que 
pasar por delante de un espejo grande miró- 
se de reojo, avergonzada de que alguien pu- 
diera notar su estado .... si es que real- 
mente estaba. . . . ¡Ah! ¡no! Nadie, nadie, an- 
tes que su amado Benjamín. Ni siquiera que- 
ría pronunciar mentalmente la palabra. Y vol-. 
vía la vista al patio creyendo que quien venía era 
su marido, cuando era su hermanita. Entonces 



86 JUAN TORRENDELL 

deseaba abrazarla y besarla y explicárselo todo; 
pero ni podía, ni quería. ¡Ahora, sí, que echa- 
ba muy de menos á su buena mamaíta! ¡ Cuán- 
tos tiernos diálogos, qué de provechosas indi- 
caciones, cuan menos penoso sería todo ! ¡ Oh , 
esto era desconsolador! Ella también se que- 
ría morir antes que pasar un trance tan du- 
ro. ¡Nó ! Morir no; era preciso vivir para .... 
¡Ah! ahí está Benjamín. 

—¡Benjamín! fué su primer grito, al verá 
éste en el patio. 

— Si vieras, hija,— la dijo el interpelado así 
que la tuvo cerca.— Ha sido un triunfo com- 
pleto .... ¿Pero qué tienes? ¿por qué llo- 
ras? 

Maruja había esperado á Benjamín junto á 
la cama, y, cuando lo tuvo cerca, se abalanzó 
á su cuello y, puesto el rostro en su pecho, 
empezó á llorar contenta y feliz. En aquel 
momento sintió un desfallecimiento en todo 
su cuerpo, un gran nudo en la garganta j 
fuego en la cabeza. Aquellas lágrimas eran 
necesarias, eran indispensables para que Ma- 
ruja pudiera hablar. 

Pero, di, hijita, ¿qué tienes? No seas zon- 
za, exclama Benjamín cansado y fastidiado 
de aquella escena que no comprendía y que 
podía ser un contratiempo al contento de que 
aquel día estaba impregnado. 

La joven enjugóse los ojos, se limpió las 



EL PICAFLOR 87 



mejillas, quedando éstas un poco rosadas, lo 
cual la puso más bonita, empezó á reírse en 
grande y, abrazando de nuevo á su esposo, 
acercó sus labios al oído de éste, dejando 
escapar dos palabras. 

—¡Ahí ¿sí?— exclamó sonriendo Benjamín y 
añadió en seguida: -La 'noticia viene bien hoy 
que he tenido un triunfo extraordinario. Figú- 
rate. ... 

Y el crítico empezó á narrar todos los por- 
menores de la victoria alcanzada, tan grande 
que hasta había achicado al mismísimo Guy 
Riviére. ¡Pucha! ¿Qué se figuraba el france- 
sito? 

—¿Estás contento? — le preguntaba Maruja que 
estaba extasiada con sus pensamientos y que 
no hacía caso de lo que su marido decía.— 
i Benjamín!— gritó la voz del Doctor Velázquez, 
el cual apareció después. — Aquí tienes á un 
señor que quiere hablar contigo. 

Benjamín se fué á la sala, mientras que Ma- 
ruja se abalanzaba al cuello de su padre y le 
notificaba la gratísima nueva. 

Según la joven, su papaíto le había hecho 
más caso que su esposo, el cual— lo pensaba 
con gran sentimiento,— no había- recibido aque- 
lla noticia con la satisfacción que ella sintió 
al caer en la cosa. Aquello era para morirse. 
¿Cómo no volverse loco al saber que sus amo- 
res habían realizado el sueño que tantas ve- 



JUAN TORRENDELL 



ees á ambos acariciara?. ¿Acaso valía más un 
escrito, de diario, que un hijo? ¡Ah! Benjamín 
no la había oído bien. Y sin saber porqué 
aquellos recortes impresos que sin arreglar 
echó en un cajón, le causaron desprecio por 
vez primera. 

Cuando, momentos después, todos estuvie- 
ron reunidos al rededor de la mesa, Benja- 
mín contó que acababa de despedir al señor 
Director del Colegio de Montevideo, en donde 
él se había educado en la primera edad, el 
cual había ido á felicitarle ante todo por sus 
aplaudidos trabajos, y luego porque deseaba 
que un escritor tan correcto entrase á formar 
parte del cuadro de catedráticos que su cole- 
gio tenía. Para él sería altísima honra poder 
decir que uno de los catedráticos había sido 
educado en aquellas mismas aulas, y para el 
colegio era distinguidísimo honor contar en- 
tre sus profesores al mejor literato de la Re- 
pública. El sueldo que se le ofrecía era de 
cien pesos, y la cátedra sería la de Gramática 
Castellana y Filosofía del Lenguaje. 

El había aceptado desde luego, pues consi- 
deraba que aquel puesto era muy digno de 
personas de mucha consideración, de modo 
que se creía muy favorecido; y aunque no ha- 
bía hecho un estudio especial de aquellas ma- 
terias, sin embargo él creía que con un repa- 
sito en varios textos saldría muy lucido en su 



EL PICAFLOR 89 



desempeño. El ya tenía adelantado lo más in- 
dispensable, que, según* él, era escribir nota- 
bilísimamente, en lo cual no se equivocaba; pe- 
ro sí en lo primero, pues, como dijo bien el 
Doctor Velázquez, se puede ser muy buen es- 
critor, y, no obstante, ser muy mal maestro. 
Esto no implicaba para nada. Sería catedráti- 
co. Era una aureola más. Esta vez no tuvo 
quien se alegrase tanto como él, según suce- 
día antes; porque á Maruja esto la tuvo sin 
cuidado, la cual no deseaba otra cosa sino 
que amaneciese el día siguiente para ir á 
consultar al médico. 

Todos los diarios dieron la noticia de tal 
nombramiento, alabando la excelente idea del 
Director y felicitando al agraciado Entre el 
incienso que la prensa enviaba á Benjamín, 
pasó una ráfaga que disgustó al crítico inde- 
pendiente. Era una réplica en que se. le re- 
batía su tan encomiado artículo y se le con- 
taba cierta anécdota pasada entre varios pe- 
riodistas en el vestíbulo de Solís. Benjamín 
no hizo caso, recibió el golpe y se calló. Peor 
era meneallo. En La Idea se publicó un su el-* 
to en el cual se ponía al atrevido de despe- 
chado, envidioso y malcriado, como digan 
dueñas, aconsejando al distinguidísimo crí- 
tico, Doctor Migliore, que despreciase desde 
lo alto de su fama bien cimentada al infeliz 
pigmeo que se figuraba que los perros de 



90 JUAN ^ORRENDELL 

Terranova se dignaban mirar á los gozqueci- 
llos, si no era para hacer una cosa muy su- 
cia. Intelligenti pauca. 

Y tanto como lo entendió el tonto que ha- 
bía pensado poner una pica en Flandes, cuan- 
do el pobre se había pisado el palito vergon- 
zosamente 

Días después, los carteles anunciaban la se- 
gunda representación de La Batalla de Guido 
Riviére, drama histórico en cinco actos. Los 
diarios aplaudieron la idea; llegó la noche y 
el teatro estuvo casi vacío. Ni siquiera los que 
habían encomiado la obra estaban en sus lo- 
calidades. El todo Montevideo fué al Nuevo 
Politeama en donde daba su última fun- 
ción una Compañía ecuestre-gimnasta-acrobá- 
tica y de pantomimas A los inteligentes les 
basta ver una sola vez las producciones para 
poderlas juzgar. Luego, que una vez dada su 
opinión, ya no se podía rectificar. ¡ Pobre Ri- 
viére! Se había olvidado de hacer otra repar- 
tición de entradas, 

Desde entonces, Benjamín no perdió noche 
alguna en que pudiera ir al teatro y escribir 
su articulito, criticando acerbamente las obras 
extranjeras, aunque fuesen hijas de talentos 
umversalmente aceptados, y de plumas consa- 
gradas por la crítica europea. ¡Se era crítico 
independiente ó no se era! ¿Por qué se ha- 
bían de figurar en el Viejo Mundo que en 



EL PICAFLOR 91 



América no había g ntes ilustradísimas? ¡ Pues 
no faltaba más! ¡ Pucha con los pretenciosos ! 
Esta frecuencia con que se veía en las co- 
lumnas de La Idea el nombre de Gladiator, 
quien escribía cada día mejor, según la opi- 
nión general, recordaba álos que se atrevían 
á publicar alguna obra, su obligación de man- 
dar un ejemplar al primer crítico uruguayo, 
para que tuviese la amabilidad de dar un palo 
al nuevo libro. Y aquí de la dedicatoria: unos 

escribían Al distinguidísimo escritor* ; otros 

Al ingenio oriental ; quien le llamaba el 

primer crítico del mundo; quien lo halagaba 
con el calificativo de el Fígaro americano. Por 
supuesto que tanto sahumerio aturdía y ma- 
reaba á Benjamín, quien no se atrevía á po- 
ner en solfa los dislates y macanazos que en 
los libros encontraba. Pero ¡qué diablos! Para 
algo se había de fomentar y aplaudir al na- 
ciente arte nacional. Por tanto — agregaba el 
Doctor Velázquez— Gladiator sigue siendo un 
buen crítico independiente. 



V 

Una obra nacional. 

De los meses de aquel verano, Benjamín 
pasó los más en un viaje por toda la Repú- 
blica Argentina y los Departamentos de su 
propio país, que fueron los últimos recorridos, 
cuando precisamente habían de ser los pri- 
meros, porque, según el signo?" Migliore, quien 
si no era hombre ilustrado, por lo menos te- 
nía el sentido práctico común á los obreros 
inteligentes, lo más propio era conocer bien 
los rincones de su casa antes que ir á visi- 
tar los de las ajenas, á fin de poder com- 
parar y aprender para bien de su paesse, el 
día en que le tocase á uno ocupar un pues- 
to en el cual se pueda aprovechar lo que se 
ha visto. En estas correrías, lo que más preo- 
cupaba á Benjamín, era ponerse en comuni- 
cación con todos los periodistas que á su paso 
encontraba, pues cada conocimiento de este 
jaez le valía un estupendo bombo, que él re- 



EL PICAFLOR 93 



cortaba en seguida para mandárselo á Maru- 
ja cuando le escribiera, lo que no hacía con 
la frecuencia deseable. En estas cartas Ben- 
jamín sólo hablaba de su persona y de lo 
mucho que á su fama convenía tal viaje, se- 
gún podía verse por aquellos sueltos, á los 
cuales daba la misión de servir de calmantes 
contra la intranquilidad de Maruja á quien 
de seguro pesaba la soledad en que la había 
dejado. Sin embargo, nada le escribía con re- 
lación á ese escabroso asunto, silencio que 
no pasaba inadvertido para Maruja, que de 
cierto tiempo á esa parte se había vuelto bas- 
tante taciturna y pensativa. No le pasaba por 
alto que, mientras ella sentía placer vivísimo 
por el ser que en sus entrañas buscaba vida, 
él no había tenido una palabra para investi- 
gar algo acerca de aquella reproducción suya; 
que, mientras ella se encerraba en su casa, 
temerosa de que alguna desgracia pudiera 
malbaratar la dicha que Dios quería propor- 
cionarle, él se había echado por esos mundos 
buscando lejos de ella goces y placeres en 
nada comparables con las sensaciones que 
produce el título de madre. ¿Qué le pasaba 
á su Benjamín? ¿Por qué no se fijaba en las 
alegrías de su esposa? 

Y, á pesar de estas quejas, que oía Maruja 
en su interior, y que se hubiera guardado 
bien de manifestar á alguien, se alegraba ex- 



94 JUAN TORRENDELL 

traordinariamente al recibir carta de su es- 
poso, y tuvo verdadera satisfacción cuando su- 
po por una correspondencia, la última que 
mandó á La Idea, que á los dos días se en- 
contraría en Montevideo. A no haber sido por 
la rotunda negativa de su papaíto, que se 
mostró muy severo, contra su costumbre, hu- 
biérase levantado á las tantas de la madru- 
gada para ir hasta el muelle á fin de abrazar 
más pronto á Benjamín. Tuvo que contentar- 
se con subir a la azotea, bastante temprano 
por cierto, ya que la mañanita estaba esplén- 
dida, y ver llegar el vapor que venía de Bue- 
nos Aires. Estaba tan obsesionada por la lle- 
gada de su esposo, que no se fijó ni un mo- 
mento en las bellezas admirables de un ama- 
necer estival. Lo único que le llamó la aten- 
ción, fué la suprema bonanza que tenía como 
aplastadas las aguas del Río, las cuales re- 
flejaban los nacientes rayos del sol. Con los 
codos sobre la barandilla y la cara entre las 
palmas de las manos, se pasó más de me- 
dia hora, fijos los ojos en dos barquichuelos 
que caminaban á porfía, siendo tal su ensi- 
mismamiento que no sintió en sus espaldas, 
cubiertas tan sólo por un saquito de finísi- 
ma tela, los calurosos rayos del astro del día, 
hasta que un ruido fuerte de carruaje, para- 
do allí mismo, la volvió á la realidad, como 
quien es dispertado de súbito por un seco 
movimiento de todo el cuerpo. 



EL PICAFLOR 95 



Apenas se sintió estrechada por los brazos 
de Benjamín, las lágrimas se desbordaron de 
sus ojos, siéndole imposible hablar hasta qué 
le hubo pasado aquel ataque nervioso que se 
producía en ella por un exceso ya de dolor 
ya de alegría. Lo besaba, lo miraba, le son- 
reía, y se obstinaba en encontrarlo igual al 
Benjamín con que soñara antes de casarse. 
No lo era. A pesar suyo lo hallaba cambiado: 
le parecía más indiferente, lo veía muy dis- 
traído, y como abstraído en pensamientos en 
que no estaba su imagen. 

Quince días después, Benjamín manifestó de 
nuevo deseo de marcharse otra vez á un viaje 
por el interior del país. Y como adujo tan- 
tas pruebas y argumentos para demostrar 
aquella necesidad, Maruja influyó con su buen 
papá á fin de conseguir la plata necesaria. 
Partió contentísimo. 

En ese tiempo, Maruja se había enterado ya 
de las cosas necesarias, y hasta superfluas, 
para recibir al infante que iba ganando des- 
de ahora todo su afecto, y para el cual sería 
todo el amor que en su corazón cupiera. Ella 
lo preveía, lo sentía, y á veces este pensa- 
miento la atormentaba, porque amaba mucho 
á Benjamín, á pesar de su desvío, que ella 
atenuaba todo lo posible. Deseaba arreglar 
ella misma la canastilla con todas las piezas 
que ella no pudiera hacer, porque las más 



96 JUAN TORRENDELL 

fáciles y coquetonas habían' de revelar el' tacto 
de sus manos y su buen gusto. ¡ Tendría tan- 
to tiempo que dedicar á su hijito en los me- 
ses futuros! Así la soledad no se le haría tan 
penosa. 

Y en efecto; cuando Benjamín regresó á la 
ciudad, las empresas teatrales no habían echa- 
do en saco roto la conveniencia de abrir pron- 
to los coliseos, ya que el verano había huido 
más pronto de lo regular, empujado por el 
amarillo otoño que, después de haber arran- 
cado á los árboles sus verdes hojas, las arre- 
molinaba cerca de las aceras, machacadas y 
descoloridas; como también, después de em- 
pañar con nubarrones el azul puro del cielo, 
ensuciaba sin miramiento los empedrados que 
había emblanquecido el sol. Es lo que ya con 
ansia deseaba Benjamín: respirar nuevamente 
aquella atmósfera tibia y pesada de los tea- 
tros, quedar un momento deslumhrado al 
abrir la puerta del palco, sentirse acariciado 
por las miradas Ajas de las cazueleras, tener 
la cabeza ardorosa por el ruido de la músi- 
ca, el resplandor de las luces, el murmullo 
incesante de los entreactos, y, más tarde, ver- 
impresas sus esperadas cuartillas, oir las fra- 
ses laudatorias que sus producciones arran- 
caran, solazarse con las reuniones literarias 
que cada semana en su casa se celebraban. 

Pocas eran las horas que pasaba junto á su 



EL PICAFLOR 97 



esposa. ¿ Para qué? El tenía sus múltiples ocu- 
paciones; ella estaba muy entretenida con la 
ropa que cosía, acompañada de su hermana, 
para la criatura que se anunciaba no sin 
mucho malestar para la madre. ¡Qué casua- 
lidad! También él se encontraba bastante 
preocupado con un pensamiento de muy di- 
fícil resolución. Como su esposa, pensaba él 
también en dar á luz su primer hijo, que, 
según muchos autores, es el más estimado. 
Era cuestión de cuidarlo bien, de presentar- 
lo con ropaje digno de privilegiado primogé- 
nito. No se trataba de una de aquellas obras 
hijas de la inspiración febriciente, de una hora 
de clarovidencia artística, nó; había determi- 
nado coleccionar en elegante volumen los me- 
jores artículos que poco á poco concibiera y 
arrojara por todo Montevideo mediante las 
hojas de La Idea. Pero él no los tenía todos; 
habría que recorrer la colección del diario de 
Brioz. Manos á la obra. ¡ Como se alegraría 
su Maruja! Le dedicaría el libro, su primer 
libro. A mi esposa, el Autor. Así corto. ¡Qué 
cosa más graciosa! Se iban á cambiar sus hi- 
jos; es decir, nó, él no podía entendérselas 
con rorros, mientras que Maruja.... ¡Ah! Pe- 
ro si ella le iba á procurar toda la colección 
de sus escritos. ¡Qué previsoras son las mu- 
jeres! ¡Cómo entienden á sus maridos artis- 
tas ! 



JUAN TORRENDELL 



— Maruja, i tenes por ahí mis artículos re- 
cortados? — dijo Benjamín con cierta indife- 
rencia, pues no quería manifestar aún su pen- 
samiento. 

¿Cómo por ahñ A Maruja le sorprendió la 
pregunta, porque él había de saber con cuán- 
to entusiasmo recogiera siempre sus escritos, 
aunque la verdad es que en estos últimos me- 
ses ni lo hacía con tanto calor, ni los arre- 
glaba con el afán de otras veces. Sí, allí esta- 
ban, pero nó en orden; parecían más bien des- 
cuidados. Benjamín lo notó y sonriendo dijo 
á su consorte: 

— jAh, picarona! ¡Cómo están de abandona- 
dos!— Y después añadió con intención: — Te 
los devolveré debidamente coleccionados. 

Maruja, sin entender el sentido de aquellas 
palabras, volvió á la grata tarea de acabar una 
preciosa gorrita adornada con graciosos lazos 
color rosa. En esto estaba toda su atención y 
en esto consistía todo su encanto: en atender 
la ropita que había de envolver el delicado 
cuerpecito del ángel que le .mandaría Dios, 
i Ella, dedicándole la mayor parte de las ho- 
ras del día, y él, tan abstraído con sus ami- 
gos, sus diarios y los teatros ! Esa diferencia 
le oprimía el corazón. 

Pero i caray ! Benjamín no podía abandonar 
aquellos trabajos que él calificaba de impor- 
tantísimos para el porvenir de su gloria. Per- 



EL PICAFLOR 



dio una semana pegando en un libro en blan- 
co sus artículos, corrigiéndolos, haciendo el 
índice, pensando en quién le escribiría el pró- 
logo, es decir, la presentación como autor; y 
esto le causaba grandes dolores de cabeza, 
porque, á decir verdad, no encontraba perso- 
na de bastante competencia para que á su la- 
do no hiciera un mal papel su Mecenas, su 
protector. Es cierto que él no necesitaba re- 
comendaciones de ninguna clase, pero.. .4 yla 
costumbre? Luego que, para el que vale mu- 
cho, y esto es notorio, le causa cierto placer 
íntimo hacerse, como en broma, el protegido, 
el humilde. Bueno; eso es lo de menos; ya 
pensaría en ello. Lo principal era el editor, 
porque él no tenía toda la plata que la edi- 
ción costaría. ¡El editor! No había donde 
elegir. En Montevideo no habían arraigado 
aún esas plantas extrañas que nacen allí 
donde florece la literatura, es decir, allí donde 
se pueden enriquecer los que se llaman pro- 
tectores de los literatos. Entre las varias li- 
brerías á que él iba á comprar sus libros, una 
sola había que públicamente se denominaba 
en un gran letrero Casa editorial, ésta era 
la de su buen amigo Quintana, el dueño de 
la Librería Española. En efecto; había publi- 
cado algunas obras en cuya portada se leía 
Francisco Quintana, editor; pero, según sus 
noticias, no había tales carneros porque los 



100 JUAN TORRENDELL 

autores pagaron un peso sobre otro todas las 
cuentas de la imprenta. Sin embargo, por 
probar nada perdía. 

Lo único que perdió fué el tiempo y muchas 
palabras. Francisco Quintana, el renombrado 
editor de Montevideo no se arriesgaba á per- 
der unos centenares de pesos, porque, según 
él, que entendía el negocio á la perfección, 
aquello sería un clavo, no porque no valiese, 
¡ah! eso sí que nó; Benjamín escribía mejor 
que muchos autores europeos, pero los tiem- 
pos estaban malos y la gente no gastaba en 
libros. 

Podía ser; no obstante de no creerlo así 
Benjamín. El recordaba haber ido á comprar, 
cuando estudiante los libros de texto en el 
boliche que Quintana abrió después de haberse 
cansado de rodar por una escuela del Estado, 
que tomó á su cargo, y ya entonces se le oía 
decir que el negocio no producía beneficios; 
á pesar de que allá iba toda la chiquilinada 
de escuelas, colegios y universidades á muñir- 
se, como decía él, de libros, textos, progra- 
mas y 'utensilios de escritorio. También recor- 
daba que, en una casa más espaciosa que la 
primera, se había subscrito á una ilustración 
italiana que le costaba el doble, por lo cual 
el librero ganaba el ciento por ciento; y esto 
lo hacía, porque el negocio de plumas y car- 
tillas, no dejaba casi ni para pagar la patente. 



EL PICAFLOR 101 



Y ahora encontraba al antiguo maestro de 
escuela, dueño de una de las mejores librerías 
de la capital, vendiendo obras venidas de to- 
das las partes del mundo, para lo cual había 
hecho construir una casa especial que dividió 
convenientemente para los diversos ramos á 
que se extendía su gran negocio: librería, 
periódicos, imprenta y encuademación. Aque- 
llo era grandioso, y aquello había sido levan- 
tado en tiempos en que el país estaba mal, 
según afirmaba Quintana, el señor Quintana; 
pues actualmente ya no era aquel hombre- 
zuelo, alto y delgado, moreno y bigote ne- 
gro, que estaba detrás del mostradorcito del 
boliche primero, desde las siete de la mañana 
hasta las nueve de la noche, á quien los niños 
pedían la llapa, una vez comprada la pluma 
ó el lápiz, y á quien llamaban gallego roñoso, 
si les negaba el cromo por ellos elegido; sino 
el patrón de la Librería Española — Casa edito- 
rial, que ya no se ocupaba en la cuestión 
de libros,— la cosa no prometía aún— pero sí en 
los juegos que hacía en la Bolsa y en las 
pichinchas que le proporcionaban los remata- 
dores; y que no paraba en la librería más 
que para ciar una ojeada á sus dependientes 
que le cuidaban su establecimiento, y atender 
á algún ilusionado autor que iba á pedirle 
encarecidamente la publicación de su pri- 
mera obra. Pero ¡canario! él no podía com- 



102 JUAN TORRENDELL 

placerlo, porque los tiempos eran malos y el 
negocio era un clavo, no porque el autor 
no escribiera bien, podría ser un Castelar 
quizás; pero ¡ canario ! la gente no compraba 
libros. Lo que es él no se animaba, no quería 
lanzarse. Luego que el autor no era conocido 
y era posible que la venta no cubriera los 
gastos. A él le gustaban los autores que te- 
nían éxito, mucho éxito. Allí estaban sus pro- 
tegidos, se les podía ver todas las noches for- 
mando tertulia: un abogado que había publi- 
cado varias obras de Derecho, compradas por 
el Cuerpo Legislativo y los estudiantes, un 
maestro de escuela, antiguo colega suyo, que 
se había ganado un platal con textos de en- 
señanza primaria, un literato que había escrito 
varios libros de lectura y una gramática cas- 
tellana, y, en fin, otros muchos muy elogia- 
dos por la prensa y que contaban sus obras 
por éxitos de librería. ¡Canario! que hablasen 
con ellos, y se convencerían de que no te- 
nían para él más que palabras de gratitud y 
alabanza. El les había, dado el renombre de 
que gozaban; él les había proporcionado un 
bienestar de reyes; ¡canario! que lo dijesen 
ellos. 

En cuanto á esto no cabía duda de ninguna 
especie; Quintana tenía razón. Pero ¡pucha! 
¡había tanta diferencia entre él y los cuatro 
protegidos por el gallego! Los trabajos de Ben- 



EL PICAFLOR 103 



jamín eran originales, estaban bien escritos, 
se podrían leer en el ateneo de mayor fama; 
cuando los libracos de aquellos atorrantes 
no servían más que para estar en los estan- 
tes del Museo roídos por los ratones, ó para 
caer en manos de muchachos idiotas que los 
rompieran en mil pedazos á los cuatro días. 
¡Que comparación! ¡Pucha con el gallego bruto! 
Pero, en fin, Benjamín quería publicar el li- 
bro á todo trance, y era preciso que Quinta- 
na, su buen amigo Quintana, para quien tan- 
tos bombos había escrito en La Idea, si bien 
éste también le regalaba libros extranjeros, 
arbitrara un medio á fin de que cuanto an- 
tes saliera á luz su Literatura Uruguaya. 

— ¿Es algún libro de texto? — preguntó el 
librero, aferrado á su idea, como á una ta- 
bla de salvación. 

— Nó, hombre, nó; — contestó Benjamín me- 
dio fastidiado por la ocurrencia de su editor. 

Entonces, la cosa era muy difícil, casi im- 
posible; ¿qué? imposible era ¡canario! 

— ¡Ah! — exclamó de pronto Benjamín. — La 
obra tendrá un prólogo de mi suegro, el Doc- 
tor Velázquez ; por esto sólo se vende el li- 
bro. ¡Pucha! ya lo creo. ¿Del Doctor Veláz- 
quez? 

A Quintana no le produjeron estas palabras 
todo el efecto que Benjamín esperaba. El jo- 
ven había arrojado su último anzuelo. Si no 



104 JUAN TORRENDELL 

le pescaba así, se podía retirar. En fin, vaya 
por el gran Velázquez. Quintana dijo que lo 
más que podía hacerse era pagar la edición 
á medias; que Benjamín le diera ciento vein- 
te pesos y el libro se publicaría. ¡ Canario! 
Tendría un protegido más. Entendidos. 

¿Qué acababa de prometer el pobre Benja- 
mín? ¿Un prólogo de Velázquez y ciento vein- 
te pesos? Lo primero ya se sabe de donde 
saldría, pero ¿y lo segundo? Era cuestión de 
ir á ver al viejo. Las arcas del signor Mig- 
liore estaban en peligro. Como, según creyó 
éste, se trataba de un gran negocio que traía 
su luco entre manos, se los prestó, aunque 
á regañadientes, porque no veía el asunto 
muy claro. 

El Doctor Velázquez aceptó la idea y escri- 
bió no un prólogo, título pobre y demasia- 
do pedestre, sino una larguísima Introducción 
en la cual se empezaba haciendo referencia 
á un discurso pronunciado en la Cámara de 
Diputados, se recordaba toda la historia po- 
lítica, civil y literaria de los países del Río 
de la Plata, se hablaba de las escuelas ro- 
mántica y naturalista, se sacaba á colación 
los nombres de Zola, Goncourt, Flaubert y 
Daudet, se elogiaba extremadamente al joven 

autor, cuyo talento patapím y patapám, y 

se terminaba con un bombito al señor Quin- 
tana, protector de las Letras Nacionales, y 
Mecenas de los literatos uruguayos. 



EL PICAFLOR 105 



Este último se puso tan contento con la 
justicia ; canario ! que una vez en su vida en 
esta tierra americana se le hacía, que hasta 
se interesó para que se publicase el retrato 
del doctor Benjamín Migliore (Gladiator). 

Todos los periódicos anunciaron infinidad 
de veces el libro de Benjamín, alrededor de 
él se hizo mucha bulla y el entusiasmo su- 
bió al último grado. El autor no hacía más 
que recorrer las Redacciones, hablar á los 
amigos, adular á los que podían darle un 
disgusto con su atrevida pluma, presentarse 
en todas las reuniones, pasar muchas horas 
entre los burros de la imprenta y merodear 
por todos los lugares de la librería del edi- 
tor Quintana. Benjamín sentía mucho verse 
obligado á tanto trabajo que lo tenía alejado 
de su casa, principalmente de la pobre Ma- 
ruja que estaba tan delicada; mas había to- 
mado muy á pechóla publicación de su pri- 
mera obra. 

Sin embargo, Maruja no quería entenderlo. 
Sólo pensaba que tenía una rival: la obra, y 
antes de que saliera, ya la aborrecía; era un 
odio de mujer celosa, de esposa abandonada, 
de madre irritada. Nada, nada sabía ni desea- 
ba saber de aquel libro que le arrebataba tan 
cruelmente al padre de su hijo; lo detestaba; 
lo haría mil pedazos si en sus manos estu- 
viera. Pero ¿y ella por qué tan embebida es- 



106 JUAN TORRENDELL 



taba con su preciosa canastilla, con aquellas 
monaditas de camisas, corpinos, gorras, pa- 
ñales y una porción de piezas sin nombre 
que allí tenía guardadas debajo de mil en- 
cajes, lazos y bordaduras? Es que su marido 
también se dedicaba á una tarea muy pare- 
cida, pues se trataba de su primer hijo lite- 
rario. Mas, no importa, no importa. Ella te- 
nia razón y él no. Y'las lágrimas acudían á 
sus ojos y la incertidumbre á su cabeza, y un 
cariño más fuerte hacia el ser aun no cono- 
cido se infiltraba más y más en su corazón 
que iba perdiendo insensiblemente el amor 
rosado de su alma de virgen. 

Y llegó, por fin, el tan suspirado día de la 
publicación, y en todos los escaparates de las 
librerías aparecieron multitud de ejemplares 
de la Literatura Uruguaya por el Doctor Ben- 
jamín Migliore. Los diarios volvieron á redo- 
blar su campaña y dar las gracias al autor 
por el volumen regalado y á anunciar Juicios 
críticos que no aparecieron. En muchos de 
esos sueltos de agradecimiento se hizo refe- 
rencia por unos á novelitas que en el libro de 
Benjamín no había, se hablaba por otros de 
artículos de costumbres con que Gladiator 
no había soñado, y se encomiaba por todos 
el fin moral de la obra que ni tenía, ni de- 
bía tener; todo lo cual daba á comprender al 
menos lince y al que unas cuantas páginas 



EL PICAFLOR 107 



hubiese ojeado, que sólo por el forro cono- 
cían la Literatura Uruguaya. De lo que no se 
olvidaron, y es en lo único que acertaban, era 
de afirmar que el trabajo tipográfico acusaba 
patente progreso en los grandiosos talleres 
del Sr. Quintana, protector de las letras na- 
cionales. 

Benjamín estaba como chicuelo con zapa- 
tos nuevos. La víspera de la aparición de su 
primer libro había pasado como un relámpa- 
go., pues no tuvo tiempo para cumplir con 
todos los buenos amigos. En la noche de 
aquel día, se resolvió en la Redacción de La 
Ldea celebrar tan memorable fecha con un 
banquete campestre que pagarían á escote los 
de la casa. No querían ser muchos, porque 
la farra sería de las de mi flor y entre cua- 
tro paredes. Para no aburrirse llevarían unas 
muchachas. 

Como era un domingo, podían disponer de 
todo el día. Se fueron, pues, de mañana y no 
volvieron hasta la noche. Benjamín tuvo que 
luchar bastante para escaparse de su casa, 
porque su otra obra, la que aun estaba en 
prensa ~ \ cómo eran aplaudidos estos chistes 
en el break que se llevaba á los de la farra! 
— le llamaba al lado de su mujer que duran- 
te toda la noche se había quejado una cosa 
bárbara. Pero ¿qué pucha! que aguardase un 
poco más, pues el primogénito así lo exigía. 



108 JUAN TORRENDELL 

Su sentidü común no le permitió exponer 
á las burlas y bromas de sus compañeros la 
última escena con su pobre Maruja, que ni 
fuerzas, ni humor había tenido para ojear el 
libro de Benjamín. 

— ¡Bien podrías quedarte hoy conmigo! — 
dijo Maruja á su esposo, cuando éste se dis- 
ponía á marcharse. 

— ¡ Pero, china ! — contestó Benjamín.— ¿ Cómo 
puedo dejar plantados á los amigos? ¡Ya tú 
ves ! 

— I Está bien!— se contentó con replicar la 
esposa, que presentía las penurias que en 
aquel día le tocaría sufrir, mientras el padre 
del ser que se debatía en sus entrañas, se 
entregaba al placer y al divertimiento. 

¡Y de qué modo habían gozado! ¡Cuánto 
habían farreado! ¡Y qué atrevido era aquel 
pillín de Riviére con las mujeres que había 
sabido elegir á gusto de todos! Gutiérrez se 
había encargado de traer el líquido para bau- 
tizar el nene, y también había demostrado te- 
ner buen paladar. ¡Cómo habían chupado! La 
prueba mejor consistía en que no estaban 
muy serenos que digamos. Bueno, pero era 
un extraordinario; no todos los días se publi- 
can libros, y libros tan notables como el de 
Benjamín. Se iban á acordar toda la vida. Y 
los gritos y vocerío de los que volvían en el 
break por el Cordón no disminuían, aunque 



EL PICAFLOR 109 



se encontrasen ya dentro de la ciudad. Las 
carcajadas ahogaban la voz de Riviére que 
exigía un poco de silencio. 

— Bueno; — exclamó el cronista de La Patria, 
una vez en la Plaza Cagancha, — cada mochuelo 
á su olivo: yo me voy al Politeama. 

Los do La Ldea le siguieron. Benjamín no 
podía. Su obligación era irse á su casa inme- 
diatamente. Todos se apearon del carruaje, y 
Benjamín acompañó á sus amigos hasta la 
calle Queguay. Después se dispuso á seguir 
calle del 18 abajo para dirigirse á su casa, 
pero le pareció que tenía la cabeza un poco 
pesada. Deseaba descansar y tomar el fresco. 
Se volvió á la plaza Cagancha. 

¡El fresco! Benjamín debía de encontrarse 
muy sofocado, muy caliente, cuando no sentía 
el frío que corría por las calles de la ciudad 
aquella noche de Junio. El cielo estaba cubier- 
to de negros nubarrones y todos los tran- 
seúntes habían salido de sus casas muy abri- 
gados y armados de sendos paraguas. Benja- 
mín se fué á sentar en un banco de hierro, 
perdido en las tinieblas que no habían po- 
dido ser disipadas por los faroles de gas que 
no eran suficientes á alumbrar bien la espa- 
ciosa plaza. ¡Qué bien se estaba allí! Aquel 
airecillo le gustaba mucho k Benjamín, quien 
se mecía los largos y sedosos cabellos levan- 
tando el rostro hacia arriba. En uno de estos 



110 JUAN TORRENDELL 

movimientos quedóse mirando la estatua de 
bronce que descansa sobre la elevada colum- 
na plantada en medio de la plaza. El sabía 
que aquella figura representaba la Libertad, pe 
ro en aquel momento, quizás por tener ésta los 
contornos y íoerfiles velados por los crespones 
negros de la obscuridad, se le antojó una esta- 
tua levantada por todo un pueblo entusiasta á 
un gran sabio, á algún insigne filósofo, á un li- 
terato célebre que acaso no tuviera tanto inge- 
nio como él, como el autor de la Literatura Uru- 
guaya, ¿Quién era aquel escritor? ¿Dónde esta- 
ban sus obras? ¿Cómo había demostrado su ta- 
lento? Mientras que él, el doctor Migliore, 
era el ídolo de una ciudad entera, podía pre- 
sentar sus elogiadísimas producciones, allí, 
allí estaba su libro, heraldo patente de su ex- 
traordinario talento. El, sí, él tenía bien con- 
quistada una estatua muy alta, muy alta, 
para que se pudiera ver de lejos, de muy 
lejos; porque no bastaba que Montevideo lo 
conociera, él quería que más allá de lo que 
se veía, lo conocieran también y lo elogiaran, 
Benjamín sentía ardiente sed de gloria, y un 
apetito desenfrenado de apoteosis. ¿Quién pu- 
diera ver escrito su nombre con letras tan 
brillantes* como el sol en la alta y anchísima 
bóveda azul? Así, como aquella línea de fue- 
go que, á la izquierda de la larga Avenida 
General Rondeau, se extendía indefinida- 



EL PICAFLOR 111 



rnentp hasta perderse en la más negra obscu- 
ridad. Allí no había horizonte ninguno; cielo 
y tierra estaban confundidos; todo era uno. 
Las otras luces que se veían allá lejos des- 
parramadas semejaban grandes estrellas de 
un firmamento negro, como boca de lobo. Y 
á Benjamín le parecía que aquel hilo eléctrico 
todo encendido se movía, formaba curvas, se 
enroscaba, dibujaba líneas y llegaba á perfi- 
lar letras, sí, letras que eran las mismísimas 
de su nombre, las que había en las tapas 
de su libro que por desgracia aún no era 
umversalmente conocido, como su estatua 
alta, alta, alta y su nombre escrito en el 
mismo cielo. 

Una ráfaga de viento fuerte y muy frío dis- 
pertaron á Benjamín de su profundo éxtasis. 
Oyó en seguida los quejidos de una cria- 
tura de pocos años,' que le hicieron recordar 
los deberes sagrados que, como padre, había 
contraído. Levantóse un poco más sereno y 
dirigióse á su casa, dándole vueltas en su 
cerebro el pensamiento de que pueden pre- 
sentarse casos de incompatibilidad entre la 
paternidad y el arte en todos sus géneros. 
Aquel deber paterno le impedía tener un 
gran triunfo en el teatro aquella noche. Allí 
se estaría hablando de su libro, de su pre- 
cioso libro, le buscarían por todos lados para 
felicitarlo y los amigos asediarían á algún 



112 JUAN TORRENDELL 

librero que hubiese ido al teatro, interesán- 
dose por el éxito seguro de la venta. 

Cuando entró en su casa, le pareció que 
allí reinaba un silencio desacostumbrado y 
que aquel ambiente tenía miasmas de hos- 
pital. Al que primero vio, fué al Doctor Ve- 
lázquez que se paseaba á lo largo del patio. 

— ¿Tendré que ser yo el abuelo y el pa- 
dre?— dijo Velázquez encarándose con Ben- 
jamín. 

-—¿Qué pasa?— preguntó éste esquivando la 
mirada de su suegro. 

— Pues, nada; que mientras tú te diviertes, 
nosotros estamos en un infierno;-— replicó 
Velázquez volviendo á sus paseos. 

— Un compromiso.... — murmuró el inter- 
pelado, echándose por el saloncito de des- 
canso en donde estaba sentada tía Carmen, 
que había sido llamada por Maruja á los pri- 
meros síntomas de aquel parto prematuro. 
Levantóse y exclamó seria: 

— Una niña. 

Benjamín, sin pararse, quiso entrar en el 
dormitorio, pero la prevenida señora lo atajó 
encargándole mucho silencio y formalidad, 
porque la pobre china estaba sumamente 
delicada. Con mucho cuidado pasó adelante 
el padre, y, desde la puerta, alumbrado por 
la pálida luz de una lamparilla, vislumbró la 
cara de una blancura mate que sacaba Maruja 



EL PICAFLOR 113 



por el embozo de la cama. Su corazón le dio 
un vuelco, pues le pareció que la muerte 
estaba retratada en aquel rostro que revelaba 
padecimiento gravísimo. 

— Ven; — dijo la débil voz de Maruja. 

Benjamín se acercó presuroso y sonriendo, 
y, como si se le hubiese quitado un gran 
peso de encima del corazón, fuese hacia la 
cama, y, apoyando las manos en la almo- 
hada, se inclinó poco á poco para besar 
los labios de su esposa, que estaban páli- 
damente rosados. Maruja tuvo un estre- 
mecimiento de histérica, ocultó su rostro y 
le presentó la frente que Benjamín besó. 
Débil gemido le hizo volverse con rapidez, y 
entonces se fijó en la azulada cuna, en donde 
metió la cabeza y dio un beso á su hijita 
que no lo rechazó como la madre, i La sen- 
sibilidad de ésta le hizo notar al momento 
los vapores de la bebida, y había tenido asco 
de su esposo! 

Tía Carmen, mujer celosa de los enfermos 
confiados á su extraordinario celo y pericia, 
llamó desde el umbral á Benjamín, quien dejó 
á su mujer sumida en dolores más angus- 
tiosos que los sufridos horas antes, porque 
eran dolores que le partían el alma que ella 
tenía tan sumamente delicada. ¡Su hijita no 
le había costado ninguna lágrima, pero su 
marido acababa de arrancar de sus ojos gotas 



114 JUAN TORRENDELL 

de un líquido que le quemaba las mejillas 
y al resbalarse hasta la boca, le supieron á 
amarga hiél ! 

El sirviente avisó á Benjamín que en su 
despacho había algunas cartas. Hizo encender 
las velas y empezó á romper los sobres. El 
contenido de aquellas debía de ser muy agra- 
dable, porque los labios de Benjamín se con- 
trajeron con placentera sonrisa y sus pupilas 
se clavaron en los garabatos negros que unos 
amigos le habían enviado. Eran felicitaciones 
cordialísimas de diputados, abogados y perio- 
distas por la Literatura Uruguaya, cuyos 
sendos ejemplares agradecían muy satisfechos. 
I Qué alegría, cuánto placer sentía Benjamín 
en todo su cuerpo! Los ecos del triunfo reso- 
naban ya en sus oídos, y al día siguiente se 
dejarían oir por toda la ciudad. Ya era au- 
tor nacional, las letras uruguayas ya debían 
estarle agradecidas. ¡Oh gozo! 

Y empezó á leer de nuevo las cartas, mien- 
tras que los quejidos chillones de su hijita 
se extendían por toda la casa sin penetrar 
en aquel corazón de autor nacional, lleno ele 
vanidad y ambición mal entendidas. 



LIBRO SEGUNDO 



Escaramuzas. 

Aunque por orden del médico Maruja no 
pudo amamantar á su primogénita, sin em- 
bargo no la quiso abandonar ni un solo mo- 
mento para irse á pasar las noches en tea- 
tros ó tertulias. Al primer gemido de su hi- 
jita, Maruja temblaba, se trastornaba y sentía 
palpitar con fuerza su corazón. Acudía al ins- 
tante al lado de la pequeña, la levantaba en 
brazos, la miraba con los ojos Ajos, le son- 
reía alborozada, le llamaba ángel, estrella^, lu- 
eerito, y otros calificativos que su ardiente 
imaginación le sugería, y entonces, como por 
encanto, dejaba de llorar la criatura. Era al- 
go muy extraño. Apenas contaba cuatro me- 
ses, y la niña conocía bien el metal de voz 
de la madre, prefiriendo estar con ella que 
con el ama de leche, á pesar de que ésta la 
atendía con mucho cuidado. Madre é hija no 
podían vivir separadas; eran dos corazones 
abrasados con el mismo fuego. 



118 JUAN TORRENDELL 

Tiempos atrás acarició con insistencia el 
pensamiento de poner á su primer hijo, se- 
gún el sexo, uno de los dos nombres que le 
gustaban tanto y que á su oído sonaban con 
armonía acariciadora: Osear y Amanda. Aque- 
llos días estaban ya muy lejos, y si bien 
Maruja no había cambiado en sus gustos 
románticos, sin embargo, al tener que dar 
un nombre á su hijita, eligió el de su madre, 
que ahora encontraba lindísimo: Marta. Ben- 
jamín no se opuso, lo aceptó desde luego y 
le pareció bien que su hija se llamara Mar- 
tita. Maruja decía muchísimas veces este nom- 
bre, pronunciaba las tres sílabas por separa- 
do, como esperando que la criatura las repi- 
tiera, sentía un placer íntimo, igual al que 
hubiera tenido si su madre lo pudiera oir. 

Ahora ya le importaba poco que Benjamín 
no creyese conveniente quedarse alguna no- 
che en casa, ya que no sentía necesidad de 
permanecer al lado de ella que tanto lo ha- 
bía amado, que tanto lo amaba aún. Ahora, 
unas veces sentada junto á la cuna donde 
descansaba Martita, otras en continuo diálo- 
go con ésta que parecía comprender todo lo 
que la madre charlaba, insistía en no salir á 
la calle más que para algo muy necesario. 
En tan largo período, sólo dos veces había 
ido al teatro, y ésto porque Delia se lo había 
pedido con toda eficacia, y su padre casi se 
lo había mandado. 



EL PICAFLOR 119 



Cuando Martita estaba profundamente dor- 
mida, ella se inclinaba sobre el tierno cuer- 
pecito, la miraba fijamente, ora sonreía, ora 
ponía rostro muy serio. Era que tan pronto 
veía á su hija, crecida, bella, agasajada de 
todos, como que aquella parte de su ser per- 
día la vida, concentraba el espeluznante frío 
del mármol. Entonces estrechaba con una 
suya la blanca manita que reposaba sobre el 
embozo, y la encontraba templada, i Aun vi- 
vía ! 

Algunas veces, en momentos como éste 
de íntimo gozo, sacaba del secretaire el ele- 
gante ejemplar ele la Literatura Uruguaya, 
regalo costosísimo de su esposo, y empezaba 
á leerlo por donde se abriera, hasta que lo 
dejaba en cualquier parte, en el suelo, si á 
mano venía, al primer lloriqueo de su ado- 
rada Martita. Sin emtfargo, ahora ya no ol- 
vidaba allá, en el suelo, el libro; en seguida 
volvía á recogerlo, por no dar motivo á que 
se repitiera cierta escena que pasó entre Ben- 
jamín y ella. 

Este acababa de llegar del teatro, había en- 
trado en el dormitorio, después de haber per- 
manecido en el patio para refrescar la cabe- 
za, y había encontrado á Maruja echada casi 
sobre la cuna de Martita. Tan extremada vi- 
gilancia y el ver á su esposa despierta, cuan- 
do hubiera deseado que durmiera, á fin de 



120 JUAN TÓRRENDELL 

que no se enterara de la hora avanzada á 
que se retiraba, lo pusieron de mal humor, 
que estalló de súbito al dar con el pié á 
un objeto que no había visto y que no era otro 
que su notabilísima obra. Aquello era para 
desesperarse. Sólo lé faltaba que también los 
de casa despreciasen sus producciones. ¡Es- 
túpidos! 

— ¡Pero, hombre! No ves que lo he olvi- 
dado porque la niña estaba llorando.... 

— ¡Que se fastidie! —gritó colérico. ¡Pues no 
faltaba más! ¡Su libro inmortal por el suelo, 
echado como si fuera una basura! ¡Natural! 
La niña.... Una mirada rápida, penetrante, de 
madre maltratada^ cortó las palabras que iba 
á pronunciar en su desvarío el quisquilloso 
autor. 

— No mires; — exclamó en su impotencia. — 
I Qué pucha! Yo tengo «razón. 

Maruja no quiso contestar por temor de que 
en el silencio de la noche se enteraran de lo 
que estaba pasando, y porque no se desper- 
tara Martita. Se recosió sobre estacón las lá- 
grimas en los ojos, mientras que Benjamín 
se desnudaba y se metía en la cama, com- 
pletamente ensimismado en pensamientos que 
nada tenían de lisonjeros, como se deducía 
de su torva mirada. 

Precisamente aquel día pidió á Quintana el 
balance de la venta de su libro y resultó que 



EL PICAFLOR 121 



ni siquiera se habían comprado cien ejempla- 
res. Y esto, gracias al empeño del editor que 
había colocado cincuenta volúmenes en Bue- 
nos Aires y algunos en campaña. Al fin y al 
cabo, Gutiérrez, con toda su extrangeromanía 
hablaba bien al decir que Montevideo estaba 
muy atrasado. 

No podía esperarse otra cosa, después de 
haber sufrido el tremendo desengaño que si- 
guió al primer día de la venta. Benjamín pa- 
só por la Librería Española, y preguntó des- 
de la puerta: 

— ¿Cuántos? 

— Uno; — se le contestó. 

Al día siguiente hizo igual pregunta y oyó 
lo mismo: 

— Uno. 

Insistió al otro y el dependiente sonriendo 
dijo: 

— Uno. 

— ¿Cómo se entiende esto?— preguntó Ben- 
jamín sulfurado. — ¿Uno solo ó uno cada día? 

— Uno solo. 

Benjamín salió y estuvo mucho tiempo sin 
entrar en la Librería de Quintana. 

El fracaso fué tremendo. La cólera lo puso 
fuera de sí, y en lugar de buscar el desquite 
en el estudio y en nuevos trabajos, como ha- 
cen los que tienen gran fuerza de voluntad y 
vocación de artistas, se dedicó á perder el 



122 JUAN TORRENDELL 

tiempo en clubs y teatros, paseos y tertulias, 
Redacciones y talleres. En el estudio del Doc- 
tor Velázquez no podía detenerse mucho tiem- 
po, porque durante el primer año había de es- 
tudiar la materia que enseñaba en el Colegio 
de Montevideo, á cuya clase también faltaba 
muchos días. Había que tener consideración 
al artista, como él se llamaba. Tenía en pre- 
paración una gran obra, obra que ni siquiera 
él sabía en qué consistiría. Es cierto que de- 
seaba realizar algo que lo hiciera digno de la 
estatua con que soñaba, pero no sabía aún qué 
trabajo emprender; no se le ocurría idea al- 
guna. Sin embargo^ por todas partes repetía 
que estaba ocupado en una producción muy 
seria. Efectivamente : había determinado dedi- 
carse al teatro. Conocía á todos los empresa- 
rios, alternaba con los empleados de todos los 
coliseos, se hacía presentar á todos los artis- 
tas, conocía los rincones más obscuros de los 
escenarios. Con mayor razón continuaba sien- 
do el crítico teatral ele La Idea, que publica- 
ba las bien escritas crónicas de Gladiator. 

Cuando se trataba de compañías de tres al 
cuarto, compuestas de artistas adocenados y de 
medio pelo, no escribía más que sueltos de 
pocas líneas y muy benevolentes para no dis- 
gustar á los empresarios; mas, en las tempo- 
radas buenas, en que había artistas de nota, 
por unos muy aplaudidos, por otros bastante 



EL PICAFLOR 123 



discutidos, entonces escribía Benjamín su ar- 
tículo dirimiendo las contiendas y dando con- 
sejos á los cantantes ó actores. No obstante, 
las empresas ya no le temían tanto, porque 
Gladiator se mostraba muy amigo de las adu- 
laciones, y los artistas no las escatimaban, 
llamándole eminentísimo crítico, caríssimo gior- 
nalista, mientras le abrazaban los hombres y 
le sonreían las señoras. 

Durante aquel invierno había trabajado bien 
y conseguido muchos laureles entre la gen- 
te de teatro. Estaba contento; tanto que ha- 
bía ya olvidado el desastre de su primera 
obra. Con las librerías no quería saber nada. 
Su campo estaba en el teatro. Allí había de 
vencer. El aun no sabía cómo, pero ya daría 
con la piedra filosofal. 

Y, mientras pensaba en tales cosas, tenía 
fijos los ojos en los anuncios de diversos co- 
lores y letras de variadas dimensiones que 
formaban el telón del Nuevo Politeama. Aque- 
lla noche estaba completamente solo en un 
palco de primer piso, y por esto es que, en 
los entreactos, se entregaba á sus pensamien- 
tos favoritos, sin tener en cuenta la poca gen- 
te que había ido al teatro. El espectáculo no 
llamaba mucho la atención: dos zarzuelitas 
insignificantes y dos números de concierto que 
llenaba una orquesta húngara, compuesta de 
diez ó doce muchachas y cuatro jóvenes. El 



124 JUAN TORRENDELL 

público prefería pasar la noche tornando el 
fresco en la Plaza Independencia, así es que 
el espacioso teatro se encontraba casi vacío. 
A Benjamín poco le importaba esto, se con- 
tentaba con estar en el teatro, dejar correr 
su imaginación por dentro del escenario y pen- 
sar en lo que tenía que escribir. 

Es verdad que para aquellos artistas basta- 
ba un sueltito encomiástico, pues no mere- 
cían la pena de que un crítico como Benja- 
mín, se ocupase en tales insignificancias. 

De pronto notó que una música de la or- 
questa le estaba mirando con gemelos desde 
un lado del escenario. Se sintió muy satisfe- 
cho; había llamado la atención de aquella mu- 
chacha que, según él, érala más linda de to- 
das las hermanas. El no sabía si eran ni si- 
quiera parientes; pero siempre había consi- 
derado aquella orquesta como una familia nu- 
merosa, cuyos padres debían de estar entre 
bastidores. Benjamín tomó sus gemelos, que 
nunca abandonaba, y los dirigió á la artista. 
Esta se quedó mirando y sonriendo á Benja- 
mín. Luego dieron los tres consabidos toques, 
y la húngara se retiró, no sin haber hecho un 
guiño muy picaresco. 

El crítico se quedó bastante pensativo. Le 
pareció que aquella era la mejor ocasión de 
entrar en batalla con la gente de teatro. Ha- 
cía tiempo que lo deseaba; mas lo detenían 



EL PICAFLOR 125 



varias razones, entre las cuales se contaban 
éstas: no quería que su familia se enterara 
de sus líos, y por otra parte había reparado 
que los que se tenían con artistas eran siem- 
pre públicos y notorios; pensaba que para 
semejantes calaveradas se necesitaba mucho 
dinero, y él estaba muy escaso del vil me- 
tal, que empleaba en comprar libros; y de- 
seaba no perder su independencia en las crí- 
ticas, lo cual irremisiblemente sucedería si se 
echaba de cabeza en la casa de alguna de 
aquéllas. 

Estas razones que eran las tres de mayor 
peso, entre las que lo detenían en sus deseos 
de intimidar con las artistas, desaparecían 
desde el momento en que se trataba de una 
troupe que no había de estar en Montevideo 
más de una semana, luego que sólo había de 
escribir en La Idea una noticia de pocas lí- 
neas, y, para mejor resultado, se encontraba 
entonces con bastante plata cobrada en el Co-- 
legio de Montevideo. Había llegado su hora. 
Intentaría un ataque. 

Levantóse el telón y apareció la escena con 
relumbrantes decoraciones de palacio y en pri- 
mer término una hilera de señoritas con sendos 
violines menos las de los extremos, de las que 
una tenía delante un contrabajo y la otra un 
bombo. Esta era la suya. Desde la primera no- 
che se había fijado en ella. Era muy linda. 



126 JUAN TORRENDELL 

¿Por qué tocaría el bombo? Le hubiera gus- 
tado más que fuera la directora, la cual por 
cierto era bastante fea. Detrás de las músicas 
había cuatro jóvenes que tocaban instrumentos 
de madera. Los hombres vestían uniformes 
de militares y las mujeres trajes azules con 
cordones amarillos en los corpinos apreta- 
dos. 

Una vez acabado el segundo número aplau- 
dió Benjamín con entusiasmo, haciendo mu- 
cho ruido, como si pretendiese que la del 
bombo no echara de menos el público, ese pú- 
blico que anteponía el fresco, el gozar de una 
hermosa noche de primavera, al arte, á la 
fruición producida por la música selecta. Por 
su gusto hubiera querido que el teatro estu- 
viese repleto, sólo porque aquella artista se 
sintiera satisfecha. Le daba lástima, y hasta se 
avergonzaba de la Indiferencia del público, 
cuando la húngara le miraba. La sonrisita que 
ella le dirigía, parecía envolver una frase de 
compasión hacia un pueblo que desdeñaba el 
arte, cuyo progreso es la muestra más evi- 
dente de la cultura moral ó intelectual de una 
nación. 

Y mientras bajaba la escalera, buscaba ar- 
gumentos que oponer á tales razonamientos, 
y no los encontraba; después dióse en inven- 
tar excusas con que defender al público mon- 
tevideano atacado por la húngara que no ce- 



EL PICAFLOR 127 



saba de quejarse á él durante el camino que, 
en su imaginación, recorrían para llegar al 
hotel. 

El fresco de la noche, agradable y suave, le 
apartó de tales pensamientos y, parándose en 
el chanflán del teatro, entre el vaivén de la 
concurrencia que se cruzaba allí buscando 
sus carruajes ó acudiendo á los diferentes 
tranvías, resolvió esperarla salida de las ar- 
tistas para ver cómo se presentaba la cosa, 
Entretanto, á la clara luz del foco eléctrico, 
encerrado en un cajón de vidrios esmerila- 
dos sobre los cuales resaltaban las letras ne- 
gras: Politeamaj y que estaba suspendido á 
igual distancia de las cuatro esquinas, mira- 
ba la gente que salía del teatro, saludando á 
unos,, hablando con otros y haciendo paso á 
alguna señora. A cada momento sonaban los 
cuernos de los tranvías y los gritos dev los 
cocheros llamándose mutuamente por núme- 
ros. 

Pronto desaparecieron los carruajes rodan- 
do en distintas direcciones, á los cuales si- 
guieron los tranvías, y en breve se apagó de 
golpe la luz blanca del foco eléctrico, que- 
dando en completa obscuridad por un momen- 
to, hasta que las pupilas de los pocos que 
allí quedaban se acostumbraron á la cla- 
ridad mate de la luna que lucía en todo su 
esplendor. 



128 JUAN TORREN DELL 

Poco tiempo después, Benjamín vio salir á 
algunos empleados del teatro, los bomberos 
que hacían mucho ruido con sus gruesas bo- 
tas, y los celadores. Mas tarde salieron algu- 
nos artistas de la compañía de zarzuela, y por 
fin varios grupos de muchachas, cada uno 
con un joven; dos de éstas iban solas, á dis- 
tancia de las otras, aunque, al parecer, en 
igual dirección y acompañándose. La suya era 
una de la pareja; la conoció en seguida. No 
iban muy elegantes, ni caminaban con mucha 
distinción. Benjamín las siguió. Bajaron por 
la calle 18 de Julio y por la acera en que no 
daba la luna. El también fué por ésta para no 
ser tan visto por algún conocido. Ella se da- 
ba vuelta muchas veces para mirarlo. Era cla- 
ro que él había de ir a acompañarla, y ya iba 
á hacerlo, pero se detuvo al pensar en el 
idioma con que le hablaría. Por supuesto él 
no conocía ni remotamente el húngaro. A él 
le pareció que hablaban el francés, pero tam- 
poco estaba familiarizado con esta lengua, aun- 
que la comprendía bastante. Si se tratase del 
italiano ¡Ahí este sí, lo hablaba bien 

La húngara seguía mirándole, y Benjamín no 
se atrevía á acercársele de miedo. Si ella de- 
sease su compañía, procuraría caminar des- 
pacio, á fin de que él la alcanzase. Luego 
que ignoraba si sería atrevimiento dirigir- 
le la palabra, estando con otra. En fin, que 



EL PICAFLOR 129 



no se animaba. Y con esto, llegaron á la 
Plaza Independencia, bañada en toda su ex- 
tensión con la claridad tristona de la lu- 
na. Entonces reparó que un joven, conocido 
por sus atrevidos galanteos, seguía, como él, 
á las húngaras. Sintió un estremecimiento de 
celos, y una oleada de frío recorrió todo su 
cuerpo. Ya no estaba seguro de su conquis- 
ta, porque él no pertenecía al número de los 
enamorados atrevidos y audaces. Benjamín 
consideraba á la mujer más honrada de lo 
que los mismos hechos la presentan; así es 
que temía siempre pisarse el palito ó tirarse 
una plancha. 

De pronto tuvo un movimiento rápido de 
echarse al lado de la húngara, pero, cuando 
estuvo cerca de ella, no se atrevió y fuese á 
la acera izquierda de la calle Sarandí, en la 
cual habían entrado ya todos los grupos de 
artistas y sus seguidores. Benjamín pensó en 
quedarse en el Club Uruguay para demostrar 
así que no había tenido la intención que su- 
pondrían aquellas mujeres; pero tampoco se 
animó. ¡Quién sabe! Aun podría ser que él, 
siempre tan tímido en estos casos, hiciese 
retroceder á aquel mocito tan ducho en se- 
mejantes escaramuzas. Y mientras tanto ba- 
jaban por la calle Ituzaingó y doblaban por 
la de Cerrito. Media cuadra antes, vio que el 
primer grupo de húngaros se paró delante 



130 JUAN TORRENDELL 

de una puerta que abrió uno de los jóvenes, 
y todos fueron entrando sin esperarse. Suce- 
der esto y echarse casi á correr para alcan- 
zar á las dos últimas muchachas, fué todo 
uno para el rival de Benjamín. Este sintió que 
sus mejillas se encendían de vergüenza, la 
cual no le permitió retroceder. Pasó por el 
lado mismo de los tres jóvenes parados en 
la puerta de la modesta casa que debían ha- 
bitar los húngaros, y Benjamín advirtió que 
las piernas empezaban á temblarle, como si 
hubiese sufrido un susto tremendo. De pron- 
to oyó el golpe seco de la puerta al ser ce- 
rrada, pero nó los pasos de aquél que se ale- 
ja, silencio que le indicó que el otro se ha- 
bía colado. Benjamín tenía rabia contra sí 
mismo, y celos de aquel atrevido. ¿De modo 
que ellas no lo habían echado? ¡Y á él que 
le habían parecido medio gazmoñas, mucha- 
chas de bien! Estaba visto que él no conocía 
aún el género. Entonces se prometió que en 
adelante no se mostraría tan escrupuloso con 
las mujeres Todas eran unas.. . . ¡Qué barba- 
ridad! ¿Y su esposa? ¿Y su Maruja que es- 
taría durmiendo tranquila en su camita? ¡Qué 
mal pensados son los hombres! ¡Nó; Benja- 
mín no podía hablar mal de ellas sin come- 
ter lamentable injusticia contra su mujerci- 
ta! El la quería mucho. Aquella infidelidad 
no tenía importancia. Por una vez ¿qué? Las 



EL PICAFLOR 131 



otras eran flores de un día, mientras que ella 
era para él una siempreviva. 

Maruja no dormía, como esperaba Benjamín; 
estaba arrullando á su hijita que se había des- 
pertado. Benjamín no se enojó, como otras 
veces, porque le pareció bien que su mujer- 
cita no durmiera. El no tenía sueño, y deseaba 
hablar con alguien. Así es que, una vez en la 
cama, empezó á comunicar á Maruja unos 
pensamientos que abrigaba acerca de su obra, 
que nunca llegaba á concretarse. ¡Oh, sería 
algo muy notable! 

— No grites, hombre; — dijo de pronto Ma- 
ruja en voz muy baja y sin enojo. 

Benjamín siguió hablando quedito, y mos- 
trándose sumamente cariñoso con su mujer- 
cita á quien amaba mucho, y en particular 
aquella noche 

Al otro día pasó dos veces por delante de 
la casa habitada por la familia húngara, sin 
poder echar el ojo á nadie. No quiso ir al teatro 
por no ver así, de cerca, íntimamente, á la 
negligé (como le gustaba sorprender á los 
artistas), á la del bombo, á la que él quería, 
porque realmente se sentía arrastrado por 
aquella muchachita, rubia, de rostro picaresco 
en las tablas, y tan señorona en la calle. Ade- 
más, aquello de ser húngara, — Benjamín creía 
á pie juntillas que era hija de la misma 



132 JUAN TORRENDELL 

Hungría,-— era un doble atractivo, capaz de 
entusiasmar á cualquiera. No es que le falta- 
sen vivos deseos de ver á su artista, nó; 
pero de seguro que, al estar delante de 
ella, allí, en el teatro vacío, como en familia, 
mirándose, sus mejillas se pondrían como 
dos granas, y el no quería parecer novato en 
estas cosas. Si llegaba á hablarla, le diría que 
él vivía cerca de su casa precisamente le caía 
al paso, para hacerla comprender que aquella 
noche no la había seguido. Y sólo al pensar 
en que esto era mentira, ya sentía un calor- 
cito en la cara. Nó; pero era la rabia que sen- 
tía contra aquel entrometido i Hay ciertos 

jóvenes muy poco delicados! El, por lo me- 
nos, hacía las cosas muy disimuladas A la 
mujer se le debe siempre cierto respeto. 

A pesar de tan honrados propósitos, Benja- 
mín se fué á la función siguiente con el inten- 
to de imitar en algo á su rival, más afortu- 
nado que él. A más de que Benjamín necesi- 
taba decir á aquella rubiecita del bombo mu- 
chas cosas que sentía correr por dentro de 
su pecho. El no sabía lo que realmente era; 
pero otro cualquiera lo habría llamado 
amor. 

Una vez que Va familia, húngara estuvo en 
la escena, tomó los gemelos y los dirigió á 
su artista. Estaba más linda que en los días 
anteriores. Ella sonrió y él, olvidándose de 



EL PICAFLOR 133 



todo, hasta de que estaba en el teatro, tuvo 
una alegría inmensa. Cierto escalofrío reco- 
rrió todo su cuerpo. Sus dedos temblaban. 
Si la hubiese tenido cerca, la hubiera besado. 
Ya no se acordaba del respeto que á la mu- 
jer se debe. En los entreactos ella salía á 
un lado del telón y lo miraba también con 
gemelos. ¿Si estaría enamorada de él? No 
podía ser que el atrevido rival la hubiera 
seguido á ella; había de haber sido á la 
otra. La suya era bien suya. ¡Si él se hicie- 
ra presentar por algún empleado del teatro ! 
Pero ¡pucha! en aquel escenario no entraba 
nadie durante la función. Estaba absoluta- 
mente prohibido. No había necesidad; él la 
hablaría á todo trance. 

Acabó el espectáculo y la concurrencia se 
echó á la calle. Benjamín se quedó esperan- 
do á pesar de la garúa finísima que le mo- 
jaba la cara y las manos. El no hacía caso; 
pensaba en el modo de acercarse á la húngara 
sin pasar por malcriado ni atrevido. Le gus- 
taban las buenas formas. 

De pronto sonó una exclamación de sor- 
presa y luego una voz que decía: 

— ¡Oh! II pleut. 

Y, al mismo tiempo la del bombo, excla- 
maba en mal castellano y queriendo pronun- 
ciar la 11 como los orientales: 

—¿Cómo? ¿yuevef 



134 JUAN TORRENDELL 

Benjamín lo pensó rápido. Llamó al único 
cochero que había enfrente del café de la 
esquina y dijo á las dos muchachas, como 
si estuvieran solas y sin hacer caso de los 
demás artistas: 

— ¿Quieren subir? - abriendo la portezuela 
del coche. 

La húngara, riendo fuerte y llevando del 
brazo á su compañera, corrió hacia Benja- 
mín y se metió en el coche seguida de la 
otra. Benjamín hizo otro tanto. Todo había 
sido rapidísimo. El aun no se había dado cuen- 
ta bien. La húngara sacó la cabeza y gritó: 

— ¡Frangois! /La y ave! 

Se acercó uno de los músicos y le entregó 
una llave. Benjamín repuesto ya, dio á com- 
prender que cabía algún otro; pero la hún- 
gara exclamó: 

— Nó, nó Estamos bien. 

El coche había partido. Quiso dar las se- 
ñas y le dijeron que Frangois ya lo había 
hecho. 

Benjamín se quedó callado, mientras las 
húngaras hablaban en francés. No las enten- 
día á causa del ruido producido por el co- 
che. El se quedó mirando los faroles de la 
calle que aparecían á cada momento y fiján- 
dose también en las gotitas que llenaban los 
cristales de las portezuelas, gotitas que iban 
resbalándose poco á poco, señalando líneas 



EL PICAFLOR 135 



tortuosas y éstas, unidas, figuras estrambó- 
ticas. 

Después se dio cuenta de que su rodilla 
rozaba la de la húngara que no estaba muy 
quieta, y, para hacerse el distraído, quiso ha- 
blar no encontrando otro tema que el de 
quejarse del público, que no acudía al Nuevo 
Politeama. La artista no hacía caso de la 
poca concurrencia porque de todos modos 
había cobrado adelantado su sueldo. Por ca- 
sualidad habían dado con un buen empre- 
sario. A Benjamín le pareció que tales razo- 
namientos eran muy poco artísticos, y pre- 
firió creer que el despecho era la causa de 
aquellas palabras. Al fin y al cabo tenían 
motivo con pensar mal de Montevideo; que 
no fueran tan estúpidos sus compatriotas. Ni 
siquiera los quiso defender, como había pen- 
sado. 

El coche se paró. Benjamín abrió la por- 
tezuela, presentó la mano derecha que la del 
bombo le apretó fuertemente, pagó al coche- 
ro y entró en el zaguán. De pronto se dio 
cuenta de su barbaridad, al penetrar en aque- 
lla casa sin esperar que le invitasen. Se 
avergonzó; sin embargo no tardó en sere- 
narse al ver la franqueza con que aquellas 
muchachas lo trataban. Empezaron por pe- 
dirle fósforos, después lo introdujeron en 
una pieza sucia y destartalada. Sentóse en un 



136 JUAN TORRENDELL 

sofá viejo, descolorido y desvencijado, mien- 
tras que la húngara se quitaba un sombrero 
pobretón y de poco gusto mirándose en un 
espejo de marco negro y deslustrado y de 
luna empañada y sin azogue en ciertas 
partes. 

Benjamín no quería registrar detenidamente 
los rincones de aquella habitación, por te- 
mor de encontrarse con muebles rotos y su- 
ciedades que le produjeran asco y vergüen- 
za, nó por él, sino por ella. Pero sí miró á 
la húngara que se había dado vuelta hacia 
Benjamín sonriéndole y mostrándole unos 
ojos llenos de picardía y voluptuosidad. Ben- 
jamín levantóse, fué á tomarla por las manos 
y le dio un beso en la frente. 

---¿M'aime—tá, mon petit chatf — le dijo la 
húngara con una voz arrulladora y envuelta 
en mimos. 

Benjamín no se dio cuenta de lo que aque- 
lla mujer le había dicho; pero sí advirtió que 
las piernas le temblaban y que se caería si 
no se sentaba pronto. Abrazóla y la arrastró 
al sofá que se aplastó hasta tocar la ma- 
dera. 

Eran las dos de la madrugada, cuando se 
dirigía á su casa; y, á la verdad, que Benjamín 
se sentía con la cara ardiente y no era del 
placer, sino del sonrojo sufrido en aquella 



EL PICAFLOR 137 



habitación y delante de la húngara. No es 
que hubiera motivo para tanto, porque no 
estaba seguro de lo que á él le había pare- 
cido ver. Fué un golpe tremendo. Benjamín 
se jquedó frío, sin movimiento durante unos 
segundos, cuando vio que su artista, una vez 
dispuesto para irse, le extendió la mano de- 
recha como para pedir, mientras que con la 
izquierda le rodeaba la cintura y le miraba 
risueña y contenta. El no supo qué hacer. 
Por su gusto le hubiera puesto en la mano 
una esterlina, una argentina, en fin, una mo- 
neda de oro, pero no llevaba más que dos 
pesos en monedan de cinco reales. ¿Qué le 
había de dar? Aquello no podía ser. ¡Qué ver- 
güenza! ¿Qué diría aquella artista? Y enton- 
ces le pareció más artista y más grande de 
lo que él había pensado. ¿Qué hacer? Tuvo 
una idea. 

— ¿Cuándo es tu beneficio? — preguntó Ben- 
jamín. 

— No hay, — contestó la húngara. 
¡Natural! Su pregunta había sido tonta. 

¿Por qué la del bombo había de tener bene- 
ficio? 

— Lo mismo da— replicó Benjamín. — De to- 
dos modos ya tenía el obsequio elegido. 

Y, al decir esto, la había estrechado por 
el talle y acercado su cara á la de la hún- 
gara. 



138 JUAN TORRENDELL 

— Mañana volveré ¿verdad?— Decía él son- 
riendo. —¿Quieres que sea tu beneficio? 

— Y bien; como tú quiegas. 

Y se había ido con el rostro encendido de 
vergüenza, aunque había quedado bien. Se 
iba ejercitando poco á poco. Lo del calor en 
las mejillas pasaría pronto. 



II 

La primera campaña. 

Decididamente Benjamín había nacido para 
el teatro. Su vocación de artista era manifies- 
ta; solamente gozaba, se sentía feliz, estaba 
en la gloria, cuando en el teatro se encon- 
traba: ya fuese durante los ensayos, ya en las 
funciones ; ora se pasease por el escenario 
conversando con algún artista, ora estuviera 
sentado en la boletería en amigable charla 
con algún empleado. Benjamín discurría acer- 
ca de los diferentes sentimientos que embar- 
gaban su alma en tan agradables horas, se 
fijaba en la plácida tranquilidad en cuyos bra- 
zos se entregaba por completo, y deducía ló- 
gicamente que señales eran aquellos de que 
la fama había de proclamar su nombre en el 
recinto de algún templo dedicado al Arte, 
como él llamaba á los teatros. Por esto se 
dejaba estar y dejaba también pasar los días, 
seguro de que tarde ó temprano había de en- 



140 JUAN TORRENDELL 



contrar allí mismo el tema de su obra, de la 
portentosa obra que lo había de inmortalizar. 
¡ Oh, él lo presentía! 

Pero, mientras llegaba la Musa de la Ins- 
piración que lo envolviera en sus vaporosos 
velos, se entretenía en elogiar los que esta- 
ban atados alrededor de la cintura de las bai- 
larinas que esperaban detrás de las decora- 
ciones sonriendo y componiéndose los tules 
y los encajes que no eran suficientes á cu- 
brir los senos, y á las cuales decía flores que 
preparaba de antemano, y daba ramitos que 
ellas se colocaban en el moño ó en el talle, 
prendidos con alfileres. 

Antes de que se cerraran los teatros, aquel 
mismo año obsequió á la primera bailarina 
de cierta compañía muy alabada por Benja- 
mín. La chica le robaba mucho tiempo y bas- 
tante dinero. Es verdad que no eran muchas 
sus ocupaciones; pero aun así y todo no se acor- 
daba de las horas destinadas á la clase que te- 
nía en el Colegio de Montevideo. Y no había que 
perderla, porque de lo contrario ignoraba de 
dónde saldría la plata que le facilitaba mu- 
chas conquistas. Sin embargo, la maldita suer- 
te hacía que la hora de la clase y la de los 
ensayos fuera la misma, y era seguro que el 
día en que á aquella hora se hallaba en el 
teatro, los discípulos podían retirarse á sus 
casas. Benjamín no se acordaba de ellos. ¡Qué 



EL PICAFLOR 141 



diablo! A él le entretenían extraordinariamen- 
te las escenas íntimas que había en el teatro 
durante el ensayo. Los mismos trajes de las 
bailarinas, medio descuidados y sucios, las 
carcajadas de éstas, producidas por algún 
chiste de subido color, las notas del piano 
viejo ó las de algún violín mal tocado, los 
grititos de la directora, la obscuridad de la 
sala, la bujía que sólo alumbraba la partitura 
del músico, y, sobre todo, la absoluta prohi- 
bición de que nadie entrara durante aquella 
hora en el teatro, prohibición que únicamente 
no existía para él; todas estas circunstancias 
le hacían saborear la fruición de encontrarse 
en intimidad con aquellas alegres muchachas, 
en familia, casi en su tocador. Benjamín se 
sentaba unas veces en un palco y desde allí 
se burlaba de las piruetas de las bailarinas, 
hasta que la directora, medio enojada ya, le 
decía: 

— Silence, monsieur, süence. 

Pero también le gustaba estarse en el es- 
cenario cuchicheando con su chica ó riéndo- 
se con las compañeras. Entonces sí que las 
distraía demasiado, y alguna de ellas, cansa- 
da de sus tonterías, exclamaba: 

— Laissez-nous tranquilles. 

Y entonces Benjamín se sosegaba un poco. 
Se iba á un ^alco-auant scéne, con rejilla, y 
desde allí miraba ó llamaba á la suya, si no 
tomaba parte en algún paso á dos. 



142 JUAN TORRENDELL 

Precisamente el día en que había estado 
más locuaz y en que más se había diverti- 
do en el teatro, al volver á su casa, tuvo un 
disgusto, no tanto por lo que significaba la 
amonestación, cuanto por el temor de perder 
aquel puesto que significaba cien pesos men- 
suales. Fué el caso que el Director del Cole- 
gio de Montevideo se vio obligado á pasar á 
Benjamín una nota en la cual se quejaba de 
la inasistencia á la clase, hasta al punto de 
que los discípulos se le iban del colegio por 
la imposibilidad de prepararse bien para los 
exámenes. En seguida tuvo Benjamín un 
arranque de cólera contra aquel hombre que se 
atrevía á amonestarlo de semejante manera, 
y nada menos que á él, el gran literato, el 
yerno del Doctor Velázquez, que, si quería, 
había de tener bastante influencia para quitar- 
le tan elevado puesto. Después pensó en no 
volver más á la clase, pero no pudo tomar 
esta resolución por no perder aquellos pesi- 
tos que eran los únicos que le permitían en- 
contrarse bien entre bastidores. Si no fuera 
por aquel compromiso que tenía, Benjamín 
se hubiese animado á enviar á mala parte 
al Director, que se atrevía á reprenderlo de 
tal manera. Una vez más sosegado, hizo pro- 
pósitos de no abandonar la clase, ya que fal- 
taba poco tiempo para terminar el curso. La 
verdad era que ya empezaba á fastidiarle de- 



EL PICAFLOR s 143 



masiado la bendita cátedra. Aquello no tenía 
nada de artístico; la hora que en el colegio 
pasaba, le parecía larguísima, que nunca aca- 
baba; salía de allí muy de prisa y respirando 
á sus anchas. 

Por la noche encontró á su padre en la 
calle, y sin figurarse lastimar en lo más mí- 
nimo á su hijo, ni siquiera con la intención 
de reprenderlo, como que nada le importaba 
ya á él de lo que hacía su hijo, le dijo que 
había sabido por el secretario del Colegio, un 
amigo suyo, que allá no estaban muy conten- 
tos de su conducta, y que era necesario por- 
tarse mejor, porque cien pesos no se encon- 
traban así nomás. 

— Mira; añadió el signor Migliore : — io cre- 
do que el dottore Velázquez te va á perderé, 
por non saper dirigirte á vos. 

— ¿Qué sabe V., hombre?— respondió furio- 
so Benjamín; —Velázquez y yo sabemos lo que 
hay que hacer y lo que nos conviene. 

i Pues no faltaba más! i A buen lado iba su 
viejo á quejarse! El no necesitaba consejos 
de nadie. ¿A qué, si se lo contaba á Veláz- 
quez, á su suegro, aun éste le diría que no 
fuera más, por no tratar con aquellos estú- 
pidos? ¡ Qué caray ! Estas eran cosas que ellos 
entendían, y nadie se había de meter en sus 
asuntos. 

— Bueno; adiós. Tengo que hacer;— -dijo de 
pronto Benjamín á su papá. 



144 JUA.N TORRENDELL 

i Y tanto como tenía que hacer ! Como que 
de súbito se acordó que había dejado olvi- 
dada sobre su mesa la maldita nota, y él 
no quería que los de casa se enterasen de 
aquella cuestión. ¡Qué cabeza la suya! Sólo 
faltaba ahora que Maruja hubiese leído aquel 
papelucho. 

Benjamín llegó tarde; reparó que el papel 
no estaba cómo él creía haberlo dejado; de 
modo que alguien lo había tocado y quizás 
leído. Era necesario saber quién había an- 
dado allí con sus cosas. 

— ¿Quién ha venido acá á trastornarme es- 
to?— preguntó enojado á Maruja que acababa 
de entrar. 

— Nadie; — contestó ésta. 

— ¿Cómo, nadie? ¿Acaso no lo veo yo? — 
insistió Benjamín, levantando la voz. 

— Nadie, te digo ;— repitió su esposa. — Nadie 
ha entrado acá. 

— Pues este papel no estaba así como lo he 
encontrado. 

— ¿Y qué es?— preguntó Maruja alargando 
la mano para tomarlo. 

— Sí, hacéte la boba; — dijo Benjamín más 
contrariado. 

— Pero, hijito, ¿yo qué sé? ¡Ah! es la nota 
del Colegial Yo la había leído sin saber qué era. 

- — ¿No decías que nadie había entrado acá? 

— Quería decir gente extraña. 



EL PICAFLOR 145 



Y, mientras Benjamín ponía aquel papel den- 
tro de un cajón y lo cerraba, Maruja en voz 
baja le aconsejaba que cumpliese con su de- 
ber, ya que sólo se trataba de una hora por 
día, porque su papá no lo llegase á saber, de 
lo contrario había de enojarse seguramente. 

— ¿Y á mí qué me importa?— la interrum- 
pió Benjamín. — Esto es un asunto mío. 

— No grites, hombre,— le dijo Maruja. ¿Por 
ventura papá no se interesa por tu buen nom- 
bre? 

Si ya lo sé. 
ú Y marchóse Benjamín, una vez arreglados 
sus papeles, para no quedar aplastado por los 
buenos y poderosos argumentos de su mujer. 
Esta permaneció en la bien arreglada ha- 
bitación, en donde había de pasar momen- 
tos tan agradables, según creyó tiempo atrás. 
Cada mueble, cada objeto, cada adorno tenía 
para ella un recuerdo que le llenaba el birria 
de placer inmenso, el cual era cambiado por 
mortal angustia, cuando la realidad de hoy 
hacía desaparecer la poesía de ayer, estreme- 
ciéndole todo el cuerpo el pensamiento que 
la llevaba á levantar el misterioso velo de lo 
por venir. Ella no quería creerlo; pero pre- 
sentía que sólo un contento le quedaba: Mar- 
tita, si ésta con sus caricias y sus mimos no 
era capaz de atraer al hogar aquella cabeza á 
pájaros. 
i© 



146 JUAN TORREN DELL 



i Y durante el verano cuántas ocasiones tu- 
vo de entregarse á iguales pensamientos, sen- 
tada también en el escritorio de Benjamín! La 
horrorizaba la idea cruel de que su esposo se 
pasase todo el día y mucha parte de la noche 
fuera de su casa, porque no sintiese nece- 
sidad de estar á su lado y al lado de su hija, 
y por tanto que no amase ni á una ni á otra. 
Al principio aquella indiferencia le había cau- 
sado cierto despecho, cierta cólera reconcen- 
trada que demostraba con su silencio y ros- 
tro cejijunto; lo cual no hizo mella alguna en 
el corazón endurecido de Benjamín. Cuando 
tuvo á Martita, se olvidó del abandono de 
su esposo para dedicarse por completo al 
cuidado del ser que era el fruto querido de 
su primer amor. ¡Ah! ¡Y cómo la quería á 
aquella niña! Su amor era tanto que en me- 
dio del placer que le causaba su hija, esta- 
ba atormentada por un pensamiento fijo: la 
muerte de Martita. 

Cuando, al principio del invierno, la niña se 
enfermó un poco á causa de la dentición, 
Maruja creyó volverse loca. Por de pronto 
no abandonaba nunca á la enfermita, conta- 
ba los latidos de aquel corazoncito, teme- 
rosa de que de repente cesase el movimien- 
to de la vida; á cada instante hubiese de- 
seado que el médico examinara á su hija, al 
menor llanto de ésta mandaba buscar á aquel, 



EL PICAFLOR 147 



cuyas palabras eran las únicas que podían 
consolar á la atribulada madre; mientras des- 
cansaba Martita, cuyo sueño intranquilo y 
delirante era guardado por Maruja, ésta se 
ponía á rezar á la Virgen de Lujan, con 
extraordinario fervor y fe ardiente; y, cuan- 
do entraba Benjamín, se abalanzaba á su 
cuello, triste y llorosa, contándole a por b 
todos los síntomas que presentaba la enfer- 
medad que tanto incomodaba y hacía sufrir 
á su querida Martita, 

Benjamín se portaba bien en esos días en 
que su hija pasaba por la crisis de, la den- 
tición., no porque temiese ningún fatal de- 
senlance, aquello no era nada de particular, 
sino porque no estaba bien que muchas de 
las buenas familias enviasen á pedir por el 
estado de la niña y él se estuviese paseando 
de noche por la Plaza Independencia. A los 
teatros no se podía ir, porque no estaban 
aún abiertos, aunque es verdad que si se hu- 
biese querido divertir, después de las diez 
pudiera ir á algún café cantante, los que de 
cierto tiempo á esta parte se encontraban muy 
concurridos, hasta por muchachos del buen 
tono. Sin embargo, no quiso. Fuese á com- 
prar á la Librería Española de Quintana al- 
gunas novedades para leer, y se entretuvo en 
planear algo de su obra colosal que no aca- 
baba de cuajar del todo. ¡Psch! Algo había 



148 JU¿lN TORRENDELL 

pensado, pero aun faltaba mucho. ¡Ah! no, 
no había que desfallecer; la gran obra saldría» 
Por ahora no había que pensar, porque la ni- 
ña lo tenía bastante preocupado, y aquel llan- 
to chillón, continuo, atormentador, incómodo 
hasta la pared de enfrente, no lo dejaba en 
paz. ¡Caray, con la niña! 

Maruja ya no se acordaba de la indiferencia 
demostrada anteriormente por Benjamín, an- 
te el interés que ahora se tomaba por el es- 
tado de Martita. Estaba visto que su esposo 
las quería mucho á ambas. Ella le agradecía 
en su corazón aquel proceder tan correcto, 
gratitud que se externaba en besos y lágri- 
mas, y más que todo en el olvido á que ha- 
bía relegado sus quejas pasadas. En su in- 
terior le prometía que, si se curaba Martita, 
no había de retenerlo ni un momento más. 
Los hombres habían de distraerse; el hogar 
era para las madres. 

El pensamiento de Maruja se realizó más 
pronto de lo que ella hubiera deseado. Mar- 
tita seguía aún enferma, cuando los diarios, 
entre ellos La Patria en un artículo firmado 
por Fénix (Guido RiviéreJ, anunciaron que 
c(en breve debutaría en el teatro Solís una 
Compañía lírico-italiana, en cuyo elenco figu- 
raba la notable tiple ligera, Sta. Mecher, que 
tan buenos recuerdos había dejado en Mon- 
tevideo la primera vez que había cantado en 



EL PICAFLOR 149 



Cibils, de paso para la República de Chile. » 
Benjamín, después de haber dado la clase en 
el Colegio de Montevideo, pasó por la Redac- 
ción de La Idea, con el intento de recordar 
á Brioz que él se comprometía á escribir las 
revistas, y que, por tanto, le guardase la co- 
rrespondiente entrada. 

El día del estreno Benjamín no cesó de exa- 
minar á Martita, diciendo que ya estaba com- 
pletamente buena, aunque Maruja afirmaba 
que el médico la había encontrado un poqui- 
to más cargadita de fiebre que el día anterior. 
¡Bah! Aquel vejete era muy espantoso. Ben- 
jamín había visto á la niña en toda su enfer- 
medad, sin perder una faz de la dolencia, y 
podía asegurar muy bien, que Martita estaba 
mejor que nunca. Ya no había nada que te- 
mer. ¡Ojalá! Maruja no deseaba otra cosa; 
que su hija sanase del todo, y la satisfacción 
sería completa. 

Benjamín no quiso entender razones y alas 
ocho de la noche dijo que se iba al teatro. 
Si hubiese novedad, ya sabes, mándame 
á buscar. 

— I Parece mentira! — dijo Maruja, enojadí- 
sima. 

— ¿El qué? — preguntó Benjamín serio. 

— Estando así la niña, me parece que has 
ta es feo ir al teatro. 

— jPero si está buena! 



150 JUAN TORRENDELL 

— Bien, bien; vete. Para nada te necesito, — 
exclamó furiosa. -Nació sin tí, bien pudiera 
morir 

— No seas pava. 

Maruja no había podido terminar la frase* 
Fuese á.su alcoba y allí continuó llorando al 
lado de su hijita, á la cual empezó á besar 
desconsolada. La niña despertó y también se 
puso á llorar abrazando á su madre. Benja- 
mín se quedó en su escritorio rezongando y 
dando rienda suelta á su mal humor. 

Al otro día La Patria publicó un artículo 
de Fénix, en el cual se ponía por los cuer- 
nos de la luna á todos los artistas, y acaba- 
ba por anunciar para la segunda función el 
debut de la Sta. Mecher con La Traviata. Con- 
tra todo lo que esperaba "el empresario, La 
Idea, il g ¿órnale veramente musicale, no dio 
cuenta más que del estreno de la Compañía, 
«á cuyos artistas no se podía juzgar por una 
sola audición. Se esperaba oiiios en obras su- 
cesivas de mayor aliento.» Y todo esto en 
unas pocas líneas. A Benjamín le dio rabia 
que Riviére hubiese escrito primero que él, 
y sobre todo que los aficionados buscasen la 
crítica de La Patria y no la suya. Es decir: 
seguramente habrían recorrido las columnas 
de La Ldea y Gladiator no había resollado. ¿Se 
habría agotado ya? Esta pregunta que supuso 
que los lectores pudieran hacerse, lo encole * 



EL PICAFLOR 151 



rizó en sumo grado. Primero se enojó con- 
tra el francesito Riviére, el zonzo que se las 
echaba de crítico, aquel Fénix que, más que 
renacer, moría paulatinamente; después des- 
cargó su furia sobre su mujer, la pava aque- 
lla que no lo comprendía, que no sabía que 
para un artista en ciertos momentos no pue- 
de existir más que el Arte. Entonces hizo 
propósito firme de no ser otra vez débil; él 
iría al teatro, así se enfermasen todos; á él 
nadie le gobernaba, era absolutamente libre; 
y la mayor prueba de su libertad quedaba 
comprobada, marchándose en seguida al tea- 
trocen donde debía de haber ensayo. ¡Como 
que ni siquiera pensaba ir al Colegio á dar 
clase! ¿Qué se habían figurado? ¡Caray! 

Aquella tarde parecía mejor una de las más 
agradables de otoño. El sol brillaba en un 
cielo purísimo, impregnándolo todo de una 
claridad alegre y brillante. Si no se sentía ca- 
lor, por lo menos no podía quejarse uno de 
que el frío incomodase; al contrario, estába- 
se bien sin ningún abrigo y con el saco des- 
abrochado. 

Benjamín, una vez en la calle y después de 
haberse distraído un poco., se puso muy ale- 
gre y satisfecho, con el placer y el contento 
que sentía en lo más íntimo de su ser, cuan- 
do la Naturaleza cantaba uno de sus más ins- 
pirados poemas primaverales; que con esta 



152 JUAN TORRENDELL 

metáfora quería llamar Benjamín á los días 
tan bellos como aquél. Estaba muy á sus an- 
chas al dirigirse á Solís. 

Entró en el vestíbulo y lo atravesó rápida- 
mente, porque el cambio de temperatura era 
notable. Parecía que de una habitación ca- 
liente cuyas paredes estuvieran cubiertas de 
tapices tupidos, había pasado á un cuarto de 
baño frío., hecho todo de mármoles blancos, 
que ponen carne de gallina. Levantó la pe- 
sada cortina que oculta la sala y tuvo que es- 
perar un momento, el necesario para que las 
pupilas se dilatasen, á fin de darse cuenta de 
las personas que había ea el escenario. Mi- 
ró bien y escuchó mejor, y á nadie conoció. 
Supuso, sin embargo, que pronto ensayarían 
porque al lado izquierdo del espectador — como 
ól pensaba — había un piano vertical con dos 
velas encendidas y una mesita delante de la 
concha del apuntador con una luz y varias 
partituras. 

Sentóse en uno de los últimos sillones, des- 
pués de bajar el asiento sin hacer ruido, le- 
vantó la cabeza fijándose en un hombre que 
en el segundo piso desempolvaba las sillas 
y los antepechos rojos de los palcos, y de re- 
chazo lanzó su mirada á las brillanteces de 
zafiro que despedían los caireles de la araña 
que se perdía en las tinieblas del elevado te- 
cho. La luz gris del escenario, que apenas 



EL PICAFLOR 153 



arrancaba pálidos destellos á las doradas escul- 
turas y á las blancas bombas de los palcos 
avant-scéne, no permitía ver bien á las pocas 
personas que se encontraban en la escena ya 
paseándose, ya sentadas en un rincón de la 
derecha. Sin embargo, Benjamín creía cono- 
cer por cierta intuición artística, que no era 
más que una costumbre de ver gente de tea- 
tro, á los individuos que allí hablaban en voz 
baja. Los dos caballeros que se paseaban, ha- 
bían de ser el empresario, nuevo en aquel 
teatro, con su sombrero de copa echado á la 
nuca y un saco un poco largo, y el tenore, 
alio, con sombrero hongo y sobretodo de cua- 
dros hasta los pies. La señora vestida de ne- 
gro, con un enorme sombrero de largas plu- 
mas, sería la Mecher, y el caballero que ha- 
blaba con ella, el maestro director. 

A Benjamín le gustaban extraordinariamen- 
te los ensayos; más que las mismas funcio- 
nes de noche. El quería conocer las intimi- 
dades de todos los artistas, principalmente de 
las partes — las tiples, la soprano, el tenor, el 
barítono y el bajo, — y en el ensayo ya se po- 
día deducir qué tales eran como cantantes j 
como personas. El vestido, el modo de ha- 
blar, el carácter, los chistes, las indicaciones, 
la manera de sentarse, pintaban el interior 
del artista. Entonces ya se veía cuáles eran 
los amigos y cuáles los que no podían tragarse, 



154 JUAN TORRENDELL 

y hasta si la tiple tenía algo con el tenor ó el 
bajo con la soprano. Y Benjamín empezaba á 
pensar y á imaginar y á inventar infinidad de 
historietas y rencillas y odios y escenas á que 
habían dado lugar en el teatro ó en el hotel. 
Y según era la simpatía ó la antipatía que por 
la figura ó por la voz cada artista producía 
en Benjamín, éste daba toda la razón de aque- 
llas ignotas contiendas á ésta, á aquél ó al de 
más allá. Al que tenía la suerte de caerle en 
gracia, le admiraba como si fuera un héroe; 
primero por los triunfos de que lo creía ga- 
nador, y segundo por el valor que le suponía 
al atreverse á abandonar su patria y echarse 
en brazos de la suerte desconocida. ¡ Cuántas 
veces había pensado en esa dificultad que sé 
le presentaba para ser verdaderamente céle- 
bre! Acá, en Montevideo, no podía levantar 
cabeza, era lo mismo que ser célebre en su 
casa, lo cual á Benjamín no le gustaba. El 
hubiera querido recorrer el mundo entero con 
la seguridad de que nada había de faltarle, 
de que continuaría disfrutando de aquella co- 
modidad que había alcanzado, al propio tiem- 
po de que sería aclamado y festejado sin la 
menor protesta. El temor al fiasco le hacía es- 
tremecer. Y en cambio aquella gente se aba- 
lanzaba á una vida imprevista, más cerca de 
la pobreza que de la abundancia, con proba- 
bilidades de victoria, pero distante sólo un 



EL PICAFLOR 155 



paso de la desilusión y la rechifla. ¡A esto se 
llama ser valientes! ¡Eran unos héroes! 

Mientras discurría acerca de este tema, Ben- 
jamín había reparado que las dos sombras que 
se paseaban junto á la decoración del foro, 
se acababan de detener enfrente de otras dos 
salidas, como de repente, de un rayo de luz 
que entraba por un ventanal alto y llegaba 
hasta las tablas por entre dos bastidores. Al 
parecer el empresario se quejaba á uno que 
no conoció desde luego; pero que después por 
el metal de voz dedujo que era Mario Gutié- 
rrez, ¡Era extraño que no se hubiese hecho 
presentar antes! Y había entrado en mal pie, 
porque Benjamín oyó que el empresario se 
le quejaba del silencio de La Idea, lo cual ha- 
cía suponer que Gutiérrez había dicho que él 
era el cronista, título que ostentaba siempre 
para llegar á la presencia de los artistas. 
Mario se esforzaba en hacer comprender 
al tenor que, para mayor justicia y lealtad, 
él esperaba el segundo ó tercer espectáculo 
para dar su opinión. 

— ¿Andiamo? — exclamó de pronto el direc- 
tor. 

— ¡Sacramento! vociferó el empresario. El 
hombre ya estaba cansado del barítono. Siem- 
pre hacía lo mismo; siempre faltaba á los 
ensayos. Cualquier día lo mandaba á pasear. 
Ese y la soprano se entendían y á el no le 



156 JUAN TORRENDELL 

gustaba que, para pelar la pava, abandona- 
sen sus deberes de artistas. 

Benjamín levantóse y se fué antes de que 
éstos saliesen al vestíbulo. Aun no quería 
conocerlos, porque, como no tenía compro- 
miso con nadie, deseaba ser independiente, 
y pegarles si á mano venía. ¡Ojalá! Así pon- 
dría mal á Gutiérrez con aquella gente. ¡ Miren 
el atrevido de Mario! ; Idiota ! 

Completamente imposible le fué oir á la 
Mecher en su papel de Traviata hasta la no- 
che del estreno. Benjamín ya suponía que 
sería un suceso, porque se acordaba de la 
voz preciosa que le había cautivado en Cibils, 
y porque Mario Gutiérrez había asegurado 
que era la mejor ópera que la Mecher can- 
taba. 

— ¡Natural, querido '. — decía Mario. — ¡Cues- 
tión de semejanza! Debería llamarse Marga- 
rita Gautier. 

— ¿Sí, che? — preguntó Benjamín. 

— ¡Uuuuhl — hizo el gomoso azotando el 
aire con la mano. 

Efectivamente, aquella señorita tan modes- 
ta, tan sobria en sus gestos el día anterior 
en el obscuro escenario, se movía ahora, en- 
tre las candilejas y la mesa del banquete, 
ligera, risueña y hasta cierto punto desco- 
cada. El cambio era sorprendente: la noche 
obscura de súbito se había convertido en día 



EL PICAFLOR 157 



esplendoroso. ¡Y cómo cantabal Aquella en- 
cantadora voz de tiple ligera lo había cauti- 
vado en seguida hasta el punto de enterne- 
cerlo. Aquel precioso sonido de metal argen- 
tino se había infiltrado en sus oídos, lo sen- 
tía juguetear por dentro hasta haber encon- 
trado su alma á la cual había extasiado. El 
final del primer acto fué ruidosamente aplau- 
dido, pues el público se había entusiasma- 
do. Benjamín gozaba de placer inmenso. Se 
deshizo en alabanzas. Aquella mujer linda,, 
porque la Mecher resultaba muy linda, le 
había encendido la sangre y atacado los 
nervios. 

Durante el primer intervalo, echó una ojea- 
da á la cazuela. Estaba hermosa. Guido Ri- 
viére, que se hallaba por allí, habría dicho ya 
que era un gran bouquet de pimpollos. En 
el afán de hacer frases,, Benjamín, mientras 
miraba las muchachas, pensaba en llamar á 
la boca rosa de carne 

¡Ah! También estaba Anita, y le miraba con 
insistencia. Había que saludarla. ¡Cosa extraña! 
Anita sonreía con mucha amabilidad; demos- 
traba en su hermosa cara que se sentía muy 
contenta; por lo visto ya no estaba enojada 
con él. Mucho mejor. Tenía ganas de hablar 
con ella. ¡Hacía tanto tiempo que no sabía 
de su vida! 

En las tertulias altas se hallaba Sanguetti 



158 JUAN TORRENDELL 

hablando con Gutiérrez. Allá iba él. Mario se 
esforzaba en demostrar al ex-tenor que la 
Mecher era una cantante de primo cartello. 
Sanguetti aseguraba que la tiple tenía muy 
buena voz, pero que la escuela era bastante de- 
fectuosa. ¡Si quisiera estudiar con él! ¡Ah, 
entonces ! ¡ Que vieran cómo cantaba aquella 
muchacha que ahora los miraba! 

— ¿Cuál? — preguntó Gutiérrez. 

— Anita Pionini, la mía prima scolara. 

— i Ah! — exclamó Benjamín— Es una notabi- 
lidad. ¡Qué artistona! 

Para Benjamín la Mecher tenía una gran 
cualidad, con la cual lo había cantivado, y, 
por consiguiente, ya le parecía una mujer de 
mucho talento y digna de todo encomio. Con- 
tra la costumbre de los cantantes, la Mecher 
atendía tanto la parte • del canto como la 
de la mímica. Se movía, accionaba y sentía, 
como una buena actriz. Esto era mucho y 
excelente en una cantante. Sanguetti tuvo que 
reconocerlo. 

Como es de suponerse, pues, Benjamín hi- 
zo constar todo esto en su crónica, tomán- 
dose la libertad de dar un consejo á la Me- 
cher: que, cuando pronunciase la célebre fra- 
se: / Oh come son mutata! , lo hiciese mirán- 
dose primero al espejo, retirándose después 
y poniendo en aquellas palabras todo el do- 
lor, la angustia, el pesar y, al propio tiempo, 



EL PICAFLOR 159 



el temor de que su Alfredo la viese en tan 
deplorable estado. 

Este artículo gustó mucho á los amateurs, 
y un empleado del teatro fué á pedir doce 
ejemplares de La Idea. Esta noticia hizo es- 
tremecer de contento á Benjamín. Su crítica 
había causado sensación. 

Anuncióse la repetición de La Traviata, el 
suceso de la notable tiple, Sta. Mecher, según 
rezaban los carteles. Gladiator* volvió al tea- 
tro con el intento de fijarse bien en si la 
artista tomaba en cuenta sus observaciones. 
Dejó pasar los dos primeros actos con cierta 
indiferencia para poner sus cinco sentidos en 
la escena durante el último. Violeta, con su 
blanquísimo peinador, de mangas anchas, 
que dejaban ver los brazos torneados de la 
tísica, y su cabellera suelta por la espalda y 
sobre los hombros, estaba leyendo la arruga- 
da lettera guardada en el seno. A Benjamín 
le latía el corazón con fuerza. Nu tenía ojos 
más que para la artista. Esta decía con acen- 
to aterrador: E tardi. Y Benjamín sentía un 
sudor frío que se había apoderado de su cuer- 
po. ¡Ah! Violeta se mira en el espejo, cae 
otra vez sentada en la silla con las manos 
crispadas, y, con voz desesperada, angustio- 
sa, cruelmente dolorosa, dice: ¡Oh come son 
mutata! Y la concurrencia bastante numerosa 
prorrumpe en ruidosos aplausos que apagan 



160 JUAN TORRENDELL 

la voz de la Mecher y amortiguan los soni- 
dos de la orquesta. Benjamín está sudando, 
postrado, se halla en una laxitud de ner- 
vioso; no aplaude, no quiere aplaudir, porque 
aquello es obra suya, lo aplauden á él, á Ben- 
jamín Migliore, al gran artista que merece 
una estatua; la prueba es clara: un público 
inteligente lo aplaude, le muestra su entusias- 
mo por su inspiración creadora. ¡Si Verdi 
lo supiera! Y mientras tanto Violeta canta 
con toda perfección y gusto el celestial Addio 

del passato bei sogni ridenti ¡Qué música 

preciosa, qué canto divino! Benjamín la en- 
cuentra soberbia, y a la Mecher encantadora. 
¡Qué mujer linda! 

Gladiator en su revista constató el triunfo 
alcanzando por la Mecher, y manifestó que 
se daba por muy satisfecho, si en algo ha- 
bía contribuido á aquel éxito, ya que otras 
veces se veía obligado á disgustar á los 
artistas. 

Por la noche recibió una tarjetita muy per- 
fumada en la que Rose Mecher saludaba al 
egregio crítico Gladiator y le manifestaba que 
solamente él era la causa de un triunfo que 
estaba pronta á agradecerle de palabra, si 
se servía pasar por su casa: Calle San 
José, 53. 

Leyó el contenido de la esquela tres ó cua- 
tro veces, y deliberó consigo mismo muchas 



EL PICAFLOR 161 



más si debía acceder ó nó á semejante ruego un 
crítico independiente que se había propues- 
to hacer justicia, la cual no podría realizar 
acaso, interponiéndose la amistad entre la ar- 
tista y él. Sin embargo el caballero no podía 
dejar sin respuesta tan agradable invitación, 
ni Benjamín se creía con fuerzas para resis- 
tir á las deliciosas entrevistas mediant 1 aque- 
lla olorosa cartuline. Era preciso ir. Después 
de todo, lo regular sería que la Mecher can- 
tara las demás óperas tan bien como La 
Traviata. Respecto ala otra dificultad: el di- 
nero, era probable, seguro, que una canta- 
triz como la Mecher, no permitiera que el 
vil metal desvaneciese las ilusiones gratas 
en que se envuelve él amor. Porque Benja- 
mín lo preveía: Rose Mecher y el egregio crí- 
tico Gladiator llegarían á amarse, á adorar- 
se; como que él ya había pensado en ella 
muchas veces al día. ¡Pucha cómo estaba de 
calavera! ¡Qué picaflor! 

Y fué á la casa de la calle San José, 53. 
La habitación en que le introdujo una de las 
coristas de la compañía, al parecer doncella 
de la Mecher, era sumamente modesta: un 
piano, sofá, dos butacas y cuatro sillas. La 
alfombra no era nueva. Encima de algunos 
papeles de música que estaban sobre el piano,, 
vio la tarjeta en que por la mañana anunciara 
su visita. Benjamín esperó sólo un momento. 
11 



162 JUAN TORRENDELL 

Abrióse una de las puertas que comuni- 
caban con el interior de la casa, y apareció 
la artista, vestida de blanco, tal como había 
salido en el tercer acto de La Traviata, con 
el pelo caído por atrás, un pelo rubio muy 
claro, bastante escotada y casi desnudos los 
brazos de una blancura marmórea. A Ben- 
jamín le pareció preciosa, y desde luego que- 
dóse prendado de aquellos ojos azules, gran- 
des y rasgados que á veces se cerraban un 
poco, cuando la dueña sonreía plácidamente. 

Sentóse la Mecher en el sofá y Benjamín 
en una butaca La conversación, despojada 
de esos convencionalismos atroces, peculia- 
res de las primeras visitas, tomó en segui- 
da el rumbo propio de un diálogo entre per- 
sonas que aman el arte, que conocen sus 
misterios y se apasionan por sus encantos. 
Desgraciadamente aquella conferencia que 
había absorbido las fantasías de Benjamín y 
su linda é inteligente interlocutora, vióse cor- 
tada de pronto por la llegada de Guido Ri- 
viérc, el cronista de La Patria, como se leía 
en la tarjeta que la doncella había entrega- 
do h su señorita. Benjamín puso mala cara, 
y, á pesar de que le sonrió al estrechar su 
mano, sintió que por dentro corría una ola 
de odio contra el entenado de la patria, con 
cuyo calemburg le calificaba entre sus ami- 
gos. 



EL PICAFLOR 163 



Riviére, para fastidiar á Benjamín ó para 
darse corte con la artista, empezó á hablar en 
francés, ya que se había enterado de que la 
Mecher era de Suiza, y ésta contestóle al pa- 
recer con suma satisfacción. Lo cual acabó de 
encolerizar á Benjamín, quien en el primer 
momento tuvo intenciones de marcharse, pero 
luego desistió de tal pensamiento para con- 
trariar también á Riviére, que de seguro 
había ido allí con algún fin non sancto. Así es 
que uno y otro prolongaron la visita más de 
lo permitido entre personas de cierta educa- 
ción. A Benjamín no le parecía tan grave su 
permanencia, porque él había sido llamado, 
y aun no se había hablado de la causa que 
motivara su visita. Como ya era tarde, cuan- 
do Riviére trató de retirarse, Benjamín no qui- 
so permanecer más allí; tampoco se lo indi- 
có la Mecher, si bien le rogó que fuera á ver- 
la en adelante. Estas palabras suavizaron el 
mal humor de Benjamín, quien estuvo por 
echárselo en cara á su compañero, una vez 
en la calle. Este le dijo al despedirse que 
aquella mujer le había gustado mucho y que 
probablemente caería como todas, caería. Y 
diciendo esto se refregaba las manos. A Ben- 
jamín le disgustó que aquel francesito le hu- 
biera comunicado pensamiento tan bajo; no 
obstante él pensó lo mismo varias veces. 

Y volvió, sí, volvió el domingo siguiente por 



164 JUAN TORRENDELL 

la tarde. El día estaba frío, triste y nebuloso, 
así es que Benjamín no tuvo reparo en diri- 
girse á ver á la Mecher, seguro de que ésta 
se encontraría en su casa. Llamó y se le &i- 
jo que la signorina era uscita. Estaría en Solís 
ensayando. A los pocos pasos, la doncella-co- 
rista le llamó desde la puerta. Sonrió y le dijo 
que entrara. Benjamín fué introducido en la 
pieza que ya conocía y luego en la otra de 
donde, días antes, había salido la artista. Esta 
se encontraba echada en la cama, cubierta 
por hermosa y velluda piel; le había visto pa- 
sar por delante de las ventanas, y le hizo en- 
trar. Había que dispensar á la sirviente, por- 
que tenía orden de despedir á todo el mundo. 
Estaba muy aburrida, llena de spleen, aplas- 
tada por aquel día gris. 

Benjamín sentóse en una marquesita que 
había entre el lecho y la pared y, mientras 
hablaba con la Mecher de asuntos varios, daba 
una ojeada por la alcoba Enfrente de la ca- 
ma, de madera fina y lustrada, con dosel de 
cortinas celestes, había varios mundos, de 
los cuales uno estaba abierto y con algunas 
piezas de vestir echadas con descuido. Entre 
las dos ventanas que daban á la calle, había 
un tocadorcito que nada de particular tenía, 
si no era la infinidad de botellitas, frascos, 
pastillas de jabón, cepillos, pincelitos, polvos, 
cisnes, que lo cubrían. Al lado de la cama se 



EL PICAFLOR 165 



veía una mesita de luz^ sobre la cual se con- 
fundían un reloj de bolsillo, dos copas, un car- 
tucho de yemas 'con el rótulo del Telégrafo, 
unas rosas marchitas, medios limones expri- 
midos y una fotografía de la Mecher en rico 
marco de marfil. 

Engolfado en la conversación, Benjamín se 
había echado poco á poco en la marque- 
sita, destrozando con los pies unos papeles 
de música olvidados en aquel extremo del 
asiento, y la artista habíase dado vuelta hacia 
su interlocutor, descomponiendo la manta de 
pieles, estrujada entre sus rodillas, y mostran- 
do medio cuerpo, cubierto con un peinador 
de guipur. 

— In questa stagione vi farerno conoscere 
Romeo e Giulietta; — decía la Mecher. 

— Me ne rallegro tanto. 

— Come ió non ho rnai cantato quest' opera, 
lei mi dará qualche lesione; non é vero? 

— lo? Poveretto me! 

Y ambos sonreían y se miraban con los ojos 
fijos y penetrantes. Benjamín sentía algo que 
le hacía cosquillas en todo el cuerpo, estaba 
muy nervioso y con deseos de estrechar á 
aquella mujer. Había tenido varias ocasiones 
de hablar de amor á la Mecher, pero no que- 
ría ser vulgar en sus expresiones, ya que se 
trataba de una mujer ingeniosa. Tenía miedo 
de empezar como otro cualquiera. Así pensa- 
ba, mientras seguía la conversación. 



166 J ÜAN TORRENDELL 

De pronto levantóse, quiso despedirse y, al 
hacerlo, exclamó: 

— A proposito; sa leí in qual modo si con- 
gedavano Borneo e Giulietta? 

— No; — contestó la artista con cierta inge- 
nuidad, que sorprendía por el tono inocente 
con que había querido pronunciarlo 

— Cosí; — dijo Benjamín, mientras deposita- 
ba un beso en la boca de la Mecher, la cual 
le echó sus blancos brazos al cuello. 

El creyó que había estado feliz en su pen- 
samiento y en la resolución de éste, según 
era de contenta que se había puesto la Me- 
cher, triste y nerviosa por aquella tarde de 
día nebuloso. 



III 

Bautizo de sangre. 

Como puede suponerse, Benjamín no faltó 
noche alguna en Solís, como tampoco falta- 
ron en las columnas de La Idea las crónicas 
teatrales en las cuales no había linea que no 
fuese un elogio exagerado para la Mecher, si 
bien todo estaba dicho muy bien y con sobra- 
da elegancia. Todo lo que había en esos artí- 
culos de falta de criterio, se encontraba de 
originalidad en el estilo. Gladiator era muy 
leído. Se hablaba mucho de las impresiones 
de Gladiator. El francesito Riviére decía por 
todas partes que aquello era una vergüenza, 
que si Benjamín estaba enamorado que fuese 
á tomar duchas, pero que no se lo contase á 
los lectores; pues á ellos maldito lo que les 
importaba 

Y no solamente iba de noche al teatro, si- 
no que casi siempre presenciaba los ensayos 
é intervenía en todos los asuntos ya de los 



168 JUAN TORRENDELL 

artistas, ya de la empresa. El cartélito sus- 
pendido en la puerta del escenario que dice: 
Es prohibida la entrada, para Benjamín no 
existía, porque desde el boletero al último 
empleado, todos sabían que el gran crítico 
podía entrar y salir cuando le diera la gana. 
A pesar de que la infeliz Maruja nada sabía, 
todos los habitúes estaban enterados de las 
relaciones establecidas entre Benjamín y la 
Mecher, la cual lo trataba con mucha franque- 
za é intimidad, aun delante de personas extra- 
ñas. 

Algunas veces, entraba Benjamín en el esce- 
nario después del primer acto, y no salía hasta 
terminar la función, hora en que se retiraba á 
su casa, porque la Mecher siempre se había 
obstinado en irse sola á su casa, para bien de 
ambos, según ella decía. Esta negativa le había 
llamado un poco la atención, si bien no había 
procurado investigar la causa. Después de to- 
do no tenía ninguna queja' contra su querida, 
que le amaba extraordinariamente, no le era 
nada costosa, y le trataba con confianza ili- 
mitada. Con igual moneda le pagaba Benjamín. 
La Mecher pronto estuvo enterada de todo lo 
concerniente á la familia Velázquez, de sus al- 
tas aspiraciones, de su infinito amor al Arte, 
de la elevada reputación de que gozaba entre 
sus compatriotas, y de su obra, la grandiosa 
obra que tenía en proyecto. 

— Un romanzo f— preguntó la artista. 



EL PICAFLOR 169 



Nó. Benjamín, sin manifestar el motivo, dijo 
que noqueríaescribir ningún libro,, puesto que 
se había entregado por completo al teatro, á 
la vida artística. 

— Dunque, una commedia? — insistió la Mecher. 

i Quién sabe ! El no tenía una idea exacta de 
lo que iba á escribir, pero algo de esto tendría 
que ser, ya que desgraciadamente se había 
apercibido muy tarde de que era un excelente 
músico. ¡Si él pudiera componer una ópera! 
I Qué feliz sería! Entonces ya tendría intérpre- 
te: la famosísima tiple Rose Mecher. 

— Non é vero, carina ? — exclamaba Benjamín, 
loco de alegría, estrechando las manos de la 
artista que sonreía, y besándola en la boca de 
labios pálidos. 

I Oh ! ¡ Qué bien se estaba allí ! Benjamín 
pasaba muchas horas en casa de su querida, 
porque á él le gustaba sobremanera estar al 
lado de aquella mujercita que lo compren- 
día, le alababa todos sus pensamientos, le ani- 
maba á realizarlos y ninguna vez le recordaba 
los deberes que tenía ni como abogado, ni co- 
mo catedrático. 

Las dos personas que más quería, eran la 
Mecher y Velázquez. ¿Y Maruja y su hija? 
Bueno; éstas no entraban en la comparación. 
Aquello era como un amor natural que no ad- 
mitía comparaciones. Bien es verdad que al- 
gunas veces le arrancaban madre é hija un sen- 



170 JUAN TORRENDELL 

timiento de contrariedad; la primera con sus 
sermones y mogigaterias, y la segunda con la 
influencia que ejercía sobre su esposa, hasta 
hacérselo olvidar bastante. ¡ Qué distintos la 
Mecher y Velázquez ! La únale halagaba en 
todos sus caprichos y deseos, y el otro le con- 
cedía una libertad sin límites. ¡Qué pucha! Su 
suegro se acordaría de las calaveradas que ha- 
bía hecho en su juventud, vería la necesidad 
que hay de las diversiones propias de la edad, 
y terminaría por pensar que ésta pasa pronto 
para dar lugar á los años del trabajo y el consi- 
guiente retiro. Por lo tanto era justo que no 
perdiera la ocasión de divertirse, mientras lle- 
gaba la época de la vida casera. 

Sin embargo, para Benjamín no todo era sa- 
tisfacción y contento. De tarde en tarde tenía 
sus disgustos y contrariedades. El que le pre- 
paraba el Director del olegio de Montevideo, 
lo esperaba él con toda seguridad, si bien no 
ponía remedio, llevado de esa indiferencia y 
poca voluntad que demuestran algunos en 
asuntos fastidiosos y antipáticos. A esto se ha- 
bía reducido para Benjamín la cátedra que en 
otro tiempo le sirvió para darse placer y re- 
nombre. Efectivamente; Benjamín, que hacía 
más de un mes que no aparecía por el Colegio^ 
recibió cierta tarde la destitución de catedráti- 
co en una nota seca y desabrida. Entonces se 
alegró pareciéndole que se le quitaba de e^ci- 



EL PICAFLOR 171 



ma pesada carga que le había agobiado por lar- 
go tiempo. Lo primero que hizo fué romper el 
papel en que se le comunicaba tan radical reso- 
lución, á fin de que su familia no se enterara 
tan pronto como él no quería. Después, refle- 
xionando un poco, pensó en la pérdida material 
que le ocasionaba y en que los diarios darían 
al otro día la noticia de su destitución. Esto lo 
puso nervioso y de un humor de perro. 

Por un movimiento instintivo se disponía á 
salir á fin de dirigirse á algunas redacciones, en 
donde rogaría que retentasen á aquel zonzo de 
director, cuando le entregaron una tarjeta, cu- 
ya letra del sobre reconoció al momento. Era 
de la Mecher. ¡ Cosa extraña ! Le escribía dos 
lineas manifestándole que el dolor de garganta 
había aumentado, convirtiéndose según el mé- 
dico en una tremenda laringitis. Rompió tar- 
jeta y sobre, como era su costumbre, con el ob- 
jeto de que su mujer no descubriera sus líos 
amorosos, y se abalanzó á la calle para acudir 
á aquel llamado. Velázquez se retiraba ya y le 
dijo: 

— ¿A dónde vas á estas horas? ¿Y la co- 
mida ? 

Benjamín volvió á entrar y se fué á sentar 
á la mesa dando prisa á los sirvientes. 

Durante la comida estuvo silencioso y se 
mostró muy preocupado. Tragaba sin casi 
masticar, y terminó antes que ninguno. Ma- 



172 JUAN TORRENDELL 

ruja comprendió que algo le pasaba; sin em- 
bargo no quiso hacerle ninguna pregunta de- 
lante de los otros. Esperaría. Una vez termi- 
nada la comida, Maruja se levantó y se fué á 
su cuarto, en la creencia de que Benjamín 
iría allá también al menos para despedirse. 
No fué así. Su esposo tomó el sombrero y se 
echó á la calle. 

Caminaba con extraordinaria rapidez y tan 
pensativo, que no advertía las gruesas gotas 
que resonaban sobre la galerita y le mancha- 
ban el sobretodo de color. Para que advirtie- 
ra la tormenta que se iba á desencadenar, 
fué preciso que aumentara la lluvia hasta con- 
vertirse en fuerte chaparrón, que le obligó á 
correr la cuadra que lo separaba de los pór- 
ticos que rodean la Plaza Independencia. Pa- 
róse delante de los escaparates de Cambroni, 
sacó el pañuelo y empezó á secar el agua 
que había caído sobre el sombrero y á azotar 
la que le había mojado el abrigo. 

Entonces reparó en el rápido movimiento 
de gentes y carruajes que en un instante se 
produjo en la plaza y las calles adyacentes. 
Hasta le hizo olvidar el motivo que allí la 
había conducido. Las personas que se encon- 
traban en mitad del paseo, corrían por todos 
lados: unas se dirigían á la parte Norte, otras 
á la parte Sur, según la distancia más corta. 
Los hombres se levantaban los cuellos de los 



EL PICAFLOR 173 



abrigos y se apretaban los sombreros que el 
viento amenazaba hacer volar; las muchachas 
se contentaban con dar saltitos, pues sus ves- 
tidos estrechos no les permitían correr, chi- 
llando y riendo simultáneamente; y las seño- 
ras, gruesas y pesadas, apresuraban el paso, 
ya que no podían otra cosa, aguantando con 
toda paciencia el tremendo chaparrón. Algunos 
que habían sido previsores, abrían los para- 
guas y con toda cachaza continuaban el ca- 
mino riéndose de algunas escenas cómicas. 
Los cocheros de punto saltaban sobre el pes- 
cante de los sendos carruajes, hacían resta- 
llar las fustas y cambiaban de puesto, colo- 
cándose cerquita de los pórticos para resguar- 
darse del azote de la lluvia empujada por el 
viento, y, al propio tiempo, para ofrecer sus 
vehículos á los transeúntes impacientes y apu- 
rados. Pronto el limpio suelo de las arcadas 
fué ensuciado por los que allí se habían re- 
fugiado, y convertido en charco por el agua 
que destilaban los paraguas. Formáronse co- 
rrillos de hombres que hablaban del tiempo, 
se convidaban con cigarros y miraban á las se- 
ñoras que estaban paradas delante de los es- 
caparates, haciendo tiempo hasta que pasara 
aquel chubasco. Algunas entraban en lo de 
Cambroni para sentarse, tomar aliento, can- 
sadas de las correrías y echar un parrante 
con los dependientes. Los pilletes pregonaban 



174 JUAN TORREN DELL 

__ , ... ■ .41 , , 

La Patria y La Idea á dos vintenes, un lim- 
pia-botas quería lustrar los botines sucios y 
un vejete daba la grande por un pezzo. 

Benjamín se paseaba de arriba á bajo fiján- 
dose en los que le interceptaban el paso, 
cuando vio á la luz que arrojaba un escapa- 
rate, á Anita con otra muchacha, las cuales 
eran blanco de las miradas de varios jóvenes 
allí agrupados. Las saludó y hablaron un mo- 
mento burlándose del cerco puesto por el 
agua. 

— ¿Qué dirá mi sirvienta, —decía Anita, — es- 
perándonos con la mesa puesta? 

— ¿Cómo? — exclamó Benjamín; —¿no ha co- 
mido aún? 

—Allá íbamos, — contestóla misma sonrien- 
do y mirando á su compañera. 

— ; Y Dios sabe cuando dejará de llover! — 
replicó ésta apretando á Anita. 

— Para ustedes, muy pronto; — dijo Benja- 
mín llamando á un cochero é invitando con 
el ademán á que subieran las jóvenes al co- 
che. 

Anita aseguraba que la lluvia pronto pasa- 
ría, que ellas no tenían mucha prisa ; pero Ben- 
jamín contestaba riendo que le parecía ser ya 
hora de comer 

— Más tarde tendrán que llevársela desma- 
yada. 

Las muchachas rieron de la ocurrencia, se me- 



EL PICAFLOR 175 



tieron en el vehículo, Benjamín pagó al au- 
riga, preguntó la dirección que repitió á éste, 
y cerró la portezuela, no sin antes haber es- 
trechado la mano finísima de Anita y haber 
saludado á su compañera. 

Y quedóse allí, recostado á una columna, 
llena de avisos y carteles y anuncios de todas 
clases y distintos colores. Estaba tan embe- 
bido en sus pensamientos que no advertía que 
las salpicaduras del agua caída con fuerza 
en el embaldosado^ le mojaban botines y pan- 
talones y hasta le rociaban cara y manos. 
Aquella muchacha producía siempre notable 
impresión sobre su espíritu sensible por de- 
más. Sus hermosos ojos tenían un lenguaje 
mudo pero expresivo, su sonrisa alegraba el 
ánimo más entristecido, su arrogante figura 
atraía, encadenaba, arrastraba á todo el que 
tenía ojos en la cara y un corazón ardiente, 
sus manos, finas y delicadas, comunicaban un 
calor sofocante, un sacudimiento de pila eléc- 
trica, un movimiento de atracción. ¡ Y cómo 
le había apretado la suya! Había de ser deli- 
cioso amar á aquella mujer, en apariencia 
arrogante y desdeñosa, pero cuyas caricias ha- 
bían de saber á miel sobre hojuelas y néctar 
sobre la miel. 

El viento aumentaba cada vez más y le azo- 
taba el rostro con la fría agua del cielo. Ben- 
jamín lo notó al fin, y se retiró detrás de la 



176 JUAN TORRENDELL 

columna, observando el aspecto de la Plaza. 
Estaba, al parecer, más iluminada que otras 
noches, pues las luces de los numerosos fa- 
roles se habían aumentado extraordinariamen- 
te, reproduciéndose en cada bache ó pocito 
en que el agua se estancaba. Los bancos de 
hierro y el embaldosado semejaban á veces 
planchas de metal bruñido. Los parajes cu- 
biertos de balaste, en donde se formaban 
grandes charcos, parecían dilatadas y hondas 
lagunas que retrataban las luces de gas, más 
brillantes cuanto más se hundían hasta el 
fondo del imaginario lago. La entrada de la 
calle 18 de Julio, vista desde los pórticos, an- 
tojábasele á Benjamín el patio de un palace- 
te, la sala ele un teatro, un recinto encanta- 
do, profusamente alumbrado por número in- 
finito de mecheros,' tal es la brillante clari- 
dad que despiden los faroles municipales, las 
bombas blancas de los establecimientos y los 
escaparates repletos de espejos, alhajas y chu- 
cherías que aumentan el resplandor. 

Un cuarto de hora hacía que Benjamín es - 
taba observando con curiosidad aquel cuadro 
en el" cual minease había fijado, cuando no- 
tó que las negras nubes que cubrían el cielo, 
corrían atropelladamente, empujadas por el 
furioso veiidabal. lia lluvia iba disminuyendo 
hasta convertirse en polvareda de agua 
que envuelve los objetos en una bruma de 



EL PICAFLOR 177 



aureola. Los nubarrones se elevaban dejando 
de oprimir la ciudad, poco á poco iban des- 
garrándose y convirtiéndose de negros en azu- 
les. De pronto se vio un agujero claro que 
se ensanchaba cada vez más, como un cres- 
pón que se va rompiendo, y entonces, como 
un foco eléctrico repentinamente encendido, 
apareció la luna esplendorosa y de un disco 
grande. En aquel momento Benjamín, que te- 
nía los ojos fijos en esta faz de la naturale- 
za, vio correr una especie de lucecita siguien- 
do la dirección de los hilos del teléfono, que 
forman inmensa red de alambres. Eran las 
gotitas del agua que corrían como cuentas 
brillantes de rosario. 

Con esto la gente detenida allí empezó á to- 
mar diferentes direcciones, y los pórticos se 
quedaron casi abandonados. Benjamín, des- 
pués de haber extendido una mano fuera de 
los arcos y haberse asegurado de que ya no 
caía más que pequeñísima garúa, lanzóse tam- 
bién en veloz carrera por la calle Juncal has- 
ta llegar á la casa de su querida. 

La encontró tendida en la cama, bien arre- 
bujada con el abrigo y hablando con la voz 
ahogada y con angustia. Entonces supo que 
el médico le había recetado cierto jarabe y 
unos baños que aun no habían enviado de 
la botica. Benjamín se exasperó por aquella 
tardanza y, como si tuviera miedo de que se 

12 



178 JUAN TORRENDELL 

le muriese entre los brazos, se dirigió rápi- 
damente á la farmacia. Pidió el jarabe conte- 
nido en un frasquito y rogó que mandaran 
las aguas sulfurosas contenidas dentro de tres 
grandes botellas. 

Cuando Benjamín iba á salir, el dependiente 
gritó : 

— ¿Quién paga esto? 

— Yo; — contestó aquél, malhumorado y po- 
niendo sobre el mostrador los dos pesos pe- 
didos. 

Corrió hacia la casa de la Mecher, y él mis- 
mo destapó el frasco y dio una cucharada 
del contenido á la enferma. 

Poco tiempo después entró la doncella con 
las botellas para los baños. La artista dio or- 
den á la criada de que pagase. 

— Ya lo está; —exclamó Benjamín con in- 
diferencia y paseándose por la alcoba, aver- 
gonzado por los dos. 

— Ma, Migliore!— repuso la enferma con su 
voz ronca y mirándole con ojos agradecidos. 

— Non parlare, Jlglia mía, taci. 

Había que estar tranquila, sosegada y en 
silencio. A Benjamín le parecía que la Mecher 
estaba gravísima, que, si no moría, por lo 
menos se había perdido para siempre. Aquella 
preciosa voz. que lo había encantado, sedu- 
cido, cautivado, haciéndole sentir emociones 
sobrenaturales, divinas, había desaparecido 



EL PICAFLOR 179 



completamente. Aquella afonía tan acentuada 
le hacía el mismo efecto que un monumento 
artístico derrumbado de repente sin encon- 
trarse piedra sobre piedra. ¡Aquello era para 
desesperarse! ¿Qué haría ahora aquella mu- 
jer sin voz, sin porvenir, sin amparo? ¡Qué 
tontería! ¿Y él? ¿Acaso no estaba dispuesto 
á todo: á socorrerla, á ayudarla, á trabajar 
por ella?.... 

Unas voces gruesas de hombre le sacaron 
de sus locas cavilaciones. Miró á la Mecher 
y ésta puso malísima cara. No tuvo tiempo 
de decirle quiénes eran. Entraron en la al- 
coba dos caballeros: uno era alto, rubio, grue- 
so, casi hermoso; el otro, más joven, vestía 
elegantemente, se retorcía un bigote negro y 
era delgaducho y feo. La enferma hizo la pre- 
sentación, después que aquellos individuos 
hubieron preguntado por el estado de la ar- 
tista. Benjamín no entendió bien más que el 
apellido del señor grueso y rubio. Se llama- 
ba Bouchart y era porteño. El compañero 
también. 

Un instante después, los dos argentinos 
empezaron á reírse y á bromear; el señor 
Bouchart tenía una risa expansiva y franca, 
y cada vez que reía, el abultado abdomen 
temblaba, como una bolsa hinchada. A Ben- 
jamín tales desmanes, no sólo le parecieron 
de una grosería asquerosa, sino que lo en- 



180 JUAN TORRENDELL 

furecieron de tal modo que se puso serio, 
lívido y con respiración frecuente. Tanto más, 
cuanto que la Mecher reía y á veces alababa las 
salidas del grueso Bouchart, lo mismo que 
el joven delgaducho. 

Benjamín salió al patiecito de la casa, lla- 
mó á la sirviente y le advirtió que era hora 
de que la señorita tomase un baño, aunque 
hubiese aquellos zonzos; no importaba. Sal- 
drían. 

La Mecher tuvo que pedirles que se fuesen 
un momento á la otra pieza. Riendo y ha- 
ciendo algazara, salieron, mientras decían al- 
gunas pavadas de mala ley. ¡Qué barbaridad! 
Precisamente ellos iban dispuestos aquella 
noche á farrear un poco. El champaña los ha- 
bía alegrado mucho y aun traían una botella 
para convidar á la Mecher. .. y á aquel ami- 
go, porque desde aquella noche contaban con 
un nuevo amigo, el Dr. Migliore. Este por 
momentos se sulfuraba más y más, y temía es- 
tallar y mover un escándalo. ¡Qué caray! Aque- 
llo no era aguantador. 

Apenas hubo salido la criada dejando ] a 
puerta abierta, Benjamín se dirigió á la cama 
y preguntó á la enferma, todo azorado: 

— Ma, carina; eos' é questo? 

— Lasciali, sonó amici. 

— Vergognal 

—Lasciali, sonó matti. 



EL PICAFLOR 181 



De pronto suena en el piano una marcha 
furiosamente tocada; Benjamín se abalanza á 
la puerta, ve el tipo delgaducho y antipático 
sentado al piano y grita: 

—¡Caballeros! 

Cesa la música, se da vuelta el pianista, y, 
dirigiéndose á Benjamín, dice con toda frial- 
dad: 

¿Qué hay? 

—Que lo que ustedes efetán haciendo, no está 
bien,— responde con rabia Benjamín, que no 
atiende los gritos sofocados de la enferma. 

—¿Y á Vd. que le importa, mocito? -conti- 
nuó el compañero de Bouchart. 

—Me importa á mí y á toda persona bien 
educada. 

Benjamín sentía ya las piernas que le tem- 
blaban y comprendía al propio tiempo que 
aquePo terminaría mal. 

—Pues si no le gusta^, tápese los oídos ó 
sino márchese. 

Mientras tanto el señor Bouchart, sentado 
en el sofá con la sonrisa en su bocaza, mi- 
raba irónicamente al pobre Benjamín, quien 
exclamó ya fuera de sí ante aquel insulto: 

— Lo haré; pero no será sin antes haberle 
llamado miserable, estúpido. 

Cada uno de los interlocutores echó ma- 
no á su cartera y se cambiaron las tar- 
jetas. 



182 JUAN TORRENDELL 

Benjamín tomó el sombrero y, sin abrir los 
labios, dirigióse á la puerta de la calle, la 
cual se cerró de golpe retumbando con fuerza. 

Empezó á caminar sin darse cuenta bien de 
lo que le había pasado, hasta que se- encon- 
tró en la Plaza Independencia y otra vez bajo 
las mismas arcadas. Al pasar se fijó en la re- 
donda luna, en la cual le pareció ver una cara 
grande y abotagada que se sonreía maliciosa- 
mente, y á distancia d*el astro negras nubes de 
formas monstruosas y feroces en actitud de 
echarse sobre él. Se detuvo un momento y 
creyó que por aquel agujero blanco y redondo, 
abierto en la azulada bóveda, asomaba el rostro 
sonriente de la Mecher que le había engañado 
con toda vileza. ¡Ah la gran.... sinvergüenza! El 
no veía claro de qué modo lo había vendido, 
pero presentía que ella y aquellos canallas se 
entendían. ¿Sí? Pues ellos hablarían. Las cosas 
no podían acabar de esta manera. Y Benja- 
mín echó de nuevo á caminar dirigiéndose al 
Club Uruguay en busca de su buen amigo Gu- 
tiérrez. Allí estaba. So lo llevó por la calle 
Sarandí y le contó todo lo que le había pa- 
sado. 

— Si yo hubiese sabido — dijo Mario,— tus 
relaciones con la Mecher, no te sucede esto. 

— ¿Porqué? 

— Porque te hubiera dicho que su amante 
oficial era el señor Boucíiart. 



EL PICAFLOR 183 



Aunque en la opinión de Gutiérrez nada te- 
nía esto que ver desde el momento que Ben- 
jamín se reía y se burlaba del porteño pagano. 
¡Qué tonto ! 

—Yo no sé por qué te habías de encapri- 
char de veras con esta Traviata. ¿No te lo 
dije yo? 

Bueno, sí; pero la cuestión era que ahora 
esto no tenía remedio y había que exigir una 
satisfacción al porteño.... 

— ¿Y cómo se llama? — preguntó Mario. 

— No sé; — contestó Benjamín. -Aquí está 
su tarjeta. 

Habían llegado ya á la Plaza Zabala, se acer- 
caron á un farol y Gutiérrez apenas pudo leer: 
Joaquín Crussóttij y en letra manuscrita: Ho- 
tel de París. Dieron vuelta por- la calle Rin- 
cón y resolvieron ir á ver á Brioz para que 
lo acompañara en aquel trance ¡Pucha! Ha- 
bía que escarmentarlos á los porteños fan- 
farrones. ¿Qué se habían figurado? Estaban 
muy engreídos porque eran de la patria 
grande. 

Contra su costumbre, Benjamín levantóse 
temprano al otro día, á fin de irá la Redac- 
ción de La Idea, en donde había de ver á 
sus padrinos: Brioz y Gutiérrez Precisamen- 
te, cuando Benjamín entró, éstos acababan de 
salir, de modo que tuvo que esperar una me- 
dia hora, paseándose por el cuartito del Di- 



184 JUAN TORRENDELL 

rector. Tenía ganas de ir á ver á la Mecher 
para pedirle también explicaciones por su 
conducta indigna; es decir, indigna para él, 
porque la amaba mucho, ya que otros no se 
hubieran inmutado ni por aquella farra ni por 
saber que ella tenía que ver con Bouchart. 
Casi ya se arrepentía de haber contado la es- 
cena á su amigo Mario Así nadie se hubiese 
enterado y no hubiera habido necesidad de 
duelo i Sólo faltaba ahora que aquel idio- 
ta de —río recordaba el apellido de su ad- 
versario, — no quisiera dar ninguna clase de 
satisfacciones! Y entonces tendría que batirse 
por la sinvergüenza de la Mecher. 

Y en efecto; Crussotti quería romper el al- 
ma á Migliore, según dijeron los padrinos. 
Estaba furioso porque Be-njamín le había lla- 
mado miserable. Lo iba á correr. Por la tar- 
de tendrían una segunda entrevista para de- 
terminar ya las condiciones del duelo, en el 
caso de que Crussotti se negara rotundamen- 
te á dar una satisfacción. Benjamín estaba 
dispuesto á retirar por completo los insultos 
que le había dirigido sin saber lo que decía. 

Mientras iba por la calle, le parecía que to- 
dos le miraban y sabían lo del desafío. Esto 
no le disgustaba. Una vez en su casa, se fi- 
jaba en los rostros de todos para ver si al- 
go habían traslucido. El hacía por comer, 
pero no podía. La boca se le cerraba y la 



EL PICAFLOR 185 



garganta se negaba á tragar lo mascullado. 
De pronto miró fijamente á Maruja y se con- 
venció de que algo sabía, porque tenía una 
cara sumamente seria y dolorosa. Había de 
haber llorado. ¿Quién se lo habría dicho? Des- 
pués de haber almorzado, Maruja se fué al 
escritorio. Benjamín la siguió para salir pron- 
to de dudas. 

— Tu padre ha estado aquí; —le dijo Maru- 
ja sumamente afectada;- y me ha enterado 
de todo. 

¡Maldito viejo! Siempre había de ser un 
obstáculo para él. 

— Eso ya me lo figuraba. 

— ¿Por qué? --balbuceó sorprendido Benja- 
mín. 

— Porque después de la primera nota de re- 
primenda, no habías escarmentado. 

— Pero 

¡Bah! Ahora lo comprendía todo. Aquel zon- 
zo de secretario había comunicado á su pa- 
dre lo de la dimisión del Colegio de Monte- 
video, y su viejo había ido á contárselo á Ma- 
ruja. 

— Tu padre tiene razón; — continuó ésta. — 
Papá tiene la culpa de todo. 

— ¿Y por qué? — gritó Benjamín exasperado. 

— Porque con su condescendencia te pierde, 

— ¿Qué saben ustedes? — volvió á gritar ner- 
tíoso, 



186 JUAN TORRENDELL 

— ¿Qué vae á decir papá, cuando sepa eso? 
— dijo Maruja haciendo pucheros. 

— Que diga lo que quiera; — replicó Benja- 
mín fuera de sí. — Vamos, déjame. ¡Bueno 
estoy yo para músicas! 

En aquel momento un sirviente entregó á 
Benjamín un sobre cerrado. No adivinando 
lo que pudiera ser y presintiendo alguna des- 
gracia, rompió rápidamente el sobre y miró 
la firma. Sosegóse, aunque bastante admira- 
do. La carta era de Sanguetti. Lo invitaba á 
una reunión que se celebraría al día siguien- 
te en su casa para nombrar la Comisión Di- 
rectiva del Club Filarmónico que se iba á fun- 
dar. Deseaba que el Doctor Migliore, hombre 
tan espectable en la alta sociedad, fuera el 
presidente del nuevo C/tó. ¡Qué lastima! ¡Te- 
nerse que ir uno á batir, cuando se le pre- 
sentan ocasiones de figurar, de hacerse aplau- 
dir, de ser célebre! ¡Qué maldita casualidad! 
Y lo peor era que tenía tan mala suerte que 
aun había de sufrir algún percance. ¡Ah, las 
mujeres! En su vida se volvería á meter en 
Semejantes líos, si es que no tenía una des- 
gracia muy seria. 

Los padrinos no pudieron arreglar nada. 
Aquel porteño no admitía componendas Era 
un bestia. El duelo sería á sable y á prime- 
ra sangre. Irían al Hipódromo de Maroñas 
al otro día, á las nueve de la mañana para 



EL PICAFLOR 187 



que la familia de Benjamín no sospecha- 
se algo en el madrugón; madrugón que efec- 
tuó de todos modos Benjamín, porque no pu- 
do aguantar más en la cama. Aquello era un 
tormento cruelísimo, sólo para espíritus va- 
lientes y esforzados, y sobre todo que no es- 
tuviesen apegados á la vida y no amasen tanto 
la gloria como él. Ya se sabe que el duelo era 
á primera sangre, pero ¡ caray! en una de las 
volteretas del sable, la cabeza puede quedar 
dividida en dos, si el adversario tiene malas 
intenciones. 

Brioz y Gutiérrez lo sospecharon en segui- 
da. Benjamín estaba asustado y muy afectado. 
¿Y cómo nó? ¡Un hombre que tiene sus aspi- 
raciones, su mujercita y su hija! Durante el 
camino que hacían en coche, no pensaba en 
otra cosa: ni siquiera se había despedido de 
lo que amaba más en este mundo. Cuando se 
hubo vestido, quiso besar á su Maruja, pero, 
como estaba tan disgustada por lo del día an- 
terior, hizo un movimiento de desprecio que 
le puso carne de gallina.* ¡Hasta las piernas 
le temblaron! Salió al momento avergonzado 
y con el corazón oprimido. Si no lo hace tan 
rápidamente, se lo confiesa todo. ¡Pobre Ma- 
ruja! 

Desde el instante en que bajaron del coche, 
Benjamín no se dio cuenta de nada. Se puede 
decir que durante aquel tiempo no fué más que 



188 JUAN TORRENDELL 

una máquina. Ni siquiera sintió el golpe que 
su adversario le dio en el antebrazo, resultando 
de más gravedad de lo que al principio se cre- 
yó. Los jueces del desafío mandaron suspen- 
der la lucha para dar lugar á que el médico 
se encargara del herido, quien fué trasladado 
al carruaje y después ásu casa. 

El susto que sufrió Maruja, fué de los ma- 
yúsculos; casi se desmayó al ver á Ben- 
jamín con la palidez de la muerte y á tantos 
hombres que lo acompañaban. Toda la casa 
fué puesta en movimiento. Se llamó al doc- 
tor Velázquez por teléfono. Benjamín fué cu- 
rado más despacio y metido en la cama con la 
seguridad de que la herida no presentaba sín- 
tomas de gravedad. Una vez que todos hubie- 
ron salido de la alcoba, Maruja se abalanzó 
sobre Benjamín y empezó á besarle locamente, 
como á quien se creyó perdido y se vuelve á re- 
cobrar para siempre. A Benjamín le saltaron 
de los ojos dos lágrimas que fueron á confun- 
dirse con las de su esposa. 

Según lo que los padrinos habían dicho & 
Velázquez, el motivo del duelo fué cuestión de 
patriotismo: una discusión con el orgulloso 
porteño. Todos lo creyeron menos Maruja que 
encontró la verdadera causa de aquel desastre 
en un suelto, corto pero mal intencionado, que 
Guido Riviére publicó en La Patria, en el cual 
se daba cuenta del hecho, sin mencionar los 



EL PICAFLOR 189 



nombres de los duelistas. Decíase al final que 
había motivado la disputa cierta dama muy 
aplaudida por todo Montevideo. Maruja creyó 
ver escrito en este suelto el nombre diabólico 
de la Mehcer. 



IV 

Derrotado. 

Si Guido Riviére hubiese previsto las fata- 
les consecuencias que la noticia del due- 
lo de Benjamín había de producir en el es- 
píritu de la sensible Maruja, probablemen- 
te hubiera desistido hasta de su intento, que 
era fastidiar á Benjamín Migliore, el literato 
oriental más encumbrado, sin motivo justo 
y razonable. Porque, efectivamente, Maruja 
sintió desvanecerse su última ilusión de es- 
posa abandonada, vio derrumbarse una es- 
peranza á la cual estaba fuertemente asi- 
da, recibió golpe de muerte en su parte 
moral. Aquella abominable pasión que ha- 
bía arrastrado á su esposo hasta el borde 
del profundo abismo, límite de la vida y 
la muerte, era siniestro fantasma que se le- 
vantaba entre él y ella, y arrancaba de sus 
corazones el ya muy debilitado amor que se 
profesaban. Ella tenía á quien entregar el 



EL PICAFLOR 191 



fuego amoroso que siempre en su pecho ha- 
bía: á su Martita; pero ¿y él? ¿podría vivir 
sin amor? ¿amaría á cualquiera? Tanto una 
como otra suposición aumentaban la distan- 
cia, la gran distancia, que en su imaginación 
los separaba. Sino amaba ¡infeliz! era el ser 
más despreciable de la vida, en la cual no 
hay nada que no tienda á ese sentimiento. Si 
era cual el picaflor, lo compadecía en sumo 
grado, porque nunca podría gustar del placer 
proporcionado por el amor constante, sino que, 
por el contrario, habría de sentir sólo la fie- 
bre de la pasión insana, que agota el espíritu 
y marchita el corazón. 

- ¡Pobre esposo mío ! — exclamaba Maruja 
completamente extasiada, pareciéndole ver á 
Benjamín, un hombre ya extraño para ella, ir 
á buscar de puerta en puerta, cual desarra- 
pado mendigo, un poquito de amor, alcan- 
zando tan sólo las migajas duras de un pe- 
cho podrido. 

Y entonces, asustada por la visión de aquel 
cuadro aterrador, y compadecida del desven- 
turado que no había sabido aprovechar el al- 
ma de la mujer que se le había entregado 
con fe y ardor, Maruja despertaba de aquel 
ensueño y se recriminaba á sí misma la des- 
ventura de su esposo, por no haber sabido 
atraerlo á su debido tiempo y haber permiti- 
do que se entregase á otros placeres que no 



192 JUAN TORRENDELL 

fuesen los del hogar. ¡Quién sabe! El amor 
desenfrenado que á su hijita profesaba, la 
absoluta entrega que de su persona había he- 
cho á Martita, el retraimiento que había ob- 
servado para con la sociedad, en la cual ha- 
bía de vivir, podrían ser otras tantas causas 
por las cuales Benjamín se encontró solo, y, 
hombre de poca voluntad, se dejó arrastrar 
por alguna de esas sirenas halagadoras que 
viven en el teatro. 

¿Cómo no lo había notado antes? Ahora 
recordaba las noches en que volvía . tarde, los 
olores y perfumes ligeramente sentidos, las 
embrolladas inventivas para motivar salidas 
ó excusar tardanzas, las preocupaciones y en- 
simismamientos inusitados; todo lo cual era 
suficiente ahora á resucitar tiempos pasados, 
rehacer serie de épocas, explicar tristezas y 
alegrías, aclarar palabras y movimientos enig- 
máticos como geroglificos egipcios, y atar 
cabos que al parecer no podían entrelazarse. 
i Ah ! Aquella desgracia y aquella noticia ha- 
bían hecho descorrer el obscuro velo que en- 
volví-a todo un pasado confuso y misterioso, 
habían alumbrado ciertos recodos de un ca- 
mino tortuoso que parecía intransitable á caur- 
sa de los supuestos abismos que de vez en 
cuando encontraba la memoria. 

La desesperación, causada por aquella im- 
potencia, no podía repetirse bajo ningún con- 



EL PICAFLOR 193 



cepto; era necesario no abandonar á Benja- 
mín, estar á su lado, atraerlo siempre, satis- 
facer sus deseos, proporcionarle mil place- 
res. Estaba decidida, bien decidida. 

Y todo esto se lo contaba á su hijita, me- 
ciéndola y canturreando. En todo aquel tiem- 
po ella había sido la preferida; pero ahora 
tenía que disculpar, otro exigía sus cuida- 
dos. Ella estaba salvada por el momento; él 
precisaba sus atenciones. ¡Oh! También Mar- 
tita podía ayudarle con sus encantos y su 
hermosura. Lo haría. 

Asi es que, en seguida que Benjamín estu- 
vo en disposición de salir, manifestó Maruja 
el deseo de presentarse de nuevo en socie- 
dad, ya que Martita no necesitaba tanto de 
sus cuidados y podía dejarla al lado de la no- 
driza que siempre se había interesado mu- 
cho por la niña. El Doctor Velázquez se pu- 
so muy contento y Delia muchísimo más, 
pues á veces se veía imposibilitada de ir á 
alguna fiesta, á la cual su papá no podía asis- 
tir por sus múltiples quehaceres. Este, que 
ya no gustaba de teatros ni tertulias, vio con 
satisfacción que Delia se pudiera divertir sin 
obligarle á acompañarla. Es lo que él decía: 

— Diviértanse muchachas, pero déjenme tran- 
quilo. A mí ya me ha pasado la época. 

Benjamín no sabía si alegrarse ó nó por 
aquella repentina resolución, que podía ser 

13 



194 JUAN TORRENDELL 

una remora para su tan decantada libertad, 
que le permitía ir á donde mejor le parecie- 
ra ó con quien más le satisficiese. Por otra 
parte no se le escapaba que tendría muchas 
ocasiones de sentirse lleno de orgullo y va- 
nidad al presentarse en salones y teatros con 
la hija mayor del Doctor Velázquez, la ele- 
gante y artística Maruja. El no atinaba en dis- 
cernir si su contento interior era por aquella 
especie de vuelta de Maruja á la vida fastuosa 
que él deseaba, ó por tener á su esposa más 
cerca y por tanto más suya. 

Maruja, coronada con la aureola que forma 
la maternidad alrededor de la figura siempre 
simpática de la joven-madre, fué recibida en 
medio de las aprobaciones de todos, agasaja- 
da por los elogios de los hombres, mimada 
por las delicadezas de las señoras y respeta- 
da y hasta cierto punto envidiada por el ele- 
mento joven, en lo cual hay siempre verdadero 
placer. En todos los corrillos, si estaba Ma- 
ruja, se hablaba de la niña Marti ta, se alaba- 
ba su viveza, se celebraba su hermosura, se 
aumentaban sus gracias, se reía de sus mona- 
das, y, si no estaba, se discurría acerca de lo 
buena moza que se había puesto la esposa de 
Migliore, de la distinción con que se presen- 
taba en su nuevo estado ele madre, de su for- 
malidad suavizada con su placentera sonrisa 
y su elegancia distinguida. 



EL PICAFLOR 195 



Para Benjamín la aparición de Maruja fué un 
nuevo y espléndido triunfo. La buena sociedad 
lo consideraba hombre feliz no tanto por la po- 
sición que ocupaba; y por el nombre adquirido 
en el campo de las letras, sino mucho más por 
ser dueño absoluto de aquella mujercita tan 
hermosa, buena, elegante y cariñosa, y de aque- 
lla niña en cuyo rostro se habían reunido las 
líneas más perfectas de lo^ padres y en cuyos 
ojos brillaba la viveza de la madre y el talento 
del padre Este se hallaba satisfechos/simo. 
Acompañaba á su esposa á las tertulias y reci- 
bos, á los paseos y teatros, pareciéndole que 
pasaba por los agradables días de una nueva 
luna de miel. El contento y la felicidad volvía 
á reinar en la casa de Velázquez, ahora alegra- 
da por las voces entrecortadas de Martita, los 
palmoteos de sus manitas regordetas y sus ri- 
sitas apagadas que recordaban los aleteos de 
doradas mariposas. Por otra parte Maruja, que 
ya no tenía la necesidad de entregarse por 
completo álos cuidados que Martita en el pri- 
mer tiempo requirió, tomó parte en los bri- 
llantes artículos de Gladiator, traduciendo 
muchos fragmentos del francés y pensa- 
mientos notables de una colección inglesa, 
de los .cuales se servía espléndidamente Ben- 
jamín. Esto explica la sorprendente erudi- 
ción que sus lectores y admiradores encontra- 
ban con placer en los nuevos trabajos que 
siempre publicaba La Idea. 



196 JUAN TORRENDELL 



A Maruja no le gustaba absolutamente nada 
esa especie de robo literario cometido por su 
esposo, lo cual le hacía pensar en la célebre 
fábula de El grajo. Ella hubiera preferido que, 
ya que Benjamín leía con dificultad el francés, 
se enterara de sus traducciones sólo para au- 
mentar el caudal de ideas, pero no para apro- 
piarse descaradamente lo que él no había pro- 
ducido. Así es que se avergonzaba mucho 
cuando su papá felicitaba á Benjamín por tal 
ó cual pensamiento, que había sido tomado, al 
pie de la letra, de la colección inglesa. Había 
momentos en que, aun estando sola, se colo- 
reaban sus mejillas al encontrarse con algún 
artículo, ligeramente cambiado del original 
francés leído en una revista poco conocida. Se- 
mejante conducta la espantaba, primero porque 
alguien lo pudiera atrapar en ese robo, y luego 
porque veía en su Benjamín un atrevimiento 
atroz y muy peligroso; también" la estremecía 
dolorosamente, á causa de cierta duda que 
apenas vislumbraba allá, en lo más oculto 
de su cerebro, como un puntito negro en las 
regiones etéreas: pensaba en si aquellos artí- 
culos del Benjamín, casi desconocido, ten- 
drían procedencia tan poco lisonjera como los 
de la segunda época, en los que desgraciada- 
mente había intervenido. Y, aunque Maruja, 
envuelta en los sutiles ropajes de su bondad 
atrayente, se resistiese á dar cabida en su ce- 



EL PICAFLOR 197 



rebro á pensamientos tan desagradables y en 
su corazón á sentimientos de contrariedad, lo 
cierto es que la esposa de Benjamín iba per- 
diendo rápidamente la fe que antes tenía en 
el talento tan cacareado por la prensa y los 
amigos de Gladiator, y entonces éste, que para 
ella había llegado á la altura de sus autores 
favoritos, se iba empequeñeciendo cada vez 
más. Y ella lo notaba con pesar, y sin em- 
bargo, no podía remediarlo. Hasta resolvió 
no leer los artículos que Benjamín publicase 
en La Idea, pero no podía resistir á los de- 
seos de encontrar algo bueno y original sobre 
todo. ¡Quién sabe! Pudiera ser que aquel tra- 
bajo hubiese salido todo entero de la pluma 
de Benjamín. Cogía el periódico, empezaba á 
leer el artículo de Gladiator con el corazón 
palpitante y la respiración breve, le parecía 
excelente el principio, se sosegaba, pero ¡ Jesús 
María! ya había allí algo traducido sin indicar 
la procedencia. Luego empezaban las dudas, 
podía ser alucinación de su mente; estaba tan 
escamada; y al fin iba á comprobar su duda. 
Allá estaba el original francés; aquello era 
para desesperarse. ¿Estaría ya agotado? ¡Tan 
joven ! Maruja no podía consentir en que Ben- 
jamín, á quien empezó á amar quizás deslum- 
hrada por la aureola que se iba amontonando 
alrededor de su rostro y atraída por el buen 
olor que despedían los laureles que ya coro- 



198 JUAN TORRENDELL 

naban sus sienes, fuese la causa de aquella 
horrible desilusión, la mano airada que le qui- 
taba la venda de los ojos, el puñal traidor que 
hería sin piedad su altivez y amor propio de 
mujer de artista, que él mismo había sido 
parte á formar. 

-Papá -dijo un día al Doctor Velázquez; — 
¿todos los escritores se apropian lo que otros 
han dicho ? 

— i Qué pregunta ! — contestó serio el autor 
de El grito de la Patria. —Eso lo hacen sólo 
los chambones. 

i Hasta su padre la abofeteaba ! La respues- 
ta fué un manotón en las mejillas de Maruja, 
que se pusieron como la grana. 

— Precisamente la originalidad^ — continua- 
ba Velázquez- es la mejor condición del literato. 
Lo demás no vale la pena: fuegos fatuos. 

Maruja hubiera deseado no haber hecho 
aquella pregunta. Su papá le estaba oprimien- 
do el corazón. Iba á gritar. 

— Ahí está mi célebre novela; aquí están los 
artículos de Benjainí;i. 

1 Ah ! No podía escuchar más. Aquel tormen- 
to no era para ella; había pasado un momen- 
to dolorosísimo. ¡Qué angustia! Pero no im- 
porta; Maruja lo amaba lo mismo, desde el 
momento que Benjamín fuese bueno para ella 
y cariñoso con su hija. No le pedía más que 
lo que todo esposo, todo padre debe ser. A 



EL PICAFLOR 199 



ella le bastaba. ¡Ah! pero que ñola engañase 
otra vez, porque entonces ¡ Dios sabe si su cora- 
zón podría resistir tantos embates y golpes ! 

Benjamín era completamente extraño á las 
transformaciones que estaba sufriendo la prin- 
cipal de las admiradoras de Gladiator, así es 
que nada ponía por su parte para modificar su 
manera de trabajar, que, si le dio que temer al 
principio, le pareció muy cómoda después, 
aunque entre los escritores y periodistas se 
murmurase mucho á propósito de tantos y tan 
escandalosos plagios. Sin embargo, nadie se 
tomaba el trabajo de dar un disgusto á Benja- 
mín, dejándole que se divirtiese y gozase con 
su bienestar y felicidad juntamente con su lin- 
da Maruja. 

Esta, educada mejor para estar retirada que 
para brillar en lo más alto de la sociedad, había 
visto con cierto placer la venida del verano que 
cerraba completamente salones y teatros, los 
cuales eran reemplazados por paseos y balnea- 
rios Hasta consiguió de su papaíto la promesa 
de que pasarían toda la estación del calor en la 
casi abandonada quinta. Estaba muy cansada 
de las exigencias sociales y de la atmósfera 
pesada y llena de miasmas de la ciudad. 

A mitad de Octubre, la espaciosa sala del 
Nuevo Politeama fué transformada en circo pa- 
ra una compañía ecuestre-acrobática. Esta ha- 
bía sido muy recomendada por toda la prensa, 



200 JUAN TORRENDELL 

y, -más que todo, por una notabilísima artista 
sud-americana, del mismo Perú, conocida por 
la Reina de las Amazonas, calificativo que no le 
cuadraba tanto por su mérito artístico, cuanto 
por su figura esbelta y por todos aclamada. 

El día de su estreno, todo el Montevideo 
distinguido y elegante acudió al Nuevo Poli- 
teama, recibiendo un homenaje halagador del 
numeroso público. De entre los espectadores 
que llenaban el teatro, sólo á Benjamín y á su 
esposa, que se plegó á lo último á su opinión, 
tuvo que descontar la Reina, como la llama- 
ron desde el primer día. Benjamín era sin- 
cero en la apreciación respecto de la ecuyé- 
re; le fué desde el principio altamente an- 
tipática, sin saber por qué causa ni razón. 

A Maruja no le gustaban las pruebas y no 
quiso volver al Politeama. Benjamín se iba á 
entretener un rato y escribía después uno que 
otro artículo de fantasía. Su desdén por la 
Reina no impidió que Gladiador le dedicara 
un escrito sumamente encomiástico. No era 
hombre para afrontar la opinión pública, que 
admitía á todo trance á la hermosa artista. 
Después de todo, había que cantar una loa al 
arte sud-americano y á la primera ecuyére de 
la joven América. 

El mismo no conocía la causa, pero la cues- 
tión era que, desde el desafío con el porteño, 
Benjamín no había intentado dragonearse á 



EL PICAFLOR 201 



ninguna artista, á las cuales, sin embafgo, 
trataba bien, quizás por el amor al arte. 
Ahora le iba mejor bromeando y pasando el 
tiempo con muchachas honradas qu« se le en- 
tregaban muchas veces por su linda cara y 
por el nombre que tenía. No entraba en tea- 
tro alguno que no dirigiese los gemelos á la 
cazuela para elegir alguna joven que lo en- 
tretuviese aquella noche. Y si esto lo hacía 
sin empacho, cuando acompañaba á Maruja, 
con mayor razón y con más libertad duran- 
te la temporada de las pruebas. Los drago- 
neos eran su fuerte y el amor el blanco de 
todas sus aspiraciones. Como no había gran- 
des trabajos que lo distrajesen, sólo tenía fi- 
jos los sentidos en el sensualismo y en los 
medios de que se valdría para engañar á su 
mujer y á las chicas que más le gustaban. 

A causa de ese nuevo estado porque pasa- 
ba Benjamín, sin duda no hacía el caso que 
merecía de la Reina de las amazonas, que con 
letras grandes y de colores chillones llamaba 
la atención en los carteles y programas de 
los espectáculos. Durante aquellos días en 
los clubs y reuniones no se hablaba de otra 
cosa que no fuera la belleza excepcional de la 
Reina y la riqueza notable de las joyas con 
que "se adornaba. Todas las noches salía lu- 
ciendo una preciosísima diadema que, según 
rumores, le había regalado en la noche de su 



202 JUAN TORRENDELL 

beneficio un Presidente sud-americano, muy 
célebre por sus derroches y prodigalidades, y 
dos grandes diamantes que atravesaban los 
blandos lóbulos de sus orejas. Los dedos de 
las manos los llevaba cuajados de finísimas 
piedras y el corpino brillaba casi por todos 
lados. Era una verdadera joyería andante y 
saltante* 

Los jóvenes del dandysmo, á más de esto, 
trataban en sus conversaciones íntimas de un 
punto que al principio fue negado por mu- 
chos,, pero que, después de varias tentativas, 
tuvo que ser admitido por todos: era voz co- 
rriente que la Reina era mujer invulnerable. 
Algunos no se habían atrevido á acercársele 
al. verla que brillaba tanto,, temerosos de no 
quedar deslumhrados; otros, más poderosos, 
habían visto sus mezquinas proposiciones re- 
chazadas; los periodistas habían fracasado, 
sin valerles p-ara nada sus encomiásticos elo- 
gios; hasta el mismo Mario Gutiérrez des- 
prestigiaba á la Reina, señal evidente de una 
derrota completa. 

Así, al menos, se aseguraba una noche en el 
Club Uruguay, antes de que apareciera Ben- 
jamín, que acostumbraba ir por allá de vez 
en cuando. 

— ¿Y El Picaflor — dijo de pronto Riviére 
viendo acercarse á Benjamín, ~¿ qué habrá 
conseguido? 



EL PICAFLOR 203 



— Lo mismo que vos, —contestó Gutiérrez. 

— A ver, che Migliore; ¿qué decís vos de 
esto? 

Y le expusieron el asunto que estaba sobre 
el tapete. Nadie había sido capaz. Era impo- 
sible que aquella mujer fuera honrada, no 
podía ser, y, sin embargo, en Montevideo no 
había uno solo que pudiera levantar el dedo. 
Benjamín se rió dándose ínfulas de gran Te- 
norio. ¡Si él se lo propusiera! Otras de más 
alcurnia habían caído infaliblemente, i Qué 
pucha! Es que ellos no sabían hablar, igno- 
raban los resortes del corazón; había que 
echar mano de todos los medios. Al france- 
sito Riviére aquella petulancia le fastidiaba; 
no podía aguantar tanta charla y tanta hin- 
chazón. 

— Pues yo te apuesto— gritó Guido Riviére, 
— á que no sos capaz de conseguir nada. 

— Miráj dramaturgo, — replicó Benjamín con 
sorna, — vos no me conoces aún. Por lo tanto, 
calíate. - 

— Bueno; — insistió el francés, — ¿á qué no 
apostas, caray ? 

Y todos los del grupo se rieron. ¿Qué? A 
Benjamín no le daba la gana de que se le rie- 
sen en sus propias barbas. ¿Cómo era esto? 
¿Dudaban acaso de su palabra? ¿Sí? Pues 
aceptado. El que perdiese la apuesta, pagaba 
una comida para todos los presentes en las 



204 JUA.N TORRENDELL 

Pyramides. El entregaría á Riviére una tarje- 
ta de la Reina, por la cual ésta daría á Benja- 
mín una cita. Le concedían todo el tiempo 
que faltaba para terminar la temporada. 

Desde el día siguiente Benjamín empezó á 
preparar el terreno con artículos encomiásti- 
cos, como nadie se los había dedicado; des- 
de luego se hizo presentar á la notable ecu- 
yére deshaciéndose en elogios desmesurados; 
y durante el tiempo en que ella daba vueltas 
el circo sobre su gordo y hermoso alazán, no 
le quitaba de encima los gemelos. La Reina 
se mostraba completamente indiferente; pare- 
cía que estaba blindada contra las alabanzas 
que á los artistas tanto conmueven. Benja- 
mín^ al cabo de una semana, y después de ha- 
ber recibido algunos pequeños desaires, casi 
insignificantes, pero que á él no le pasaron 
inadvertidos, comprendió todas las dificulta- 
des que había de vencer para salir victorio- 
so en su empresa. El primero y más pode- 
roso obstáculo consistía en no saber qué ca- 
mino tomar, á fin de llegar á la meta desea- 
da. Para esto procuró hacerse muy amigo de 
uno de los clowns de la compañía, con el ob- 
jeto de investigar algunas noticias 'respecto 
de la Reina. Desde luego se convenció, por 
si no lo sabía, de que la célebre amazona era 
una mujer invulnerable. ¡Caray! Esto acabó 
de desconcertar á Benjamín. Parecía que to- 



EL PICAFLOR 205 



dos se habían pactado para hacerle perder la 
apuesta. El no creía en aquella falsa hon- 
radez. No podía ser; pero mientras tanto los 
días pasaban y la temporada llegaba á su tér- 
mino, fatal para Benjamín. 

Esto, unido á los chichoneos cargosos de sus 
amigos que ya se relamían de gusto al pen- 
sar en la comida que él tendría que pagar, 
lo ponía furioso y lo volvía loco. ¡ Fuera gra- 
cioso que, cuando él ya no creía en la hon- 
ra de las artistas, le saliera una intachable en 
todo! ¡Pues no faltaba más! En La Idea no 
salían más que elogios dirigidos al payaso 
amigo de Benjamín. Había que ablandarlo á 
fuerza de encomios. Ese no se mostraba tan 
indiferente al sahumerio. Por él Benjamín co- 
nocía ya toda la vida y costumbres de otras 
artistas á quienes no deseaba, á pesar de al- 
gunas instancias del clown-amigo. Este había 
de hablar y .habló, al fin de cuentas. La Reina 
era como todas, pero ¡ por Dios! no decir una 
palabra, ni menos que él se hubiese explica- 
do. Aquella mujer, tan rica, tan bella y tan 
elegante, no tenía más que una pasión, pero 
grande, furiosa, desbordante, inmensa, ava- 
salladora: la neurosis de las joyas. Es cier- 
to que habían de ser de gran valor, muy ri- 
cas, raras y extraordinariamente brillantes. 
Antes fué más fácil complacerla, mas ahora 
que poseía tantas y tan buenas, era ca&i im- 



206 JUAN TORRENDELL 

posible satisfacer sus deseos sobremanera 
exigentes. 

¡Ah! Benjamín estaba aplastado con tales 
noticias. Ya sabía cómo domarla, pero ¿y los 
medios con que ganaría su tan ansiada vic- 
toria? Aquello era completamente imposible. 
El no podía en manera alguna conseguir una 
alhaja igual ni siquiera parecida á las que 
había visto brillar sobre el cuerpo de la Rei- 
na, Si pedía el dinero, pronto todo el mundo 
se enteraría, y mucho más cuando fuera á 
comprar una joya de tan subido valor. Pero 
bueno; esto sería lo de menos. La cuestión 
era que él no tenía cómo regalar una joya 
digna de aquella mujer, y que, por tanto, ha- 
bía perdido la apuesta con Riviére. Y lo de 
menos era el dinero de la comida, sino los 
titeos que le dirigirían los amigos durante mu- 
cho tiempo, y la derrota que con este desca- 
labro sufriría su lama de Picaflor afortunado 
Aquello desesperaba. ¡Caray! La culpa la te- 
nía él mismo, por no saber conservar los em- 
pleos que le daban plata. ¡ Si ahora tuviera la 
cátedra del Colegio de Montevideo pudiera 
comprar una alhaja de un buen precio, aun- 
que fuera pagando por mensualidades. A 
trueque de no poder disponer de su sueldo en 
cuatro ó cinco meses ó más, compraría una 
gargantilla como la de su Maruja que su pa- 
dre le regaló el día de las bodas. ¡Miren qué 



EL PICAFLOR 207 



casualidad! ¡Ahora se acordaba! Si su padre 
hubiera conservado la Platería, podría elegir 
la joya más preciosa. Se la robaría como fue- 
ra. ¡El, sólo él, tenía la culpa de que ahora 
no pudiera escoger á su gusto una de las al- 
hajas que su viejo quería hacer traer de Eu- 
ropa ! ¡ Qué desgraciado era ! De seguro que 
para este caso tendría una joya más fina, más 
hermosa, más rica que la gargantilla de su 
mujer, con ser preciosísima. ¡Qué gargantilla 
soberbia ! ¡ Y qué bien estaría sobre el cuello 
de la linda Reina! Su gusto sería poseerla 
con adornos tan magníficos. Había de hacer 
ajustado pendant con la diadema, por todas 
las mujeres codiciada. Y su mujer sólo se la 
había puesto dos veces en tanto tiempo. Has- 
ta le parecía que á Maruja no le gustaba. ¡Si 
fuera suya la regalaba en seguida á la neu- 
rótica Reina! Aunque sólo fuera por ver bri- 
llar tan hermosa joya. Bien es verdad que no 
tendría tiempo casi para que la Reina pudiera 
lucirla en Montevideo. Así nadie se entera- 
ría. Le bastaba con alcanzar la tarjeta con- 
sabida. Sólo él sabría lo del robo de la gar- 
gantilla 

Benjamín, después de haberse convencido 
por sí mismo de que á la Reina le brillaban 
de cierto extraño modo sus negros ojos al 
ver una joya riquísima ó hablarle de alguna 



# 

208 JUAN TORRENDELL 

excepcional, determinó que la gargantilla de 
su mujer pasase á poder de la Reina de las 
amazonas. La sustracción fué hecha con su- 
mo cuidado y vigilancia, no dando ningún mo- 
tivo para que nada se sospechase. Consiguió 
su deseo. 

A pesar de las bromas algo pesadas de los 
amigos y de la burlona risa de Riviére, Ben- 
jamín esperó dar el ataque decisivo el últi- 
mo día de la temporada, á fin de que la Rei- 
na no pudiera lucir la gargantilla en algún 
espectáculo. Así lo hizo Benjamín, y en se- 
guida la ecuyére le invitó aquella misma no- 
che para que la acompañara al Hotel. Pero 
Benjamín no quiso, rehusó con delicadeza, 
rogándole que al día siguiente, que era el úl- 
timo en que había de pasar la compañía en 
Montevideo, le indicase mediante una tarjeti- 
ta la hora en que podía ir á despedirse. Ven- 
cía en toda la línea; aquello era grandioso. 

Por lo tanto, cuando nadie menos lo espe- 
raba, Benjamín presentó la tarjeta de la Rei- 
na de las amazonas á Guido Riviére, quien se 
quedó estupefacto delante de aquella prueba 
de la buena suerte d£l Picaflor. No tuvo más 
remedio que reunir á los amigos en el Hotel 
des Pgramides y pagarles una suculenta co- 
mida. A los postres se rindió gran triunfo 
á Benjamín Migliore, que para todos aquellos 
jóvenes había crecido dos cuartas sobre su 



KL PICAFLOR 209 



fama bien cimentada. Los diarios publicaron 
la noticia del banquete, contentándose con 
manifestar «que la juventud montevideana ha- 
bía demostrado su admiración y simpatía al 
inteligente literato, Dr. Migliore, con un cos- 
toso banquete en el cual reinó la mejor ar- 
monía » 

Semejante victoria había puesto á Benjamín 
de una amabilidad extraordinaria no ya con 
los extraños, sino hasta con los de su fami- 
lia. A Maruja la complacía y mimaba á cada 
momento y siempre que la ocasión se presen- 
tara. Esta, sin fijarse bien en aquellas demos- 
traciones poco comunes., tomaba en brazos á 
Martita y la acercaba al rostro de su esposo, 
diciéndole: 

— Tomáldj hombre; parece que no es tuya. 

Y Benjamín la besaba y se la devolvía en 
seguida. Los niños no le gustaban mucho. 

Dos días después de su triunfo y precisa- 
mente el en que se embarcaba la compañía 
ecuestre para Valparaíso, se estrenó en el 
Nuevo Politeama, en cuyo teatro había des- 
aparecido todo lo que pudiera recordar el cir- 
co, si se exceptúa varios agujeros en el pin- 
tarrajeado cielo-raso, una compañía dramáti- 
ca española para terminar la estación de la 
primavera. A Maruja continuaba gustándole 
mucho el drama, así es que á la primera in- 
vitación de Benjamín aceptó al momento. Aun- 



210 JUAN TORRENDELL 

que los actores fueran mediocres, prefería los 
españoles á los italianos, simplemente por- 
que hablaban como ella, aunque el acento ga- 
llego resultase un poco feo y desabrido. 

Cuando Maruja y Delia, acompañadas de Ben- 
jamín, penetraron en su palco, ya el teatro 
estaba bastante concurrido y, como era hora 
de empezar, todos los espectadores ocupaban 
sus sendas localidades mirando á las perso- 
nas que llamaban la atención con el ruido 
de puertas y el leve roce de la seda. Todos 
los gemelos se dirigieron como siempre á 
Maruja que estaba hermosa y rebosante de 
alegría. Durante cinco minutos no hizo otra 
cosa que devolver saludos que de todos lados 
le hacían. 

Sonó el timbre, levantóse el telón y se oye- 
ron las voces de los actores, al principio un 
poco apagadas, pero que pronto fueron au- 
mentando y entendiéndose con claridad. Ma- 
ruja, según su costumbre, miraba atentamen- 
te á la escena. Le gustaba mucho aquella ex- 
posición. De súbito siente á su lado un rá- 
pido movimiento de nervios, como si una 
fuerte pila eléctrica hubiese producido su 
efecto en la persona que cerca de ella estaba. 
No se dio vuelta. Aquello fué instantáneo y 
ella estaba embebida en lo que pasaba en el 
escenario Sin embargo, le pareció notar otro 
igual movimiento, aunque aumentado, en to- 



EL PICAFLOR 211 



da la sala. Miró al público con ojos espanta- 
dos y no comprendió nada. Dióse vuelta para 
preguntar á Benjamín y éste había desapare- 
cido. Sintió un estremecimiento. Delia le dijo 
que en un palco de enfrente había entrado la 
Reina, Maruja no hizo caso y volvió su vista 
á la escena. Ya terminaba el acto. Acabó éste 
con un gran final trágico, muy del gusto de 
Maruja. 

Entonces sí, ésta se fijó bien en la célebre 
Reina, á quien miraba y alababa todo el pú- 
blico. Realmente estaba preciosa, soberbia,, 
era una verdadera reina. Vestía con mucha 
distinción, la abundancia de las alhajas no era 
en ella cursilería, el escote le quedaba es- 
pléndidamente, la gargantilla era magnífica. 
¡Cómo brillaba en aquel cuello de cisne! ¡qué 
bien ie sentaba! Delia afirmó en todo. Las 
dos hermanas no se quitaban de los ojos los 
lindos gemelos de oro y nácar. 

— Sabes, — dijo Delia, — que esa gargantilla 
es igual á la tuya 

No podía ser. La que le regaló el padre de 
Benjamín era sumamente original y magnífi- 
ca y Maruja seguía mirándola y recono- 
ciéndola, y fijándose más, y sintiendo un frío, 
un gran frío en toda la espina dorsal, hasta 
el punto de no poder mirar más. Descansó un 
poco. Insistió ferozmente en su examen, se 
estremeció, creyó que todos los espectadores 



212 JUAN TORRENDELL 

la miraban y sonreían y terminó por pensar 
que sería otra igual. Pero Maruja ya no po- 
día aguantar; el calor la sofocaba, y el frío 
por otra parte la hacía temblar, nada veía, 
estaba ofuscada, necesitaba pasearse. Salió al 
corredor. Un pensamiento, como un clavo ar- 
diendo, se había introducido en su cabeza. La 
atormentaba atrozmente. No podía resistir 
más. Vio á Guido Riviére que tomaba café en 
el pasillo de abajo, lo llamó y le rogó que la 
acompañara al coche. Se sentía un poco mal, 
y Benjamín no estaba allí. En la puerta tu- 
vieron que esperar unos instantes, los preci- 
sos para buscar el carruaje. El fresco de la no- 
che le aclaró bastante las ideas. ¿Si se ha- 
bría equivocado? ¿Qué diría Benjamín? No 
importaba. Verdaderamente se había enfer- 
mado. 

Riviére extrañó mucho la indisposición de 
Maruja, aunque no había por que dudar, vien- 
do su pálido rostro. Quiso buscar á Benja- 
mín que estaría de seguro dragoneando con 
alguna de la cazuela desde un rincón del tea- 
tro. Quizás se hallaba con la Reina en el corre- 
dor. Fué allá. Nada. Alhajar la escalera encon- 
tró á Gutiérrez. Este dijo que Benjamín le ha- 
bía hecho llamar ala Reina con quien se encon- 
traba en un camerino. Le iría á avisar que su 
mujer se había enfermado. 

Benjamín no supo lo que le pasaba al oir á 



EL PICAFLOR 213 



Mario. En seguida creyó que se había salva- 
do, después pensó que Maruja había recono- 
cido su gargantilla. En fin, él no atinaba na- 
da absolutamente, ni siquiera en subir á un 
coche de alquiler que lo llevara rápido á su 
casa, á ñn de salir pronto de aquel infierno. 
Lo primero que oyó en el zaguán fué la voz 
de Delia. 

— Vete; papá está furioso ; vuelve más tarde. 
Nó; ni á esto pudo recurrir. El Doctor Ve- 

lázquez, rabioso, con ojos que echaban chis- 
pas, gritóle con voz ronca, apretándole fuer- 
temente un hombro: 

— Ladrón infame, te he de matar. 

Maruja, á pesar de sentirse medio desfalleci- 
da, creyó que su papá iba á hacer lo que decía. 
Dio desgarrador grito y salió al patio, abalan- 
zándose á los brazos de su padre. 

Benjamín estaba aterrado, muerto. Su ros- 
tro era el de un cadáver; sus piernas ya no 
le sostenían. Penetró en el saloncito de des- 
canso, donde un dia celebró su mayor triun- 
fo, y echóse á llorar como débil mujerzuela. 
Estaba completamente derrotado. 



El desquite 

Maruja, roto el corazón, la cabeza hecha una 
fragua y los ojos quemados de tanto llorar, 
se pasó toda aquella noche, sentada, tal co- 
mo había ido al Nuevo Politeama, junto al 
lindo secretaire que tan agradables recuerdos 
guardaba en su interior Ya no lloraba. La 
fuente de sus lágrimas se había agotado por 
completo. No estaba loca, como creyera al- 
gunas horas antes. Al contrario', pensaba con 
mucha claridad, sentía intensamente, recor- 
daba con toda perfección lo que había pasa- 
do en su casa. Ella v na bien, y como si su- 
cediese en aquel instante, la impaciencia y 
el aturdimiento con que había abierto la có- 
moda en donde guardaba sus costosas alha- 
jas, la desesperación experimentada al ase- 
gurarse de que la gargantilla había desapa- 
recido, el temblor nervioso que de su cuerpo 
se había apoderado,, la rabia que en su pecho 



EL PICAFLOR 215 



se formó en seguida, y que la ahogaba sin 
dejarla hablar y la asfixiaba impidiéndole la 
respiración. Y lloró, lloró largo tiempo, has- 
ta que le cortó bruscamente el llanto la im- 
petuosa voz de su papaíto que parecía querer 
aplastar á Benjamín. Como por instinto se le- 
vantó para detener y apaciguar á su padre. 
Después fué conducida por éste á su dor- 
mitorio, mientras le prometía que lo suyo vol- 
vería á sus propias manos ó cometería una 
atrocidad. Precisamente pasó por la puerta 
por la cual entraron Benjamín y ella cierta 
noche en que sufrió ligero sustu al ver bri- 
llar de un modo siniestro los ojos, lindos de 
su esposo. Lo recordaba muy bien. Fué cuan- 
do le preguntó si la querría siempre y él en- 
tusiasmado, aunque no tanto como ella hu- 
biera deseado, le contestó afirmativamente. 

¿Quién le dijera entonces que había de lle- 
gar un día desgraciadísimo en que aquel 
hombre á quien con tal ardor y frenesí 
amó, le inferiría atroz puñalada producién- 
dole una herida grande y profunda, como 
un pozo, de la cual brotaba la sangre, una 
sangre negra y coagulada que se exten- 
día por todo el interior de su cuerpo, lle- 
nándolo todo, manchándole su alma, antes 
blanca como la nieve, y apretándole el cora- 
zón hasta dejarlo sin latido? [Ahí Y Maruja 
respiraba con fuerzas, produciendo fuerte mi- 



216 JUAN TORRENDELL 

do con las fosas nasales, cansada de contener 
el aliento, y cerraba y abría los ojos con fre- 
cuencia mirando los objetos que la rodeaban 
y examinándose interiormente para compro- 
bar la falsedad de lo que se le había apare- 
cido en el ensueño, que ignoraba si había 
sido corto ó largo. 

Sin embargo, parecíale que había pasado 
mucho tiempo. ¿Qué haría su esposo? ¿Por 
qué no iría á consolarla, á pedirle per- 
dón, á demostrar su arrepentimiento? Ella 
estaba bien dispuesta á perdonarle, pues las 
lágrimas la habían desahogado en extremo, y, 
además, comprendía que Benjamín era un ni- 
ño que no había sentado aún la cabeza. Levan- 
tóse para ir hasta la puerta y hacer leve ruido 
como invitándole á que viniera. La puerta divi- 
soria, ante la cual se paró con el objeto de re- 
cordar que fué la que atravesó primero entre 
los brazos de Benjamín, entonces loco de feli- 
cidad, estaba bien cerrada y, para ver algo, tuvo 
que apoyar el pestillo que dio apagado chirri- 
do aumentado por el silencio de la noche. Por 
la rendija de las dos puertas Maruja miró 
ávidamente y vio á Benjamín, echado en el so- 
facito, cruzado de brazos, apoyada la cabeza 
en los almohadones, abierta la boca y cerra- 
dos, bien cerrados, los ojos. Benjamín dormía. 

Tan inesperada actitud hizo estremecer á 
Maruja, quedando primero abatida en sumo 



ÉL PICAFLOR 217 



grado, para después reproducirse con más in- 
tensidad aún el aturdimiento, la desesperación, 
la rabia que horas antes habían convulsionado 
bruscamente su naturaleza tan nerviosa. Vol- 
vió á nacer en su corazón una especie de asco 
por aquel hombre que no sólo la engañaba, 
sino que hasta le robaba traidoramente Era 
digno de desprecio. Para ella ya no podía ser 
aquel Benjamín tan ardientemento amado, que 
ocupaba todo su corazón, que siempre lo tenía 
ante sus ojos, que era mirado por ella como 
un ser sobrenatural. Nó; su ídolo había resul- 
tado de barro y acababa de hacerse mil peda- 
zos. Desde aquel momento entre los dos abría- 
se profundo abismo que ya nunca podrían 
salvar. Ni él la amaba, ni era capaz de amar, 
ni ella podía conscientemente depositar el ar- 
diente fuego que en su corazón se alimentaba, 
en un hombre de pecho duro, que convertía 
el amor en sensualismo, de cabeza loca, que 
no había sabido aprovechar las dulzuras que 
el hogar ofrece. Nó; todo había terminado en- 
tre los dos. Vivirían juntos porque la sociedad 
lo exigía, el honor lo reclamaba. En apa- 
riencia sería suya, pero en realidad... ¿de 
quién? Maruja tuvo un instante de perplejidad, 
de espanto, de angustia, al sentirse sola, aban- 
donada, perdida en el vasto desierto del mun- 
do. Pronto recobró ánimo y fuerzas, acordán- 
dose de su hijita, de Marta, del ser por el cual 



218 JUAN TORRENDELL 

tanto había penado y que tan bien la corres- 
pondía. Estaba de Dios que había de dedicarse 
por completo á su hija. A ella volvería Su es- 
poso era incorregible, no tenía buenos senti- 
mientos, había perdido ya el germen del amor. 
Ya no era Benjamín. 

Apenas hubo amanecido, lo primero que 
hizo Benjamín, fué echarse á la calle, á fin 
de no encontrarse allí cuando se levantara el 
Doctor Velázquez, quien siempre despertaba 
de muy mal humor, aunque es cierto que á 
él nunca lo había tratado mal. Sin embargo, 
quiso quitar la ocasión de que aquella ma- 
ñana fuese de fatales consecuencias, por lo 
que había sucedido la noche anterior. Mien- 
tras andaba por la calle, su pensamiento es- 
taba fijo en un hecho que le llamaba podero- 
samente la atención: ¿á qué causa era debi- 
da la permanencia de la Reina en Montevi- 
deo, cuando él había visto las maletas ya 
prontas para ser conducidas al vapor que se 
dirigía á Valparaíso? El no lo quería creer, 
pero parecíale ver en todo aquello ó una 
mala suerte que lo perseguía, ó una vengan- 
za terrible de la Reina. Pero, ¿por qué? ¿A 
qué respondería esto? ¿Y cómo sabría lo de 
la sustracción? ¡No podía ser! ¿Sería un cas- 
tigo de la Providencia? Benjamín no era ca- 
tólico, lo de los dogmas le fastidiaba y le 
parecía algo sólo para mujeres que creen, pe- 



EL PICAFLOR 219 



ro no discuten; sin embargo era espiritualis- 
ta, admitía un Dios infinito y, por ende, per- 
fectísimo, que todo lo veía, oía, y dirigía ab 
ceterno. El había hecho un juramento; había 
faltado á él y el castigo era lógico. Prometió 
que no tendría más líos artísticos, se metió 
en uno nuevo y más escandaloso, si no para 
la sociedad, sí para su familia, y sobre su 
cabeza se desencadenó toda la cólera divina, 
i Había sido muy pesada la pena, demasiado! 
I Y quién sabe! La cosa no había terminado 
aún. Aquel suegro tan bueno, modelo de sue- 
gros, aquel doctor Velázquez tan excelente , 
de pronto se había convertido en una fiera 
rabiosa, con garras de pantera y rugido de 
león. Se conoce que tenía mala sangre. 

Benjamín estaba en la Plaza Independencia 
y se sentía con ganas de tomar algo. Entra- 
ría en el Tupí-Nambá y más tarde se iría á 
la Redacción de La Idea para leer los diarios 
de la mañana. ¿Dirían algo de lo que le ha- 
bía sucedido? Imposible. 

Se sentó en un rincón, pidió café con leche, 
panecillo y manteca. Vio unos diarios sobr*e 
el mostrador y rogó que se los trajeran. Bien 
pronto encontró en uno la explicación de la per- 
manencia de la Reina . Había exigido del em- 
presario mayor sueldo, éste no quiso abo- 
nárselo, y la Reina se negó á firmar el con- 
trato que á última hora se le presentó. Luego 



220 JUAN TORRENDELL 

se decía que la celebrada ecuyére había lla- 
mado mucho la atención la noche anterior, 
por una preciosa gargantilla que adornaba 
admirablemente su ebúrneo cuello. Como en 
toda la temporada no había lucido tan sobe- 
rana joya, murmurábase que uno de los más 
altos magistrados se la había regalado en el 
día de su beneficio. El suelto terminaba con 
este comentario: «¡Con dinero de otros, bien 
se pueden hacer magníficos obsequios de Rey 
ó de Presidente!» Benjamín comprendió des- 
de luego que se aludía al Presidente de la 
República, j Ojalá que así hubiera sucedido, 
y ahora no se encontraría en aquella triste y 
lamentable situación! 

Más adelante leyó otra noticia que á él se 
refería. Dábase cuenta de la fundación del 
Club Filarmónico, de que el Doctor Benjamín 
Migliore había sido con perfecto acierto nom- 
brado presidente, y maestro-director el gran 
ex-artista Sanguetti; que la subscripción de 
los socios era numerosísima; pero que la 
Comisión había resuelto no inaugurar por el 
momento, — á causa del calor,— la nueva So- 
ciedad, sino en el próximo otoño, cuando em- 
pezasen los cursos. 

i Por qué habría de ser tan calavera, tan pi- 
caflor! j Tantos disgustos que se proporcio- 
naba, cuando todos los amigos procuraban 
darle nombre y Herrarlo de satisfacción ! Allí 



EL PICAFLOR 221 



estaba Sanguetti que se había interesado ex- 
traordinariamente en su nombramiento de 
presidente. Sin embargo, bien pensado, el 
Club ganaba muchísimo con que Benjamín 
ocupase la presidencia. El mismo Sanguetti 
lo decía: era preciso que el nuevo Club estu- 
viera bajo el amparo, la tutela de un joven 
de la buena sociedad, á fin de que se asocia- 
ran á la idea, la difundiesen y protegieran los 
demás jóvenes de la high-life. Ya era una co- 
sa muy sabida. En Montevideo no arraigaban 
más que aquellas novedades presentadas por 
alguno de cierto circulillo. Era cuestión de 
nombres. Que se le diese un individuo de la 
créme; aunque no entendiese nada de la cosa, 
y el éxito coronaría la empresa. De lo contra- 
rio, fiasco completo. Si se contaba con Benja- 
mín que era inteligente y de buen tono, ya no 
había más que hablar. El Club Filarmónico se 
iría arriba, muy arriba. En efecto: la Sociedad 
con dos meses de existencia ya tenía una 
punta de pesos en caja, capital que sería no- 
table, cuando empezase sus funciones, y eso 
que Sanguetti había lanzado la idea de que la 
entrada para el primer concierto fuera paga. 
Reunirían una cantidad para establecer un Ban- 
co, si la cosa iba tan al pelo. 

Para esto Sanguetti indicó que él escribie- 
ra á la Mecher, que se encontraba en Buenos 
Aires esperando contrata, á fin de que to- 



222 JUAN TORRENDELL 

mase parte en el concierto, y de esta manera 
el lleno era segurísimo. No le parecía mal. 
Escribirle no podía ser, después de haber 
roto de aquel modo tan brusco. Si él estu- 
viera en la capital argentina, otro gallo can- 
tara, porque fácilmente se encontrarían, j Oh, 
de seguro! Por cierto que le convendría mu- 
cho á Benjamín ir á Buenos Aires, porque era 
difícil y hasta inconveniente vivir juntos con 
su familia día y noche en las cuatro paredes 
de la quinta, después de aquella catástrofe. 
Había que dejar pasar algún tiempo para que 
los ánimos se aplacasen y las cosas se res- 
tableciesen. ¿Y la plata? ¡Bah! Como se tra- 
taba de hacer un servicio á la Sociedad, ésta 
pagaría los gastos que, después, se pondrían 
en las cuentas del concierto. 

Benjamín, antes de manifestarlo á Maruja, y 
una v- z consultado con Sanguetti, que nada 
tuvo que oponer, hizo anunciar su marcha en 
La Idea, á fin de que llegara á conocimiento 
de su esposa. A ésta no le pareció mal, no 
tanto por ella, cuanto por su papaíto, que se 
mostraba muy serio delante de Benjamín. 
Era preciso que estuvieran algún tiempo sin 
verse. Ella esperaba que su papá se calmase,, 
pues su carácter era así, sin ninguna clase 
de rencor; es verdad que, como el motivo de 
su disgusto fué tan grave, aun no se le ha- 
bía pasado, según eran sus deseos. Ella po- 



EL PICAFLOR 223 



dría no amar á Benjamín, odiarlo, si se quie- 
re, pero no podía sufrir que los otros lo 
aborreciesen, lo despreciasen; eso nó. 

Pocas fueron las cartas que Maruja recibió 
de Benjamín durante los varios meses que 
permaneció en Buenos Aires. Tampoco las 
deseaba, porque sin las palabras de cariño y 
frases de amor que en otros tiempos escri- 
bieron, le parecían cartas de personas extra- 
ñas, mandadas por puro cumplimiento, y por 
otra parte era en absoluto imposible que se 
manifestasen deseos de verse ó se dirigiesen 
caricias que no sentían, porque Maruja odia- 
ba la mentira y la hipocresía le repugnaba. 
Así pensaba, cuando al atardecer, sentada en 
un banco rústico del jardín, miraba correr 
por los caminos enarenados á su preciosa 
Martita. ¡ Qué diferencia de otros años ! Aho- 
ra se sentía triste, llorosa, apesadumbrada, 
creyendo que su cuerpo estaba vacío, que en 
su pecho no tenía corazón, ni en su cabeza 
cerebro. No atinaba á dar con la causa de 
su abandono y abatimiento: pudiera ser la 
hora triste de la noche en que callan los pa- 
jarillos, el viento se desliza suavemente, y de 
la tierra mojada por el jardinero se levanta 
un olor fuerte, excitante, que ataca los ner- 
vios; y también pudiera ser la muerte de un 
amor que fué grande, intenso, avasallador, 
infinito, muerte cruel, inhumana, desespera- 



224 JUAN TORRENDELL 

damente dolorosa. Maruja no tenía fuerzas; 
hasta su cuerpo estaba desfallecido, muerto. 
Antes de lo que todos esperaban y con su- 
mo placer de Delia, á quien dragoneaba ya con 
insistencia un jovencito al cual no había visto 
desde que vivían en la quinta, la familia Ve- 
lázquez regresó á la capital á principios del 
otoño, estación la más deliciosa del campo, 
en la que el sol permite pasearse de día por 
el jardín, y las tardes son de las más lindas 
y agradables. Los trabajos reclamaban al Dr. 
Velázquez. Apenas estuvieron en su casa,, 
Benjamín volvió en seguida de Buenos Aires, 
no tanto por deseo de ver á su familia, cuan- 
to por exigirlo en Montevideo los preparativos 
del grandioso concierto con que se había de 
inaugurar el Club Filarmónico. Así se lo rogó 
Sanguetti, una vez sabido que Benjamín ha- 
bía conseguido ya de la aplaudida Mecher la 
promesa de que tomaría parte en la velada 
üterario-musical. A pesar de mucha insisten- 
cia, de idas y venidas continuas, de la influen- 
cia que á Benjamín se le reconocía, fué im- 
posible recabar el concurso de las excelentes 
aficionadas que con gusto cantaban en cual- 
quier concierto de alguna importancia. Estu- 
vieron dispuestas á hacerlo hasta el día en 
que en La Idea y en La Patria se hizo saber 
que la notable artista, Sta. Mecher, llenaría 
algunos números del programa. Ellas, niñas 



EL PICAFLOR 225 



de la buena sociedad, jóvenes que cantaban 
galantemente, no podían sentarse junto auna 
mujer, artista de teatro, ni contribuir k una 
fiesta en la cual tomaba parte una cantatriz 
asalariada. Aquello era rebajarlas,, tratarlas 
sin consideración, casi insultarlas. Es verdad 
que había prometido su cooperación la pri- 
mera de las diletantes, Anita Pionini, pero ha- 
bía de tenerse en cuenta que esta joven ni 
era de lo más chic, ni guardaba muchas ve- 
ces las buenas formas. Aquella muchacha ter- 
minaría mal. Lo preveían. En cambio fue- 
ron incluidos en el programa todos cuan- 
tos aficionados cantaban ó tocaban algún ins- 
trumento de música, desde el rascador de 
violín más ó menos concertista hasta el tenor 
de voz bien timbrada, aunque muy poco ex- 
tensa. Había que alentarlos; aquellos mozos 
prometían y acaso llegarían á ser otros tan- 
tos artistas que recogieran en Europa más 
laureles que las mismas celebridades. 

No obstante la dificultad creada por las di- 
letantes, el concierto iba en camino de ser 
brillantísimo, ya que las familias no devolvie- 
ron las entradas pagas que la Comisión les 
mandó. La parte literaria estaba á cargo de 
Benjamín que, como presidente, pronunciarla 
un discurso inaugura^ de Mario Gutiérrez 
que leería la preciosa poesía La Patria de 
su amigo Benjamín, y de Guido Rivi&r§ 



226 JUAN TÓRRENDELL 

que cerraría el acto con cuatro palabras de 
agradecimiento. No había que recargar el pro- 
grama con literaturas porque la gente se abu 
rría con lo que no fuera música, aunque 
mala, pero, al fin, música. Pudiera ser que 
después la fiesta terminase en baile. 

La víspera del concierto, Benjamín la pasó 
atareadísimo dirigiendo todos los trabajos de 
adorno y ornamentación, á fin de que resul- 
tase lo más artístico y elegante. En el vestí- 
bulo del Club hizo colocar un caminero rojo 
que iba encaramándose por la escalinata 
que conducía á una especie de palquitos 
hechos alrededor de la espaciosa sala. Es- 
ta se encontraba ocupada en su vasta ex- 
tensión por apiñadas sillas enfrente de las 
cuales se levantaba ancho estrado, cubierto 
de bayeta colorada con visillos dorados que 
resaltaban muy bien. En la pared principal 
había sido pintada al fresco una alegoría ar- 
tísticamente combinada en que se represen- 
taba la Música, la Poesía y la Pintura. En 
las laterales fueron colgados grandes meda- 
llones con los retratos de los más célebres 
compositores europeos. De los mecheros de 
gas y de la araña central de luz eléctrica col- 
gaban verdes ramas de hiedra y una que otra 
flor, pequeña y olorosa. 

Una vez terminado el arreglo y mientras se 
probaba la iluminación, algunos aficionados 



EL PICAFLOR 227 



ensayaban las piezas que habían de cantar ó 
tocar, los cuales eran ya aplaudidos por los 
socios que cuchicheaban diseminados por la 
sala, alabando el buen gusto de Benjamín, y 
burlándose de alguno de los que ensayaban. 

Una hora antes de empezar el concierto, 
Benjamín, vestido de punto en blanco, estaba 
en el Club dando las últimas órdenes, á fin 
de que los grandes ramos y canastillas de flo- 
res adornadas con preciosas cintas, con que 
se había de obsequiar á las cantatrices, fue- 
ran colocados con arte y contribuyesen al 
mejor efecto de la sala; y animando tam- 
bién á los jóvenes de la comisión receptora 
para que atendieran con suma amabilidad á 
las familias, recomendándoles que en la co- 
locación no dejaran vacíos, porque probable- 
mente la gente no iba á caber en el salón. 
Había que apiñarse mucho. 

La sala estaba ya completamente llena. La 
hora de empezar se acercaba y aun no se había 
presentado la esposa de Benjamín. Este le 
pidió varias veces que fuera porque asistirían 
casi todas las familias de la buena sociedad, 
y no era regular que ella faltase, siendo él el 
presidente del nuevo Club, Maruja lo prome- 
tió. Sin embargo, empezaba á tardar; él ubie-h 
ra querido que se encontrara allí antes de dar 
principio. En cambio, en primera fila estaban 
Anita Pionini hablando con Sanguetti y la -Me 



JUAN TORRENDELL 



cher discurriendo con Riviére que no la aban- 
donaba un momento, 

Fué preciso comenzar, y Benjamín subió al 
estrado, no sin antes haber rogado á Gutiérrez 
que tuviese la amabilidad de esperar á su fa- 
milia y colocarla en las sillas que les guarda- 
ba en la segunda fila, casi detrás de la Me- 
cher y algo distante del sitio ocupado por 
Aníta. Benjamín se habla apoderado ya del 
público, lo seducía con su prosa galana y 
suave, salpicada de frases bellas y metáfo- 
ras de caprichosas formas. Sus párrafos, 
bien redondeados, eran recibidos con grandes 
aplausos de la concurrencia que aumentaba 
sin cesar. De pronto el auditorio empezó á 
moverse, á agitarse, á murmurar, á cuchichear, 
hasta el punto de no atender al orador. Era 
que subía por uno de los lados de la sala 
Maruja Velázquez, en extremo elegante, her- 
mosa, fina, seductora. Gutiérrez la acompa- 
ñaba. Detrás iba Delia del brazo del jovencito 
que la obsequiaba. Benjamín tuvo un momen- 
to de contrariedad, quiso callarse, pero levan- 
tó más la voz para imponerse al público. Este 
estaba fijo en Maruja. Precisamente el párrafo 
que, según el autor, sería más aplaudido, en 
el cual tenia puesta la esperanza de ser acla- 
mado, cayó en el más profundo silencio in- 
terrumpido sólo por aplausos aislados y que 1 
resultan por su pobreza, altamente ridículos. 
I Ah I El se iba á desquitar aquella noche. 



EL PICAFLOR 229 



En efecto, apenas hubo terminado el discur- 
so, aplaudido extraordinariamente, sin ir á sa- 
ludar á su esposa, sentóse al lado de Anita, 
la cual estaba hechicera, soberbia, magnífica. 
No había que darle vueltas; aquella muchacha 
era la más linda de Montevideo y la más inte- 
resante de allí y de muchas ciudades. Se tra- 
baron en un diálogo seguido, continuo, impor- 
tante al parecer y muy agradable, según lo 
indicaban las sonrisas de ambos, que matiza- 
ban la conversación. Ni siquiera hicieron ca- 
so, con escándalo de los que en derredor de 
ellos estaban, de la preciosa romanza, que 
admirablemente cantó la celebrada artista, la 
cual recibió de la concurrencia hermoso home- 
naje de simpatía. Fué la única vez que Anita 
Pionini borró de sus labios sanguíneos la son- 
risa que en ellos jugueteaba. 

Pronto llególe el turno. Había elegido el úl- 
timo número de la primera parte por su causa 
y razón. Subió al estrado acompañada de Ben- 
jamín, quien se quedó al lado del relumbrante 
piano de cola. El público estalló en un aplauso 
atronador, iniciado por los jóvenes que mira- 
ban con gusto á la aficionada. Fué un saludo 
inmenso. Sanguetti arrancó al piano los débi- 
les sonidos del preludio y, contra lo que indi- 
caba el programa, Anita atacó la célebre melo- 
día Non rrí ama piü, que ella cantaba con 
sentimiento de sumo despecho y hasta con 



230 JUAN TORRENDELL 

cierta rabia reconcentrada. En ella había no- 
tas de desesperación, como también de enter- 
necimiento. Cesó la música y la concurrencia 
aplaudió frenéticamente, pidiendo con insis- 
tencia el bis, que Anita no quería conceder por 
no incomodar ala Mecher, según ella misma, 
pero á lo cual accedió después con verdadero 
placer y contento. Repitió la composición, 
y estuvo mejor aun que la primera vez, por 
lo que salió del salón, acompañada de Ben- 
jamín, en medio de los fuertes aplausos de la 
muchedumbre que la proclamaba la primera 
diletante de Montevideo, capaz de obscurecer 
el esplendor de muchas artistas que gozaban 
fama de brillantes estrellas. Anita sí que lo 
era de primera magnitud Y durante todo 
el intervalo lo pasaron elogiando extraor- 
dinariamente á Anita Pionini, la diletante pre- 
dilecta de la sociedad montevideana. ¡Qué ar- 
tista resultaría aquella muchacha! La verdad 
es que había gustado más que la Mecher. Can- 
taba con más gusto, con más soltura, tenía me- 
jor voz, más sentimiento Y, después de todo, 
era más linda y, por tanto, más simpática. 

Maruja se negó á ir al buffet. No quiso mo- 
verse de su asiento, pensando en cosas que 
la preocupaban en gran manera. Había tenido 
allí, á dos palmos de distancia, á la mujer por 
quien su esposo expuso la vida, á la mu- 
jer á quien su Benjamín amaba ó había 



EL PICAFLOR 231 



amado, ya que en toda la noche no se le 
acercó ni un momento. Es cierto que esta- 
ba haciendo los honores á su amiga Anita. 
Ya no le importaba nada. Más mal le causaba 
ver á aquella mujer que la hizo sufrir agudos 
dolores porque le había robado, relajado á su 
esposo querido. Y la tenía cerca, cerquita, 
y no podía gritar, desahogarse, matarla. ¡Qué 
sociedad era ésta! Y Maruja aun sentía celos. 
Le hacía la justicia de juzgarla linda, muy 
linda, pero buena, nó. De seguro que sería 
una perdida, una ladrona de maridos, una 
mujer que no habría encontrado esposo y se 
vengaba en todas las que lo tenían. Y el de 
ella era hermoso, bien formado, arrogante; 
cualidades que, al fin, resultaban obstáculos 
para la felicidad del hogar. 

La vuelta de los que tomaban parte activa 
en el festival, la sacó de su ensimisma- 
miento fijándose, como una persona extraña, 
en las que se movían de continuo sobre el rojo 
estrado. Su esposo era para ella un hombre 
más, simpático é interesante. 

La segunda parte fué tan bonita como la 
anterior. Uno de los primeros números es- 
taba destinado á Mario Gutiérrez que se en- 
cargó de leer La Patria, poesía del Doc- 
tor Benjamín Migliore. Gustó mucho. Hu- 
bo un momento en que Maruja se transformó, 
sintiéndose más joven, con el corazón palpi- 



232 JUAN TORRENDELL 

tante, y poniendo un rostro alegre y placen- 
tero. ¡Cuan felices recuerdos! ¡Qué lejos es- 
taba todo! La concurrencia aplaudió hasta 
que Benjamín salió á recibir la ovación. Una 
vez en el estrado se sintió crecer,, aumentar, 
agigantarse; sonrió, miró la sala y empezó á 
enternecerse, temblándole las piernas, á causa 
de tanta sensación. Más tarde Anita enloque- 
ció al público con la preciosa romanza A suon 
di baci que cantó con extremada voluptuo- 
sidad, con pasión arrebatadora. Aquellos la- 
bios besaban, mordían, hacían cosquillas en 
las partes más sensibles del cuerpo. El de 
Benjamín se estremecía por momentos y, sin 
atender á donde se encontraba, miraba extasia- 
do, hipnotizado, á la joven que hablaba por 
extraño modo á su corazón y á sus sentidos. 

Al final Riviére en su hermoso discurso 
manifestó á la concurrencia que, á pedido de 
muchos jóvenes, la Comisión daba permiso 
para que la fiesta terminase cantando un him- 
no á Terpsícore. Todo el mundo lo entendió. 
Tratábase de bailar. 

Maruja no quiso quedarle, y Benjamín la 
acompañó al coche. Algunas familias se mar- 
charon también. Benjamín quedaba com- 
pletamente libre. Ya no tenía quien lo vi- 
gilase. Al principio no bailó más que con Ani- 
ta, á la cual demostró que lo sabía hacer de- 
centemente y también con cierta libertad de 



EL PICAFLOR 233 



brazos y rodillas que no disgustó á Anita, 
quien, como si no advirtiese tales desmanes, 
reía en grande todas las frases que á su oído 
dejaba escapar Benjamín. Entonces fué cuando 
dio á entender que recién se enteraba de la 
casa en donde vivía Anita: Piedras, entre Mi- 
siones y Colón. Precisamente él pasaba todas 
las tardes por allí. Aunque Anita comprendió 
que aquello no era verdad, se hizo la desen- 
tendida y continuaron hablando de cosas muy 
serias, según Benjamín, pero que al parecer 
para Anita habían de ser de broma, tales eran 
las risas que le arrancaban. 

La concurrencia empezó á desfilar, y Anita, 
viendo á Benjamín sumamente excitado, mos- 
tró deseos de retirarse. Su amigo dijo que la 
acompañaría, más ella contestó que estaba 
comprometida de antemano con su maestro, 
Sanguetti, para aquel acto de galantería Des- 
pidiéronse, y una vez solo, se fué á la Mecher, 
á quien había dejado un instante Riviére, y se 
ofreció gustoso á bailar con ella. La artista se 
colgó de su brazo y dijo que bien podían irse ya. 
Estaba celosa, irritada, deseaba reñir con Mi- 
gliore. Este lo notó, sin hacer caso, porque 
vio que la paz se imponía y que todo termi- 
naría por donde él deseaba. 

Ya en el carruaje, la Mecher le echó en cara 
su conducta indigna y grosera, en largas y 
quejumbrosas tiradas, medio crudas, medio 



234 JUAN TORRENDELL 

románticas, mientras que él, abrazándola, no 
la escuchaba, sino que se entregaba á unos 
pensamientos de triunfo, de desquite, de vic- 
toria completa. EL, al fin de cuentas, salía ga- 
nando. Ya las mujeres, aun sin buscarlas, se 
le echaban en sus brazos. ¿Qué más quería? 
Lo mismo le sucedería con la fama, la cele- 
bridad, tan ambicionadas. Saldrían á su en- 
cuentro el día menos pensado. Al fin tenían 
nombre de mujer. El era un imán que atraía 
todo lo femenino. Su mujer lo- quiso derrotar, 
pero ella no contaba con la revancha. El re- 
sultado de su libro fué desastroso, mas ha- 
bía el éxito del teatro. La revancha se impo- 
nía. La de su nombre vendría sin duda. Mien- 
tras tanto él gozaba de la proporcionada por el 
amor. ¡ Cuan dulce, cuan sabrosa era! 



LIBRO TERCERO 



La vengadora. 

Eran las tres de la tarde del día siguiente 
al concierto dado por el Club Filarmónico, 
cuando ya Anita Pionini, vestida con hermo- 
so traje de casa, adornada con cintas y ño- 
res y perfumada con polvos y esencia?; de lo 
más fino que en su bien surtido tocador ha- 
bía, recorría todas las habitaciones, impaeien- 
te y nerviosa, mirando unas veces por el bal- 
cón y otras por la escalera. Varias veces mos- 
tró con gestos de histérica la suma contra- 
riedad que sufría, al ser engañada por algu- 
nos ruidos ó por ciertas personas, que le re- 
cordaban á la que con tanta ansia esperaba. 
Después de la desilusión, el abatimiento, una 
laxitud de todo él cuerpo, cierta inconscien- 
te tranquilidad se apoderaban de ella, y la 
obligaban á sentarse en el sofá, quedando me- 
dio amodorrada, ó en el taburete del piano, 
sobre cuyas teclas deslizaba sus delgados de- 



238 JUAN TOftRENPELL 



dos, que, como movidos por secreto resorte, 
iban á encontrar las notas primeras de la 
melodía : Non m' ama piü. Tocaba el acompa- 
ñamiento y cantaba mentalmente, retratando 
en las facciones del rostro los sentimientos 
que siempre despertaban en su corazón las 
palabras románticas de Tosti. 

De repente calló el piano, Anita dio ligero 
grito, estremecióse todo su cuerpo y se vol- 
vió rápida, á la voz de María, la vieja criada : 

— El diario, señorita. 

— jAy! iQué susto me has dado! 

Y se quedó mirando á María con la mano 
izquierda apoyada en el teclado que sonó ho- 
rriblemente y con la derecha abandonada co- 
mo insensible. 

La sirviente le había alargado el diario y es- 
peraba que lo tomara, pero, viendo la actitud 
de la señorita, exclamó: 

— Pero, ¿no deseaba tanto el diario? Acá 
se lo dejo, Yp tengo que hacer. — Y lo puso 
sobre una silla, y se volvió en seguida rezon- 
gando en voz alta. Aquellas niñas no sabían 
lo que pensaban, ni lo que querían, ni nada. 
La suya no tenía aún la cabeza bien sentada. 
¡Malditos grillos! 

Anita cogió La Idea, fuese á sentar en la 
mecedora de rejilla que había junto al bal- 
cón y empezó á recorrer las columnas del pe- 
riódico, buscando la crónica de la fiesta del 



EL PICAFLOR 239 



Club. La leyó muy detenidamente y releyó los 
párrafos que á ella se referían, y, aunque al 
pie del escrito no hubo el seudónimo Gla- 
diator,— tampoco era regular, siendo Ben- 
jamín presidente de la Sociedad, — sin embar- 
go quedó bien convencida de que aquello ha- 
bía salido de la pluma del mismo Gladiator. 
El artículo estaba denunciando á gritos á su 
autor. En Montevideo nadie escribía con aque- 
llas frases y aquellos términos que á una le 
iban directamente al alma hasta enternecerla 
agradablemente. ¡ Qué párrafos los que de ella 
hablaban I Eran la continuación del diálogo ín- 
timo, muy íntimo de la noche anterior. Sobre 
todo cuando se ocupaba de la romanza: Non 
rrí ama piü s lo hacía con entusiasmo y has- 
ta suponía en la cantante ciertos sentimien- 
tos revelados en la manera de interpretar la 
composición de Tosti. 

Y esta lectura la llevó á pensar en las pa- 
labras que Benjamín le dirigió, y en las pre- 
guntas, hasta cierto punto indiscretas, que le 
hizo para inquirir el estado amoroso de su 
corazón. Se había mostrado claramente celoso. 
Ella le advirtió que siempre cantara la melo- 
día con igual propiedad; pero Benjamín in- 
sistió en que la primera vez había sido la no- 
che de su casamiento ; entonces la interpretó 
casi rabiando, muy contrariada. 

¡ Ah l ¡ Conque lo había advertido, á pesar da} 



240 JUAN TORRENDÉLt, 

estado excepcional en que se encontraba el 
día de sus bodas! Mucho mejor. Eso indica- 
ba que pronto la conocería bien, y que bas- 
taría poca cosa para darse á comprender. 

Y mientras así dejaba Anita correr su ima- 
ginación, calificada por María de la loca de la 
casa, se balanceaba suavemente dando ligero 
golpecito con los pies en el suelo, teniendo 
la barbilla entre el dedo pulgar y el índice de 
una mano y el codo apoyado en el brazo de 
la mecedora, y con la otra que colgaba, sos- 
teniendo el diario, cuyo ruido, al tocar el pa- 
vimento, semejaba el particular roce de ía se- 
da. Con la mente abstraída, perdida la mira- 
da, inconsciente de su propia existencia y la 
respiración tranquila, Anita se había entrega- 
do por completo á sus recuerdos, que, como 
las cerezas, se presentaban unidos uno tras 
otro, aunque no hubiese relación alguna en- 
tre ellos, si no era que todos se referían á 
un mismo sujeto. 

Así es que, apenas su pensamiento se hu- 
bo fijado en la noche en que se casaron Ben- 
jamín y Maruja, recordó desde luego las ho- 
ras horribles de rabia y desesperación por las 
cuales pasaron su corazón, que los celos y el 
odio removieron con brusquedad, y su cuer- 
po hostigado por deseos de caricias y estreme- 
cimientos de sensaciones voluptuosas. Y en 
aquella noche fatal pasada en medio de des- 



EL PICAFLOR 241 



esperadas retorsiones de sus miembros, y de 
latidos desiguales del pecho, juró que ella 
se vengaría de su rival, de Maruja, la cual no 
la aventajaba en otra cosa sino en la posición 
elevada de su familia, posición encumbrada 
que había de haber deslumhrado al ambicioso 
Benjamín, á quien, después de haber vivido in- 
finidad de años en una tienda, se le había 
despertado á última hora el deseo de ser ri- 
co, y más que esto, de brillar entre la socie- 
dad entonada y elegante. Por tanto estaba 
bien segura de que Benjamín, si quería en- 
tonces á Maruja, era simplemente porque él 
se había engañado. En realidad no la amaba 
á ella, sino al mundo en que le veía lucir 
sus galas y la magnificencia que su nombre 
ostentaba. Esta pasión desenfrenada de lujo, 
de bienestar, de esplendor, podría ser que se 
calmara, y entonces con seguridad se venga- 
ría. Pero, aunque así y todo no fuera, lo 
atraería de otro modo, que ella no veía por 
el momento con toda claridad, no sabía exac- 
tamente de qué medios se valdría, mas esta- 
ba decidida á echar mano de cualquier, aun- 
que fuera — de ella misma. Y con estas pa- 
labras quería decir, si bien mentalmente no 
lo precisaba, que tomaría venganza, á true- 
que de su honor, de su honra, de su virginidad. 
Sería un robo, pero no importaba. Porque 
á ella se lo habían quitado antes. Suyo era. 

16 



242 JUAN TORRENDELL 

El lo había demostrado con sus visitas con- 
tinuas; sus padres se lo dijeron repetidas 
veces. Es cierto que entonces no tenía bien 
exacto lo que era el amor; no amaba como 
algún tiempo después; sin embargo algo sen- 
tía que amor debía de ser, porque era una 
cosa muy parecida á lo que experimentó más 
tarde: se complacía en ver á Benjamín, le era 
sumamente simpático, lo encontraba muy her- 
moso, le gustaba mucho oirle. Después com- 
prendió que lo quería Fué cuando Sanguetti 
le despertó su corazón, descubrió á su alma 
horizontes nuevos; puede decirse que le en- 
señó á amar. 

La opinión del maestro era bien terminan- 
te : Anita poseía grandes cualidades para ser 
buena artista. Era excepcionalmente hermo- 
sa, tenía voz sonora y bien timbrada, canta- 
ba con su escuela, la mejor del mundo artísti- 
co, su presencia era distinguida, sus modales 
correctos, vestía con arte y elegancia, has- 
ta la naturaleza, siempre previsora, le había 
puesto en su agraciado rostro un lunarci- 
to que era un encanto, el cual bien cuida- 
do llegaría á conseguir ¡oh! chilosá! En 

una palabra: Anita era una joven destina- 
da á conseguir grandes triunfos en el teatro, 
porque para esto había sido hecha. Afa.... le 
faltaba algo, algo que para él era mucho, lo 
principal: el sentimiento. *, Oh ! ¡ Cuántos ar- 



EL PICAFLOR 243 



tistas muy celebrados había visto que can- 
taban correctamente y tenían arrogante fi- 
gura en las tablas, con lo cual ya cautiva- 
ban al público; pero que á él no le hacían 
por completo feliz, no le seducían, no le con- 
movían ! Lo encerraban todo, menos el sen- 
timiento. Sin éste resultaban los personajes 
representados, fríos, sin vida, sin alma, y la 
música sin gracia, sin el pensamiento que 
siempre entraña, sin el quid divinum que la 
inspiración del autor le ha infundido. Anita 
así lo comprendió y desde entonces procuró 
hallar la idea musical y expresarla con toda 
exactitud; pero Sanguetti nunca estaba satis- 
fecho. Y empezaban las explicaciones de las 
escenas y de los personajes de las óperas que 
estudiaban; se empeñaba en hacerle entender- 
lo que la tiple que se llamaba de esta ó de la 
otra manera, sentía en su corazón, lo que pa- 
saba en su espíritu; desmenuzaba las frases y 
alambicaba los términos y a veces terminaba 
el maestro por afirmar que era preciso experi- 
mentarlo para entenderlo bien. Había que amar 
apasionadamente para cantar con propiedad ó 
haber experimentado alguna pasión, porque 
el amor y la música eran una misma cosa. 

Y Sanguetti tenía razón sobrada; Anita cantó 
mejor, mucho mejor, cuando ella comprendió 
que amaba locamente á Benjamín, al amigo de 
la infancia, que no le supieron guardar los pa~ 



244 JUAN TORRENDELL 

dres de él y que ella no atrajo á su debido 
tiempo. Era una cosa muy clara: Anita co- 
menzó por recordar la alegría y la complacen- 
cia experimentadas cuando él iba á presenciar 
la lección, y el placer sentido cuando él dis- 
cutía con San guetti y lo vencía. Se fijó en las 
sensaciones agradables que le produjeron el 
caloreillo de su brazo apoyado en el de Benja- 
mín, y elroce suavísimo y cosquillero de los 
labios de éste puestos sobre su mejilla, que le 
quedó largo rato abrasada. Fueron aquéllas 
las más deliciosas de las que recordaba. No 
dejó de pensar en la horrible contrariedad 
que experimentó cuando supo que Benja- 
mín dragoneaba á la hija mayor del doctor 
Velázquez, como le anunció entre sonrisas de 
satisfacción la señora de Migliore. Se sentía 
verdaderamente apesadumbrada. Sin embargo, 
al principio creyó que pronto se desvanecería 
el dolor causado por las palabras de aquella 
señora amiga, y más después de la enferme- 
dad y muerte de su mamá; pero fué al revés. 
Precisamente la soledad aplastadora en que se 
encontró, el abandono que aquella desgracia le 
ocasionaba, y hasta la imposibilidad de entre- 
tenerse con su pasión favorita: el canto, impo- 
sibilidad impuesta por las costumbres sociales, 
le dieron motivo y la obligaron á llorar, al 
propio tiempo que el fallecimiento de su ma- 
dre, el olvido á que la había relegado la ambi- 



EL PICAFLOR 245 



ción desenfrenada de Benjamín, ya que no el 
amor. Por no ver á los novios, no tanto por el 
luto, se negó á ir al teatro, todas las veces que 
Sanguetti, valido de los años y de la amistad, 
se ofrecía á acompañarla á la representación 
de las principales óperas, ya que una artista, ó 
casi-artista, como Anita, no podía dejar pasar 
novedades tan notables, á más de que le era 
preciso ir al teatro á estudiar y á observar 
las genialidades de las grandes cantatrices. 
Tampoco quería asistir al casamiento de Ben- 
jamín con Maruja, pero rogó tanto la señora 
de Migliore y le pidió con tanta insistencia que 
la acompañara á una reunión en que no co- 
nocería á nadie, que no pudo negarse, so pe- 
na de dar á comprender la causa de su obs- 
tinación. Fué, sí, fué; mas no salió de allá sin 
antes haber clavado una espinita en el corazón 
de Benjamín, no sin antes haberle traspasado 
con finísima saeta el blando pecho, no sin 
antes haberle marcado la memoria con ar- 
diente chispa de sus ojos. Aquello que en el 
interior de Benjamín dejaba, así como al des- 
cuido, era la semilla de su venganza, era el 
granito de su amor, sí, de su amor, que tarde ó 
temprano había de fructificar. ¡ Cuánto tiempo 
necesitó para brotar, crecer, y espigar! Pare- 
cía al principio que realmente estaba enamora- 
do de Maruja, y, cuando comprendió que no 
era así, al verlo solo en el teatro, tuvo otro 



246 JUAN TORRENDELL 

temor más justificado, si cabe, al leer en La 
Idea los artículos que escribía acerca de la 
Mecher. ¿A qué Benjamín hacía una calave- 
rada con esa artista? ¡Ah! Allí, allí estaba su 
verdadero enemigo. El desafío, de que la ente- 
ró Sanguetti, le aumentó más y más el mie- 
do cerval que las mujeres de teatro le ins- 
piraban. 

Por fortuna pronto supo por los diarios qu© 
aquel duelo no había tenido consecuencias, 
pues Benjamín había asistido con su esposa á 
cierta tertulia. ¿Qué? ¿Se habría arrepentido 
después de pasar por aquella prueba, y entra- 
ría á formar parte de los maridos caseros? 
¡Oh! Había que insistir briosamente con San- 
guetti para que se realizase el gran pensa- 
miento, la magna idea concebida para atraer 
á Benjamín. Era un gran golpe Lo mani- 
festó á su maestro, precisamente un día en 
que éste se le quejaba del poquísimo tra- 
bajo que había en Montevideo. ¿Sí? Aque- 
llo sucedía por no haber un centro verda- 
deramente serio y adecuado, que fomentara 
el divino arte, que hiciera propaganda entre 
los profanos y que les descorriera el velo que 
ocultaba los misterios de la música. Entonces 
empezaría á haber afición. La cosa era bien 
sencilla: tratábase de fundar un Centro en el 
que se enseñara la música á los socios y que 
de cuando en cuando celebrara conciertos del 



EL PICAFLOR 247 



mejor modo. Pero había de procurarse que 
la Sociedad fuera distinguida, chic, á fin de 
que muchas de las familias tomasen como 
profesor particular al que tuviera el centro. 
Así estaba salvado. A Sanguetti le pareció exce- 
lente la idea de Anita, y prometió meditarla. 
Después encontró una dificultad para dar al 
Club Filarmónico — ya estaba bautizado antes 
de nacer —un tinte de elegancia y distinción. 
Anita también resolvió por completo este pun- 
to. Era preciso nombrar una Comisión de jóve- 
nes de la high-life y poner un presidente tan 
apto y tan espectable como Benjamín Mi- 
gliore. 

Vencería en toda la extensión de la palabra. 
Allá, en el Club, se encontrarían, y poco había 
de valer si no atraía bien pronto á Benjamín 
que le demostró varias veces grande cari- 
ño rayano en pasión. Ella lo conoció en to- 
dos sus movimientos y acciones. En vano se 
había preparado para un asalto de Benjamín; 
se engañó; lo cual le daba á comprender que 
él no tenía mucha fuerza de voluntad, era 
un carácter débil; por lo tanto, aunque él desea- 
se mucho hablarla, no lo haría más que en oca- 
siones en que no tuviera que pasar por en- 
cima de obstáculos. Estaba bien; así le gus- 
taba; porque sabía que una vez posesionada 
de su voluntad y de su ánimo, él no haría más 
que lo que ella quisiese. La venganza era se- 



248 JUAN TORRENDELL 

gura; se imponía. ¡ Y con qué placer se apo- 
deraría del hombre que era para ella, y que 
una rival le robó! ¿Por qué? Por ser más 
rica, en suma; pues ni era tan hermosa co- 
mo ella ni siquiera tan inteligente. ¿Tan 
buena? ¡Bah! Esto era lo de menos. Y Anita 
se quedó pensando en la belleza de su cuer- 
po r se examinó con los ojos de la imagi- 
nación muchas partes magníficas que es- 
taban ocultas por su elegante vestido, y las 
comparaba con las que hacían suponer los 
brazos y el escote de Maruja, y una sonri- 
sa diabólica de triunfo rizaba airosamen- 
te los purpurinos labios de Anita. Se plan- 
taba delante del espejo, y se componía con su- 
mo gusto, quedando complacida de su figura 
arrogante y bien modelada. Ella triunfaría, 
como se demostró con toda evidencia la noche 
anterior en el Club Filarmónico. El cambio del 
número que le tocaba cantar, por la romanza 
Non rrí ama piú, hizo el efecto que esperaba. 
La composición dio motivo á entrar de lleno 
en una serie de interrogaciones que hasta 
aquel momento había rehuido Benjamín, y que 
no terminaron hasta la despedida después 
del bailé. ¡Oh! Su amigo se le iba á entre- 
gar por completo. Era suyo. La verdad que 
ella no sabía cuál de los dos sentía más ansia 
del otro. Ella se pasó toda la noche pensando 
en Benjamín, en los abrazos que en el baile 



EL PICAFLOR 249 



le había dado, y su ardiente fantasía le repre- 
sentaba entonces á su amigo, fogoso, lleno de 
vida, rebosando pasión, con un cuerpo* bien 
formado, robusto y casi elegante. Y entregába- 
se placentera a visiones que hacían brillar sus 
ojos y arrancaban una sonrisa á sus labios; 
visiones de dúos sabrosísimos de amor, de 
escenas encantadoras en que la pasión ardo- 
rosa unía y electrizaba á los actores, de horas 
pasadas rápidamente con las manos apreta- 
das, las bocas unidas, los corazones palpi- 
tantes. 

¿Y después? ¡ Ah ! Había que tener en cuen- 
ta el carácter de Benjamín. Ella lo sabía todo 
por Sanguetti. Era todo un picaflor. Por lo tan- 
to, se precisaba una conducta especial para 
encadenarlo bien y por completo. ¡ Sería bueno 
que, después de haberle costado tanto la caza 
del voluble picaflor, ahora llegase, viese, ven- 
ciese y se marchase! Nó;.una vez entre sus 
brazos, no le dejaría partir así nomás 

La campanilla de un reloj de pared sacó á 
Anita de su largo éxtasis, pero, como quien 
despierta de profundo letargo, no se levantó en 
seguida, á pesar de haber dado las cuatro, 
sino que volviendo sobre lo pensado, reflexio- 
nó, que había ido muy adelante en su sueño, 
pues primero había de comprobarse si Ben- 
jamín cumplía la palabra, dada la noche antes, 
de ir á verla aunque fuera sólo desde la calle. 



250 JUAN TORRENDELL 

Y entonces nerviosa, otra vez inquieta, desean- 
do salir de dudas, se levantó, fuese al espejo, 
arreglóse de nuevo, eligió un jazmín del ramo 
regalado en el Club Filarmónico, y salió pre- 
surosa al balcón mirando á uno y otro la- 
do de la dilatada calle. Como casi siem- 
pre, estaba desierta y medio triste, pues las 
oficinas de compañías navales y de corredores 
y bolsistas habían sido cerradas y abandona- 
das por los dependientes. A aquella hora el 
sol ya no enviaba la última mirada á los 
balcones de su casa, como sucedía en el ve- 
rano, sino que ahora eran los de enfrente 
los calentados toda la tarde por los destellos 
solares. El reflejo tampoco incomodaba, porque 
la brisa otoñal, bastante fresca, como que rom- 
piera los rayos reflejados y se los llevase calle 
abajo. 

Y Benjamín no aparecía. Cada minuto le re- 
sultaba un cuarto de hora, y ya empezaba á 
impacientarse y á ponerse casi rabiosa y des- 
pechada. De ella no se burlaban ni se reían. 
Benjamín se equivocaba al creer que ella era 
una joven sin carácter ni voluntad; todo al 
contrario, él sería el que acataría sus más 
sencillos deseos. ¡Oh! Estaba bien resuelta. 
La venganza había sido decretada y debía cum- 
plirse. Maruja triunfó tiempo atrás, porque ella 
no quiso luchar, quizás por no amar como aho- 
ra á Benjamín, seguramente porque no se lo 



EL PICAFLOR 25i 



propuso; pero ya podía darse por derrotada: 
Benjamín era suyo. Lo había rescatado. Tam- 
bién se vengaría de su amigo. Lo encadenaría 
de tal manera que no podría rebelarse contra 
su voluntad. 

Y un estremecimiento de placer y un grito 
sofocado de Anita hicieron callar el pensa- 
miento de ésta y pusieron toda su alma en los 
lindos ojos que estaban fijos en un buen mozo 
que iba acercándose por la vereda de su casa 
mirando á su balcón. Era Benjamín. Es cierto 
que su principal intención era la venganza, 
pero también tomaba parte en su conducta el 
amor, como lo revelaban los latidos de su co- 
razón, la respiración cortada, y un temblor 
nervioso que no la dejaba pensar, teniéndola 
abstraída é inconsciente. Benjamín caminaba 
despacio y al parecer tranquilo. Saludó desde 
cierta distancia, inclinándose y sonriendo, y 
la miró con ojos fijos y penetrantes. Ella con 
rostro en que se retrataba el estado de su co- 
razón, amoroso y satisfecho, le devolvía mi- 
radas apasionadas, sonrisas seductoras. Ben- 
jamín dióse vuelta, fijóse en los balcones y, 
reparando que la cuadra estaba sin curiosos, 
le hizo seña de que le diese la flor que ador- 
naba el abultado seno. Anita lo comprendió 
f rápida arrancóse el jazmín, dejándolo caer 
á dos pasos de su amigo. Este recogió la 
blanca flor, se la colocó en el ojal y volvióse 
á mirar hacia el balcón. 



252 JUAN TORRENDELL 

Poco á poco fué perdiéndose su silueta por 
la extensa calle hasta que, por fin, el amigo de 
Anita dio vuelta á una esquina y desapareció. 
Esta entróse en las habitacioneá, encendió una 
luz y se sentó en su tocador para leer de nue- 
vo la crónica de La Idea. Había vencido. Su 
venganza empezaba á cumplirse. 



II 

Les folies bergéres. 

Eran las diez de la mañana. 

Anita acababa de levantarse, después de ha- 
ber dejado transcurrir una hora enterita le- 
yendo y releyendo la vigésima carta de Ben- 
jamín, y abandonando su ardiente imagina- 
ción por las misteriosas llanuras de lo por 
venir. Vestida ligeramente, pero con cierta 
gracia atractiva, habíase sentado delante de 
pequeño pupitre de caoba bien lustrada, eli- 
giendo en un cajoncito de papel-fantasía una 
esquela con que contestar á las insistencias 
de Benjamín. Deseaba que la viñetita fuese 
expresiva y caprichosa, y el conjunto elegan- 
te y original. Estaba indecisa; ignoraba cuál 
escoger de las seis ó siete que entresacó. Dos 
que tenían forma de triángulo: uno con va- 
rias rosas punzó y otro con un ramito de 
campanillas azules, eran las esquelas que 
más le gustaban entre las que ostentaban un 



254 JUAN TORRENDELL 

perro persiguiendo á un gato que agachaba 
las orejas, levantaba el lomo y le alargaba 
una garra, ó un niño hablando con un loro 
de colores chillones y teniendo á sus pies 
algunos muñecos, ó dos pájaros besándose 
con los picos, separados por un ramo de 
azahares. Este le complacía bastante, pero pa- 
recíale un poco cursilón y gastado. Siguió 
buscando, y, por fin, halló una viñeta que 
respondía á su pensamiento. Allí estaban los 
dos. Se veía una pintada avecilla en actitud 
de echarse sobre reluciente mariposa que á 
su alrededor revoloteaba. Al principio pensó 
que ella era el pájaro y él la mariposa; pero, 
después de meditar un poco, cayó en la cuen- 
ta de que habían cambiado ya los papeles. 
¡Bien pudiera ser que aquel pajarillo fuese 
un picaflor! Hasta creía que en algo se pa- 
recía á Benjamín. Sí; en la actitud de abalan- 
zarse sobre una indefensa mariposa. Lo re- 
conocía en aquellos ojitos brilladores y en las 
trémulas alitas dispuestas á envolver y aplas- 
tar tan fino y delicado ser. \ Oh ! Es que ella 
no se dejaría prender tan fácilmente; ella 
conocía las mañas y triquiñuelas de los pica- 
flores. No de balde Sanguetti le había desco- 
rrido la venda que cubre los ojos de la ino- 
cencia. En fin, la viñeta le gustaba, le pare- 
cía original y la creía muy expresiva. Se que- 
daba con ella. 



EL PICAFLOR 255 



Y, con la pluma en la derecha y los de- 
dos de, la izquierda pellizcándose el labio 
inferior, meditaba la manera de redactar la 
esquelita sin comprometerse en una sola pa- 
labra. ((Querido amigo» parecióle demasiado 
íntimo, y «Muy señor mío» sobradamente 
serio. No convenía ni entregarse tan pronto 
ni presentarse con humos de resistencia. Op- 
tó por el familiar: «Amigo mío.» Lo demás 
no valía la pena. Con decir la hora á que iba 
Sanguetti, estaba del otro lado; y á esto solo 
había de reducirse su contestación tantas ve- 
ces pedida. Benjamín quería visitarla sin com- 
prometer la excelente reputación de Anita, por 
lo cual deseaba ir á la hora en que Sangue- 
tti daría la lección. Manifestó semejantes an- 
helos desde las primeras cartas, pero Anita 
no creyó prudente contestar tan pronto. Este 
silencio no equivalía á reprobar la misterio- 
sa correspondencia de Benjamín, ya que le 
mostraba su satisfacción las tardes que pa- 
saba á saludarla desde la calle. Le sonreía, 
le miraba con ojos que agradecían, le echa- 
ba flores, cuando la soledad de la cuadra lo 
permitía y decíale una que otra palabra, si 
nadie pasaba en aquel momento. Por no lla- 
mar la atención de la vecindad, estos paseos 
no se repetían con tanta frecuencia como las 
cartas. A los pocos días después de la inau- 
guración del Club Filarmónico, Benjamín en- 



256 JUAN TORRENDELL 

vio á Anita una esquela en la que le daba 
las gracias por el concurso prestado al con- 
cierto* que si fué brillante y esplendoroso, 
sólo era debido á la activa parte que en 
él había tomado y á su agradable presencia. 
Pasaron varios días, y llegó á manos de Ani- 
ta la segunda epístola, en la cual se lamen- 
taba de no haber podido demostrarle perso- 
nalmente su gratitud como había hecho con 
los demás. En la tercera misiva pidió permiso 
para ejecutar la orden que tan imperiosamente 
su corazón le señalaba. 

Anita no contestó; y desde aquel día recibió 
cotidianamente una carta larguísima, de las 
cuales las primeras fueron indiferentes, pura- 
mente literarias, y las consecutivas hablaron 
de su estado psicológico, de la nostalgia de su 
espíritu, de sus ambiciones, de su amor á la 
gloria, de una persona que lo comprendiera. 
Luego unas ya trataron de ella, de Anita, de la 
mujer angélica con voz de querube y cuer- 
po de sirena, y otras le contaron que había 
despertado una pasión loca, delirante, abra- 
sadora, que le hacía palpitar el corazón y es- 
tremecer el cuerpo. Y ya hacía cerca de un mes 
que todas las mañanas, á la misma hora, des- 
pertaba Anita, llamada por la sirviente que le 
entregaba las cartas de Benjamín. Aquello era 
una vuelta á la vida deliciosa, soberbia, agra- 
dabilísima. Muchas veces dejaba un sueño pa- 



EL PICAFLOR 257 



radisíaco para empezar otro celestial. Tal era 
para Anita cada una de las correspondencias 
de su amigo. Después de un amor, durante 
tanto tiempo comprimido, encontraba, por fin, 
un pecho ardiente en el cual podría desaho- 
garse cuando quisiera. Las cartas de Benja- 
mín, llenas de fuego y entusiasmo, escritas 
con gárrula elocuencia y verbosidad impetuo- 
sa, electrizaban á Anita, le ponían carne de 
gallina, y le hacían experimentar sensaciones 
desconocidas. Una vez leída rápidamente la 
confesión de su amigo, sintiendo un poco de 
frío por la garganta y el seno de una blancura 
rosada, que dejaban transparentar los finísimos 
encajes de la camisa sumamente escotada, se 
metía de nuevo debajo del embozo, se arro- 
paba bien, y, fijos los ojos en el techo, el pa- 
pel entre las manos y el cuerpo recobrando 
el primitivo calor de la cama, se entrega- 
ba á sus favoritas meditaciones, repasando de- 
tenidamente las palabras escritas por Benja- 
mín, cada día más enamorado, i Qué continua 
sucesión de sensaciones agradables ! 

De repente una bocanada de aire frío envol- 
vió á Anita, que tuvo un movimiento de tem- 
blor. 

—Cierra, mujer, — dijo á María con voz que 
denotaba el mal humor causado por aquella 
entrada tan intempestiva, que la sacaba de un 
éxtasis acariciador. 

17 



258 JUAN TORRENDELL 

— Son las once, señorita. ¿Hemos de almor- 
zar ó nó? 

—Dentro de media hora. 

Cerróse de nuevo la puerta por donde en- 
trara el fresco hálito de una bellísima mañana 
de otoño. Anita metió la esquela dentro del 
sobre, se fijó de nuevo en el pájaro que quie- 
re agarrar la mariposilla, sonrió placentera y 
escribió la dirección. 

Entonces empezó el ligero toilette de la ma- 
ñana, durante el cual se miró repetidas veces 
en el espejo, probando movimientos de rostro, 
miradas ora dulces y suaves, como caricias, 
ora poderosas y penetrantes, como amenazas, 
posiciones, en fin, de todo el cuerpo, que, sin 
ser atrevidas, fueran atrayentes y hasta cierto 
punto voluptuosas. Anita, ya no sólo buscaba 
encadenar por fuerza á Benjamín, sino que 
deseaba al propio tiempo agradarle; como hace 
toda mujer que ama á un hombre: quiere ca- 
zarlo no á traición, sino á sabiendas de él; 
más claro: ambiciona, no ya arrastrarlo, sino 
que se entregue con apasionamiento. 

Hizo llamar al changador de la esquina y 
le dio en propia mano la esquela, encar- 
gándole que sólo el doctor Migliore la podía 
recibir. En seguida sentóse á la mesa y almor- 
zó con apetito que de mucho tiempo atrás 
no había experimentado. 

Benjamín no faltó. Desde las cuatro de la 



EL PICAFLOR 259 



tarde estuvo rondando la casa de Anita, en 
espera del profesor Sanguetti que había de ir 
á ver á su discípula. Este no tardó mucho 
tiempo. Benjamín le echó el ojo desde muy le- 
jos, salió á su encuentro y entablaron conver- 
sación caminando hacia lo de Anita, quién, 
según afirmaba Sanguetti, cada día se perfec- 
cionaba más y más. 

— Sí ¿eh? — hizo Benjamín. 

— Una cosa extraordinaria; — contestó el 
maestro retorciéndose el poblado bigote. -Aho- 
ra lo verá, mi amigo. Suba, suba. 

Y, tomándole de la mano, le obligaba á en- 
trar en el zaguán. 

— ¿No incomodo? -se atrevió á decir Benja- 
mín, temeroso de que Sanguetti sospechase 
algo. 

■-- ¡Oh, amico mío! — contestó éste sonriendo. 

Benjamín tuvo que ir delante obligado por 
el ex-tenor, quien no cesaba de elogiar á Anita. 
El crítico no le escuchaba. Subía con la vista 
baja, el corazón palpitándole con fuerza y las 
piernas flojas. 

Anita salió á su encuentro, les saludó con 
cierta extrañeza que hubiera despistado á su 
maestro, en caso de haber sospechado un po- 
co, y les introdujo en el salón donde tenía el 
piano. La dueña de casa, sin demostrar la in- 
timidad que entre ella y su amigo había mer- 
ced á la correspondencia, trataba á Benjamín 



~6Ü JUAN TORRENDELL 

con cierta soltura que la hacía más encanta- 
dora, y, siempre que con él hablaba, lo hacía 
sonriendo de un modo provocativo. 

Sanguetti se sentó a 1 piano, abrió sobre el 
atril la partitura de La Trcwiata, é invitó á 
Anita á que cantase, diciéndole: 

— Mía cara, precisa cantar con vero amore, 
porque el público questa sera é pubblico speciale. 

Las risas estallaron, y, como Sanguetti no 
se había dado vuelta, Anita presentó la mano 
á Benjamín, le estrechó la suya y la retiró con 
dulzura, mientras decía: 

— Mi amigo Benjamín es muy condescen- 
diente. 

— V. no precisa condescendencia, amiga 
mía; — replicó el crítico poniendo miel en sus 
palabras y caricias en sus ojos. 

Durante más de media hora estuvo Anita 
cantando como un ruiseñor. Sanguetti no ha- 
cía más que repetir: 

— Bene, molto bene. 

Benjamín, entusiasmadísimo, no sabía si 
aplaudir, levantarse para estrechar las ma- 
nos de Anita, ó rogar con encarecimiento que 
continuasen aquella música celestial y aquella 
voz que tenía, en sus acentos suaves, caricias, 
besos, perfumes, hálitos de mujer hermosa. 
Aquello era encantador. 

Por fin levantóse Benjamín y fué á dar la 
mano á Anita y un abrazo á Sanguetti, ex- 
clamando: 



EL PICAFLOR 26^ 



— ¡Es una artista completa, una verdadera 
celebridad! 

— lo lo dico, signare; é una brava artista, 
Y empezó un largo discurso en su gerga 

ítalo-española que gustaba mucho á Benjamín; 
todo lo que le contrariaba la de su padre. San- 
guetti afirmaba que eran pocas las tiples que 
poseyeran voz de timbre tan delicado, tan sono- 
ro, tan simpático, en fin, y una escuela de canto, 
¡oh, era la suya! tan apropiada, tan justa, 
tan notable. Era una desgracia para ella y 
para el Arte, que no se dedicara al teatro, que 
no fuera á Italia, la nación esencialmente ar- 
tística, á fin de darse á conocer, hacerse aplau- 
dir e poi guadagnare molto, molto dana- 

ro. j Oh! Si él tuviera autoridad sobre ella, ya 
estaría cantando en la Scala di Milano. Eso 
sí: haría debutar á Anita en el mejor teatro 
del mundo artístico. 

Anita no entendía las cosas de igual manera. 
Ella no tenía necesidad de moverse de casita; 
con que la conocieran sus amigos — y subrayó 
las palabras, — y la aplaudieran sus compa- 
triotas, y conservara el dinero de su padre, 
jqué más había de ambicionar? 

~~-¿ Y la fama, y el renombre, y la gloria? — 
saltó fuera de sí el crítico. 

— Música celestial;- contestó Anita riendo 
fuerte. 

Sanguetti levantóse enfurecido; no podía oir 



262 JUAN TORRENDELL 

tales barbaridades; siempre que trataba aquel 
asunto, el hombre se había de ir seriamente 
enojado. 

-Andiamo; exclamó el profesor; - es de- 
cir, si es que oste vuole acompañarme. 

— Con mucho gusto; — observó Benjamín, 
aunque lo contrario expresase su mirada. 

—No se pierda, Benjamín;— dijo Anita, quien, 
temiendo haber ido demasiado lejos delante 
de Sanguetti, añadió : — Ya sabe que de cua- 
tro á cinco hacemos música. 

— Si el maestro. . . . 

— Al contrario, me gusta, me gusta; — re- 
plicó Sanguetti sin dejar hablar á Benjamín. 

Diéronse las manos, y alguien, un poco sus- 
picaz, hubiera advertido que los dos amigos 
tardaron un instante en separar las suyas. 
Benjamín se complació en sentir el dulce ca- 
lorcillo y en tocar la fina epidermis de la 
mano que con su abandono demostró que se 
entregaba por completo y que le satisfacía 
aquel contacto de mutua inteligencia. 

Más tarde, al record ir Benjamín punto por 
punto lo que había pasado y lo que se había 
hablado en la entrevista, creyó que sus pala- 
bras pudieran haber animado á Anita á rea- 
lizar el pensamiento expuesto por Sanguetti. 
A él no le convenía que su amiga se fuera 
á Europa, que le dejase, le olvidase, amara 
á otro, nó; eso no podía ser, no lo quería 



EL PICAFLOR 263 



bajo ningún concepto. Ya estaba celoso. San- 
guetti era un animal, y él, bárbaro, también 
había metido la pata. Nó, señor; Anita esta- 
ba acá muy bien, y que se la dejasen no más. 
La necesitaba á todo trance; era lo que él 
deseaba: una mujer que le amase mucho, que 
fuese completamente suya, que no lo enga- 
ñase, como las otras perdidas. 

Para que Sanguetti nada pudiera sospechar, 
no se presentó en algunos días en la casa 
de Anita á la hora de la lección; pero insis- 
tió con más tenacidad y mucho más calor en 
el diario envío de las cartas que rebosaban 
pasión é interés vivísimo. En ellas hacía-cons- 
tar que deploraba en lo más íntimo de su co- 
razón que no se hubiese apercibido en tanto 
tiempo que ella, sólo ella se identificaba con 
el ideal soñado por su ardiente fantasía y 
hacia el cual se dirigiera su alma enamo- 
rada, como el náufrago al puerto de salva- 
ción. Y Benjamín no mentía; era de aquellos 
hombres que necesitan unos ojos que los hip- 
noticen y una voluntad que los domine; per- 
tenecía al numero de aquellos seres que be- 
san y acarician la mano blanca que se posa 
con fuerza en sus mejillas. 

Volvió tiempo después, y en cada visita au- 
mentaba el cariño y la sumisión á la joven 
que lo detenía con imperativa mirada y lo 
atraía con su voz melosa, sobrenatural, an- 



264 JUAN TORRENDELL 

gélica. Pero ya no se contentaba con mirar- 
la, con adorarla á la distancia, con besarla 
mentalmente. Así como aumentaba su amor 
hacia Anita, se acumulaban también las con- 
trariedades que le causaba la presencia de 
Sanguetti. Era preciso verla á solas, poder 
mirarla sin testigos, hablar con libertad, de- 
cir lo que pensaba y lo que sentía. No titu- 
beó largo tiempo. Escribió por la mañana su 
resolución y la cumplió por la tarde. Hizo 
bien, según Anita, porque ésta tuvo algunas 
horas para señalarse la conducta prudente 
que era necesario observar con el joven que 
no se paraba en barras y que olvidaba lo pe- 
queño y lo chismoso de Montevideo. 

Después de haber llamado desde el zaguán., 
subió pausadamente la escalera, porque no 
quería entrar como un ladrón en aquella ca- 
sa, como se lo había pintado su concien- 
cia; deseaba quitar á su visita el menor sig- 
no de asalto ó fechoría. Anita salió á reci- 
birle, apretóle la mano para quitarle el temor 
que en su rostro se retrataba, si bien dejó 
abiertas todas las entradas á fin de que Ben- 
jamín no se propasase demasiado. Aun no 
estaba bastante esclavizado. Había que ase- 
gurarlo mejor. 

Benjamín sentóse en una butaca y Anita 
en medio del sofá. Ambos habían procurado 
vestirse con sumo cuidado, aunque realmen- 



EL PICAFLOR 265 



te no lo pareciera. Benjamín estaba más ele- 
gante que de costumbre, con unas cuantas 
violetas en el ojal, y Anita se había puesto 
un vestido claro y ligero y hasta con man- 
gas muy anchas, debido, podía ser, al calor- 
cilio de aquel precioso día de otoño. Anita 
fué la que rompió el silencio preguntando 
por el estado de Maruja y de su hija. Ben- 
jamín contestó con cierto disgusto, porque 
creyó que la conversación empezaba muy mal 
para desembuchar todo lo que él tenía den- 
tro. Pronto intentó cortar aquel diálogo y em- 
pezar otro que trató acerca de la prosperi- 
dad del Club Filarmónico. Esto dio motivo 
k entrar de lleno en una charla sobre el 
arte^ y el amor que ambos le profesaban. Ben- 
jamín sacó á relucir la obra, la preciosa 
obra que tenía en embrión y que iba á em- 
pezar muy pronto, ahora precisamente que 
deseaba más que nunca hacerse célebre. 

— ¿Por qué? — preguntó Anita á pesar de ha- 
ber comprendido el alcance de las palabras 
de Benjamín. 

— Porque el artista necesita un estímulo y 
yo lo tengo; — contestó el autor nacional, sub- 
rayando con la mirada lo que decía. 

Entonces Benjamín prosiguió hablando de 
su pasión por el arte, por la gloria, por la 
felicidad, por una mujer amada, que lo com- 
prendiese, que lo incitase al triunfo, que le 
ayudase en su lucha, que lo coronase.,.. 



266 JUAN TORRENDELL 

— Como Maruja, por ejemplo; — le interrum- 
pió Anita con sonrisa maquiavélica. 

— Como tú; — replicó Benjamín frenético y 
fuera de sí, apoderándose de la mano de Ani- 
ta, que tenía apoyada en un almohadón ne- 
gro con bordaduras de colores. 

Anita, después de haber dirigido á Benja- 
mín una mirada viva é intensa, se levantó, 
retiró la mano rozándola suavemente con la 
de Benjamín, y dijo quedito: 

— Podría vernos la sirvienta. 

Fuese al piano y cantó la preciosa romanza 
A suon di baci, que interpretó de un modo 
admirable, buscando posiciones de cabeza pro- 
vocativas, poniendo los ojos en blanco y alar- 
gando mimosamente los labios encarnados. 

Benjamín se sentía atraído por aquella mu- 
jer seductora, y ya se iba hacia ella, cuan- 
do ésta se levantó y fuese á sentar en la me- 
cedora que había cerca del balcón. 

~ ¿Le ha gustado? 

— Infinitamente; es algo celestial... 4 . 
Cortó su elogio, lleno de entusiasmo y lo- 
cura, un golpe del llamador: 

— Será mi amiga Emma; — dijo Anita. 

— Entonces me retiro; — replicó Benjamín, 
medio sobresaltado, medio contrariado. 

Anita no contestó, aun sabiendo que no po- 
día ser su amiga, pero queriendo terminar 
aquella situación. Benjamín tomó el sombre- 



EL PICAFLOR 267 



ro y apretó la mano á Anita que no se mo- 
vió de su asiento. Benjamín dióse vuelta 
una vez en el umbral del salón y la vio con 
las manos detrás de la cabeza, caídas las 
mangas hasta los codos y mostrando, por 
consiguiente, sus brazos desnudos, cuya for- 
ma y blancura hacían suponer la soberbia be- 
lleza de un cuerpo escultural. 

Benjamín no encontró á nadie en la esca- 
lera. María entraba á ver á su señorita para 
darle seguramente algún recado. Ya que no 
era ninguna visita^ tuvo la intención de vol- 
ver á la sala, pero no se animó. 

Quince días después asistió de nuevo á una 
lección musical que le agradó extraordina- 
riamente, saliendo de allí más apasionado y 
más ardoroso. Benjamín no hacía otra cosa 
más que pensar en Anita y en la ansiada fe- 
licidad que su amor le proporcionaría; así es 
que nada encontraba que lo distrajera. No 
hay que hablar de Maruja ni de Martita, á 
quienes, sin que se pueda decir que las odia- 
ba, sin embargo no las tenía presentes en 
ningún momento, si no era cuando su esposa 
le indicaba que habían de ir á tal recibo ó á 
tal teatro, y esto, pensaba Maruja, para que la 
gente no se fijase en el rompimiento moral 
de ambos; sino ni siquiera de diversiones, 
de teatros, de diarios, de artistas, ni de ca- 
zueleras. El no tenía otra cosa que reclama- 



268 JU.\N TORRKNDELL 

se su atención más que el amor desenfre- 
nado que Anita había infiltrado en su pecho, 
con una fuerza tal que no recordaba haber- 
experimentado sentimiento parecido. Hasta su 
figura, antes tiesa y arrogante, parecía un po- 
co decaída y doblegada. El mismo Mario Gu- 
tiérrez había preguntado al signor Migliore 
qué le pasaba á su hijo, á quien encontraba 
bastante abatatado. El viejo nada sabía, ni tam- 
poco quería meterse con la familia Velázquez; 
aquel buen doctor había de perder á su hico 
- Maj amico mió, — decía el señor Migliore, 
todo desconsolado; — ü dottore Velázquez non 
sa dirigir á Benjamino. ¡Per Dio! 

Quién, según creía, adivinó la causa de aquel 
abatimiento^ era el francesito Guido Riviére. 
A él no le cabía duda ninguna, de que Gla- 
diator fracasaba con la portentosa producción 
que siempre sacaba á relucir y que nunca sa- 
lía á luz. Se habría querido meter en la es- 
cena, y había de saber el gran critico que no 
todos tenían, como él, condicione* para el 
teatro. 

Benjamín, que algo sabía de estas suposi- 
ciones, no se preocupaba por esto, siguiendo 
en sus trece de pensar continuamente en su 
amada Anita. 

— ¿ A donde se va oste per la nocte?—\e pre- 
guntó Sanguetti el día que salieron juntos de 
casa de Anita. 



EL PICAFLOR 269 



—A cualquier parte. 

— Ya no escripe más en el giornale U Idea. 

— ¿Cómo nó? 

Y, una vez sabido esto, Sanguetti le indicó 
que, si quería pasar un buen rato, fuese de 
noche á Les Folies Bergéves, al teatrito de la 
calle Andes esquina Mercedes. Iba bastante 
público, y había una troupe de mochachas lin- 
das que le habían de gustar. Estaba seguro 
de que se animaría á escribir algún artículo 
macanuto. Pero Benjamín no tenía ganas de 
bochinches, no le gustaban las cancanistas 
y demás hierbas. . . . 

— ¿V. hade ir, profesore ?— preguntó, al fin, 
en la creencia de recibir una negativa. 

— ¡Oh! sicuro, sicuro. 

— Allá nos veremos; — contestó después de 
una pequeña pausa. 

Cuando Benjamín entró en Las Folias, como 
decían los concurrentes, encontró la fiesta 
empezada, tanto que ya iban á terminar la 
primera parte. Se sentó en las últimas si- 
llas de las que llenaban la sala y desde allí 
examinó el teatrito tan recomendado por San- 
guetti. La platea estaba cerrada por una se- 
rie de palcos completamente descubiertos á 
fin de que pudieran ver la función los que 
se quedaran en el café ó los que se pa- 
seaban por el jardín. Esto en verano, por- 
que en la estación del frío corrían una cor- 



270 JUAN TORRENDELL 



tina gruesa y tupida. Encima de aquéllos ha- 
bía unas galerías suspendidas por fuertes co- 
lumnas de hierro, las cuales estaban destina- 
das á los espectadores de pelo en pecho y 
que á un dos por tres se ponen en man- 
gas de camisa. Los tales pateaban á cada 
frase picaresca ó á cada ritornello que con 
poca gracia cantaba un vejete vestido de frac 
y corbata blanca que bailaba en el escenario 
al son de la orquesta que componían un pia- 
no, dos violines y un contrabajo. Las patadas 
de los de arriba hacían temblar los meche- 
ros y bombas del gas y las pantallas chines- 
cas que se cruzaban detrás de cada juego de 
luces. 

La concurrencia se podía dividir en tres 
clases: el pueblo, que ocupaba las galerías, 
la burguesía representada por comerciantes y 
dependientes, que llenaba casi toda la platea, 
y el buen tono, formado por la gente de la 
high-life, que estaba en los palcos. Benjamín 
se fijó en una franja de papel blanco en el 
cual se leía : Reservado para la prensa, y que 
había sobre un palco más espacioso que los 
restantes, en donde vio á Riviére y al indis- 
pensable Gutiérrez, que seguramente iría allí 
en representación de La Idea. 

De repente nutridos y estruendosos aplau- 
sos de toda la concurrencia, entre los que 
se destacaban los golpes de bastón sobre las 



EL PICAFLOR 271 



mesas del café y los gritos del paraíso, obli- 
garon á Benjamín á fijarse en el escenario en 
donde saludaba sonriendo una muchacha bo- 
nita, con el pelo destrenzado, unas faldas gra- 
nate, córtitas, medias negras, zapatos blancos 
y un corpino rosado que ostentaba un escote 
muy atrevido. Siempre sonriendo y con cara 
de píllete monísimo, empezó á cantar con des- 
coco sorprendente para Benjamín, quien ha- 
bía reconocido en la cantarína á su ya olvi- 
dada húngara. Al primer momento se quedó 
estupefacto, con ojos tamaños y la boca abier- 
ta. La chansonette fué corta; corta pero inde- 
cente. Los espectadores aplaudían á rabiar, 
se desgañitaban pidiendo el bis, reían, bro- 
meaban, remedaban á la artista. Levantóse de 
nuevo el telón y resonaron de todas partes 
feroces gritos : 

— Cancán. 

— Che, baila un poco. 

— Huip, huip. 

— Levanta la pierna. 

Benjamín no gritaba, no se movía, no decía 
una palabra, pero en su interior tomaba parte 
en la farra; le gustaba, esperaba la decisión 
de la húngara, quería que bailase, ya no veía 
nada más que el escenario con la bailarina 
sonriendo descaradamente, ya no pensaba en 
otra cosa sino en que aquella mujer bailase. 
De pronto levantóse y, con voz estentórea y 



272 JUAN TORRENDELL 

señalando á la escena, gritó como un ener- 
gúmeno: 

— Che, húngara, baila. 

La interpelada se fijó en él, lo saludó y em- 
pezó el atrevido cancán provocando á todos 
los espectadores y entusiasmándoles más y 
más. Bajó el telón, una tela representando un 
lago anchísimo en el cual se bañaban muje- 
res desnudas jugando con cisnes que compe- 
tían en blancura con las sirenas. 

Lo primero que hizo Benjamín, fué diri- 
girse á la puerta que conducía al escenario 
en donde no pudo penetrar hasta que entre- 
gó una tarjeta enviada á la húngara. Como 
ésta ya había terminado su trabajo por aque- 
lla noche, bajaron de la escena al jardín, so- 
litario entonces por el frío que se dejaba sen- 
tir, y obscuro por economizar el gasto de los 
faroles que en verano estaban encendidos. 

Cuando iban á salir de Las Folias, antes de 
que la función acabase, encontraron á San- 
guetti,con gran contrariedad de Benjamín que 
temía que el maestro pudiera contar algo á 
Anita. Entonces, acercándose al profesor, le di- 
jo al oído: 

— Mutis ¿eh? 

— Comprendo, comprendo. 

Y, cuando ya estaban en el vestíbulo, aña- 
dió en alta voz: 
—¿Escrivirá alcuna cosa? 



EL PICAFLOR 273 



—Sí;— contestó Benjamín ya casi desde la calle. 

Iba muy ele prisa por temor de que se le 
viese con la del bombo. Y no había por qué 
recelar, pues ¿quién pudiera verlo que se lo 
contara á Anita? A su mujer no le importaba. 
Separado por uno, separado por mil. En -aquel 
instante, si algún remordimiento sentía, con- 
sistía ante todo en ser infiel á Anita, su ver- 
dadero amor. Nunca, al engañar á su mujer, 
se había acordado de ella, y en cambio ahora 
no podía quitarse de su memoria la imagen 
de su amiga La amaba mucho. Sin embar- 
go, podía decirse que no le era desleal, porque 
con la húngara no añadía una conquista más 
á las tantas que contaba su vida de picaflor; 
no había tenido que enamorar de nuevo; era 
simplemente una amiga antigua que acompa- 
ñaba á su casa. 

Y la acompañó muchísimas veces. Pasaba 
lo más natural del mundo. El amor que 
Anita había encendido en su corazón y que 
en cada visita aumentaba hasta convertirse 
en voraz hoguera, necesitaba amortiguarse un 
poco para que no lo abrasara ni lo matase 
asfixiándolo, y, por esto, de Les Folies Bevgé- 
res salía casi todas las noches con la del 
bombo, con la cual desahogaba la desenfrena- 
da pasión que le corroía las entrañas, aun- 
que después tan descarada bailarina le cau- 
sase verdadero asco, 
i» 



274 JUAN TORRENDELL 

Un jueves por la tarde habían determinado 
Anita, Sanguetti y Benjamín ir al Politeama 
para ver la representación de la ópera ame* 
ricana Guaraní, del maestro Carlos Gómez. 
Benjamín se pasó toda la noche dirigiendo 
los gemelos á su amada Anita que le sonreía 
dulcemente desde la cazuela. Es verdad que, 
á la vista de las decoraciones que represen- 
taban la naturaleza virgen de. América, y de 
la turba de salvajes con plumas multicolores 
en la cabeza y en la cintura, se le ocurrió un 
pensamiento que le tuvo abstraído un minuto 
causándole impresión gratísima; pero aquel 
momento no era para pensar sino para amar. 
Allí estaba Anita. 

Salieron del teatro los tres juntos, y, como 
la noche no estaba muy fría, Anita quiso 
caminar. 

— Será muy tarde; — observó Sanguetti. 

Los dos jóvenes replicaron que no importa- 
ba; hablarían un poco de arte. Precisamente 
Benjamín había tenido una idea, rápida, esfu- 
mada; iba á pensarla mejor. ¿Qué les parecía 
que él hiciese un gran libreto para una ópera 
grandiosa? Al fin había dado con la forma de su 
notable producción. 

— / Chi lo sá¡-~ dijo Sanguetti con sonrisa in- 
crédula—^ difficile; ma 

Para Anita no había reparo alguno; Benja- 
mín haría una cosa buena. Manos á la obra. 



EL PICAFLOR 275 



Gladiator no necesitaba que lo animasen más. 
¿Anita lo creía posible? pues ya estaba com- 
prometido. ¿Y el asunto? Ya lo hallaría. Los 
tres guardaban profundo silencio. La noticia, 
al parecer, les había /lado qué pensar. 

— Lo haré— dijo de pronto Benjamín, — si 
V., Anita, me promete desempeñar el papel de 
protagonista. 

— ¡Oh, por Dios! — replicó la interpelada. — 
Yo nunca sabría moverme en las tablas. 

— .4 laprova, á la prava; — exclamó rápida- 
mente el profesor. 

— ¿ Cómo? — preguntó Anita. 

— Vengan con me; —decía Sanguetti adelan- 
tando ol paso y dirigiéndose al teatrito de Les 
Folias Bergéres, del cual no distaban más que 
media cuadra. 

Los faroles de la fachada estaban ya apagados 
y las puertas de la entrada principal cerradas. 
En la vereda se despedían algunos concurren- 
tes rezagados y salían las artistas por la puerta 
del café. Por aquí entraron Anita y Benjamín, 
que seguían á Sanguetti. 

— ¿Qué van á decir?— repetía la joven. 

— Somos ín casa, — contestaba triunfante San-r 
guetti 

Entonces Benjamín contaba á su amiga lo 
que había descubierto: que Sanguetti era el ver- 
dadero empresario de aquel teatro. 

La sala estaba á obscuras, llegando á penas 



276 JUAN TORREN DELL 

el resplandor de las luces del cafó. Sanguetti 
se dirigió á Benjamín y le dijo que se sentara 
en la platea, y á Anita que fuese con él. La 
dejó en el escenario. Benjamín se puso á aplau- 
dir en seguida que la figura clara de Anita se 
destacó sobre la obscuridad del escenario. La 
joven sonrió. Sanguetti se fuécorriendo hacia 
el piano y empezó á tocar la música de La 
Traviata, correspondiente á la última escena 
del primer acto: 

E strano é strano ! in core 

Scolpiti ho quegli accenti! 
Anita, con una gracia especial y como si 
hubiese representado muchas veces, estuvo 
admirable, cantó con exquisito sentimiento, con 
propiedad exacta, con entonación robusta. Ben- 
jamín quería aplaudir á cada momento y aun 
del café se oía ciertas voces y una que otra pal- 
ma, apagada por siseos de algunos que mira- 
ban y escuchaban desde allí. El entusiasmo 
estalló cuando con picaresco ademán que sólo 
Benjamín podía apreciar, y con voz arrulladora 
que cautivó á todos, Anita atacó las célebres 
palabras: 

Sempre libera degg' io 

Trasvolar di gioia in gioia 

Los aplausos estallaron con fuerza, apagan- 
do la precipitada carrera de Benjamín que 
se dirigió al escenario. Cuando llegó, Anita, 
alegre, sonriente, ardorosa, se precipitaba 



EL PICAFLOR 277 



por entre los bastidores con los brazos ex- 
tendidos para no chocar con algún trasto. De 
repente se sintió abrazada con fuerza y oyó la 
voz de Benjamín que le decía al oído: 

-Eres divina. 

Después le pareció que unos labios le habían 
rozado la mejilla y se acordó de aquella noche 
que regresó de Solís acompañada por Ben- 
jamín. 

Aun resonaban los aplausos cuando Anita,que 
se había desprendido pronto de los brazos de 
su amigo, aparecía en los corredores, segui- 
da de éste, que estaba satisfechosísimo como 
nunca. 

— ¡Qué artistona, Sanguetti I—exclamaba Ben- 
jamín. 

— II teatro la reclama per forsa; —decía el 
maestro á Anita. 

— E bene; — contestó ésta entusiasmada. 
¿ De veras? 

Hablaremos mañana; — dijo la joven. — 
Ahora pida V. un coche y vamonos á casa. 



III 

La victoria. 

La lectura de la obra que tantas veces anun- 
ciara su autor, Benjamín Migliore, fué coro- 
nada por entusiastas aplausos de todos los 
que se encontraban en el salón del palacete 
del notable jurisconsulto y excelente orador 
político, Doctor Velázquez. ¿Qué remedio que- 
daba al fin de cuentas? Este era el primero 
en demostrar su aprobación al final de cada 
acto, moviendo la cabeza, ya que no las ma- 
nos, y los invitados habían de aplaudir, aun- 
que no fuera más que por cumplimiento. Pe- 
ro, nó; á los diferentes grupos en que se ha- 
bía dividido la concurrencia, que llenaba el 
salón, en cada cual de los grupos había uno 
de los que elogiaban sin condiciones, por lo 
menos en público, al inteligente crítico y no- 
table autor nacional, les había parecido Aba- 
yubá, —drama lírico, según Benjamín, aun an- 
tes de ser puesto en música, ya que libreto 



EL PICAFLOR 279 



era título pobre y vulgar, — una obra grande, 
espléndida, acabada, digna del talento recono- 
cido del autor de la Literatura Uruguaya, y 
heraldo de la Fama que coronaría la cabeza 
del Doctor Migliore. 

Una vez terminada la lectura, Benjamín fue- 
se recorriendo todos los grupos y recibiendo 
elogios y felicitaciones por su incomparable 
drama. El autor estaba satisfecho, radiante 
de contento, saltando de alegría; pero, á pe- 
sar de todo, en lo más recóndito de su men- 
te había una duda, y en lo más profundo de 
su corazón un temor. Varias veces, después 
de una que otra escena aplaudida por el au- 
ditorio, levantó la cabeza y encontróse con 
una sonrisita irónica y maliciosa de Guy Ri- 
viére, su temible rival y envidioso colega. 
Mas no era posible; su duda y su temor- 
eran infundados; Ri viere no conocía las obras 
nacionales de los literatos viejos. El mismo 
autor de La Batalla,— aquel drama histórico 
en cinco actos, tan aplaudido por Gladiator, 
pero que no se había vuelto á representar,— di- 
sipó la incertidumbre de Benjamín, abrazán- 
dole y colmándole de frases encomiásticas y 
alentadoras, y haciendo hincapié, más que na- 
die, en la extraordinaria originalidad de Aba- 
yubá. 

Benjamín le agradeció en el alma aquellas 
palabras, tomó á Riviére del brazo y se lo 



280 JUAN TORRENDELL 

llevó á un rincón de la sala, cerca de la puer- 
ta detrás de la cual se había ocultado Ma- 
ruja, interesada en la opinión que formaría 
aquel conclave de literatos, artistas, músicos 
y diletantes. Estaba sumamente contenta, sen- 
tía cierto placer que no podía ser puro y lim- 
pio, como cristalina corriente, á causa del 
abismo que la separaba de su esposo. Aquel 
éxito la complacía, como el de otro autor 
estimado, como el que un hermano, un pri- 
mo, por ejemplo, pudieran alcanzar. 

Y era verdad lo que Benjamín contaba á 
Riviére, el único de aquella reunión que po- 
día comprender las fatigas que cuesta una 
obra dramática, los desalientos que se expe- 
rimentan ante un final de acto que no quiere 
salir, la fiebre que abrasa cuando la inspi- 
ración compele al autor, las dificultades que 
encierra un asunto original y el arduo tra- 
bajo que supone la métrica en un idioma ex- 
tranjero, como sucedía con la obra Abayubá x 
escrita en verso italiano, según la costumbre 
de los libretistas. Los dos compañeros se en- 
tendían perfectamente, se comunicaban sus 
impresiones; Riviére se atrevía á hacer al- 
gún reparo, Benjamín lo aceptaba gustosa 
pero con la intención de no cambiar nada; 
en fin, estaban bien convencidos de que coa 
una buena música, aquella obra daría nom- 
bre y dinero. 



EL PICAFLOR 281 



— ¿Y dónde vas á encontrar compositor y 

artistas ? — pregunto maliciosamente Ri~ 

viére. 

— ¡Así tuviera un músico tan bueno como 
la artista que ha de interpretar el papel <$e 
Liropeya ! 

— ¿Quién? 

— Anita Pionini. 

Maruja sintió el corazón oprimido y tuvo 
celos de su antigua amiga. 

— 4 Por qué no entregas el libreto, á San- 
guetti Í 

No es capaz. 
Mientras que conversaban amistosamente, 
Gutiérrez y Sanguetti, rodeados de varios ami- 
gos, estaban hojeando el original de Abayubá 
y recordando las escenas mejores del drama 
lírico. A Gutiérrez parecíanle de mucho efecto 
los cuadros que representaban las selvas vír- 
genes de América, de las cuales salían á ma- 
nadas los desnudos charrúas con la cabeza 
coronada, los quillapís en la cintura, las fle- 
chas en el carcaj y el arco en la mano San- 
guetti tenía mucha fe en las escenas en que 
llegaban los buques españoles, en que se le- 
vantaban los fuertes aislados por los fosos, 
y en que combatían indios y cristianos. El 
compositor tenía motivos para hacer una mú- 
sica notable, i Si él tuviera tiempo y algunos 
años menos! Liropeya sería la tiple, Maga- 



282 JUAN TORREN DELL 

luna la contralto, Abayubá, como amante, 
tenía que ser el tenor, á Carvallo, capitán 
de los españoles y el traidor, le correspondía 
el papel de barítono, y el de bajo, al indio 
viejo, y jefe de los charrúas, Zapicán. En los 
coros de salvajes y soldados, lo mismo que 
en los dúos de amor, entre Abayubá y Lira- 
peya, en los de lucha entre ésta y Carva- 
llo y en los concertantes finales, podía el mú- 
sico hacer proezas de ingenio é inspiración. 
El, que conocía al dedillo las condiciones vo- 
cales de Anita Pionini, quién estrenaría la 
obra, pondría filigranas en la parte de Lirope- 
ya. | Lástima grande que Benjamín no escri- 
biera el libreto algunos años antes, cuando él 
tenía más humor y estaba menos fatigado! 

Y Sanguetti repetía las mismas palabras á 
todos los concurrentes, que, contrariando á 
Benjamín, le animaban á emprender aquel tra- 
bajo tan importante. Hasta el mismísimo Doctor 
Velázquez, á quien acompañaba el director de 
La Idea, Brioz, le llamó y le dijo: 

— A ver, señor Sanguetti, ¿qué dicen los bue- 
nos músicos? 

— ¡Oh! doitore: un capolavoro, un vero ca- 
polavoro. 

Entonces se precisa un maestro de ta- 
lla ¿nó? 

— S¿, signore. 

— Y no nos animamos; — interpuso Brioz. 



EL PICAFLOR 283 



— / Ocaláj am(co mío! Ala los trabados, 

los años; é una opera molto lunga. 

A Benjamín le fastidiaba aquella unanimi- 
dad de ofrecimientos, y aquella intromisión 
de todos en un asunto que sólo á él com- 
petía. 

—Señores: ¿quieren pasar al comedor? 

Y por grupos se los llevaba para distraer 
á la gente, á fin de que no le fastidiasen más 
con sus zonceras y sus malditas ocurrencias. 

Maruja había quedado detrás de la puerta 
sentada y abstraída en pensamientos tristes y 
atormentadores; por sobre la mujer del artista 
se había puesto la esposa engañada, la mujer 
celosa que presiente una desgracia, y cuya 
clarovidencia femenina le hace comprender que 
su marido tiene puesto su corazón y súmente 
en otra mujer que necesariamente ha de ser 
Anita. Y no siente despecho, rabia, sino, más 
bien, tristeza por su desgraciada vida, y compa- 
sión hacia aquel hombre á quien amó mucho y 
que solamente estima ahora. Si tiene algún 
sentimiento de exasperación, no escomo es- 
posa digna y que ha cumplido con su deber, 
sino como mujer honrada que se desespera 
de que una amiga sea la que pervierta á un 
hombre que ya no se pertenece á sí mismo. La 
que llora, la que sufre, es la madre, presin- 
tiendo una desgracia para su hijita amada, en 
<iuien adora con delirio. 



284 ;)UAN TORKÉNDELL 

Maruja se iba á retirar ya del sitio en el cual 
había recibido una alegría con el éxito de la 
obra de Benjamín, y una espina que la inco- 
modaba atrozmente. La gente debía de haber 
ido al comedor. Ella se distraería un poco mi- 
rando á su Martita entregada al sueño feliz de 
los ángeles. De repente oyó la voz de Guido 
Riviére y el nombre de su esposo. Acercó et 
oído á la rendija de la puerta y escuchó aten- 
tamente. 

— La obra de Miglioré no vale nada, es una 
macana completa. 

Í Cómo ? 

— Esta es mi opinión. 

— Pero me ha parecido algo bueno, bastante 
bueno; y ya sabe que difícilmente se me con- 
tenta. 

— Como que ni siquiera le gusta mi drama;— 
dijo Riviére sonriendo y recordando que su in- 
terlocutor era el mocito que le llamó Icaro., la 
noche del estreno de La Batalla, su gran dra- 
ma histórico. Después añadió: 

— Lo que son las cosas: V. atacó mi obra, y 
por lo menos era original, y aplaude la de Mi- 
glioré siendo escandaloso plagio. 

Maruja tuvo un estremecimiento corno de 
querer gritar. Aquella palabra era abrumadora, 
y aquel golpe demasiado fuerte. Cayó en la 
silla. ¿Seria verdad? ¿Era error ó calumnia? 
Quiso salir de dudas, y escuchó de nuevo con 
furioso encono y extraordinaria atención: 



EL PICAFLOR 285 



— Precisamente para escribir mi obra, — de- 
cía Riviére, - tuve necesidad de examinar todos 
los dramas históricos más viejos que hay en la 
Biblioteca Nacional, y entre ellos se encuentra 
el que le he dicho. 

— ¿Y ese Bermúdez será el padre de Was- 
hington? 

Ha de ser. Dicen que era un buen literato, 
aunque un lírico empalagoso y un romántico 
ultra. 

— También ¿quemas quiere en el año cin- 
cuenta? 

Maruja no respiraba casi por atender bien y 
fijar aquellos nombres en su memoria. Aun no 
daba crédito^ aquellos informes que parecían 
exactos. 

—Voy á apuntar el título,— dijo el interlocu- 
tor de Riviére;— ¿, ha dicho El Charrúa? 

— Drama en cinco actos. 

- ¿A qué horas está abierta la Biblioteca. . . .? 

De pronto sonaron los pasos de Benjamín, que 
les dijo pálido y tembloroso: 
-¿No vienen al comedor? 

—Si, vamos;— contestó Riviére. 

Y Maruja se quedó con el corazón traspasado, 
los ojos extraordinariamente abiertos, ojos de 
loca ó desesperada, y la cabeza agujereada por 
un pensamiento cruel que podía hacerle perder 
el juicio: Benjamín tenía todas las inclinacio- 
nes de ladrón, ó tan pronunciada la neurosis 



286 JUAN TORRENDELL 

de la celebridad que no paraba en los medios 
para llegar á ella. Y con esta idea fija, punzan- 
te como una espina, atormentadora como una 
obsesión, Maruja, que ya no era la joven llena 
de idealismos é ilusiones, sino la mujer de pro- 
funda meditación, de juicio exacto y de reso- 
lución robusta, sintióse desfallecer y morir, co- 
mo el que pjerde la última esperanza de vida. 
Durante varios meses había acariciado la idea 
de que la obra tan ansiada sería fuerte impul- 
so para que el nombre de su esposo se levanta- 
ra muy alto, y así muchos que dudaban de su 
talento se convencerían de que Benjamín va- 
lía; y hoy, de repente, y contra todo lo esperado, 
el que un día fué su ídolo, ídolo de oro, caía á 
su plantas roto, hecho trizas, mostrando ser de 
una materia sin valor alguno. Si ella lo amó 
por lo que valía, quedaba el amor bien disi- 
pado, ya no se podía esperar nada de un hom- 
bre que no tenía inspiración ninguna. ¡Oh 
cuan atroz había sido todo aquello ! 

Cuando Benjamín hubo despedido á los invi- 
tados, se retiró á su escritorio sentándose á la 
mesa, único testigo del misterio que encerraba 
su Abayubá, según creía él. Estaba demostra- 
do que nadie conocía la obra que le había ins- 
pirado su drama Úrico,— no quería pronunciar 
ni siquiera mentalmente la palabra plagiado', 
de modo que era seguro, completo, su triunfo. 
Ya no le importaba tanto lo que dirían sus ami- 



EL PICAFLOR 287 



gos, como lo que pensaría Anita, que era el úni- 
co juez admitido para juzgar y aplaudir su obra, 
su gran obra. Si le gustaba,— que sin duda ha- 
bía de gustarle,— i con cuánto cariño la inter- 
pretaría! Y el público electrizado los llamaría 
á la escena, y ambos, cogidos de las manos, 
saldrían á recibir la ovación, y después se con- 
fundirían, estremecidos por una misma sensa- 
ción, en un abrazo estrecho y ardoroso. 

Y con estos pensamientos halagadores, se fué 
ala alcoba, en donde Maruja se desnudaba ya. 

— ¿Te ha gustado ?— preguntóle Benjamín en 
un arranque inconsciente y de satisfacción. 

— ¿Si me ha gustado? Sí, — dijo Maruja 

con voz en que se confundían la tristeza, la zo- 
zobra, el fastidio, la reconvención. 

Benjamín creyó que estaba enojada porque 
no le había leído primeramente su gran obra. 
Y sin hacer caso de aquel capricho, durmióse 
con toda tranquilidad, pensando en la estatua 
que le dedicarían sus compatriotas admira- 
dos. 

Al día siguiente envió á Anita todos los dia- 
rios que hablaban de la notable producción 
del escritor nacional, doctor Benjamín Mig- 
liore, entre los cuales se contaban La Idea y 
La Patria. En éste Guido Riviére firmaba pre- 
cioso artículo describiendo la reunión lite- 
raria y afirmando que Abayubá, drama lí- 
rico del Doctor Migliore, era una obra que re- 



288 JUAN TORRENDELL 

velaba gran ingenio y exacto conocimiento de 
la escena. El éxito de la nueva .producción 
estaba desde ya asegurado. Un solo periódico 
dejó de hacer coro en el himno de la gloria 
que, según frase de Riviére, toda la prensa 
había bureado para el Insigne autor nacional, y 
fué precisamente aquel que llamó al dramatur- 
go Guido Icaro y sacó á relucir vergonzosa in- 
consecuencia de Gladiator, á raíz del estreno 
de La Batalla, drama histórico en cinco actos. 
Por supuesto, no cabía discusión de nin- 
guna clase: para Benjamín no había en Mon- 
tevideo compositor alguno que fuera capaz de 
poner en música la preciosa letra que él ha- 
bía escrito. Y era sumamente difícil que el 
músico interpretara con propiedad el argu- 
mento, los caracteres, la vida de su Abayubá, 
porque, á más de ser inspirado compositor, 
tenía que sentir la naturaleza virgen al par 
que exuberante de América, y de la América 
p re-colombiana. Podía dirigirse al brasilero 
Carlos Gómez, aunque á él no le satisfacía 
por completo la música de Guaraní. ¿Queha- 
cer? Una vez consultado el punto con el Doc- 
tor Velázquez, quien hacía tiempo que olvi- 
dara los disgustos pasados, según lo pedía 
su carácter que no conocía el rencor ni la 
malicia, resolvieron que él, Benjamín, se iría 
á pasar unos días en Buenos Aires, en cuya 
ciudad quizás podría encontrar algún buen 
músico. 



EL PICAFLOR 289 



Benjamín se embarcó y permaneció cerca 
de quince días en la capital argentina. 

Apenas hubo salido Benjamín de su casa, 
Maruja, deseosa de llevar á cabo el pensa- 
miento formulado la noche en que Riviére 
afirmó que la obra de su marido era una 
copia exacta de El Charrúa, lanzóse frenéti- 
ca al escritorio de Benjamín para compro- 
bar aquella afirmación, que podía ser tanto 
error como calumnia. Maruja no dejaba de 
mirar y leer el título de cada folleto que en- 
contraba; los registraba con toda minuciosi- 
dad, á pesar de que deseaba ardientemente 
que Riviére se hubiese equivocado, i Quién sa- 
be! ¡Los escritores y los artistas son tan en- 
vidiosos! Y lo cierto era que en los estan- 
tes de la biblioteca no había drama ni co- 
media alguna, cuyos títulos ni remotamente 
se parecieran al que ella buscaba. Quería, 
sin embargo, asegurarse bien de que aquella 
obra no estaba allí. Subió sobre una silla y 
registró los vacíos, llenos de polvo y papeles 
sucios, que había entre los libros y la pared. 
En los de abajo nada encontró. El último es- 
taba muy alto y tuvo que poner la mano sin 
mirar. De pronto dio con un libro, tembló, 
lo examinó con los dedos, perdió las fuerzas, 
no encontraba en la cubierta la capa de pol- 
vo fino que había de tener, si hacía tiempo 
que aquel libro estaba allí olvidado. Lo sacó 



290 JUAN TORRENDELL 



y vio un folleto, viejo y cuyas páginas tenían 
el color apergaminado. Le dio vuelta para 
ver el título y leyó El Charrúa, drama his- 
tórico en cinco actos y en verso. Quedó com- 
pletamente atontada, desfallecida, inerte. Que- 
daba convencida y hasta vencida en su incre- 
dulidad. ¡En vano había dudado! Bajóse len- 
tamente de la silla, sentóse en la misma y 
empezó á leer. Los nombres de los persona- 
jes eran los mismos, muchas escenas eran 
iguales, los versos traducidos únicamente. 
¡Un plagio escandaloso! jRiviére lo había di- 
cho ! Y Maruja seguía leyendo y creciendo en 
su corazón una especie de desdén, hasta de 
repugnancia por un hombre que, si admitía á 
su lado, era por consideración á la familia y 
á la sociedad, i La romántica recibía brusco 
golpe de la realidad, y sufría dolorosamente ! 
Benjamín no pasó día alguno de los en que 
permaneció en la otra orilla del Río de la Plata, 
que no escribiera á su idolatrada Anita, quien 
no le contestó hasta pasado ya cierto tiem- 
po. En la carta se quejaba de que en las su- 
yas no le hablaba más que de su obra, ol- 
vidándose ya de otras épocas en que no se 
preocupaba tanto de su gloria cuanto de su 
corazón. Era extraño que no se hubiese fiado 
en ella que varias veces lo había sacado en 
bien de serios compromisos. ¿Por qué no ha- 
bía de ser la que consiguiera una buena mú- 



EL PICAFLOR 291 



sica para aquel Abayubá que aun no cono- 
cía más que por los juicios de la prensa? 

Benjamín escribió que el sábado siguien- 
te se embarcaría en el Eolo, que salía de 
mañana y llegaría por la tarde. Por la no- 
che, si ella no se lo vedaba, estaría á su lado 
para amarla locamente, leerle su ya aplaudi- 
do Abayubá y hablar sobre la música de la 
futura ópera. 

La tarde en que Benjamín había de regre- 
sar á Montevideo, era una de las mejores de 
un final de otoño, así es que Delia, cuyo dra- 
gón volvía también de Buenos Aires junta- 
mente con Benjamín, quiso subir á la azotea 
armada de gemelos y ver la llegada del Eolo. 
Invitó á Maruja, que no mostró deseos de 
acompañarla. 

— Me llevo á Martita. 

— Nó; podría lastimarse. 

— Pero si ella quiere venir, ¿verdad, nenaf 

— Bueno; ahora voy. 

Y sacó también sus gemelos y subió detrás 
de Delia, que respiraba con fuerza, cansada 
por el peso de la niña. 

El vaporcito, aunque aun estaba lejos, se 
veía ya completamente, y pronto entraría en 
el puerto. Delia no se cansaba de mirar, y 
Maruja, después de haberse fijado también en 
la bahía, se sentó en un escaloncito. Sus pen- 
samientos eran horribles, le partían el alma, 



292 JUAN TORRENDELL 

la lastimaban atrozmente, le arrancaban lá- 
grimas, porque lloraba, lloraba sin saberlo. 
Otra vez había subido á aquella azotea, con- 
tenta, alegre, satisfecha, para esperar al ama- 
do de su corazón, al hombre que había pro- 
metido hacerla feliz, por lo menos amarla 
siempre; y ahora, después de tari poco tiem- 
po, subía de nuevo sin deseos, sin gana, con 
el pecho atravesado por la angustia, con el 
alma entristecida,, después de haber recorrido 
una época que guardaba para ella dolorosas 
fechas, señaladas por el desengaño y el su- 
frimiento. ¡Qué nebuloso era el porvenir! La 
felicidad se le había presentado con rostro ri- 
sueño y halagador, y después desapareció para 
siempre dejando en pos de sí desgracias, sin- 
sabores, golpes rudos. ¡Qué contraste! Allí, 
á su lado tenía á su hermana Delia que se 
consideraba feliz con sus ilusiones de ena- 
morada, con la esperanza de realizar las as- 
piraciones de su corazón, con la seguridad 
de que un joven fino, elegante, hermoso, y 
sobre todo enamorado, no tenía otro pensa- 
miento que á ella no se refiriese, no experi- 
mentaba otra sensación que producida no fue- 
ra por su recuerdo, no latía aquel corazón 
que por ella no fuera. Y podía ser todo cier- 
to. ¿Pero quién sería capaz de asegurar la 
continuación de aquella felicidad? ¡Pobre De- 
lia! 



EL PICAFLOR 293 



— Ya está en el puerto; — dijo Delia con voz 
que tenía acentos de placer. 

Maruja no hizo caso. Enjugóse los ojos y 
siguió pensando. 

— Veníj, china; — añadió Delia que había sen- 
tado sobre la baranda á Martita y con la cual 
hablaba con impropia seriedad. — Estás hecha 
una zonza hoy. 

Pero i que queréSj mujer? 

— Que vengas á mirar y hablar. 

Maruja se levantó y se fué hacia su her- 
mana. Sin embargo no miró hacia el puerto, 
sino que, para distraerse, clavóse los geme- 
los en los ojos y recorrió detenidamente las 
demás azoteas, cúpulas y campanarios que 
pasaban por delante de su visual. No había 
persona alguna. Apenas hubo pensado esto, 
delante de los vidrios de aumento se le pre- 
sentó una mujer que miraba también con 
gemelos hacia el puerto. Se quedó exami- 
nándola sin conocerla. ¡Quién sabe! Podía 
ser aquella mujer una de las esposas feli- 
ces, amadas de sus maridos, amantes cari- 
ñosas, como lo sería ella. Y sintió cierta 
simpatía hacia aquella joven que dirigía con 
insistencia sus miradas al vapor, en donde 
estaría sin duda su esposo que la adoraba 
haciendo su felicidad. Súbitamente doloro- 
so escalofrío recorrió todo el cuerpo de Ma- 
ruja, estremecióse, casi gritó; había recono- 



294 JUAN TORRENDELL 

cido á Anita Pionini. |Ah,la perversa! ¿Con- 
que estaba allá esperando á Benjamín, al 
hombre que era suyo, que le pertenecía por 
completo? Y, sin advertirlo, aquella simpatía, 
aquel cariño, nacidos en su corazón, convir- 
tiéronse en despecho, en furor, en odio que 
era tanto mayor y más doloroso, cuanto que 
era reconcentrado y sin poderse externar. Y 
las dos mujeres se dirigían los gemelos, y las 
miradas de Maruja eran chispeantes, rabio- 
sas, asesinas, capaces de aplastar, si posible 
fuera. Entonces creía adivinar en los ojos y 
en los labios de Anita miradas y sonrisas 
de desdén, de triunfo, de ironía. Maruja no 
podía aguantar más; el corazón le saltaba, la 
sangre acudía á la cabeza; sufría martirio 
cruelísimo ; se volvería loca. 

Benjamín, al poco rato de haber llegado, re- 
cibió una tarjeta que rompió en seguida, 
echando los pedacitos en el canasto de su 
escritorio, lleno de papeles. Maruja pensó al 
momento que era una carta de Anita, pues 
nadie sabía, como ella, la llegada de Ben- 
jamín. 

Este, después de haber comido, en cuyo 
tiempo estuvo muy expresivo con su suegro 
contándole todo lo que le había pasado en 
Buenos Aires, tomó su Abayubá, y echóse á la 
calle. Fuese á ver á Anita, quien le había in- 
vitado en su tarjeta á tomar té con ella, des- 
pués de la lectura de la obra. 



EL PICAFLOR 295 



Anita estaba hermosa, muy hermosa, y ele- 
gante, muy elegante. Lo introdujo en el sa- 
loncito, que ahora estaba transformado á cau- 
sa de la alfombra y los portieres. Estos se de- 
jaron caer á su paso, y la habitación quedó ce- 
rrada, herméticamente cerrada, pareciendo que 
nada ni nadie había más allá. Tenía un -as- 
pecto de nido, de nido bien resguardado, ca- 
liente y aromatizado por el amor. Sentáronse 
ambos alrededor de una mesita y, después 
de interesante conversación, llena de quejas 
i por parte de Anita y de satisfacciones comple- 
tas por la de Benjamín, empezó éste la lec- 
tura del drama lírico, Abayubáj que pareció 
excelente á su amiga. 

La tibia atmósfera de aquella habitación 
encendía la sangre á ambos y la rítmica so- 
noridad de los versos les ponía más amoro- 
sos y más tiernos que nunca. Anita se iba inte- 
resando cada vez más por la amante Lirope- 
ya, al propio tiempo que estaba contentísima 
viendo las frases originales y hermosas es- 
critas por Benjamín. Lo miraba, mientras él 
leía con voz sonora y expresión clara, y su 
amor aumentaba á ojos vistas. Sentía una 
sensación de placer, que la enternecía, le qui- 
taba las fuerzas, la desfallecía, sin encontrar 
un movimiento de resistencia, cuando Benja- 
mín se apoderaba de su mano y jugaba con 
sus dedos. 



296 JUAN TORRENDELL 

Y siguió así reteniendo aquella mano de 
piel fina y blanca que parecía electrizar el 
cuerpo todo de Benjamín, á quién miraba Anita 
con ojos fijos y penetrantes, á pesar de haber 
terminado ya la lectura. La joven tenía la 
cara encendida, los ojos brillantes, los la- 
bios con estremecimientos de besos y las ma- 
nos ardientes. Benjamín acercó rápidamente 
la boca al rostro de Anita, y la besó. Ella le- 
vantóse perseguida por Benjamín, llegó al pia- 
no, se volvió apoyada en el instrumento, cruzó 
las manos sobre su seno y quedó presa de 
los brazos de Benjamín. 

En aquel momento Maruja acababa de re- 
construir la tarjeta de Anita, hecha pedacitos, 
y se enteraba de la cita que había dado á su 
esposo. 

Este abrazaba desesperadamente á Anita, 
en cuyos labios culebreaba una sonrisa d% 
triunfo. 



IV 

A volar. 

i Decididamente Anita amaba mucho á Ben- 
jamín, desde el momento que no había po- 
dido substraerse por completo á los halagos 
y caricias con que su amigo la envolvió mi- 
moso y zalamero. No quería negarlo tampo- 
co: ya no era sólo el sentimiento de vengan- 
za, sino también el del amor, las causas prin- 
cipales que había tenido para luchar con la 
debilidad, llámese así, de Benjamín, por la 
cual éste no se le hubiese acercado nunca, 
á pesar del cariño que le profesaba. 

Podía darse por muy satisfecha, ya que se 
había realizado absolutamente el pensamiento 
que un día forjara. Benjamín era suyo, todo 
suyo, según él mismo se lo había confesado 
entre demostraciones de ardiente amor y 
pruébaos de completa esclavitud. 

— ¿Me amas?— le preguntó Anita. 

— Con locura; —repetía Benjamín. 



298 JUAN TORRENDELL 

—¿Querés ser mío? 

— Soy tu esclavo. Haz de mí lo que te plazca. 

Benjamín deliraba, estaba fuera de sí, la 
poseyó ferozmente, se conoció que tenía ham- 
bre de aquella joven dulce y sabrosa. 

Sí; había vencido, pero también era cierto 
que ella cedió, lo cual no entraba en sus re- 
soluciones, pues esto había de ser más tar- 
de, cuando él no pudiera separarse de su la- 
do. No había de olvidarse que era reconoci- 
do picaflor y que, una vez chupado el néctar 
de la rosa, bien pudiera ser que se lanzara 
en largo vuelo para otros pagos. No había 
que fiarse. Por esto es que Anita pasó aque- 
lla noche hasta cierto punto bastante intran- 
quila y dándole vuelta por la cabeza mil en- 
contrados pensamientos que le quitaban el 
sueño, plácido casi siempre. 

Así es que, cuando María la despertó á la 
mañana siguiente para entregarle una carta que 
resultó ser de Benjamín, sintió placer inmen- 
so, satisfacción infinita, y durante la lectura de 
las cuatro páginas que rebosaban pasión y en- 
tusiasmo, expresados con frases arrobadoras 
y párrafos repletos de gratitudes, cariñosas 
demostraciones y firmes promesas, Anita ex- 
perimentó emociones de tranquilidad, de sosie- 
go, al par que de orgullo, de renacimiento. 
Nada había que temer; Benjamín se entregaba 
atado de pies y manos, con verdadero gusto y 
delirante apasionamiento. 



EL PICAFLOR 299 



Por tanto ya podía principiar los prepara- 
tivos para atacar la plaza que seguramente 
no había de ser difícil de conquistar por su 
resistencia, sino mejor, por su debilidad. La 
amaba "mucho; demostróse muy bien; ¿pero 
sería capaz de realizar juntamente con ella el 
pensamiento que formuló, aunque no con pre- 
cisión, la noche que Benjamín ofreciera es- 
cribir el libreto de una ópera cuya protago- 
nista sería ella? Lo había pensado durante 
mucho tiempo y ahora se presentaba el mo- 
mento de poner en práctica su idea. La ocasión 
era oportuna, y á la ocasión la pintan calva. 

A aquella carta en que Benjamín manifes- 
taba su ardiente pasión, la ternura de su al- 
ma, la alegría de su pecho, la fruición de su 
cuerpo todo, siguieron día á día otras mu- 
chas, en las cuales repitió tenazmente los 
conceptos déla primera, y pidió con constan- 
cia el permiso para echarse de nuevo á sus 
plantas y ser pisoteado por aquellos menudi- 
tos pies de diosa celestial. Pero Anita no con- 
testaba, aunque aprobaba desde el balcón. Le 
había ido demasiad^ bien en la primera épo- 
ca, para que ahora no echase mano del mis- 
mo medio que le había proporcionado la vic- 
toria. Nó; Anita no quería contestar aquellas 
correspondencias que altamente le complacían, 
contentándose con recibir á Benjamín cuan- 
do estaba Sanguetti, y avivar más y más el 



300 JUAN TORRENDELL 

fuego que ardía en su corazón, con miradas 
incendiarias y apretones de manos que que- 
maban. 

Con tantas contradicciones Benjamín se po- 
nía insoportable; no se le podía aguantar. 
Maruja no atinaba en la causa de aquel mal 
humor ni de aquel rostro cejijunto. Bien es ver- 
dad que nunca lo interrogaba, ni él se quedaba 
con ella á solas, á no ser en las horas de 
dormir, que pasaba desvelado é intranquilo. 
Algunas veces él pedíale caricias propias de 
lo más rudimentario del matrimonio, que no 
les causaban fruición de ninguna especie, por- 
que ella se entregaba sin amor, y él no sa- 
tisfacía las ansias de su deseo. ¡Cuántas ve- 
ces Maruja se propuso consolarlo, nó con sus 
ternuras, que no hallaba en su pecho, ni que 
él hubiera aceptado, sino con los mimos y 
gracias de Martita, de su hijita amada! Pero 
nada conseguía. Sin decir que lo incomoda- 
ba la presencia de aquel pedazo de su cora- 
zón, se comprendía, sin embargo, que nin- 
guna impresión de placerle causaba la voce- 
cita infantil y torpe en pronunciar las pala- 
bras cariñosas que la madre le enseñaba pa- 
ra que las repitiera. 

Benjamín había sufrido un cambio radical. 
Todos lo conocían, y más que nadie él mis- 
mo, que se notaba indiferente delante de mu- 
jeres que le tenían los sesos sorbidos. Para 



EL PICAFLOR 301 



él ya no existía la desvergonzada húngara, 
á quien no fué á ver más ni aun con peticio- 
nes de Sanguetti^que no se cansaba de darle 
entradas con el objeto de que escribiera bom- 
bos para su Folies Bergéres. Ya casi nunca 
escribía en los diarios. 

El Doctor Velázquez notó también el estado 
de Benjamín, que lo hacía ser más asiduo al 
escritorio y más constante en el trabajo. Por 
lo cual estaba muy contento, creyendo que 
se habría cansado ya de la vida disipada de 
calavera; y así se lo dijo al viejo Migliore. 
Al antiguo platero de la calle Sarandí le ex- 
trañaba mucho aquel cambio, y, en caso de 
ser cierto, debía atribuirse, según pensaba, 
al buen carácter de su hico, y no á la direc- 
ción del dottore Velázquez, quien se preocu- 
paba poco de Benjamín. 

El distinguido orador estaba seguro de que 
su yerno se sentía asfixiado en una atmósfe- 
ra falta de nitrógeno literario y artístico, como 
la de Montevideo, Ahora resultaba que, un 
mozo, teniendo talento, no podía aspirar, en 
Montevideo, á la gloria á que sus dotes inte- 
lectuales le hacían acreedor. Benjamín no ha- 
bía nacido para vivir en una ciudad en que ni 
las letras ni el arte ocupaban el puesto mere- 
cido. Pero ¿qué hacer? Por el momento no 
había más remedio que conformarse, esperar 
que esto cambiase, aunque la cosa sería lar- 



302 JUAN TORRENDELL 

ga. ¿Y si él con su influencia le proporcionaba 
un nombramiento de cónsul en Europa, por 
ejemplo? ¿Por qué nó? Otros había que no va- 
lían ni remotamente lo que él. Por lo menos 
se hacía un bien á la patria, dando vida á un 
autor nacional. Había que trabajarlo. 

Al fin Anita determinó escribir á su amigo, 
invitándole á una conferencia para tratar de 
su Abayubá. Benjamín se puso tan alegre que 
nadie que con él habló aquel día, dejó de 
observar su satisfacción y contento. No faltó á 
la cita ni un solo minuto. A las ocho en punto 
de la noche, subía la escalera de la casa cuyas 
puertas siempre traspasaba con el pecho palpi- 
tante y las piernas débiles. Una vez en el sa- 
lón, en el cual ninguna mirada extraña podía 
penetrar, y en donde se experimentaba una 
sensación de bienestar, de tranquilidad, de 
amor, Benjamín se apoderó de las manos de 
Anita é intentó besarla en la boca. 

—-Che, más formalidad; —exclamó Anita son- 
riendo y apartándose con gracia y coquetería. 

Le invitó á sentarse en el sofá, haciendo 
ella lo propio en una butaca inmediata. 

— Te he pedido que vinieras, — empezó di- 
ciendo la joven, — para preguntarte si insistes 
en que yo cante la parte de Liropeya. 

— Ya sabes que he escrito la obra solamente 
con esa condición. O tú ó nadie. 

Anita sonrió y le dio las gracias con una 
mirada dulce y amorosa. 



EL PICAFLOR 303 



— Pues bien; tú comprenderás que no es 
posible que yo, de buenas á primeras, me pre- 
sente en un teatro para estrenar tu obra. 

—¿Por qué nó?-- preguntó azorado Benja- 
mín. 

— Sencillamente, porque una falta mía po- 
dría echar á perder la ópera. 

—¿Y qué importa?— exclamó el joven con 
voz firme y segura.— Caeremos los dos juntos. 

Anita fijó nuevamente su mirar claro y za- 
lamero en Benjamín y apretó el brazo de éste 
con sus dedos tibios y suaves. Se quedó apo- 
yada en el respaldo del sofá; las dos manos 
se comunicaban el mutuo calor. 

—Tú, que eres muy amable, puedes decir es- 
to, pero yo, que deseo con ansia tu gloria, no 
puedo aceptarlo, Benjamín. 

En esta última palabra había puesto todo 
el acento de angustia que supo encontrar en 
su garganta Esta vez bajó tristemente los ojos. 

— ¿Qué tienes, Anita? ¿ Que te pasa hoy? Es- 
tás algo misteriosa. 

Benjamín hablaba temblando y apretando la 
mano de su amiga. 

— Nó; no creas, Benjamín. Es que había 
pensado algo que á los dos nos conviene. 

Había vuelto á levantar los ojos, abriéndolos 
todo lo posible, aunque poniendo'en ellos ale- 
gría y gracia atractiva. 

— i Y qué es? 



304 JUAN TQRRENDELL 

— Ya que Sanguetti cree que me debo al 
arte y que tú mismo (recalcó bien estas pala- 
bras) me animas á ir á encontrar la fama. . i . 

— Termina. 

— he resuelto marcharme. 

Benjamín se había incorporado, clavando los 
ojos en la boca de Anita, como para no per- 
der un solo vocablo. Después que Anita hubo 
proseguido con cierto tono de completa reso- 
lución, dejóse caer en el respaldo del sofá, 
completamente abatido. Anita reclinóse tam- 
bién en su butaca tomando una actitud muelle 
y provocadora. Al cabo de un rato de silencio, 
preguntó con dulzura: 

— ¿ No lo quieres ? 

Benjamín no contestaba. Anita insistió más 
dulcemente aún: 

— Che, ¿no lo querésf 

— Nó, no lo quiero;— exclamó Benjamín con 
voz débil y entristecida.— No quiero que te va- 
yas sola 

— Me voy con mi sirvienta. 

— Nó, no quiero. 

— ¿Y entonces? ¿Con quién? 

Y, mientras preguntaba esto con insisten- 
cia, miraba fuerte y fijamente los ojos de 
Benjamín, que luchaba en pronunciar la pala- 
bra que merodeaba por sus labios. Anita no le 
quitaba su mirada hipnotizadora, ni le aban- 
donaba la mano que apretaba entre las su- 
yas acariciadoras y que comunicaban fuego. 



EL PICAFLOR 305 



—4 Con quién, vida mía, con quién?— repetía 
la joven, levantándose para infundir fuerzas 
á aquel hombre que estaba luchando con su 
debilidad y su pasión. Anita le había puesto 
una mano sobre la frente y le miraba con 
ojos penetrantes, ñjos, que le llegaban al al- 
ma. Poco á poco fué acercando sus labios á 
la boca temblorosa de Benjamín y, una vez 
rozándola, preguntó de nuevo: 

— ¿Con quién, amor mío, conquián? 

Benjamín no hizo más que levantar los bra- 
zos, rodear á Anita fuertemente y gritar con 
voz apagada pero furiosa: 

— Conmigo. 

Y entonces juraron en un loco arrebato de 
pasión desenfrenada irse á lejanas tierras para 
ser felices y dichosos 

Únicamente cuatro eran las personas que 
estaban enteradas del viaje que dentro de 
quince días había de emprender Anita: ésta, 
Benjamín, Sanguetti y María, la criada. Sólo 
entre los dos primeros había la combina- 
ción de encontrarse eh el vapor de La Veloce, 
que salía á fines de mes. 

Sanguetti recibióla noticia de la marcha de 
Anita con extraordinaria satisfacción, previen- 
do al instante la parte de gloria que le cabría 
en los triunfos que alcanzaría su notable dis- 
cípula. Como se había resuelto que ella se 



306 JUAN TORRENDELL 

llevaría el drama lírico de Benjamín, escribió 
larguísimas cartas para varios compositores 
recomendándoles la obra y animándoles á em- 
prender el trabajo, porque en América había 
de tener á todo trance un gran suceso. Du- 
rante quince días repasaron todas las óperas 
que Sanguetti le había enseñado, repitiendo 
los consejos, las advertencias y explicaciones 
que en muchos años le diera. Deseaba que 
los inteligentes conocieran al momento que la 
egregia artista, Anita Pionini, tenía la brava 
scuola del tenore Sanguettij el héroe de Ruy 
Blas. 

Benjamín estaba algún tanto aturdido, no 
se daba cuenta clara de lo que le pasaba, tenía 
todo el aspecto de un individuo que ha sido 
hipnotizado muchas veces. El no veía más que 
á Anita, no sentía otro olor que de su perfuma- 
da persona no se desprendiera, no comprendía 
la existencia más que al lado de aquella mujer 
hermosa, viva, elegante, artista, ingeniosa. A 
ratos adivinaba así, en confuso, los triunfos 
que le proporcionaría su Abayubá, cuya pro- 
ducción no le interesaba del mismo modo que 
si fuera realmente hija de su inspiración. Lo 
único que lo tenía encadenado en absoluto, 
era su amiga á quien amaba tan apasionada- 
mente como él no había llegado á comprender 
que así se quisiera, y en cuyo cuerpo había 
descubierto estremecimientos de una volup- 



EL PICAFLOR 307 



tuosidad seductora. Nadie había en Montevi- 
deo que lo pudiera atraer: nada se diga de 
las diversas flores en cuyas corolas él, el in- 
constante picaflor, había chupado el néctar 
sabrosísimo del amor; pero ni siquiera le de- 
tenía en su imaginario vuelo á tierras desco- 
nocidas aquella primera flor que, gracias al 
continuo revoloteo y romántico pío-pío, le 
abrió placentera sus hermosas hojas para que 
del beso ideal de sus amores brotara el pim- 
pollo cuya lozanía no era suficiente á atraerlo, 
para que creciera, resguardado del sol, á la 
sombra de sus finísimas alas. Nó; el picaflor 
quería llegar á la meta que su pasión le ha- 
bía señalado, y no eran parte a detenerlo 
obstáculos ni dificultades. De todos modos ya 
nunca más había de disiparse la tristeza que 
envolvía el corazón de Maruja; por consi- 
guiente no podía ser feliz. Vivir moralmente 
separado de ella, era mucho peor que estarlo 
materialmente. Hasta el cuerpo deseaba otra 
cosa, pues ¡ qué pucha! no había más remedio 
que dárselo. 

A lo cual no accedía la desconfiada Anita, 
quien no dejaba de temer una escapatoria del 
voluble picaflor. No se le podía hartar, porque 
era muy posible que se fuera para otros pa- 
gos. Era preciso que el deseo lo espolease, si 
quería retenerlo como era debido. Por esto es 
que, cuando le escribía, no hacía otra cosa que 



308 JUAN TORREN DELL 



prometerle, siempre prometerle, una vida d© 
delicias hasta ahora no conocidas, una exis- 
tencia iluminada por resplandeciente aurora de 
arte, amor, y magnificencia.— A gozar, á gozar: 
— eran siempre sus últimas palabras; palabras 
que Benjamín saboreaba con fruición inefable, 
dejándole más abatido y sin fuerza la ilusión 
del placer, que el placer mismo. 

Lo primero que Anita exigió de sus ami- 
gos, fué que guardasen el más estricto se- 
creto de su partida, pues no quería que la 
fastidiasen sus amigas con el sonsonete de 
los peligros que ofrece el teatro, la insegura 
vida de los artistas, etc., etc. Nada quería sa- 
ber; lo había resuelto ya; pues en marcha. 
Benjamín se cuidaría de mandarle los dia- 
rios para ver cómo la habían tratado. Sangue- 
tti, ya que había sido tan amable en recoger 
su plata, sus diez mil pesos, la herencia de 
su familia, se encargaría de rematar sus mue- 
bles, cuyo producto destinaba á la caja del 
Club Filarmónico, la obra artística por ella 
fundada. Deseaba que nadie la acompañase 
al vapor, pues no quería llamar la atención. 
Una vez á bordo, se encerraría en su cama- 
rote con su sirvienta para no toparse con nin- 
gún conocido. 

Todo esto lo disponía Anita en presencia 
de Sanguetti, á fin de que no pudiera sospe- 
char en lo más mínimo la partida de Ben- 
jamín, 



EL PICAFLOR 309 



Este escribió una carta explicativa para Ma- 
ruja, carta que metió dentro de otra enviada 
á Mario Gutiérrez, rogando á éste que la 
diese á su mujer. Recomendó á su sirvien- 
te Pedro que no entregase aquella carta hasta 
el día siguiente por la mañanita. Por un ras- 
go, que en él no era más que de debilidad, 
Benjamín rogaba en la carta á Gutiérrez que 
preparase á Maruja para tan rudo golpe. De 
su casa no quiso sacar ni un libro ni una 
prenda de vestir, — de todo tenía en los baú- 
les de Anita,— á fin de que nada pudieran 
sospechar los de su familia. La última visi- 
ta que hizo, fué á sus padres. El viejo estaba 
muy contento porque sabía por el dottore Ve- 
lázquez que su híco se portaba muy bien y 
que, por esto, le preparaba su suegro una 
gran novedad. 

A las tres de la tarde el gran trasatlántico 
empezó á respirar con fuerza descomunal, 
oyéronse sus mecánicos latidos y empezó á 
andar pesadamente por la tersa superficie 
dé ] as aguas del Río. Benjamín había salido 
del camarote para respirar aire libre y burlar 
al mareo, producido por el fuerte olor de al- 
quitrán y otras substancias propias de las em- 
barcaciones. Apoyóse inconsciente sobre la 
borda que daba á la parte de la costa, á 
la cual desembocaban las calles de la ciu- 
dad que van de norte á sur. Entonces empe- 



310 JUAN TORRENDELL 

zó á vagar libre y rápidamente su imagina- 
ción: tan pronto recordaba un hecho de su 
infancia, como pensaba en lo que le había pa- 
sado el día anterior; ora creía encontrarse en 
un sitio conocido en su niñez, ya desapare- 
cido, ora se imaginaba el lugar visitado por 
la mañana de aquel mismo día. 

De pronto dieron sus ojos con el resplan- 
dor deslumbrante que despedían los cristales 
de la torrecilla que coronaba el edificio en 
donde Velázquez tenía su estudio. ¡El viejo 
le dijo que su suegro estaba contento! ¡Có- 
mo se pondría al anterarse de su fuga! Todo 
se convertiría en gritos y lágrimas. ¡ Lo que 
es la naturaleza! Precisamente aquel día era 
uno de los más alegres y lindos del invier- 
no. ¡Qué contraste! El sol, habiendo corrido ya 
más de la mitad de su camino por un cielo de 
un azul purísimo, enviaba millares de rayos que 
se reflejaban en las paredes, cúpulas, torres 
y campanarios de Montevideo, que brillaban 
con más ó menos intensidad, y en las tran- 
quilas aguas del mar que movía incesante- 
mente sus ondas, cabrilleando y haciendo más 
blanca la espuma de la estela. Era un día 
precioso; lindo para hermosear un recuerdo. 
El firmamento estaba claramente azul, sin 
una nube ni una mancha de humo. Nó; no 
tanto, allá lejos, sobre la ciudad, aparecía su- 
til nubécula, imperceptible casi, un copo de 



EL PICAFLOR 311 



algodón finísimo, una bocanada de vapor. Ben- 
jamín la miraba fijamente, con insistencia y 
encono, hasta perder la conciencia de la rea- 
lidad para imaginarse que era el vaporoso 
efluvio de dilatado charco que habían forma- 
do las lágrimas de los seres que le amaban 

entrañablemente 

De repente se sintió abrazado por cariño- 
sos lazos y percibió en su frente el hálito en- 
cantador de los labios divinos de su Anitá. 



Un nido abandonado. 

Maruja, después de haberse convencido, pal- 
pando con la mano, de que estaba sola en la 
cama y de que la parte de Benjamín se con- 
servaba intacta, á pesar de que había de ser 
muy de madrugada, sentóse rápidamente en 
el lecho, encendió una vela, miró el reloj que 
señalaba las cinco, y sintió que el corazón le 
daba un vuelco. ¿Cómo? ¿Benjamín aun no 
se había retirado á descansar, siendo hora tan 
avanzada? ¿ Qué le habría pasado ? ¿ Habría su- 
frido alguna desgracia, ó se habría olvidado 
de sus deberes de esposo y de su dignidad 
de hombre honrado? 

En el primer momento tuvo la idea de le- 
vantarse, vestirse y salir á indagar la causa 
de aquella tardanza; pero no se animó, quiso 
esperar más, á fin de que, en caso de retirar- 
se aún sin que nadie notara su falta, no hu- 
biera motivo para el escándalo que de un día 



EL PICAFLOR 313 



á otro ella esperaba, en vista de lo insufrible 
que su marido se ponía. Ni él ni ella podrían 
callarse., si llegaba á saltar de la cama para 
ir á buscarlo. Esta sola idea poníale carne de 
gallina y estremecíale todo el cuerpo. ¡Ella 
obligada a dirigirse al Cabildo ó á la puerta 
de algún amigo de Benjamín para saber el 
paradero de su marido! ¡Oh desgracia! 

— j Dios mío ! j Dios mío ! — exclamaba Maru- 
ja llorando á lágrima viva, con la cara entre 
las manos y éstas apoyadas sobre las rodillas 
cubiertas por el abrigo del lecho. 

Y en este estado de meditación pasaron por 
su mente mil pensamientos á cual más en- 
contrados y diferentes. Se acordó de múltiples 
detalles de su vida, los más pequeños, los 
más insignificantes. Una vez Benjamín le dio 
un beso en la nuca, cuando eran novios, y 
le había causado la misma sensación que la 
que sintió una tarde oyendo en San Francis- 
co cierta palabra dicha por una penitente 
al confesor; sensación muy parecida también 
á la experimentada la mañanita que subió á 
la azotea para esperar á Benjamín que regre- 
saba de Buenos Aires. A contar de esa época 
hasta el presente, no había tenido aquellas 
alegrías que presintió en los felices tiempos 
en que Benjamín la visitaba como novio. Uno 
de esos inolvidables días, le preguntó después 
de haber permitido que le diera un beso. 



314 JUAN TORRENDELL 

— ¿Cuándo me amarás con todas tus fuerzas? 
Y él contestó con frenesí: 

— Cuando seas bien mía. 

Nó; no había resultado cierto; cuanto más 
se le había entregado y más sumisa se le mos- 
traba, menos la había amado, menos había go- 
zado de los placeres destinados al cariño con- 
yugal. Hacía tiempo que había adivinado la 
vida triste y dolorosa que el porvenir le guar- 
daba; sin embargo nunca creyó que llega- 
se este momento cruelísimo en que sen- 
tía todas las angustias del olvido y del aban- 
dono. Ya estaba convencida de que Benjamín 
no la amaría más, como en otro tiempo, pe- 
ro no podía creer que su marido no advirtiese 
que era necesario observar las conveniencias 
sociales, aunque más no fuera por su hijita. 

El recuerdo de Martita la obligó á prorrum- 
pir en nuevo y más abundante llanto, que le 
enrojecía los ojos y le producía frecuentes 
sollozos que no la dejaban respirar. 

Se secaba las lágrimas y continuaba discu- 
rriendo acerca de la vergüenza que tendría 
que pasar, si su familia se enteraba de aquel 
desarreglo. ¡Qué sucedería si su papá llega- 
ba á saber que Benjamín habíase retirado á la 
salida del sol ! Nó; no podía ser. Aquello pedía 
un remedio radical. Benjamín podría enojarse, 
rabiar, no importaba; ella estaba en la obliga- 
ción de hacerse respetar, como esposa, y de 
ahorrar cualquier disgusto grave á su papaíto. 



EL PICAFLOR 315 



Y, apenas hubo tomado tal resolución, echó 
á un costado el abrigo de la cama y se le- 
vantó vistiéndose á la desesperada, sin aten- 
der á lo que se ponía, ni á lo que hacía. 
Temblorosa, medio sofocada, incapaz de coor- 
dinar una idea que le señalara el proceder 
más prudente y correcto, llegó hasta ponerse 
la primera gorra que á mano encontró. Para 
esto miróse al espejo, y las manos se le ca- 
yeron de golpe y el cuerpo sufrió una es- 
pecie de aniquilamiento, al verse mal arre- 
glada, despeinada, con el rostro deslavazado. 
Aquella vuelta en sí la hizo reflexionar algún 
tanto, hasta el punto que, una vez sentada, 
empezó á desnudarse de nuevo, por creer que 
no era posible que una mujer de su condi- 
ción pudiera salir á la calle tan temprano. 
Toda la casa se enteraría de la falta de Ben- 
jamín, los que la verían por la calle: obreros, 
dependientes y celadores, se figurarían que 
venía de mala parte; hasta á su esposo le ha- 
bía de pesar que ella madrugase de tal suerte. 

¿Y con qué derecho se podría quejar? ¿Aca- 
so no era él la causa de tanto malestar, de 
tal desbarajuste? 

No^había de extrañar absolutamente nada; 
esto no era más que una consecuencia lógica 
y natural de la vida que llevaba su marido. 
Debió presumir que cualquier día Benjamín 
se olvidaría de volver á su casa, descarada- 



S16 JUAN TORftENDELL 

mente echado en brazos de alguna mala mu- 
jer. Y perdióse su memoria en el negro la- 
berinto cuyos límites estaban formados por 
los hechos escandalosos de su marido, que 
por desgracia ella conoció. 

Los ruidos de la calle y de los estableci- 
mientos cercanos indicáronle que la ciudad 
empezaba la vida diaria, y que en breve la 
servidumbre de su casa se pondría en movi- 
miento y se apoderaría del secreto que tanto 
la lastimaba. Por esto no quiso abrir puertas 
ni postigos, á fin de que nada se notase, pues 
siempre le quedaba un resto de esperanza. 
Allí estaba, acurrucada, inmóvil, con los ojos 
fijos en la vela, cuya llama no se movía ni 
un ápice. Aquella claridad, obscuramente ama- 
rilla, le recordó el día tristísimo de la muer- 
te de su mamita, pareciéndole ver los cirios 
que iluminaban con siniestro fulgor el rostro 
pálido y sonriente de la muerta. Comparable 
con aquel abandono era sin duda este. Enton- 
ces quedó huérfana, ahora puede considerar- 
se viuda. ¡Ya nunca lo sería más! 

— i Oh mamá, mamá mía! — exclamaba á ca- 
da instante Maruja, sintiendo ansias, vivas 
ansias de llorar y no pudiendo en modo al- 
guno. El corazón se le había cerrado por com- 
pleto y se le iba formando un nudo en el pe- 
cho. Ella comprendió que no podía llorar, 
pero es que no debía, pensaba una y otra 



EL PICAFLOR 317 



vez. No debía desesperarse tan tristemente 
por un hecho que, más que abatirla, había de 
animarla á imponerse y á tener fuerzas para 
reprobarlo en presencia de Benjamín. Hasta 
ahora se había presentado muy buena, calla- 
da, paciente; desde entonces había, por lo me- 
nos, de hacerse respetar, á ella y al hogar. 

Pero i quién sabe! se mostraba severa con 
su esposo. Podría haberle sucedido alguna 
desgracia, quizás se lo traerían pronto he- 
rido, malparado, i Hay tantos peligros en una 
ciudad! ¡Corre uno tan¿o riesgo de pelearse 
entre gente tan susceptible! 

Y el amor, aquel gran amor que Maruja sin- 
tió años atrás en su pecho hacia Benjamín, 
revivía á cada momento, no quería morir. Se 
agarraba á la menor esperanza, y hasta pen- 
saba que, si después de aquel duelo, su ma- 
rido se mostró más amable y cariñoso, bien 
pudiera suceder que íthora, si había tenido 
algún percance, se arrepintiese^ y se echase 
en sus brazos. 

Este pensamiento la dejó profundamente ex- 
tasiada, permaneciendo así larguísimo rato, 
hasta que el tictac del reíoj que no cejaba en 
su afán de medir el tiempo, la despertó ha- 
ciéndole fijar en el movimiento que ya rei- 
naba en su casa. 

Era preciso dejarse ver para no llamar la 
atención, y procurar ocultará su papá en to- 



318 JUAN TORRENDELL 

do lo posible la grave falta de Benjamín. Ape- 
nas hubo salido de la alcoba, encontró á De- 
lia que quería entrar allá, en donde había 
olvidado la novela que estaba leyendo. 

Maruja la detuvo rápidamente. Tenía que 
esperar; mejor fuera que estudiara la lección 
de piano ó de francés. Se lo dijo enojada, 
contra su costumbre. 

Fuese al balcón, pero volvió en seguida pa- 
ra guardar bien la puerta de su dormitorio. 

El Dr. Velázquez la vio y le preguntó por 
Benjamín : 

— ¿Aun no se ha levantado? jCaray, con el 
haragán! Decíle que venga. 

Maruja permaneció en silencio y clavada en 
la puerta. No sabía qué hacer ni qué decir. 
Al rato se dirigió á su papaíto y le preguntó 
si deseaba algo urgente. Velázquez sonrió y 
le mostró un papel que tenía en las manos. 

— Dale esto. 

Maruja titubeó, lo tomó, quiso hablar y se 
retiró. Antes de que pudiera entrar en su cuar- 
to, la doncella le entregó una carta del señor 
Gutiérrez, i Ah ! Aquel amigo le iba á dar no- 
ticias de su esposo. Seguramente estaba he- 
rido y lo habían llevado á su casa. Debía de 
ser algo muy grave. Rompió el sobre y leyó 
una tarjetita en la cual le manifestaba que 
por indisposición repentina no podía entre- 
garle personalmente la adjunta carta. Miróla 



EL PICAFLOR 319 



y conoció al momento la letra de Benjamín. 
El corazón le dio brusco salto. Leyó las pri- 
meras lineas y un grito desgarrador turbó la 
tranquilidad que allí reinaba. Todos acudieron. 
El movimiento fué rápido y espantoso. Parecía 
el barullo producido en una casa por muer- 
te repentina. El Dr. Velázquez mandó en se- 
guida que Pedro fuese á buscar al médico, y 
mientras Delia y las sirvientas procuraban vol- 
ver en sí á Maruja, él se había apoderado del 
papel que estaba en el suelo y se enteraba de 
su contenido. Su cara iba palideciendo y su 
respiración haciéndose más breve y ruidosa, 
como la de la máquina repleta de vapor. 

— ¡Ah el infame, el perverso l — rugió apa- 
gadamente el gran político, con los ojos en 
extremo abiertos y las uñas clavadas en las 
palmas de las manos. 

Maruja fué trasladada á la alcoba y metida 
en la cama, en donde se deshizo en lágrimas 
apenas hubo recobrado los sentidos. Estaba 
furiosa, loca, desesperada; deseaba morir, ani- 
quilarse, desaparecer, antes que la vergüenza 
la matase sin piedad. 

Cuando el médico llegó, la enferma se ha- 
llaba en una crisis espantosa de furia, irri- 
tación y locura. Empezó á consolarla y á exa- 
minarla, pero Maruja se desesperaba y grita- 
ba entre sollozos. Entonces el médico mirán- 
dola fijamente y poniéndole una mano en la 
frente, dijo con toda tranquilidad: 



320 JUAN TORRENDELL 

— Sosiégúese, señora. Su estado no permite 
ninguna emoción fuerte. Está V. en cinta. 

Maruja clavó los ojos en la boca del doctor 
esperando la sonrisa que desmintiera aque- 
lla afirmación, que demostrara que aquello 
era una broma. 

— Esto no es nada; — continuó serio el mé- 
dico y se fué á recetar. 

Entonces era cierto lo que había dicho. La 
joven quedó aplastada, tuvo un arranque de 
furia contra el hijo de su marido, pero reac- 
cionó al momento compadeciéndose de aquel 
ser que aun quizás no tenía vida y á quien ya 
quería hacer culpable de las faltas del padre. 
El doctor decía bien: había que sosegarse; 
desde aquel instante su cuerpo era sagrado, 
era nuevamente santuario de la maternidad. 

Y, mientras pensaba en esto, entró risueña 
y contenta la traviesa Martita con un lápiz en 
una mano y un papel en la otra. Subió en- 
cima de la cama de Maruja diciendo, como 
otras mil veces, con su lengua de trapo: 

— Mamita, esquibí á papá. 

Maruja rompió á llorar abrazando á su hi- 
jita, mientras caía al suelo el nombramiento 
de cónsul á favor del Dr. Benjamín Miglio- 
re, garabateado por la encantadora niña. 

Montevideo, Noviembre y Diciembre de r8gy. 



ERRATAS NOTABLES 



PÁGINAS 


LÍNEA 


DICE 


HA DE DECIR. 


43 


13 


ir 


é ir 


48 


2 


un 


su 


97 


14 


febriciente 


febril 


125 


15 


intimidar 


intimar 


153 


23 


la soprano 


la contralto 


185 


22 


dimisión 


destitución 


202 


16 


de no quedar 


de quedar 



ÍNDICE 



PAGINAS. 

Dedicatoria V 

Juan Torrendell (Semblanza literaria) . . . . . VII 

LIBRO. PRIMERO 

I Enfin seáis! 5 

II Historia de Benjamín 24 

III La primera flor 48 

IV Un crítico independiente 70 

V Una obra nacional 92 

LIBRO SEGUNDO 

I Escaramuzas 117 

II La primera campaña 139 

III Bautizo de sangre 167 

IV Derrotado 190 

V El desquite 214 

LIBRO TERCERO 

I La vengadora 237 

II Les Folies Bergéres . . . . 253 

III La victoria 278 

IV Á volar 297 

V Un nido abandonado .312 

Erratas notables 321 








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